Los Tesoros
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Fachamar le había mentido al cochambroso Adán cuando le dijo que no sabía quiénes eran los Ensebados. No era experto en la materia, pero nadie en la ciudad ignoraba las historias sobre esos bandoleros que poseían la mejor construcción de Mixcalco y cuyo modus operandi consistía en desnudarse, untarse el cuerpo de manteca y dedicarse a la rapiña sin que manos humanas pudieran sujetarlos por ningún lado. Cuando se dio cuenta del lío en que estaba metido no tuvo más remedio que hacerse cargo. Salir ileso de allí, y sin necesidad de derramar la sangre propia o la ajena, fue poco menos que otro milagro. Estaba contento por eso y lo agradeció a las estrellas, aunque lo abrumaba la rabia de que tan cerca de ese mundo estuvieran los palacios de La Sociedad, que hacían más miserable el contraste.
Pensando en esas cosas llegó a la calle de las Artes donde su comprador esperaba, el licenciado De la Peña.

Fachamar se rascó la nuca y lo miró un momento, indeciso, finalmente entró de nuevo en su local y salió con un atadijo que contenía más de tres docenas de tortillas duras.
¾ ¿Ehta son la tortilla que me prometió? Ehtá dura y... y... ehtá sola, señó.
¾ Eso sí que no, cada una se acompaña de las otras.
¾ No, ¿puh cómo tortilla así...?
¾ ¿Cómo las querías entonces?
¾ Puh calientita y con tantito chilito.
¾ Tú lo que quieres es tragar a mis costillas ¿Verdad?
¾ No, señó, ¿como cree? yo nomá...... pue la verdá eh que sí.
¾ ¿Como te llamas?
¾ Me llamo el Liendreh.
¾ No me digas por qué. No quiero saberlo. Espérame tantito y cuídame la puerta, ahora vuelvo.
Fachamar sacó una mesita, dos banquillos, un chiquihuite de tortillas recién echadas, un molcajete de salsa y un sartén de huevos revueltos con longaniza. A media calle desayunaron el bandido y el arriero con extraordinario apetito y mutua desconfianza. No obstante, para cuando llegaron al café, la charla se había calentado lo suficiente como para que el ladrón tuviera muerto de risa a Fachamar con las aventuras de su cotidiano trajín.
El librero estaba fascinado con la idea de andar en cueros por allí, por toda la capital, con la piel untada de manteca. El Liendres, por su parte, también se solazaba en la idea de convertirse en un lienzo ambulante, para los que no estuvieran de acuerdo con la cara que la naturaleza les había puesto. Tardó un rato Fachamar en explicarle que no era así, que no llevaba el océano sobre el rostro porque le disgustara su semblante original, sino por razones más complicadas.
No tenía sentido, pero se caían bien; de un hombre azul a un hombre negro. A Fachamar le caía bien casi cualquiera que pudiera sentirse agazapado en la otredad, en la condición de ser distinto de la mayoría, por sus circunstancias o por sus decisiones. A ese respecto, podría decirse que padecía una solidaridad crónica y altamente contagiosa, siempre dispuesto a formar causa común con los menos.
Al final del desayuno, el bandido se despidió de Fachamar como de un antiguo compañero de gremio. Por un momento, el hombre azul pensó en invitarlo a quedarse, en sumarlo a su batallón de libreros, pero no era el punto; el tunante no aceptaría jamás cambiar su profesión por el verdadero trabajo.
No fue aquella la única ocasión que el bandido se presentó al desayuno o a la merienda en la librería de Fachamar. Una o dos veces por semana compartían el café y, mientras el resucitado se regodeaba con las sucias historias del maleante, el Liendres insistía en que Fachamar le contara algunas historia del Decamerón o de las Mil y una noches.


