Alamar

T al vez fueron esos los peores días que vivió Fachamar. Desilusionado de todo y de todos, renuente a pedir o aceptar consuelo. Aquel acíbar derramado no incluía a sus amigos, pero también supo colocarse a salvo de ese alivio, levantando muros de silencio.

    Se hallaba furioso con la vida. Muchas cosas interesantes pasaron bajo sus narices sin que se inmutara: el gobierno de Juárez canceló las deudas contraídas por Miramón con el extranjero, lo que provocó la expedición punitiva de Londres; de momento la cosa se resolvió cuando Juárez firmó con Prim el tratado de La Soledad, lo que no impidió que un poderoso contingente francés se alojara en Tehuacán.

Ya se sabe lo que vino luego. En pocas palabras, los galos se lanzaron al ataque, en un principio derrotados por Zaragoza y la disentería en Puebla, pero luego, con refuerzos de Francia y de los propios conservadores, volvieron a cargar, aplastando San Lorenzo, Puebla y, finalmente, la capital.

    La mañana en que la vanguardia francesa llegó a la Ciudad de México, Juárez, junto con todo su gabinete, estaba ya en camino rumbo a San Luis y Fachamar paseaba displicente por las páginas de un Discurso del Método, en francés, con una taza de café y un diccionario bilingüe a su lado. Se le ocurría por entonces a Fachamar que era muy fácil traducir un texto literario, reduciéndolo a nada más que palabras y una gramática de frases que, en un abanico muy reducido, se podían interpretar o trasladar literalmente, con imprecisiones si se quería, pero también con un claro sentido general, por el contrario, nada era más difícil que leer, en la sucesión de los hechos galopando ante sus ojos, la verdadera intención de las cosas, de la vida, donde ningún diccionario sobre la tierra lo podría ayudar.

El arriero fue uno más de los curiosos que se apiñaron frente al Palacio Nacional el día que Forey, en su guturante español, garantizó la libertad de cultos (como si alguna vez los cultos hubieran tenido derecho a ser libres) y la desamortización de los bienes del clero. Terminado el discurso, Fachamar se encogió de hombros y se dirigió a la casa de su amigo Dufoo, convencido de que la historia no lo necesitaba en absoluto.

Dufoo, igual que muchos, estaba entusiasmado por el cambio de gobierno: solía decir, en son de broma, que cuando las cosas estaban muy mal en una nación, había que cambiarlas por algo mejor, y los últimos años de vida pública en México corolaban que cualquier otra cosa sería algo mejor. Fachamar lo escuchaba sin contradecirlo ni darle la razón, igual que cuando aseguraba que el café con leche del Cazador era infinitamente más sabroso que el de La Gran Sociedad o el de Veroli.

Con la misma tranquilidad leyó el decreto en que se decretaba la monarquía como forma de gobierno y la corona era ofrecida al príncipe Maximiliano de Habsburgo, aunque no dejaba de sonreír pensando en lo que hubiera dicho Soledad.

    Muchos días la plebe se volcó por las calles para celebrar la coronación de los emperadores de México, mientras el librero, cruzado de brazos, miraba a la multitud desfilar frente a su local, hasta el día en que su amigo Ríos le anunció su decisión de aceptar el cargo de regidor del Ayuntamiento del Imperio. Aquello dejó de una pieza al arriero, entonces sí, vivamente interesado en las razones del jurista.

Lo mismo que Dufoo, quien tenía el honor de recibir dos veces por semana al austríaco para cruzar aceros, Ríos pensaba que Maximiliano era un buen hombre; en unos cuantos meses había hecho cosas como reabrir la academia plástica de San Carlos, fundar los museos Arqueológico y Natural y la Academia de Ciencias y Literatura. Para Ríos, y tantos otros, era una verdad incontestable que un tipo interesado en las artes y las letras, por principio, no podía ser un mal sujeto; por otro lado, las leyes que no sólo ponía en el papel, como hacía Juárez, sino que llevaba a la práctica de inmediato, eran más liberales y más radicales que las del propio gabinete liberal y el resucitado, ya se sabía, era mucho más afecto a los actos que a las palabras. El propio arriero quedó gratamente sorprendido la tarde en que cruzó espadas, en la academia de Dufoo, con el emperador. Era un hombre muy alto, de buenos reflejos y sobrada habilidad, muy difícil de alcanzar por la distancia de su brazo y, en general, buen oponente, a pesar del excesivo cuidado que ponía para no recibir ni siquiera un rasguño, por lo de la hemofilia. Fachamar, que con el acero era considerado incluso por Dufoo, logró asestarle cinco botonazos limpios, recibiendo a cambio sólo tres sobre el peto acolchado que Dufoo exigía a sus estudiantes. Con una cortesía que Fachamar jamás había visto en un vencido, el archiduque se levantó la careta y rindió sus respetos al oponente en perfecto castellano. El hecho dejó una profunda marca en el alma del librero, que no dudó desde entonces al expresar sus simpatías para con el emperador.

Nunca se sabrá si lo que Ríos, y tantos, esperaban del gobierno de Maximiliano se hubiera cumplido. Su mandato duró lo que el agua entre los dedos. A cada instante los cimientos de su autoridad eran minados por su propia gente. Aunque la pareja imperial era querida por la plebe, pronto resultaron antipáticos para el pueblo que contaba, es decir, para los ricos, los hombres de razón y, en general, para los pocos que tenían en sus manos el destino de todos.

