Ida y Vuelta de la Faz

D     ensos goterones resbalaban sobre la frente de los remeros. Tuvieron que hacer un gran esfuerzo para mantenerse alejados de la obscura pared hasta llegar a una ensenada donde la playa se abría paso entre la roca. La cándida grava se resolvía en un alud de luz. Vivas cedió la caña del timón a Pedro, la chalupa atravesó la bahía y fue a varar en la arena limpia, recién lavada. Frente a ellos una hilera de ceibas y palmeras limitaba una vasta plantación de henequén. Por entre las pencas del plantío apareció un jinete con un fusil de repetición terciado sobre el regazo. Era un criollo joven, con la cara como una fresa por el sol, a pesar del enorme sombrero de paja que lo defendía. Con un trote apresurado se dirigió en línea recta a donde estaba Heurístico.

¾ ¿Quién vive?

¾ Miren.¾ Dijo el capitán a sus compañeros. ¾ Yo pensé que se trataba de un caballero y no es otra cosa que un nativo ¿Ésta es su gente, señor Charpenel?

El otro se encogió de hombros sonriendo.

¾ ¿Perdón, señor?¾ Preguntó el criollo con las cejas muy juntas.

¾ ¡Hablas español, muchacho!

¾ ¡Pero qué diablos! ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué coños hacen aquí? ¿Están con el Gobierno o contra él?

¾ Eso depende ¿Qué bandera ondea por aquí?

¾ La del Imperio, señor.

¾ Eso tenía entendido.

¾ ¿De dónde viene?

¾ De Veracruz.

¾ ¿Y qué desea?

¾ Ver al coronel Elorduy. Traigo un encargo del general Miramón.

¾ ¿Él está aquí?

¾ Puedes jurar que si él estuviera aquí, yo no tendría nada que hacer en esta tierra infame.

El criollo miró a Heurístico desconcertado y preguntó:

¾ Pero ¿Dónde está su barco?

¾ A buen recaudo, temíamos que una nave del enemigo nos hubiera seguido desde Veracruz, son tiempos de guerra, ya lo sabes.

¾ Perdone usted, no sabía yo... ¡Sargento Vargas para servirle! ¿En qué puedo ayudarlo?¾ Gritó tono marcial

¾ ¿Sería usted tan amable de llevarme ante la presencia del coronel Elorduy?

¾ ¡A sus órdenes señor...

¾ Heurístico, capitán Heurístico Roccazura.

El criollo se llevó dos dedos a la boca y silbó como el mejor de los arrieros. Veinte soldados del Imperio, armados con fusiles y machetes, salieron de entre los plantíos.

¾ ¡Una escolta!¾ Se asombró Heurístico.

¾ Un pelotón nada más, capitán. ¡Pérez!

Un negro descomunal se adelantó saludando con la mano en la frente.

¾ ¡Sí, señó!

¾ Corre a la factoría y tráete cuatro caballos, de los buenos.

¾ ¡A su órdene, señó!¾ Y el negro salió corriendo bajo aquel sol amargo hasta perderse entre los árboles que resguardaban la plantación.

¾ ¿Temía usted un ataque, sargento?

¾ Como usted lo dijo, estamos en tiempos de guerra, mi capitán.

Heurístico asintió con la cabeza dándole la razón al militar.

    Poco más tarde el negrazo volvió con los caballos y en unos minutos cruzaron la plantación.

¾ Lagartos, mi capitán.¾ Dijo el criollo con un vago orgullo, extendiendo una mano hacia el horizonte.

¾ No pensé que estuviéramos tan cerca.

El sargento cambió unas palabras con el centinela a la entrada de la hacienda y le pidió a sus huéspedes que lo siguieran.

Heurístico y los suyos desmontaron y siguieron a pie. El capitán caminaba muy cerca del conservador sin demostrar ninguna emoción. Se detuvieron frente a una magnífica finca de piedra marina y argamasa. Un hombre vestido de oficial estaba sentado sobre un cañón, observando desde allí los trabajos de los cautivos; al ver la comitiva se puso en pie.