No eran suficientes los toros, los palenques, las carpas y los bailes, la multitud siempre estaba hambrienta de distracciones y rarezas; como aquel elefante que trajo desde el África el coronel Ballesteros, exhibiéndolo en todas las poblaciones entre Veracruz y la capital. Fachamar lo vio de muy niño, un monstruo enorme y bamboleante entre la neblina de Cerro Gordo, una magnífica bestia que a las pocas semanas enfermó de gripa y estiró la pata. Ballesteros, gran caballero de industria, no se dejó desilusionar por un detalle tan insignificante. Con un taxidermista lo mandó disecar y lo siguió exhibiendo hasta que la polilla terminó el trabajo que la muerte había comenzado, y aún entonces, el hombre siguió viviendo de mostrar los enormes huesos del paquidermo.
Después fueron los contadores. En cada plaza, en cada atrio, todas las tardes, se podía ver a los libreros relatando fragmentos del Quijote o leyendo al Amadís por entregas a las miríadas de curiosos que se reunían a escuchar, dejando al cabo de la faena una moneda de cobre o, interesados de veras y si sabían leer, encargando un volumen del libro que contenía la historia.
Tampoco los grandes lectores se salvaron del vicio en el que el librero se propuso despeñar a la gente. Empezó preparando ediciones de lujo para los cultos y pudientes hombres de bien, tomos empastados en piel y fileteados en oro para la gente que se reunía en casa del licenciado De la Peña: La Araucana para Riva Palacio; el Rubayat para Altamirano y un Tirso completo para Zorrilla.
En algo más de un año, el negocio de Fachamar había crecido tanto que comenzó a recibir pedidos, incluso del extranjero. También enviaba por suscripción las docenas de capítulos de "La muerte de Julio César", la primera novela de folletín que su amigo Ríos escribía sin ton ni son, y en medio de aquel ambiente turbulento, pero extrañamente propicio, iba todos los viernes, por la tarde, a las tertulias en casa del licenciado De la Peña, en busca de clientela y discusión, cosas que no faltaban nunca entre los numerosos intelectuales que allí se reunían. Había otro motivo ara acudir sin falta a esas veladas, recién afeitado y con la marina retocada: Soledad de la Peña, la mayor de las tres hijas que tenía el abogado.
No era que Bárbara se le hubiera perdido en algún recoveco de la memoria, pero el amor es la palabra oculta entre las páginas del mundo, un golpe brutal que se da y se recibe sin querer.

¾ Una lástima lo de su muerte.
¾ ¿Su muerte?¾ Preguntó Fachamar, desconcertado.
¾ Hace ya casi un año.
¾ ¿Cómo?
¾ En la misma capital, el último invierno, a unos pasos de mi academia.
¾ ¿Cómo... cómo fue?
¾ Es un caso triste: rompió sus quevedos, últimamente usaba ya unos vidrios como culos de vasos...
¾ Ya los usaba cuando lo conocí.
¾ Te decía, rompió sus quevedos y nunca tuvo la precaución de tener un par de repuesto, vino a la ciudad para mandarse hacer unos nuevos. Él sabía de mi establecimiento y pasó a visitarme, estuvimos toda la mañana recordando los viejos tiempos, ya sabes, un poco de arte y otro tanto de mujeres, luego se marchó en busca de sus gafas, pero al cruzar por Las Escalerillas una carroza se le echó encima. Sin los quevedos no veía más allá de su nariz, y tampoco escuchaba ya muy bien, no tuvo tiempo de reaccionar. Murió allí mismo, en el arroyo.
¾ Ese hombre merecía una muerte mejor.
¾ Que lo digas, yo no pude hacer otra cosa entonces que pagarle un buen entierro.
¾ ¿Y sus cosas?
¾ ¿Qué cosas?
¾ Sus cuadros, los útiles y sus libros.
¾ No sé. Hasta donde llegué, el viejo vivía en algún lugar perdido en la sierra de Puebla. Supongo que sus cosas seguirán allí o ya las habrán tomado los ladrones.
