La Venganza del Ahorcado
D
Gracias a mi intervención, el caso llegó al presidente de la suprema corte de justicia en persona, sin embargo, el hombre no me daba demasiadas esperanzas: había un acta levantada por el general Moreno, consignando la desaparición de la compañía de Fachamar, el expediente también incluía dos cartas, una firmada por Cano, donde se acusaba directamente a Fachamar y a sus hombres de traición, y otra en la cual Zepeda le agradecía sus servicios al resucitado.
Para Ríos fue muy fácil encontrarlo; además de su singular apariencia, se había convertido en una figura pública de la prisión, donde encabezaba un intenso tráfico de libros, que allí resultaba inverosímil: el carcelero ponía los volúmenes en la celda de Fachamar y una vez leídos iniciaban su peregrinaje por entre los barrotes a la siguiente celda, y a la siguiente, y así hasta llegar a la última de la crujía. Una sola vez la cadena fue rota por un par de ciudadanos analfabetas, que retuvieron a Sor Juana para utilizarla como papel sanitario, lo que les costó la enemistad y el desprecio de toda la galería.


Su viejo camarada no le preguntó cómo estaba, era evidente; a pesar de todos los buenos amigos con quienes compartía la celda, apilados en una curiosa promiscuidad. Le comunicó su indignación por el hecho de que una compañía entera estuviera encarcelada sin que los tribunales se hallaran enterados de algo tan serio. Fachamar se encogía de hombros, quizá para él aquello fuera algo tan natural como el amanecer o la primavera. Se interesó más cuando le comentó de los cargos y las pruebas en su contra. Tomó lo del acta y lo de Cano como una sospecha que se cumplía, pero se puso fuera de sí al saber lo del documento de Zepeda:
¾ ¿Quién carajos se atrevió a leer una carta que iba dirigida a mí?
¾ Lamentablemente no es una carta cualquiera, me tomé la libertad de copiarla textual, mira.
Fachamar leyó en voz alta:
¾ Señor capitán y querido amigo, su fidelidad nos salvó anoche de un ataque fatal que nos habría obligado a capitular, dado que sin su aviso nos hubieran tomado por sorpresa. Deseo expresarle mi gratitud y renovar la promesa que le hice cuando aceptó nuestro trato. De usted: Erasmo Zepeda... ¡Qué gran hijo de puta! Y yo que pensaba que entre los cargos que me hacían estaba el de haberlo juzgado sumariamente... Pero ni muerto deja de hacer chingaderas ¿Dónde se escribió esta infamia?
¾ Pues, todo indica que en el Puerto del Aire, en el palacio del cabildo.
¾ ¿Y cómo llegó esta carta a las manos de Moreno?
¾ Parece que un chamaco, que iba por el camino de Puebla, se metió entre las líneas de Moreno preguntando por ti, le cuestionaron qué quería contigo y, como se negó a hablar lo amenazaron, fue entonces que apareció la dichosa carta. El resto te lo imaginas.
¾ No creerás tú que yo soy capaz de jugar tan a la ligera con...
¾ Por supuesto que no. Pero el punto es que estás en aprietos y ahora que se le ha dado trámite al asunto hay que probar tu inocencia, o saldrás de aquí directo al paredón. No me lo creas pero... dicen las malas lenguas que Juárez tiene un cierto gusto por la sangre.
¾ Y tú lo has distraído de sus leyes para que se ocupe de mí ¿Qué pasará si se le ocurre que tengo también la sangre azul? ¿Sabes lo que piensa ese hombre de la sangre azul?
¾ Todo el mundo lo sabe ¡Es sorprendente!
Fachamar estalló en una carcajada:
¾ "Es sorprendente" ¿Te acuerdas? Desde chico querías ser tinterillo y ya querías hablar como ellos ¿Te acuerdas?
¾ Creo que le escuché la expresión al magistrado del palacio...
¾ Y la usabas para todo, si un tlacuache se metía a descabezar las gallinas de tu padre, decías "Es sorprendente" .
¾ Y no sonaba nada mal, todo el mundo pensaba que era correcto...
¾ Hasta que te pillaste un dedo con el martillo, y en vez de echar una buena puteada, también dijiste "Es sorprendente".
¾ Todavía me parece una manera elegante de putear.
¾ ¡Eres un bruto!
¾ Pero un bruto que va a llevar tu defensa, recuérdalo.
¾ Sospecho que tendré mucho tiempo para recordarlo, aunque, si no te ofendes, me gustaría asumir el reto de defenderme a mí mismo, no quiero que te manches las manos con un caso como este ¿Será posible?