¾ ¿Quiénes son estos caballeros?¾ Le preguntó al sargento, luego clavó sus ojos pardos en Charpenel y la sorpresa pasó por su semblante.

¾ Charpenel ¿Qué hace usted aquí?

¾ Eh... yo, buenos días coronel.

¾ ¿Qué aires lo traen tan pronto de vuelta?

¾ El motivo es urgente... aquí el capitán Roccazura se lo puede explicar con más detalle, coronel.

¾ Encantado capitán. Por favor, no se queden aquí parados bajo este sol de los cien mil carajos, síganme al cuartel.

Dentro de la estancia, húmeda y umbrosa, con olor a encierro litoral, había varias sillas de cuero que el coronel y los recién llegados ocuparon de inmediato.

¾ ¿Les ofrezco algo, capitán?

¾ Daría mi hacienda por un buen vaso de coñac.

¾ Lo lamento, ron es todo lo que tengo, pero tiene que probarlo; será bebida de filibusteros o lo que se quiera, pero yo tengo aquí el mejor del Caribe, "importado" directamente de Cuba.

¾ Probemos, pues, hay que tener gaznate aventurero y panza de limosnero.

¾ Excelente política esa... Ahora, por favor ¿Cuál es ese asunto urgente que lo ha traído hasta mi finca?

¾ Seré directo: Usted recibió de manos del señor Charpenel, aquí presente, un envío de prisioneros hace unos días.

¾ En efecto, no tendrá una semana siquiera.

¾ Pues bien, si yo pudiera ver la lista...

¾ ¿Lista? No hay tal cosa, capitán.

¾ Caray, ya veo. El caso es que uno de esos prisioneros posee informes vitales sobre los movimientos de los rebeldes del interior y el general Miramón, en persona, me ha comisionado a venir por el indiciado para interrogarlo en la capital.

¾ Entiendo. Bueno, debo informar que desde su llegada, a la fecha, varios de los nuevos han muerto, venían muy enfermos y el clima...

¾ Eso no es una buena noticia.

¾ Es lo más frecuente por aquí.

¾ Ya, me hago cargo; en caso de que ese preso en particular siga vivo, tengo que ponerlo en el Santa Isabel y llevarlo de regreso a Veracruz.

¾ ¡El Santa Isabel está aquí! Nadie me aviso de eso.

¾ No está aquí, sino oculto, al oeste.

¾ ¿Por qué? y ¿Cómo llegaron entonces al Lagartos?

¾ Debido a lo delicado del asunto, en una chalupa, en ese orden. Además con mucha urgencia, su información es inapreciable.

¾ ¿Quién puede ser ese hombre tan valioso para el Imperio, deshollándose como un negro en mis campos?

¾ Un tal Antonio Ríos.

¾ Ni idea de quién se trate. Me temo que tendrá que ir a reconocerlo personalmente.

¾ ¿Estará reconocible?

¾ Eso sí quién sabe, averígüelo usted mismo. Pero antes vamos por nuestro trago, verá que no le miento, es delicioso.

¾ Un soldado jamás se niega a una propuesta como esa.

Pasaron a un saloncito donde un criado ya había servido las copas. Elorduy levantó una copa y brindó por el Imperio añadiendo:

¾ Aunque sea con lo que hay en este pozo del diablo.

¾ No se acongoje, nos acomodamos a lo que haya.¾ Respondió Roccazura pensando que no pudo el coronel hallar un símil más apropiado para describir lo que eran aquellas plantaciones.

Esa misma tarde dos hombres, calcinados por el sol, se apoyaban contra el muro de la finca, estupefactos, sobre todo Ríos, que había reconocido a los arrieros y estuvo a punto de soltar un grito de sorpresa; un rápido guiño de su amigo lo contuvo y comprendió que en aquella aventura la muerte respiraba tras la nuca de todos.