Fachamar se quedó petrificado en mitad de la estancia. Esperaba que muriera el mundo entero, menos ese viejo. Verdad que no se había malogrado a sus años, pero era increíble que hubiera muerto de esa forma, como un lépero, sin tener oportunidad de desenvainar el estoque o el pincel. No era justo.
Quiso levantarse y no pudo, el llanto se le colmó de ganas, no sabía si de tristeza o de rabia. Dejó que la noche se le metiera en los huesos y que los invitaron se fueran a dormir, uno a uno, la plácida vela de Chimalistac. El licenciado De la Peña echó la llave, apagó las luces y se guardó en su alcoba sin fijarse en el que, ovillado, se abrazaba a sí mismo en una butaca vecina de la chimenea. Horas de obscuro silencio pasaron sobre su inmovilidad, hasta que una mano se extendió sobre su estrellada frente. Ella se acuclilló al lado suyo, el cabello desceñido y los párpados un poco hinchados, su piel era como el resplandor de un fantasma en la penumbra del salón.
¾ ¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo?
Fachamar la miró insípidamente.
¾ ¿Por qué no te has ido a dormir?
El resucitado se encogió de hombros y apretó los labios.
¾ Un hombre muy querido ha muerto.
Ella tenía la mirada fija en las brasas, a Fachamar le pareció en aquel momento que esa mujer pálida, con la que no cruzaba usualmente más palabras que el riguroso buenas-noches-muchas-gracias-hasta-luego, lo sabía, lo entendía todo. Los ojos zarcos de Fachamar estaban llenos de acíbar y pasmo. Ella recogió su mirada, un poco somnolienta, quizá menos aguda que de costumbre, lo observó con curiosidad. Fachamar pasó saliva y tomó la mano que ella le ofrecía.
¾ No pude siquiera despedirme.
¾ ¿Lo viste morir?
¾ No. Claro que no.¾ Soltó la mano que le acariciaban y apretó tanto los puños que se clavó sus propias uñas.
¾ ¿Qué vas a hacer?
¾ Nada.
Soledad estuvo un buen rato acariciándose el cabello revuelto, luego le puso una mano sobre el hombro.
¾ No sé qué decirte.
Fachamar no esperaba ni quería consuelo. Ella se levantó para subir por la escalera de piedra que llevaba a las alcobas, luego de un rato volvió con una frazada y se la echó encima. Ya los lagrimones de Fachamar habían humedecido el brazo del sillón donde apoyaba el rostro. Ahora fue la chica quien buscó su mano.
¾ Se te hincharon los ojos
¾ No te mortifiques por mí.
¾ ¿Qué te puedo decir?
¾ Nada, no me digas nada.
¾ ¿Entonces?
Fachamar se frotó el rostro, un piélago infinitamente amargo donde no había lugar para el amanecer.
¾ Perdóname por el drama, es la primera vez que me pasa ¿Qué va a pensar tu padre?
¾ Eso no importa ¿Estás mejor?
El librero vio su reflejo marítimo ensancharse en las pupilas de Soledad.
¾ No. Creo que voy a llorar de nuevo.
Y en ese instante se sintió capaz, por primera vez, de llorar de un golpe a sus padres, al general Hernández y a todos los miserables de Mixcalco, todos juntos a un tiempo, como si todo su ser no fuera más que una enorme, única pena, a punto de vaciarse sobre el mundo. Tal vez si hubiera estado solo, pero allí estaba Soledad, y cuando el llanto se agostara seguiría siendo él una tristeza monolítica junto a la curiosidad de esa chica que acariciaba su mano y jugaba con ella como si fuera un pichón derribado por la tormenta, tratando de arrebatarle aquel dolor tan suyo, tan inefable, que se perdía rostro adentro, naufragando junto a esa otra piel que ahora navegaba la suya, entibiándola.
