L as tropas de Fachamar ya no se encontraban donde él las había dejado: por indicaciones recibidas directamente del general Moreno, Cano las había hecho avanzar sobre los barrios orientales de la ciudad. La plaza estaba prácticamente rendida y para cuando Miramón y Orihuela salían huyendo hacia Oaxaca, Zepeda, en compañía de Cobos, se encontraba ya en el Puerto del Aire, que le seguía siendo leal.

Sin consultar ni pedir autorización, Fachamar dispuso que una columna de cuatrocientos hombres se preparara a cargar contra el Puerto, dejando sólo ochocientos efectivos en Puebla para darle el golpe de gracia a Miramón. El mayor Cano, sinceramente chocado por la muerte de su jefe, fue de los primeros en ofrecerse para la empresa. Fachamar se le acercó y, tomándolo con suavidad del brazo, le dijo en voz queda:

¾ Te lo agradezco, y te lo agradeceré todavía más, Miguel, si te encargas de traer a Puebla, sin demora, a la señorita Virginia Tello.

Cano lo miró con desconfianza y preguntó:

¾ ¿Quién es ella? ¿Por qué no la traes tú mismo?

¾ No querría venir conmigo, de ningún modo ¿Vas a obedecerme esta vez?¾ Cano asintió con la cabeza sin demasiada convicción.

El encargo se cumplió al pie de la letra, pero nuevas fricciones surgieron por el derecho a mandar la vieja tropa del general Hernández. Después de una larga puja se decidió que tanto los doscientos hombres de don Maclovio, como los cuatrocientos reformistas de Fachamar actuarían al alimón, cada uno con su jefe.

    El tiempo desperdiciado en las discusiones, sin embargo, le había permitido a Zepeda prevenirse y, para cuando llegaron al río del Zacate, los puentes ya estaban destruidos.

Fachamar opinó que lo mejor sería tomar el puente del ahorcado: un paso de arrieros a cuatro horas de marcha, río arriba, pero Cano protestó argumentando que eso era cansar a la tropa en vano; la alternativa del arriero era bajar hasta el puente de Saltillo, haciendo un camino todavía más largo.

¾ O vadear aquí mero, donde la corriente es más mansita.

¾ Probemos tu teoría, pero a veces me pregunto, Miguel, por qué te dedicas a esto.

¾ ¡Un día la suerte se te va a terminar, descamisado! ¾ Gruñó Cano al levantarse, visiblemente ofendido.

En tanto el mayor disponía las cosas para salvar el torrente con alguna seguridad, el resucitado despachó a Vivas y a sus arrieros rumbo al puente del ahorcado.

Ya era noche cerrada cuando todo estuvo listo. Cano hizo pasar un primer pelotón para anclar un complicado sistema de cuerdas y arneses que garantizaban la comodidad del paso con el equipo de guerra.

No habían pasado veinte hombres cuando Fachamar se acercó a Cano y, con aire malicioso, le sugirió:

¾ Tú eres buen católico ¿No Miguel? Deberías de darles tu bendición.

¾ ¿P’a qué la iban a necesitar?

Una detonación, una serpiente de fogonazos y una muralla de gritos se levantaron sobre la noche como respuesta. Fachamar meneó la cabeza y Cano apretó los puños, pálido de rabia.

¾ ¡Está claro que alguien nos traicionó!

¾ ¿Cómo que está claro, pendejo? ¿Qué no entiendes, idiota, que es como en el río Verde, peor si cabe, porque Zepeda tiene ojos hasta en el culo para ver lo que hacemos.

¾ ¿Ya lo sabías, entonces?

¾ Cualquiera menos bruto se lo hubiera imaginado.

¾ ¿Y por qué no dijiste nada?

¾ No me gusta discutir con quien tiene los pies tan clavados en la tierra.

¾ ¿Y vas a dejar que maten un destacamento entero nomás por darte el gusto de echarme en cara un error?

Sin responderle nada, el resucitado dejó escapar un agudo silbido al que contestó un estampido y una claridad que iluminó una línea de soldados haciendo fuego detrás de los emboscadores, luego se hizo el silencio hasta que Vivas repitió el animoso silbido con que su jefe lo había convocado.