¾ ¿Cuál es su preso, capitán?

¾ No lo sé, coronel, los dos dicen ser Antonio Ríos.

¾ Pero ¿Cuál es?

¾ Le repito que no lo sé; nunca lo vi en persona y no poseo un retrato del hombre.

¾ ¿Qué piensa hacer entonces?

¾ Llevármelos a los dos, en las cámaras de Miramón encontrarán la manera de descubrir al auténtico Ríos... no creo que un par de brazos menos lo lleven a la ruina.

¾ ¡Hombre, faltaba más! Por mí llévese veinte; güevones como éstos nos sobran todos los meses, más nos matan la malaria y el sol.

¾ Entonces no hay inconveniente...

¾ Ninguno de mi parte, a condición de que al embustero lo torturen hasta que pida que lo devuelvan a la plantación... y entonces lo fusilen.¾ Y volvió a mirar a los prisioneros con una sonrisa maligna.

¾ De eso puede estar seguro, coronel.

Esa noche, después de cenar, el sargento Vargas, seguido de Charpenel, Heurístico y sus arrieros, salieron en busca del abogado.

La barraca de los presos se encontraba al extremo de un campo atrincherado que dos guardias, delante de la única puerta, velaban la noche entera, pero a los Ríos los tenían aparte, en una casucha de varas con un solo vigía.

Estaban ya en presencia de los cautivos cuando el guardia preguntó:

¾ ¿Qué ocurre?¾ Viendo a Charpenel correr precipitado hacia la puerta de la choza, justo antes de que dos arrieros le cayeran encima y lo derribaran, mientras Vivas hacía lo mismo con el sargento de cargo.

¾ ¡Está hecho!

¾ ¡No nos maten!

¾ ¿Dónde están los demás prisioneros?

¾ En la barraca del fondo.

¾ Muy bien, licenciado, quédese aquí con su amigo y vigile muy de cerca a los señoritos ¡Ea! ¿Qué te pasa, muchacho?¾ Charpenel se había puesto transparente, estaba aterrorizado. Ríos se limitó a comentar:

¾ ¡Es sorprendente!

Salieron todos al terraplén de la hacienda, tomada por la oscuridad, a hurtadillas se aproximaron al bohío. Los dos guardias estaban sentados en un banquito, charlando muy campechanos, cuando los libreros los sorprendieron descargando sobre ellos una felpa de golpes y patadas hasta que se desplomaron, tan de repente que no alcanzaron a lanzar un gemido.

¾ Amárrenlos.¾ Ordenó el capitán. ¾ Y tírenlos en cualquier zanja.

A una, se lanzaron con todas sus fuerzas contra el zaguán de cacahuanaxtle que cerraba la barraca. El candado de hierro no se rompió, pero los goznes saltaron y ambas hojas cayeron con estrépito.

Aquella tarde Heurístico y sus hombres habían pasado horas buscando a su camarada; durante ese lapso, muchas veces se acercaron a un hombre para preguntarle cómo se llamaba y por qué estaba preso allí. Unos por robo famélico, otros por declaraciones públicas que los comprometieron, alguno por su manifiesta simpatía por la República, los menos por delitos del fuero común. Pensando en eso, que le traía a la memoria sus primeros días de fugitivo en la sierra, penetró en las sólidas tinieblas de la construcción para anunciar:

¾ De gente bien nacida es agradecer los favores que se les dispensan, y nosotros, señores, venimos a sacarlos de este infierno, pero al primero al que se le ocurra levantar una piedra hago que le saquen los ojos y luego lo relleno de plomo ¿Quedó bien claro?

Entre incrédulos y amedrentados los presos, que apenas tenían fuerzas para levantarse y ya no se diga para apedrear a su benefactor, asintieron. Acto seguido comenzaron a salir, uno detrás de otro, haciendo sonar con estrépito los pesados grilletes que los engarzaban. Así llegaron a la choza donde aguardaban Ríos y su camarada, que a la sazón resultó ser el licenciado Altamirano, y los apresuraron a salir hacia la noche selvática, dejando bien amordazados a Charpenel, a Vargas y al centinela.