Él tampoco sabía qué decir, fascinado por el llanto. Acercó las manos de Soledad a sus labios, llevándolas a la deriva en el escampar de su boca, un aguaviento menudito que lloviznaba desde el fondo de su pecho.
Fachamar clavó su rostro en ese regazo suave para decir:
¾ Siempre me pareció un desperdicio que lloviera sobre el mar.
La chica hizo que levantara el rostro, lo miraba distinto, con el ceño fruncido, como tratando de atisbar el cardumen de nubes al fondo de su cara. Fachamar quiso zafarse, volver a ocultar su semblante entre los pechos blandos, o llorar de pronto en plena calle, o en la cárcel, o en mitad de la solitaria sierra de sus batallas, pero no se movió ni un palmo, ni siquiera cuando aquella lengua se zambulló mar adentro, traspasando el feroz doble arrecife de los dientes, hasta que el placer desgajó, sin permiso de nadie, la boca del estómago, los muslos y el corazón.
Eran tan distintos como el mar de la tierra, incluso sin la careta oceánica, los ojos de Fachamar hubieran pregonado a los vientos su noche mediterránea, mientras que los de ella tenían mucho de forestal, esa mirada le gustaba al librero porque, como la sierra de sus veredas y sus victorias, cambiaba de color conforme avanzaba el día: si por la mañana, eran de un marrón tan luminoso que parecían algaida, pero a la tarde tenían un verde sombrío de floresta.
En todo lo demás eran igual de distintos: le gustaban las Dianas de Montemayor y esa clase de cosas y, en cambio, Quevedo le parecía demasiado pedante, cosa que Fachamar no le perdonaba nunca y se lanzaba contra ella en discusiones interminables en la casa De la Peña o en el Café.

Fue algo que ella le dijo, estoy seguro. Por aquellos días el océano de su semblante no dejó de cambiar: tan pronto el agua dormía, dormía, sosegada, un letargo trigueño y marrón; como se levantaba iracunda una tempestad casi blanca. Un mediodía lo vi pasar: sobre su mejilla un atónito cangrejo contemplaba un cuarto menguante abatido de la noche, lugre fabuloso emergiendo de un piélago violeta; el horizonte no era tampoco de este mundo, sino de otro recién inventado, donde las estrellas que reptaban su frente no tenían más nombres que los que el arriero les iba regalando.
Su rostro, según el humor del momento, era unas veces azogue y otras titán enfurecido, siempre atento al detalle, al vaivén de las olas a punto de salpicar el aire con sus penachos de espuma, y eso no podía ser la felicidad. No le parecía justo al resucitado llamar así a una condición tan umbría, él, que siempre entendió al amor como el que se vive en las novelas, bien pertrechado de tequieros y miamores, crepúsculos y pan de azúcar. Ni siquiera los besos le sabían como los imaginó antes de conocerlos; sin embargo, y después de todo eso, era necesario admitir que allí, donde todo iba mal, se estaba muy bien. Fachamar vagamente se daba cuenta, y de buen grado se iba dejando prender en el cepo.
Las lunas se amontonaban entre literatura y tinta de imprenta, carretas de lectores y cuentos con la germanía de los negros. Entonces el libro de su historia volteó la página.

Una mañana Miramón, con sus conservadores, abandonó la ciudad rumbo al destierro y el general González Ortega, con un ejército de treinta mil hombres, tomó la capital para Juárez; en Querétaro Zuloaga se volvió a declarar presidente y levantó una miríada de guerrillas que se dedicaron a rapiñar a quienes consideraban culpables de la desgracia de México. También aquello era tema de conversación para Soledad y Fachamar, zafarranchos a muerte sobre el bien y el mal. A ella el rastro de sangre del Tigre de Tacubaya le provocaba una risa cáustica que se le quitó luego, cuando la fiera cebada se metió hasta la plaza de Buenavista, donde hizo una carnicería de civiles, entre los que se contaron dos hermanos del licenciado De la Peña.