El resto de la tropa pudo cruzar el río sin contratiempos y unas horas más tarde estaban a la entrada del Puerto del Aire, donde Cano se apresuró a ordenar un cerco que sitiara la plaza. A pesar de que su parecer fue muy claro, Fachamar no hizo nada eficaz para impedir que Cano se lanzara al asalto tres veces con pésima fortuna. Regresó del tercer intento maldiciendo a su suerte y culpando de traición a cualquiera.

¾ Las palabras no sirven de nada, Miguel.

¾ Te juro que en el siguiente intento no se repetirá...

¾ No se repetirá porque no lo permitiré. Vamos a levantar el sitio.

¾ ¿Levantarlo? ¿Por qué?

¾ Porque yo lo mando.

¾ Haz lo que quieras, pero yo sostengo el sitio.

Sin ahondar en sus razones, Fachamar ordenó a sus soldados que levantaran el campamento y esa misma tarde Fachamar entró por la calle principal de Cerro Gordo, la misma por donde había salido huyendo al galope tiempo atrás, sin nombre ni fortuna ni otra ambición que la de salvar su azul pellejo. Nadie intentó cerrarle el paso al destacamento; la guarnición carecía de fuerzas para oponerse a la nutrida tropa que pedía entrada al pueblo. La gente, al salir de misa, encontró las calles y el atrio de la iglesia repletos de soldados reformistas, cosa que no tranquilizaba demasiado a los habitantes, temerosos siempre de un nuevo saqueo.

De inmediato se presentó ante el jefe una embajada del regidor quien, tomándolo por un bandido, quería conocer sus condiciones. Fachamar intentó tranquilizarlos:

¾ Señores, nada tiene que temer su pueblo de esta ocupación; si se abstienen de provocarnos no habrá nada que lamentar. Quiero invitarlos a que nos ayuden a restablecer el orden del gobierno del Plan de Ayutla, que a mi parecer, es el más razonable que hemos tenido en mucho tiempo.

La súplica era en realidad una orden que obedecieron sin chistar aquellos que no tenían motivos ni recursos para desobedecerla; por su lado Fachamar les recordó a sus hombres, públicamente, que cualquier acto de pillaje sería castigado con la muerte. En esto estaba cuando entró al pueblo un soldado de la tropa de Cano, gritando a todo pulmón que Zepeda salía con su gente de Puerto del Aire en dirección a Cerro Gordo.

La noticia llenó de inquietud a los pueblerinos; algunos, viendo la resolución de los defensores, se unieron sin pensarlo a las fuerzas del resucitado, entre ellos, un viejo veterano de la independencia. El primer pensamiento de Fachamar fue para Bárbara; envió de inmediato un pelotón a la hacienda Almaguer, para que la sacaran de allí y la pusieran a salvo, pero la delegación volvió dos horas más tarde con las manos vacías: hacía algunos meses que la muchacha no vivía más en la finca, sino en casa de unos parientes de la capital.

Zepeda salió del puerto un domingo a la madrugada y con todos sus efectivos tomó el camino real de Cerro Gordo. La gente de Cano los vio partir desde un escondite en la sierra; apenas hubo pasado el último jinete, cano despachó un correo a través del monte y otro para encontrarse con el general Moreno, en Puebla con una carta que aún se conserva y dice a la letra:

al eccelentisimo senor don general tomas moreno tengo el onor de informarle a usted que con las poquitas fuersas que me quedaron luego de la desersion del capitan Fachamar e logrado derrotar a los de sepeda y otros oficiales que salieron con Fachamar emos renido una furiosa batalla y logramos echarlos no los persegimos porque no meternos en camisa de onse ocupe la plaza regresandola a los territorios de los costitullentes para que supongo que usted quedara muy satisfecho del selo de los servisios y la perisia por mi demostrados en este echo de armas suyo capitan Miguel cano.