No había luna esa noche. Iba Francisco Vivas delante, con la escopeta de uno de los guardias.

¾ ¿Ves algo, Paco?

¾ Ni mi propia nariz, capitán.

¾ Entonces tampoco ellos podrán vernos ¡Vámonos!

La procesión se puso en marcha, su paso marcado por el compás del hierro, alejándose del campo atrincherado para no tropezar con los guardias. Por la orilla de la plantación alcanzaron la playa, de allí siguieron la costa hacia el oeste; a sus espaldas ya crecían los ladridos de los perros y los gritos de la guarnición.

Dormida de costado sobre la arena, a unos cuantos pasos de la columna, se distinguía la silueta de la chalupa, que la bajamar había dejado en seco. De entre la plantación retumbó una descarga, pero los fugitivos ya habían echado el bote al agua y, a pesar del sobrepeso que ponía a la diminuta embarcación al borde del naufragio, remaban con el vigor que da el miedo, mientras el estampido de las armas se oía cada vez más cerca y más nutrido.

Al amanecer, justo cuando el mundo se vestía de alborada, una pequeña embarcación penetró la noche inmarcesible de la caverna que guardaba al Trueno.

Con el océano de regreso al semblante de Fachamar, el viaje de vuelta fue terso y sin ninguna complicación, salvo la náusea que se convirtió en epidemia. Rescatados y rescatadores continuaron mordiendo el ancla y bebiendo agua de mar. Con un cincel y un mazo tardaron horas en cortar los grilletes de los prófugos, algunos ya habían pillado la gangrena en las profundas excoriaciones producidas por el roce constante del metal, era dolorosamente claro que no iban a sobrevivir a su libertad, pero la mayoría se veían contentos y llenos de proyectos. Ninguno tuvo jamás la intención de levantar una piedra contra su salvador.

Una mañana ribeteada de sol, desembarcó en Mocambo un soldado de rostro azul, seguido de una tropa cerúlea y agradecida de pisar tierra otra vez.

    Veracruz los recibió con la postal imponente de una flota francesa que reposaba en el suave vaivén del puerto. La ciudad hervía de galos. Al principio pensaron que se trataba de un nuevo refuerzo, listo a inclinar la balanza en favor del Imperio, pero se equivocaban. Aquello eran los restos de la armada de Napoleón quien, demasiado comprometido en Europa, retiraba sus fuerzas del nuevo mundo. A Fachamar los galos le parecieron como los patos cimarrones, que llegaban de la nada, de quién sabe dónde, por miles, apenas asomaba la primavera y luego, al primer frío, levantaban todos el vuelo en una inmensa nube que obscurecía la tierra por un momento, mientras se marchaban a ninguna parte.

Durante una semana la tropa del resucitado se dedico a beber café y comer totopos en el puerto proverbial, luego partieron por el camino de Puebla. Algunos sabían que al pasar por Cerro Gordo el corazón se le partía a Fachamar pensando qué había sido de Bárbara, a la que no volvió a ver jamás, cómo la habría cambiado el tiempo y si aún viviría en el mismo sitio.

Allí se despidieron los escritores de los libreros, la mayor parte de la gente los quería allí; de La Hermandad no quedaba sino un vago recuerdo en los cuentos de las viejas. Después de una cena donde abundaron el cerdo y el venado, Altamirano y Ríos siguieron su camino hacia el oeste en busca de Juárez, ahora en calidad de presidente de la República, y a quien le tendrían que explicar por qué la tropa del arriero había echado su sentencia en saco roto y, una vez conseguido el indulto, tratarían de que el abogado consintiera en su reintegración al ejército de la República, cosa que entusiasmaba mucho al novelista, pero que no terminaba de convencer a Fachamar.