¾ Sé que eres muy capaz de salir avante, y si lo prefieres... Pero mientras tanto puedes escribir tus memorias.
¾ No, yo no me dedico a eso.
¾ ¿Por qué?
¾ Porque yo no soy más que un lector, y eso es oficio de los que padecen la poesía en las manos, de los escritores, como eres tú y yo no soy.
¾ Debes tener alguna idea, has leído mucho, quizá más que yo.
¾ Y sé que lo mío no es la escritura sobre el papel.
¾ ¿Entonces?
¾ Hace mucho que la vida me parece una gigantesca novela o, mejor, un gigantesco sainete, el más complicado, el más truculento de todos y, por encima de que pueda haber un "inmenso autor" que nos prepare las peripecias, cosa que considero sin admitir del todo, me parece que la mejor parte es ser personaje y colaborador de la autoría, de manera que puedas elegir qué clase de personaje quieres ser.
¾ ¿Y qué elegiste?
¾ Ser yo; lo que soy y lo que he hecho es, de muchas formas, literatura: mi propia versión de mí.
¾ ¿Ya lo ves? sólo falta redactarlo.
¾ No, Antonio. Es otra clase de literatura, que se lee de muy otra forma: la gente que me conoce, que me toca, que ve con sus ojos lo que hago, apenas lo puede creer; la vida es inverosímil, pero la literatura tiene que tener un orden, una intención clara desde el principio. En ese sentido tengo más libertad que un escritor, y como personaje tengo ya bastantes problemas con mis pocas certezas, mis contradicciones y la gloria y la miseria de cada día como para pensar en construir mundos coherentes; eso es para otros, yo me limito a provocar y sufrir los hechos de un mundo ya construido a medias, viviendo.
¾ No me digas que yo no vivo, que no busco la estética de la historia, yo que he peleado por esta patria y lo que creo correcto, y también he escrito. O me estás pidiendo que yo escriba tu historia...
¾ Al contrario: te sugiero que nunca escribas estas cosas ¿Qué vas a decir de mí? ¿Qué un hombre de tu pueblo se volvió azul un día? No, amigo, soy inconcebible, inverosímil y todavía más: soy imposible. Te aseguro que los cronistas se darán cuenta de eso muy pronto y evitarán mencionarme siquiera en La Historia, o al menos van a evadir lo más importante de mí. Ya lo verás.
¾ Pero, La Verdad...
¾ La Verdad es una convención ¿Cuáles son los hechos, cuáles los sueños y las mentiras? ¿Dónde está la frontera? A veces me pregunto si en realidad existe, o si en realidad existo.
¾ ¿Descartes?
¾ Tal vez, a pesar de que la razón que él y yo defendemos tiende a negarme. Y a lo mejor esa es mi única excusa.
¾ ¿Negarte a ti mismo a través de la razón? ¿Qué, si no cogito ergo...? ¿Es ese tu papel en esta obra?
¾ No llego a tanto... aunque la idea no es mala ¿Viste? Un héroe cómico si lo rebuscas mucho; un militar de zarzuela, tal vez. En ese caso, preferiría ser las armas junto a La Verdad, que es otra contradicción, pero más poética.
¾ Y enorme, allí no hay dialéctica posible.
¾ Eso pasa cuando se va del dicho al hecho. Platón es muy lindo en el papel, pero por más La Verdad que tengas, por más Razón que proclames, si a la verba no le juntas la res lo único que queda es política, y creo que eso es perder el tiempo miserablemente.
¾ Deberías escribirte, insisto, aunque nadie te creyera. La política quién sabe, pero la literatura, estoy seguro, sí que puede terminar de construir el mundo, o al menos de darle sentido...
Entre levantamientos y asonadas pasó el verano y luego el otoño, antes que los herrumbrosos engranes de la ley se movieran en la causa de Fachamar. Para entonces ya era imposible dar un paso en su celda, sembrada de pilares leídos y por leer; pero una buena mañana entramos a la sala de justicia de la República. Nunca olvidaré la cara del magistrado cuando vio al reo: alzó la ceja izquierda tanto que se le ocultó bajo el negrísimo fleco, estiró el cuello todo lo que daba y tamborileó los dedos sobre la superficie de caoba, pero no dijo una palabra.
La sala lo recibió con un sólido silencio, todos los ojos sobre su figura. Fachamar saludó sonriendo, pero al dirigirse a su banquillo se dio cuenta que ese silencio equivalía a un erial de abrojos escociendo el aire; desde su puesto observó el semblante granítico de Moreno y la mirada burlona de Cano.