Pese al testimonio de Cano, la marcha de Zepeda del Puerto estaba muy lejos de parecer una fuga: los soldados se habían bordado una enorme cruz escarlata en el pecho, al estilo de los cruzados, y galopaban gritando ¡Religión! Su objetivo era ganar el llano a toda costa, allí la angostura cuidaría sus laterales y el enemigo tendría que enfrentarlos a través de un estrecho paso. En eso estaba cuando Fachamar apareció por un flanco y por la retaguardia. Sus soldados parecían nacer, como los hongos, de la humedad del bosque. Como buen ajedrecista, Zepeda intentó la carrera para combatir en el páramo, pero su desconcertada gavilla se topó, de frente por el estrecho, con la furiosa caballería de Vivas. Los hombres de Zepeda se dispersaron, muchos fueron a dar a un lodo blanduzco que los hundió hasta las rodillas, mientras que los que quedaron a resistir eran hechos añicos por los arrieros; peor les fue a quienes trataron de escaparse por el cerro, convertidos en señuelos para los diestros cazadores de Fachamar. Al cabo de tres horas de combate el ejército de Zepeda se rindió y, a la madrugada, Fachamar regresó a su pueblo natal, que parecía un ascua de tantas hogueras iluminando sus calles.

Despojados de sus armas, los infantes de Zepeda, indígenas y mestizos arrastrados por el alcalde, fueron puestos en libertad en mitad de la sierra, con la orden de no volverse a aparecer nunca en una batalla. La mayoría cumplieron al pie de la letra. Zepeda, Cobos y un grupo de oficiales caminaron, descalzos y maniatados, hasta Cerro Gordo. La turba salió a la calle a insultar a los derrotados; Zepeda, pálido, pero muy erguido, marchaba con la plena convicción que, de haber ganado él, serían para Fachamar aquellos insultos. Tal vez tuviera razón. El sol acarició, como para reconciliarlo con la muerte, su mofletudo rostro oscilando al final de una soga, solitario, a tres varas de la tierra.

La victoria, luminosa, se le escurrió entre los dedos a Fachamar apenas pisó los empedrados de Puebla: Una patrulla del ejército constituyente les cortó el paso y a grito pelado les informó que se hallaban bajo arresto por deserción y traición al supremo gobierno de la República. Cuando pidió explicaciones, el capitán de la escolta le hizo saber que eran órdenes emanadas del alto mando y que las firmaba el general Moreno en persona.

La columna entera se dejó conducir con mansedumbre hasta los calabozos de la Acordada, a las afueras de la capital. Pocos le parecían, al hombre azul, los días soleados en un mundo de sombras, y lo más triste era que quienes lo trataban de ese modo no fueran enemigos, sino la gente por la que unas horas antes había arriesgado la existencia.

¾ Es el destino de los héroes, capitán.¾ Le comentó a Vivas.

¾ ¡Es una reverenda injusticia, carajo!

¾ Y el destino de los santos, y el de los poetas.

¾ Pues yo no soy ni santo, ni poeta, ni héroe tampoco... y quiero pensar que se trata de una tremenda confusión ¿Cómo se atreven a llamarnos traicioneros y desertores?

¾ Me temo, querido Paco, que aquel correo que enviamos la tarde en que salimos rumbo al Puerto del Aire, no llegó nunca.

¾ No, no lo creo; Gutiérrez es hombre de confianza, no me cabe en la cabeza que él quisiera...

¾ Yo tampoco dudo de su honor; ojalá me equivoque, pero es posible que esté muerto.

¾ ¿Tú crees?

¾ O es eso o Moreno se ha vuelto mucho más estricto de lo que solía.

¾ Pero la deserción es una cosa, y la traición otra muy distinta.

¾ Se me ocurre que Cano pudo meter las pezuñas en este enredo.

¾ ¿Pero cómo?

¾ Mala voluntad y un rehilete de la cola del diablo, mi capitán.

    Fachamar ni se molestó en seguir la cuenta de los días que pasaron antes de que pudiera hablar con un justicia; en cambio, se las ingenió para que los celadores le consiguieran de vez en cuando un periódico para seguir la situación del mundo afuera.