Nunca se supo si Altamirano alcanzó a Juárez, pero Ríos, que no encontró por ninguna parte al jurista (así de bien se había escondido) sí llegó al cuartel general del ejército de Oriente, bajo el mando del joven Porfirio Díaz. De él obtuvo la autorización para admitir dentro de sus tropas a la compañía de libreros, a esas alturas desesperada por la espera.

Jamás se supo que Juárez se desdijera de una sentencia o de otra cosa. Jamás se supo que Juárez se desdijera. Por eso cuando el resucitado aceptó reunirse con Díaz para marchar contra los imperialistas de Puebla, sospechaba que algo, pasara lo que pasara en el campo de batalla, no iba a marchar bien después.

Los hechos militares de aquella contienda son muy conocidos, y en ellos Fachamar no fue sino un capitán más de los cientos que participaron en el sitio de la ciudad, detalladamente descrito en una novela que años después escribiría el inquieto Ríos. A la conquista de Puebla siguió el ataque a Querétaro, donde el emperador se rindió como el caballero que era, poniéndose en manos de la justicia de Juárez; se le formuló una corte marcial, mero trámite antes de mandarlo al paredón junto con los generales conservadores. Una semana más tarde, Fachamar, cabalgando a la retaguardia con su tropa, entró en la Ciudad de México junto con el ejército de Díaz.

Sólo entonces logró Ríos dar con el presidente, referirle toda la historia de Yucatán y explicar los cómos y porqués de la infracción que había cometido Fachamar contra su sentencia.

Para sorpresa de todos, Juárez no movió un dedo contra Fachamar o sus hombres, incluso les ofreció los cargos de secretario de la suprema corte de justicia a Ríos y de gobernador de Yucatán a Fachamar. El escritor aceptó, pero no el resucitado, quien deseaba volver a vivir entre libros.

Vivas, y la mayoría de los hombres de Fachamar, decidieron permanecer en el ejército Federal, recibiendo promociones que los llevaron a una dignidad que nunca habían conocido; de pronto se vieron mayores y coroneles, mientras el grueso de la tropa de la República eran devueltos, más de fuerza que de grado, a la vida civil.

Tal vez este hubiera sido el mejor final para la historia de Fachamar; podríamos decir que aquí se acabó todo y que todos vivieron o murieron felices para siempre, pero no fue así.

En aquellos primeros días de la República restaurada Fachamar era casi una leyenda entre los veteranos de la Reforma y hasta el gabinete juarista lo miraba con un sentimiento entreverado de respeto y desconfianza. Hacía varios años que el periodo presidencial de Juárez hubiera terminado naturalmente, pero la guerra había complicado todo y sostenido las circunstancias propicias para que el pastor continuara en el mando con poderes extraordinarios, lo cual molestaba extraordinariamente a muchos. Por otra parte, tras cincuenta años de guerra, la gente se había habituado a ella y comenzaba a pensar que así era como debían ser las cosas, y que no estaban tan mal después de todo.

En ese mundo Fachamar logró hacerse de una pequeña imprenta y comenzó a tirar la primera serie de un fancín titulado El Conjunto, donde permitía y alentaba a sus colaboradores a la más acre de las críticas. Desde los primeros números los autores se burlaron de todo y de todos: de la historia, de las instituciones, de los héroes y de ellos mismos. Fachamar, con el paisaje veteado todo el tiempo de tinta fresca, sonreía fascinado por el movimiento de vaivén de la máquina, como una marea que reventara contra La Historia y, en lugar de espuma, la dejara cubierta de ingenio y hojas impresas.

Poco duró, sin embargo, el regreso de Fachamar a la industria editorial. Una mañana un hombre vestido de burócrata le entrego en propia mano un citatorio del presidente Juárez a quien, por alguna razón que el arriero ni siquiera intentó colegir, le urgía entrevistarse con el resucitado.

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