Se leyeron los cargos y las pruebas en su contra, luego se le preguntó si se declaraba culpable o inocente. El arriero levantó el rostro, una mar en calma, distante por completo de juzgados y querellas. Con absoluta serenidad miró a todos, uno por uno, Cano el último; se echó a reír y dijo:
¾ ¡Que los dioses nos ayuden! A menudo me pregunto en qué va a terminar esta pobre nación.
¾ ¿Sí? Pues nosotros ya sabemos en qué vas a terminar tú.¾ Le gritó Cano con tanta rabia que Fachamar tuvo que sonreír todavía más:
¾ Y usted, señoría,¾ se dirigió a Juárez. ¾ ¿Piensa lo mismo? ¿También se ha dejado envolver por las astucias de Zepeda?
¾ Necesitará algo más que sofismas para justificarse, señor "Fachamar".
¾ Me doy cuenta, y me gustaría basar mi argumento en esa carta que hace unos instantes leyó el señor fiscal: en cada línea relumbra su falsedad.
¾ Le recuerdo, señor,¾ apuntó el justicia ¾ que la caligrafía ha sido plenamente identificada por más de un subalterno del firmante.
¾ Han reconocido la letra y la rúbrica, eso confirma que la escribió el propio Zepeda. La pregunta es ¿Para qué? ¿Creemos que un hombre de la categoría de ese zorro va a firmar una carta tan comprometedora para que cualquiera se entere de lo que le escribe a su cómplice? ¿Por qué no usó nombres falsos? ¿Por qué no la escribió con alguna de las muchas claves que están tan de moda entre logias y partidos? ¿Qué tal un enigma, un retruécano, de los que tanto disfrutaba?
¾ Esperaban, seguramente, que quien recibiera el correo lo mandara en seguida a su presencia.¾ Respondió el fiscal.
¾ ¿Y no es curioso que el emisario haya aparecido en Puebla, entre las líneas del lado occidental, en vez de salir sencillamente del Puerto del Aire y caminar hasta Cerro Gordo, que es un trayecto más corto y en sentido opuesto? ¡En Puebla, señores! y del lado occidental, donde yo nunca estuve.
A pesar de que había renunciado a la defensa durante los careos, fue Ríos quien se encargó de la argumentación por escrito, quizá por eso intervino:
¾ Los mismos elementos, señor, he utilizado yo en la defensa escrita que obra en el expediente.
¾ No obstante, licenciado Ríos, aún pesa el contenido de la carta.
¾ ¿El contenido?¾ Preguntó Fachamar como si no creyera lo que oía. ¾ Leamos de nuevo si es preciso ¿Hay una sola comunicación urgente, algo que no sea la obvia intención de comprometerme con el gobierno constitucionalista?
¾ Ya deja de decir pendejadas.¾ Le gritó Cano desde su sitio.¾ Juárez le dedicó una mirada cáustica.
¾ ¿Es posible que seas tan tonto, Miguel?
¾ Entonces, todos somos tontos, porque todos pensamos igual.
¾ No te sobrestimes, Miguel, ese es un arte en el que no estás muy versado.
¾ Suponiendo que la intención de dicha carta sea la que pretende¾ casi gritó Juárez, algo molesto, para zanjar la discusión ¾ existen otras pruebas en su contra.
¾ Lo sé, pero vamos por partes. El general Moreno me acusa de deserción, y el capitán Cano de traición ¿Es correcto?
¾ Correcto, señor.
¾ Bien. Tanto Cano como yo salimos del sitio de Puebla para detener al traidor Zepeda en un momento de extrema urgencia. Por lo tanto, soy tan desertor como el capitán Cano ¿Correcto?
¾ En estricto rigor.¾ Asintió el magistrado.
¾ ¿Qué tanto vale la palabra de un desertor contra otro?
¾ Entiendo, y estoy de acuerdo, el documento firmado por el capitán Cano queda sobreseído.
¾ Por otro lado, veo aquí al teniente Ramírez, quien entró a Puebla por el ala oriental para encontrarse con el general Moreno, cumpliendo las órdenes del mismo al pie de la letra ¿Su testimonio es válido?
¾ Por completo.
¾ Teniente Ramírez, recuerde que aquí no se juzga sólo mi causa, sino la del capitán Vivas y la de toda una compañía. Quiero preguntarle ¿Recuerda lo que hice justo antes de dejar mi puesto en Puebla?