En prisión se enteró de que el norteño cacicazgo de Vidaurri desconocía al gobierno de Comonfort y que poco después el viejo Osollo se proclamaba en San Luis; que empezaba el año nuevo y que el congreso aprobaba por fin la nueva constitución de una república democrática, federal y justa. Este último epíteto lo hizo sonreír con ironía, era fácil decir eso desde el cómodo escritorio de Riva Palacio. Y a pesar de todo, había cosas buenas en la celda: un descanso largamente merecido y largas horas para devorar los volúmenes que el oficioso carcelero le conseguía cada semana. Mucho tiempo habían esperado los ojos de Fachamar para leer completo a Quevedo y admitir que estaba de acuerdo casi en todo con él; bajar con Dante más allá de la última esperanza y subir con Cyrano hasta los mismos Imperios de la Luna y del Sol.

Fue el cautiverio que Fachamar pasó libertado en sus autores, haciendo crítica literaria a gritos, de una parte a otra de la crujía y conversando en el sosiego del ocio con su lugarteniente:

¾ Con la puntería que tienes, Paco, siempre me pareció una fortuna que estuvieras de nuestro lado.

¾ Pero yo no estaba de tu lado, nomás disparaba junto a ustedes.

¾ ¿Cómo?

¾     Tú no lo sabes, no tienes por qué saberlo; pero cuando te encontré la primera vez, allá en Puerto del Aire, estaba recién casado. Tenía una mujer linda como las estrellas y hartas ganas de llenar mi casa de chamacos y luego envejecer en paz, defendiendo mi religión de liberales herejes como tú, y todas las cosas me parecía que estaban muy bien...

¾ ¿Y qué pasó? ¿Qué fue de tu mujer?

¾ Se largó con un teniente del ejército santannista; me dejó dicho con una vecina que ya no me quería, que se había enamorado de otro y que ni la buscara porque no la iba a encontrar.

¾ ¡Carajo! Yo...

¾ Fue justo la época cuando llegaron las fuerzas de Maclovio Hernández a pedir ayuda contra los conservadores... la batalla de Río Verde. Yo ni sabía por qué estábamos peleando, ni me importaba, nomás quería tirarles a los conservadores, y matarlos, matar a todos los que pudiera, a ver si a lo mejor mataba a ese hijo de puta... muchas veces ni apuntar podía, porque nomás de acordarme, de pura rabia, se me llenaban los ojos de lágrimas y ya no alcanzaba a distinguir el grano de la mira, y aun así maté muchos, muchos...

¾ ¿Y ahora? ¿Sigues tratando de matar a ese hombre?

¾ Pos... ¿Tú por qué pelabas?

¾ Por las cosas que creo.

¾ ¿Y en qué cosas crees?

¾ En las palabras no, tú lo sabes.

¾ Hay muchas cosas tuyas que no acabo de entender.

¾ ¿Como qué?

¾ Si tanto te quitan de las palabras ¿Por qué te gustan tanto los libros?

¾ Es diferente; yo creo que hay dos clases de palabras: las que sólo al existir son un hecho en sí mismas; y las otras, las que se roban el sentido a cada paso. Los libros son como el mar, un flujo y reflujo de palabras líquidas, espumantes, poderosas, únicamente allí las he visto cobrar forma, sabor, ser verdaderas, aunque sean inventadas; las palabras que se dicen los amantes serán olas, pedacitos de ese mar, gotas de lluvia que tienen sentido si van a regar la tierra sembrada.

¾ Ahora estás hablando como el libro ese del infierno que me pusiste a leer.

¾ En cambio, las palabras de los políticos, y me imagino que también las de los falsos amantes, son como el vapor de los frijoles: hiede, pero no nutre, ni se puede morder por ningún lado.

¾ ¿Te dan miedo las palabras?

¾ No, no es exactamente miedo, desconfianza, tal vez.

¾ ¿Y las balas? ¿Te dan miedo las balas?

¾ Y no. Tampoco.

¾ ¿Qué te da miedo realmente, entonces?

¾ Supongo que el propio miedo ¿A ti?

¾ Un montón de cosas: la muerte, la vida, el dolor, las balas...

¾ ¿Te da miedo en la batalla?

¾ ¡Puta! ¡Un miedo del carajo! nomás de pensar que un mal día me van a reventar la panza y las tripas se me van a salir, como a aquel moreno en río Verde ¿No lo viste? y me van a quedar colgando al aire, se me enchina el cuero. Mucho miedo me da, de verdad, mucho.