Aun cuando había dado altas muestras de su liberalismo, Maximiliano era despreciado por Juárez debido a... tal vez a su origen y la forma de gobierno que había adoptado; tampoco con Napoleón andaba bien el austríaco, que nunca estuvo dispuesto a poner en manos del francés ni un real del erario mexicano; mientras que los conservadores, por su parte, llegaron a la conclusión de que preferían pelear con don Benito que alcahuetear el liberalismo de Habsburgo. Desde dentro de la corte, Bazaine, subrepticio, fue tomando bajo su control cada vez más asuntos vitales para el país, como cuando, sin consultar al emperador, declaró criminales a todos los republicanos por no tener ya causa que seguir y, coludido con los conservadores radicales, emprendió una verdadera cacería.

Muchos soldados de la República fueron muertos a causa de este edicto del ministro Bazaine, entre ellos el célebre caudillo ayutlista Nicolás Romero. Cuando Ríos, amigo personal del difunto, se enteró de su fusilamiento, echó todo por la borda, renunció a su cargo e imprimió en La Orquesta, un periódico semiclandestino que se imprimía en los talleres del Botín, una serie de artículos en los que desafiaba abiertamente a la legislación del código militar de Bazaine. Al leerlo, el mercenario, iracundo, decretó que referirse a Romero como "glorioso mártir, defensor de la patria y de la libertad" era un crimen contra el Imperio, y su venganza no se hizo esperar.

El aviso del Liendres llegó después que la policía. El Costra, uno de los sebosos más jóvenes, irrumpió jadeando en la academia de Dufoo, donde se encontraba Fachamar. Iba todavía vestido, aunque ya era noche cerrada, apenas con aliento para comunicar su encomienda: Un pelotón de la policía especial de Bazaine se preparaba para arrestar al licenciado Ríos.

    Para cuando Fachamar llegó a Donceles, ya no estaban ni la policía ni su amigo, y de golpe comprendió que ya no sería nunca más impresor ni librero, porque El Botín y Los Tesoros iluminaban el cielo de la ciudad, envueltos en llamaradas.

Fue un milagro que el incendio no se apoderara del barrio entero, haciendo Roma de México; a la mañana siguiente, de aquellos países donde Fachamar había navegado, reído y cabalgado, no quedaban más que cenizas. Estaba también allí, maloliente pavesa, lo que restaba de un hombre. Ni su propia madre lo hubiera reconocido, y acaso ella menos que cualquier otro, pero Fachamar supo de inmediato que ese cuerpo retorcido y rezumante era el del Liendres. Más tarde los vecinos le confirmaron que un negro desnudo se había lanzado de cabeza a la caballeriza ardiente, nadie supo para qué. La grasa, que tantas veces lo había salvado de la ley, fue un bocado apetitoso para las manos hambrientas del fuego. Era absurdo: él, que jamás aprendió a leer, había muerto por salvar quién sabe qué historia de esas que lo hacían conmoverse hasta las lágrimas.

Para esa hora, Ríos, y casi todos los hombres de Fachamar, se hallaban presos de vuelta en los calabozos de La Acordada.

Gracias a los oficios de la gente del Liendres, que se entendía bien con la policía, los arrieros salieron antes de una semana. Bazaine los había soltado porque no le interesaban, meros peones de una partida mucho más importante. A Ríos, en cambio, lo habían derribado en plena calle, donde lo golpearon hasta que el hombre no pudo moverse más. En cuanto estuvo un poco restablecido, Bazaine le hizo un consejo de guerra en la casa de Moneda, literalmente a espaldas del emperador: De la Acordada lo transfirieron a la fortaleza prisión de San Juan de Ulúa, en Veracruz. Para cuando los arrieros hablaban del asunto con su capitán, don Antonio estaría saliendo junto con otros presos políticos, encadenado por el cuello y los tobillos como una bestia, rumbo a las plantaciones henequeneras de Yucatán, donde sería utilizado como "negro" en los inhumanos trabajos de agricultura que ese siembra requería.

La contrita compañía de libreros ambulantes se reunió con su jefe en la polvorienta casona de los De la Peña que, siempre a oscuras y con su fantástico menaje muerto de tristeza, se convirtió en el refugio de un Fachamar nuevamente proscrito.

¾ ¿Y ahora qué pensamos hacer, viejo?¾ Preguntó Vivas desde un rincón de la sala.

¾ No hay mucho que hablar. Tenemos que ir por Antonio.

¾ ¿A Yucatán?

¾ Al fin del mundo si es preciso. No se olviden que una vez estuvimos en una celda y que fue Antonio quien sacó nuestros huesos de allí... y lo que tuvimos después, y ahora hemos perdido, fue en buena parte gracias a Antonio. Estamos como al principio: muy poco tenemos que perder, como no sea el pellejo. No obligo a nadie, quien quiera venir que venga, el que prefiera quedarse, pues ¡Suerte en la vida, compañeros!

¾ ¿Y cómo se supone que vamos a llegar a esa ranchería?

¾ Desandando el camino. De aquí a Cerro Gordo, y de allí a Veracruz, a ver quién se acuerda de mí; conseguiremos un barco por allá.

¾ ¿Como?

¾ Eso es lo que nos mantendrá ocupados en el puerto.

Una sola cosa le quedaba a Fachamar por hacer antes de partir rumbo al Golfo.

Estaban todos los sebosos, menos uno, con sus mujeres, pero en esta ocasión todos vestían el riguroso luto escarlata, en rudo contraste con la oscuridad de su piel. Quién sabe de dónde había sacado la cofradía suficiente plata para pagar cirios, campanas, sacristanes y oraciones que proclamaban su sonora congoja; nubes de flores y ramilletes de petardos acompañaron los retorcidos despojos del Liendres camino del cementerio.

Sobre la tierra fresca, una batalla de cohetes reventó, y seguía atronando el cielo de la madrugada cuando los arrieros abandonaron la ciudad por el camino de la costa.

Hosted by www.Geocities.ws

 

Hosted by www.Geocities.ws


Al siguiente capítulo

1