¾ Sí, señor: nos avisó que estaban atacando Cañada y pidió voluntarios para una operación de emergencia, luego juntó a los que quisieron ir y escribió un papel que le mandó al general Moreno con un correo.
¾ Preciso, Ramírez, muchas gracias. Ahora, general Moreno ¿Recibió usted ese correo?
¾ Ni ese ni otro, nomás la noticia de que una compañía completa había desalojado el sitio de Puebla sin autorización.
¾ No había tiempo para pedir autorización, y el oficial a cargo del frente oriental de Puebla era yo, por otro lado, no me pareció justo mandar a que alguien se arriesgara dirigiendo esa operación, salvo yo mismo. Las circunstancias, como puede atestiguar cualquiera de la compañía que reunimos, eran de verdadera urgencia. El papel que escribí era un recado dirigido al general Moreno, donde le explicaba el cómo y por qué de mis decisiones. El correo no llegó, y a estas alturas me temo que no llegará más que al Leteo; pero no puedo probar nada de esto último sino por testimonio del capitán Francisco Vivas. Entiendo, claro, que su testimonio es inválido por hallarse bajo el mismo proceso que yo.
El justicia sonreía complacido por el desarrollo de Fachamar:
¾ Muchas personas exigen su fusilamiento, señor, y aún no sabemos lo que vaya a declarar el señor Zepeda cuando sea capturado.
¾ Le garantizo, señor, que no añadirá una palabra más a lo que aquí se ha dicho.
¾ Si no es molestia, explique cómo lo puede garantizar.
¾ Porque hará un año que yo mismo lo colgué de un pirul en Cerro Gordo.
Una marea de murmullos y exclamaciones inundó la sala. Cano se arremolinó, incómodo, en su asiento; Moreno, con la boca abierta, no sabía qué decir.
¾ Esto le da otra perspectiva al asunto, dado que se ignoraba este hecho que usted comenta ¿Dice que el capitán Vivas puede respaldar todo lo que ha declarado?
¾ Sin duda, señor.
¾ Se levanta la sesión por ahora, la corte necesita considerar con calma todos los elementos aquí ventilados. El veredicto será emitido a la brevedad, le aseguro que será pronto y le sugiero, señor "Fachamar", que no se angustie demasiado.¾ El ministro seguía sonriendo.
Al final, tomando en cuenta las circunstancias que dieron contexto a las decisiones de Fachamar, se le encontró culpable de "insubordinación menor" con una sentencia que rezaba claramente: "Tanto el capitán Fachamar, como todos sus subalternos que intervinieron en los hechos del Puerto del Aire, Puebla, serán degradados y expulsados permanentemente del ejército constitucionalista..." con la advertencia implícita de que militar en cualquier otro ejército se consideraría como traición a la patria.
Fachamar leyó el documento igual que si leyera el diario matutino, como si se hablara de otra gente que no fueran él y su compañía. No hizo comentario alguno, ni un gesto de pesar salió a flote en su rostro, tal vez porque ya tenía en mente un plan para su futuro inmediato.
Al salir de la cárcel la mayoría, asustados de la gran ciudad y su gente, sintiéndose traicionados por el gobierno que defendían, decidieron volverse a la sierra. Otros cuantos, Vivas y los arrieros, sobre todo, prefirieron quedarse con Fachamar. Convertidos en tribu, encaminaron sus pasos en las cuatro direcciones; de su capitán habían recibido la orden de acudir casa por casa, solicitando de la caridad de la gente, no dinero ni un mendrugo, sino libros.
Mientras sus órdenes se cumplían, Fachamar se apresuró a conseguir una desvencijada carreta, luego, a costa de una tarde entera de entrar y salir de la prisión, lograron excarcelar su acervo y ponerlo sobre ruedas para transportarlo a una caballeriza desocupada, detrás de la casa que, en aquel entonces, habitaba el licenciado Antonio Ríos.
Aquello fue sólo el principio. Antes de una semana su clan estaba de regreso, y cada miembro traía consigo más libros de los que tenía la monja en su famosa biblioteca. La caballeriza, como antes la cárcel, se convirtió en un apretado almacén donde los títulos, apilados por todas partes, formaban un intrincado laberinto de estantes y columnas.
Poco después, el mismo Ríos les ayudó a clavar, sobre la puerta que veía a la calle de Donceles, el cartel marrón y plata que anunciaba la gran librería del Botín.