Asustado, De la Peña tomó a su familia y, apenas con lo indispensable, salió una sigilosa madrugada rumbo a Veracruz para buscar refugio más tarde en los Estados Unidos, hizo también otra gente de posición.
Era viernes y aún faltaba mucho para la hora de la tertulia, pero Fachamar ya se había acostumbrado a presentarse dos horas antes de la cita para disfrutar de las polonesas que Rosario, la más pequeña de las chicas, aporreaba en el antiguo piano de la familia y, sin duda, de una taza de té con buñuelos o, con un poco de suerte, de hojaldre al licor. En lugar de música y bocadillos, Fachamar se encontró un zaguán irremediablemente cerrado a piedra y lodo y un caserón obscuro en el que los muebles habían sido convertidos en fantasmas.
Una vecina oficiosa le hizo a Fachamar una detallada relación de la fuga. Nada que hacer, los De la Peña se habían marchado. Pero sobre todo ella. Se había desvanecido así como así, sin explicaciones, sin despedidas, y lo mismo daba que ahora estuviera en la Habana o en Madrid, como sugirió la vecina. Nunca, hasta entonces, se planteó el librero el problema de la desolación. Había llegado a convencerse de que la soledad era sinónimo de santa paz, porque siempre había estado solo, pero no sabe lo que es el fin quien nunca ha comenzado.
Al principio fue sencillamente que no estaba, que no habría nadie con quien discutir, con quien no estar de acuerdo, otra inteligencia a la cual enfrentar la suya.
No tardarían en llegar los demás parroquianos, en caso de que tampoco estuvieran advertidos, cosa probable, y el arriero no tenía ganas de hacer comentarios sobre lo imprevisto de la partida y-qué-pena-dejarnos-venir-hasta-acá-es-una-falta-de-respeto y todo eso.
Sin tener a donde ir, ese día y a esa hora, el resucitado anduvo recorriendo las calles a la deriva, sintiendo que el mundo invernal a su alrededor estaba como metido en una gigantesca pecera de vidrio, a la que él estaba asomado casi a la fuerza. Fue mucho después, a las puertas del amanecer, que comprendió de verdad. El sol se iba derramando por las calles empedradas de sueños cuando comenzó a extrañarla, a sentir que era imposible que no estuviera.
Los primeros días pensó en seguirla, pero ¿seguirla a dónde? La verdad es que el mundo no era tan pequeño como los pensadores pregonaban, y algo le hizo sentir al arriero que por esta ocasión el azar no iba a hacer nada por él.
Nada detestaba más que la compasión de la gente y, en los días que siguieron, cada vez que alguien se refería a la partida de los De la Peña diciendo "es lamentable" el resucitado estallaba ¿Qué sabían todos lo lamentable que podía ser la huida de un hombre vencido por el miedo, llevándose a sus hijas a quiensabedónde, y con ellas el aliento, y el mañana y, tuvo por fin que admitirlo, un trozo enorme de su corazón azul. La gente chasqueaba la lengua para referirse al asunto y a Fachamar le daban náuseas porque estaba seguro que harían el mismo gesto ante la muerte de Ferreiro o de don Maclovio o de sus padres. Nunca se sintió tan distante del género humano.
"Lejos" dijo Fachamar en voz alta y se sintió mal, porque todo le estaba lejos, y nada había más distante de él que él mismo, convertido en una sombra febril de lo que era el día que decidió pintar un cuarto creciente sobre su ojo por primera vez, y en ese instante se dio cuenta de todo lo que se había mezclado en aquella marisma. Dondequiera que se hallara Soledad, río menudo tierra adentro, llevaría bajo la piel unas gotas saladas por el resto de su vida y él, luego de tanto, no volvería jamás a ser tan salino como antes.
No dejó por ello de sentirse despojado, vencido, cada vez que repetía "lejos".