¾ ¿Y qué haces?

¾ Pus nada, me lo aguanto ¿no? Ni modo que me esconda de todo lo que me vaya a dar miedo ¿Cómo te escondes de la muerte?

¾ No puede ser tan mala.

¾ Dicen que tú estuviste muerto.

¾ Más o menos.

¾ Se ha de sentir de la chingada.

¾ No sé, no me acuerdo casi; mucha flojera y, como en los sueños... a ratos pienso que en realidad si me morí en Cerro Gordo y que desde entonces ando en un complicadísimo sueño que es este, el de la muerte... y muy aparte de Shakespeare y de Calderón.

¾ Espérame tantito, yo apenas voy en Lizardi. Oye, volviendo a lo de las palabras ¿Tampoco creías en las palabras de los planistas?

¾ Pues nunca se me ocurrió que los liberales tuvieran toda la razón; pero sabía de cierto que quien estuviera del lado de Santa Anna, y luego en el bando de fulanos como Zepeda, no podía tener de ningún modo la razón.

¾ Pero había que pronunciarse de un bando o del otro.

¾ Una vez un alemán llamado Humboldt, dijo que en México no hay más que dos estaciones: la de secas y la de lluvias; yo pienso que se equivocó, porque también tenemos la temporada de yorquinos, la de escoceses, de centralistas y federalistas, aunque tuvo razón en decir que entre una y otra no hay más distancia que entre el sol y la sombra. Y al final ¿Por qué tienen uno que ser monárquico o republicano, liberal o conservador, blanco o negro?

¾ Será que el mundo es ansina, blanco o negro, capitán ¿De que otro modo podría ser?

¾ ¿Por qué no azul, digamos?

¾ El azul, entonces, tendría que significar algo como blanco o negro.

¾ Significaría la diferencia.

¾ Todos somos diferentes; no habemos dos iguales, que yo sepa.

¾ Hay millones de hombres idénticos.

¾ No, no es así; cada uno tenemos nuestra historia, nuestros gustos...

¾ Pero eso es circunstancial, es resignación y no albedrío; no decidiste nacer donde naciste, crecer, hablar castellano... todo eso son meros accidentes.

¾ ¿Por eso te vaciaste el mar en la cara?

¾ Escogí ser distinto, inventarme de nuevo.

¾ Tú no crees en Dios ¿Verdad?

¾ Creo que ese, sin duda, es un asunto muy complicado. Espinoza decía que...

¾ No, yo digo Dios-Dios, el que escribe la novela de acá abajo.

¾ ¿Que quieres que te diga? Voy a repetir lo de siempre, que la gente buena sufre y la gente perversa prospera... no se me hace que un Dios-Dios permitiera eso; esas cosas, todas las cosas, simplemente pasan y ya, tal vez haya un orden que trata de abrirse camino a codazos, pero será algo muy distinto a lo que nosotros entendemos por "bueno" y "malo", que es el gran engaño de las iglesias.

¾ Pero "bien" y "mal" son cosas que están por encima de las iglesias y las creencias.

¾ ¿Por qué?

¾ Si no hay norte y sur, y todo es lo mismo, entonces que maten a Maclovio Hernández y proclamen emperador a Zepeda ¿Qué más da? si al cabo ¿Qué es el bien? ¿Qué es el mal?

¾ Hay valores, Paco: la justicia, la libertad, la propia gente...

¾ Y está bien que haya justicia, y está mal que sufra la gente ¿no? Lo demás son nombres para las cosas... Zepeda iba a terminar proclamándose liberal ¿Cómo sabemos que no se iba a volver bueno?

¾ No te enredes en tu propia garatuza, Paco, yo estoy convencido de que la mayor virtud de un soñador es su devoción por la libertad; también de que la única excusa para declararse liberal, es ser un soñador incurable. Cuando la libertad no es plantío de la belleza y la obra, es la más lamentable de las mediocridades. Un liberal rancio, incapaz de reír, de inventar la vida para sí y para los otros, es el peor engendro de la naturaleza.

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