
U
Era gozoso tener a sus hombres activos de nuevo, Vivas había
engordado y envejecido con la vida muelle de la ciudad y algunos otros mostraban
también los estragos del sedentarismo, pero en el fondo seguían siendo los de
siempre. Valía la pena vivir en el peligro, si allí era donde habitaba la
esperanza.
Habían pasado toda la noche estibando las cosas en su sitio y,
una vez a la mar, todos los tripulantes cayeron en sopor dulce y pesado, quizá
fue eso lo que los salvó del mareo durante la primera jornada, aunque después
los síntomas fueron muy severos para algunos que casi dejaron los intestinos en
mitad del Golfo. Los tres jarochos de la tripulación no se cansaban de
embromarlos, sugiriéndoles que mordieran el ancla para curarse de la náusea, o
que bebieran un vaso de agua marina sin respirar, cosa que los ponía peor;
otros, fascinados por la novedad, no se despegaban del puente de proa, se les
iba el día viendo desfilar las olas que la quilla partía en dos con un rumor
cálido y afectuoso. Fachamar pensaba en Ulises o en Simbad, preguntándose qué
monstruos serían peores, si los del Helesponto o los de la política.
Caboteando, les llevó tres días acercarse a la costa yucateca.
Justo cuando los más pedestres comenzaban a curarse y a disfrutar la
experiencia, llegó el momento de volver a tierra. El segundo día de navegación, como si una mano invisible tirara
los dados en favor de los arrieros, encontraron los restos de un naufragio: una
silla flotando patas arriba, pedazos de madera de lo que había sido una pequeña
cabina, un saco de semillas hinchadas por el agua y, finalmente, un hombre
deshidratado, con la piel cárdena por el sol, que se sostenía a duras penas
sobre una mesita de pino. Lo acercaron al Trueno con los ganchos de estiba, lo subieron a
bordo y le hicieron beber con una esponja. Se trataba de Mauricio Charpenel,
único sobreviviente en el naufragio del Vichy, el lanchón que, según les habían
informado en Veracruz, transportó a Ríos, junto con otros veinte presos, a la
capitanía del río Lagartos, donde los puso en manos de los capataces. Cuando Charpenel se dio cuenta cabal de dónde y con quiénes
estaba, su escocido rostro se puso violeta: ¾ Es un placer, caballeros.¾ Murmuró desde el fondo de su garganta, tratando de
sonreír. ¾ No me gusta hacer migas con la gente
que se va a morir.¾ Cortó Fachamar de tajo. ¾ Pero, si yo no les he hecho ningún
mal... ni los conozco siquiera. ¾ Porque no has tenido oportunidad,
aunque estoy seguro que no dudarías en reducirnos a la más triste esclavitud,
como lo has hecho con tanta gente, si en tus manos estuviera. ¾ ¿De qué habla? yo sólo he cumplido
mis órdenes con honor... ¾ No las órdenes de la razón, por lo
visto; pero en este momento nos dirigimos a enmendar tus errores y a liberar a
algunos a quienes injustamente has puesto en grilletes. ¾ ¡He sido rescatado por una horda de
conspiradores! Hagan entonces lo que quieran conmigo, mátenme si es su deseo,
mas recuerden que el gobierno está en todas partes. ¾ ¿En Lagartos también? ¾ Y en todas partes, y vengará mi
muerte. ¾ Tranquilízate y no llores, criatura,
que todavía estás vivo. Por otra parte, si no me ayudas en un pequeño negocio,
desearás que te regresemos a tu mesa flotante. Piénsalo, ya eres muy afortunado
como único superviviente de un naufragio... ¾ ¿Garantiza usted mi vida? ¾ Serás alguien importante, si piensas
que tu ayuda vale tu pellejo. Yo garantizo personalmente tu vida, si prometes
obedecerme al pie de la letra. ¾ Me basta. ¾ Quiero saber ¿Qué pasa realmente
allá, en Lagartos? y no trates de engañarnos o viajarás en el compartimiento
para la cadena del ancla. ¾ Las riberas del Lagartos, que es
donde se encuentra el caserío de las plantaciones, está custodiada a toda prueba
por soldados del Imperio. ¾ ¿Del imperio francés? ¾ Del Mexicano. ¾ Lástima, habrá que rellenarlos de
plomo, pues. ¾ ¿Rellenarlos, caballero?,
necesitaría más balas de las que caben en esta vieja chalupa. ¾ ¿Contra qué vamos a enfrentarnos,
carajo? ¡Habla claro de una puta vez!¾ El prisionero se
hubiera ruborizado, si el estado de su piel se lo hubiera permitido. ¾ No saben nada ¿Verdad? ¿No saben que
el coronel Elorduy tiene anclada allí una cañonera? Je, je. Pues la tiene. ¾ ¡Me carga!... Nos tendremos que
medir con ella. ¾ ¿Conoce usted, caballero, el
armamento de una cañonera? ¾ Ni por descuido ¿Y qué? ¾ Cuatro piezas y un cañón de
retrocarga. ¾ ¡Puta madre! ¡Cómo ha cambiado la
guerra últimamente! Esa cañonera... ¾ Le cerrará el paso en cuanto se
acerque, señor Arlequín. ¾ ¿Me dijiste arlequín, a mí? ¾ No conozco su nombre, caballero. ¾ Fachamar, señor mío. ¾ Caballero Fachamar, le he dado
informes muy valioso que podrían comprometerme con mis superiores. Confío en su
discreción y, por supuesto, en que mantendrá su palabra ¿No es así? ¾ ¡Que Satanás cargue contigo,
cobarde! ¡Yo mismo te despellejaré vivo si me vuelves a decir "caballero"! Y dándole la espalda ordenó que lo ataran y lo encerraran bajo
llave en el estrecho compartimiento de la bodega.
