A Tres Varas de la Tierra


La ciudad de México se asombró tanto del provinciano azul como éste de ella. Todo le era nuevo, extraño, inverosímil: los chinacos, mestizos de campechana algarabía; los españoles guarecidos de la resolana bajo una manta, vertiendo sobre un papel los secretos de quienes no saben de letras; piscadores de suspiros, ruegos y reclamos, cada uno de ellos podría escribir centenas de novelas amorosas. Fachamar se pasa horas observando el oficio de esos hombres que viven de ilusiones y cobran en tortillas, preguntándose cuántas veces, de cuántas bocas en un día, brotará la palabra amor para encomendarse a las manos del evangelista.

Hay también maravillas horribles, como ésta, a la hora del ocaso apenas caído, al punto que da la vuelta por la calle del Indio Triste, una mula negra, escuálida, con su jinete en ancas, espectro envuelto en un sangriento sudario, los ojos inyectados y exhalando nubes de humo pardo en lugar de aliento; sobre el lomo de la mula se mecen los jirones de un cadáver bovino y, en vez de alforjas, se agitan al aire lúbricos ramilletes de patas y cabezas de cerdo y de carnero, dejando a su paso un rastro de sangre espesa que una obscura jauría va lamiendo detrás. Fachamar no puede reprimir un gritito seco, suficiente para que el carnicero ambulante, la mirada fija en el rostro del fuereño, de un espantoso alarido antes de que cada quien salga volando en dirección opuesta.
Al tiempo que el resucitado y la ciudad practicaban el mutuo extrañamiento, el nuevo presidente expedía una colección de leyes que echaron a rodar de nuevo los levantamientos en todo el país; entre el verano y el otoño, Fachamar y su compañía se dedicaron a perseguir curas que se proclamaban contra el gobierno, y apenas llegado el primer frío de diciembre, el ejército constituyente se encontró preparando una campaña contra la ciudad de Puebla. El gobernador Chávez había sido sorprendido, apenas iniciado su gobierno, por Miramón, Orihuela y Zepeda, quienes al grito de rebelión y fueros inventaron una especie de nueva orden templaria, hijastra de la desaparecida Hermandad, que señoreaba sus reales en la capital de Puebla.

Mientras el grueso de las fuerzas constituyentes atacaban Puebla por el oeste, Fachamar se acercaba por el lado contrario. No se habían disparado cien tiros cuando, una semana más tarde, un hombre al galope tendido entró en el campamento del resucitado.
¾ Malas noticias, señor capitán.¾ Gritó al distinguir el rostro marítimo del joven.
¾ ¿De dónde vienes, muchacho?
¾ Desde Tehuacán, sin descansar.
¾ ¡Desde Tehuacán! ¿Qué pasa allí?
¾ Todavía nada, pero Chema Cobos está en el pueblo.
¾ ¿Eso es todo? ¿Y quién es ese?
¾ ¿Le parece poco? ¿No sabe, entonces, que ese pinche conservador ha levantado a la gente contra Hernández? Y lo que le pasa al general...
¾ ¿Qué le pasa a don Maclovio? ¡Habla claro!
¾ No hay un dotor en todo el pueblo... Si usté llegara allá con unos hombres para echar a Cobos...
¾ No puedo hacer nada sin órdenes del general Moreno, que me mandó atacar el lado este de Puebla.
No hubo manera de distraer a Fachamar de su puesto. El tehuacano partió desesperado, repitiendo que Dios llena de ceguera a quienes quiere perder. Fachamar, por su parte, tenía la impresión de que aquel hombre más bien lo quería usar en una venganza personal, cosa que a menudo se veía en esa guerra; tres días más tarde recibió una carta firmada por don Maclovio, pero escrita por la oblicua letra de Arcelia, donde le avisaban que habían encontrado un doctor y que don Maclovio contaba con restablecerse pronto, lo que confirmó de momento las sospechas del arriero, sin embargo, antes de una semana, una nueva epístola lo hizo cambiar de opinión. Eran dos líneas escritas y firmadas por la mujer:
"Maclovio quiere verte de inmediato; el doctor piensa que no podrá curarlo, ven pronto si quieres alcanzarlo vivo."
El corazón se le estrujó con la sola idea de perder a ese viejo a quien tanto quería. De inmediato escribió un comunicado para el general Moreno, donde le contaba a grandes rasgos las circunstancias y le avisaba de su decisión de poner al mando a Cano mientras él y veinte fusiles marchaban sobre Tehuacán. Antes de tres horas había cubierto la distancia a través de la sierra y, dejando a su tordillo medio muerto en el patio de la hacienda, se precipitó a la alcoba del enfermo. Estaba inmóvil, respirando con dificultad. Al ver a Fachamar, las comisuras de sus labios se torcieron en la desleída sombra de una sonrisa. Al lado de la cama estaban Arcelia y un barbero que Fachamar reconoció como uno de los visitantes ocasionales del consultorio que Baujan tenía en su local de Cerro Gordo.
¾ Váyanse.¾ Siseó don Maclovio con un esfuerzo supremo. La mujer y el doctor salieron en silencio de la habitación.
El militar quería darle a su protegido sus últimas disposiciones, que fueron breves y claras: velar por la República y mantenerse fiel al gobierno del Plan de Ayutla. Luego se quedó dormido.
Fachamar se encontró con el médico en el pasillo, habló con él en voz baja:
¾ ¿Se va a morir el general?
¾ Dios mediante, todavía no... tal vez un par de días.
¾ ¡Carajo! Bueno... si no hay más que hacer, mejor vuelva a su lado.
El hombre se dirigió despacio hacia la alcoba, cojeaba de una pierna y, aunque no hacía frío, mantenía las manos bajo las axilas. En la memoria de Fachamar, el galeno era más grande y más fuerte, mucho más joven, con el rostro como una manzana, era sin duda el mismo colega del judío, pero hasta las líneas del rostro le habían cambiado; con seguridad él no reconocía a Fachamar, pues nunca lo vio después del accidente, aunque tampoco se sorprendió de su rostro, como solía pasar a quienes lo miraban por primera vez. Fue una chispa, una resolución heracliteana en el cerebro del resucitado. Antes de que el barbero entrara a la habitación, lo detuvo con una pregunta:
¾ ¿Qué fue lo que le pasó?
El hombre estremecido, sintiendo que una mirada atisbaba el fondo de su alma, balbuceó:
¾ Yo... yo estuve muy enfermo.¾ Fachamar se lanzó sobre él y lo prendió de un brazo con violencia; el médico se quiso defender y manoteó en el aire, el arriero lo prendió entonces por las muñecas y durante un instante observó aquellas manos que de inmediato se empuñaron.
¾ ¿De qué diablos estuvo enfermo?
¾ Mi enfermedad fue, pues... algo así, de carácter...
¾ ¿Qué le pasó en las manos?¾ El hombre se puso más pálido aun, sus dientes castañetearon. ¾ ¡Lo torturaron! ¿Verdad? Le metieron astillas de ocote bajo las uñas y luego les prendieron fuego ¿No es así, doctor?
El hombre retrocedió hasta el barandal del pasillo, movía los labios frenéticamente, pero ninguna palabra se entendía.
¾ ¿Quién y para qué?¾ Bramó Fachamar descargando su mano sobre el frágil hombro. ¾ ¡Hable!
A rastras lo obligó a descender la escalera y, al distinguir a sus hombres, les gritó:
¾ ¡Vamos a darle espinas a este hombre!
Unos minutos más tarde, dos de sus arrieros volvían con varias pencas de nopal salvaje ensartadas en sus sables. Fachamar ordenó que desvistieran al barbero y lo golpearan con las pencas en donde más le doliera. Nadie se atrevió a cuestionar la disposición. Ya lo tenían medio desnudo cuando se les soltó y corrió a tirarse a los pies de Fachamar implorando:
¾ ¡Mátenme si quieren, pero en el nombre de Dios, ya no me torturen! ¡Ya no puedo más!
¾ Dime la verdad y te mando fusilar sin sufrimientos ¿Quién y por qué te torturaron y porqué luego te dejaron ir?
¾ ¡Dios sabe que no es justo! Yo sólo me vi envuelto en la suciedad de los intereses ajenos... mientras tuve fuerzas resistí, pero no pude más... me ofrecieron oro para deslumbrarme y yo me negué...
A una señal de Fachamar dos hombres levantaron al barbero.
¾ A matar a don Maclovio ¿Verdad, cabrón? Pero ¿Quién? ¿Por qué?
¾ El señor Zepeda.
¾ ¡Por supuesto!¾ Dijo el resucitado golpeándose la frente. ¾ Te perdonaré la vida si reparas en este momento el daño que le has hecho a don Maclovio.
¾ Por mi vida, señor, fusíleme de una vez porque... porque no hay nada que hacer; su hígado ya está muy mal y yo lo he desangrado más de lo que otro hombre sano hubiera resistido... ya me hubiera matado yo mismo si fuera un poco más valiente, por favor ¡acabe de una vez con todo esto!
Los puños crispados, debatiéndose entre el asco y la compasión, Fachamar ordenó:
¾ Vístanlo y enciérrenlo hasta que decida que hacer con él.
El plan de Zepeda estaba maquiavélicamente bien concebido: Eliminando a Hernández, Zepeda exterminaba la única fuerza regional que podría hacerle frente en Acultzingo; el mando de ese ejército quedaría de forma natural en manos de Miguel cano, es decir, neutralizado, y tras una alianza con el general Miramón, a Zepeda no le resultaría nada difícil ampliar su dominio del Puerto del Aire e incluso apoderarse de Puebla. Por otra parte, si Comonfort conseguía que sus tropas entraran a la ciudad, bien hubiera podido traicionar a los conservadores, aliarse a los liberales desde dentro y, adherido a la plana constituyente, presionar por el más radical de los federalismos, lo que le permitiría erigirse en amo y señor de Acultzingo y de toda Puebla.
Por su cuenta, Fachamar había tomado una resolución y estaba dispuesto a llevarla a cabo, aunque le fuera la vida en ello. Sin comer, sin descansar un momento, la tarde lo encontró a caballo, por el camino de Puebla, a donde ya había llegado el rumor de que el general Hernández había muerto. La tenaza del dolor y la rabia se le prendían a la garganta, y sin embargo, la muerte del general Hernández, por amarga, por terrible que fuera, no se resolvería para él en el oficio de las lágrimas; como si las tragedias de la vida real, al contrario de las de la literatura, carecieran del cuerpo, del sentido, de la estética necesaria para desatar los caudales del llanto.