Por aquellos días pasaron algunas cosas de extraña memoria: Primero, presionado por los conservadores, el presidente desconoció la constitución que había promulgado él mismo. Dos semanas más tarde, al oeste de la capital, El conservador Zuloaga se levantó en armas proclamando el Plan de Tacubaya, logrando con ello que el país volviera a las andadas; en definitiva, no era la mejor época para iniciar un negocio, y sin embargo, en unos cuantos meses Fachamar y sus hombres habían prosperado tanto que pagaron el alquiler de una casa vecina a la caballeriza, donde abrieron una sucursal a la que llamaron "Mis tesoros", para no desentonar con el argot filibustero.

La ciudad permanecía todo el tiempo en estado de sitio y a diario hacían sus rondas las patrullas de uno u otro bando, según la temporada, manteniendo la deportiva costumbre de brindarse mutuamente cuantos muertos se pudiera, pero a todo se acostumbra la gente, incluso a eso. Al cabo de un tiempo, y a pesar de lo que decían las proclamas liberales, era aquella la guerra de una clase social contra otra semejante y la vida, debajo de la eterna contienda, seguía su curso con más o menos molestias.
El del rostro azul no supo de incidentes hasta la tarde en que hizo un ceñido bulto con los dos tomos del Fausto, cobrados por anticipado a precio de lujo.

No había caminado tres calles cuando un negro, descalzo hasta el cuello, salió de las sombras de un soportal y, sin decir agua va, le arrebató su atado y echó a correr en dirección a Mixcalco, en la margen oriental de la ciudad.
Sin dejarse paralizar por el asombro, el libero se lanzó tras un ladrón de buenas piernas, pero no mejores que las del resucitado. Tres veces le dio alcance y tres veces el expoliador se retorció entre las manos de Fachamar hasta que se vio libre para seguir su fuga. Sin tener mucha conciencia de lo que hacía, el perseguidor siguió al desnudo como una sombra hasta el callejón de López, y luego por los de Frías, Tarasquillo y Salsipuedes, donde se tiró de cabeza por la misma ventana que su fugitivo.
No existió nada en aquella negrura, salvo un terrible hedor a putrefacción y suciedad, hasta que un amargo reclamo vistió el vacío:
¾ ¡Libroh! ¡Puta madre, libroh! ¿Cómo libroh, chingá?
Una cerilla ardió en las manos del sucio Adán y el resplandor anaranjado se contagió al pabilo de una velilla de sebo. Una docena de ojos observaron hostiles a Fachamar, quien de inmediato se llevó la mano al puño de la espada, que jamás abandonó.
No fue necesario desenvainar siquiera, le llevó un instante comprender que la mirada de aquellos hombres, desnudos y brillantes, era la misma de quien llega a reclamarle una novela sin las últimas páginas y no la de quien está a punto de mandarlo a la eternidad. Por un momento se sintió culpable al atisbar el rostro del negro que sostenía los volúmenes y seguía reclamándole:
¾ ¿Cómo libroh, señó? ¡Me hizo corré veinte cuadra por un atao de papele que no vale ná!
¾ ¿Cómo que no valen nada, majadero? Estás hablando de Goethe, animal.
¾ Me lleva la chingada, señó, los cohete no se comen, ni se cambean por tortilla.
¾ Devuélvemelos y te daré tres docenas de tortillas.
El negro le alargó la mano con el rasgado envoltorio, sólo entonces se fijó en su rostro.
¾ ¡Puta madre! ¿Qué le pasó a uhté en la jeta?
¾ Nomás eso me faltaba ¿Por qué andan ustedes encuerados, a ver?
¾ ¡Ay, señó! ¡Somo lo ensebao!
¾ Es un honor, yo soy Fachamar ¿Y qué?
¾ ¿Eh que no sabe uhté quiénes somo lo ensebao?
¾ ¿Saben ustedes quién es Fachamar?
¾ No.
¾ Yo tampoco sé quienes son los ensebados, de modo que quedamos a mano, y con su venia, debo entregar estos libros hoy mismo.
¾ No señó, no se pué uhté ir nomá así.
¾ Pues no pienso desnudarme y engrasarme el cuerpo y, por otra parte, no traigo conmigo tortillas ni dinero, de manera que, si quieres cobrar lo que te prometí, vas a tener que ir mañana a la librería del Botín, de preferencia por la tarde.¾ Y sin mediar una palabra más, antes de que la situación cambiara de tesitura, ganó la ventana y se alejó silbando una zarzuela como si paseara cualquier domingo en la Alameda y no por el arrabal más comprometido de la ciudad.