¾ En un rato sale el güero, si alguien
ve el barquito somos pasto de los pescados. ¾ Hablé anoche con el Marrajo, dice
que no tenemos de qué preocuparnos. En aquel momento el Trueno navegaba a lo largo de una muralla
de roca, cortada a pico sobre el océano. El Marrajo, el mismo negro viejo y
malediciente de la batalla del río Verde, dirigía la nave con lentitud. Apenas
una vela pequeñita como un ala de gaviota cortando la brisa, precavida. El cielo de durazno desapareció tomando por sorpresa a los
libreros. De un golpe la nave viró precipitada contra el acantilado para
encontrarse en mitad de una estancia colosal. Cuando los ojos de la tripulación
se acostumbraron a la nueva oscuridad, pudieron observar que se hallaban en una
caverna, oculta por un titánico mechón de lianas y enredaderas que se
inclinaban, tratando de acariciar las aguas mansas de un canal. ¾ ¡Madre mía! ¡Qué chulada de
escondite!¾ dejó escapar Vivas como un susurro; un
universo de pájaros respondió a la exclamación del soldado con un derrumbe de
gritos sobre el intruso que invadía su hogar. ¾ ¡Gracias, Marrajo!¾ Le gritó Fachamar a su piloto ¾
Nadie más que tú hubiera podido encontrar un refugio mejor para el Trueno. El viejo sonrió mostrando una dentadura llena de huecos y agitó
en el aire una mano, dura y curtida como un trozo de ancla añeja: ¾ Nadie nos va a venir a chingar aquí,
joeputa. ¾ ¿Dónde estamos, exactamente? ¾ Tras una piedra, coño, ladito del
Lagarto. ¾ Pues entonces échame al agua una
lanchita, viejo. ¾ ¿P’a qué putas, patrón? ¾ Ya lo verás, Marrajo. Vivas, ve por
nuestro invitado. Casi de inmediato Charpenel estaba sobre cubierta. ¾ No van a matarme, tengo su palabra
¿Verdad? ¾ ¡Carajo, de veras que le tiene miedo
a la flaca! No, de momento no se trata de eso. Necesito otra vez de su
ayuda. ¾ No me pida demasiado. ¾ No estás en posición de exigir nada
¿Conoces bien al oficial de los campos? Vamos a hacerle una visita. ¾ ¿Se van a entregar? ¾ De ningún modo. Iremos a presentarle
nuestros respetos como oficiales del imperio. ¾ ¿Y piensa que el coronel Elorduy lo
tomará en serio con esa facha? ¾ Tal vez a mí no, pero estará
encantado de que usted le presente al capitán Heurístico Roccazura. ¾ ¿Yo? ¾ Si no le parece, podemos meterle
unos erizos por el culo antes de mandarlo al otro barrio. ¾ Me había prometido usted... ¾ Si me obedecías. ¾ No tengo alternativa. ¾ Muy bien. Pedro, Macario, Reynaldo,
ustedes vendrán con nosotros y si algo sale mal se encargarán de torcerle el
cogote al caballero Charpenel. El sol relampagueó sobre las insignias de oficial de navío que
lucía el uniforme de Heurístico. Las olas, centelleantes bajo la mañana
caribeña, sintieron su dolorosa claridad quebrada por los remos de los arrieros,
mientras un río de pájaros graznaba sobre sus cabezas, volando hacia la marisma
del Lagartos. La luz cayó vertical sobre la cara de Heurístico, que cerró los
ojos para disfrutarla a plenitud, como hacía años no lo hacía. Nadie, ni
siquiera Charpenel, se atrevió a despegar los labios. Fue el propio resucitado,
ante la mirada expectante de sus hombres, quien habló: ¾ Todos conocen la historia, algunos
estaban presentes cuando aquello pasó; el color azul se desvaneció en unos
cuantos días, y bien pude ser luego gris, o café, o rojo, o quedarme de nuevo
como me ven ahora, pero éste no soy más yo, no el Fachamar que ha peleado tantas
veces junto a ustedes, y que volverá a ser en cuanto terminemos con esto, si es
que salimos vivos; dejaré de nuevo éste que es ahora como una máscara, con la
que no me siento digno de morir el mundo.

El Trueno zarpó de Veracruz al amanecer. No era un Clíper, pero
nadie se quejaba por haber conseguido ese navío por cincuenta reales, con todo y
tripulación.


El perfil de la costa yucateca apareció en el horizonte. Por
levante un desplome de luz iba vistiendo la alborada con un ropón de rosa
intenso. De pronto el mundo entero se hizo de nácar, incluso la voz del capitán
Vivas cuando se dirigió a Fachamar: