El Santo de carne

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Dicen las peores lenguas que fue él quien, en los tiempos dichosos del Imperio, personalmente revivió la maldición de los Habsburgo, recordando que "la tragedia los perseguiría hasta que el último halcón abandonara la residencia de la familia" y que luego, al percatarse de que Maximiliano no era amigo de la cetrería, personalmente anidó una familia de gavilanes en las faldas del Chapultepec.
La gente de razón no creía del todo en esos embustes, pero no deja de ser comentable la fama que en poco tiempo adquirió el extravagante viejo.
Analfabetos y letrados acudían en su busca para conseguir la muerte de un enemigo, la impotencia de un rival, el fin de un mal paso en domingo siete, el amor de una mujer o que una doncella bailara desnuda a la luz de la luna. También acudían a su casa castísimas damiselas inmaculadas en busca de un virgo nuevo y hasta quienes querían desear buena salud a sus parientes ya finados.

Hubiera sido interesante llevar un registro de todas las personas que visitaban al Santo de Carne. No sólo abrumado por los entuertos de los capitalinos, sino también por viajeros que, atraídos por la fama del hombre, llegaban desde todos los cantones de la República y hasta de la vieja California de vez en cuando.
Peregrina llegó también la señorita Bárbara, hija del famoso cacique vencido en el sitio de Querétaro unos mese antes, pero que seguía ondeando en la hacienda Almaguer la bandera de los conservadores.
Hacía varios años que Bárbara vivía en la ciudad, en casa de unos parientes donde se hallaba más a salvo que a la sombra de su rebelde padre. Era una mujer pálida, con suficientes prendas para ser, a sus veinticinco años, musa de más de un vate. Pero no era un poeta lo que buscaba esa noche en que llegó, temblorosa, sintiendo como si todas las paredes tuvieran ojos y la vigilaran, a la sombría casona de San Tiguito. Andaba a pie, el rostro cubierto por un velo negro, sin más escolta que un par de criados de mala catadura.

La joven se persignó devotamente y, viendo que con eso no hacía desaparecer al tenebroso personaje de la toga, pasó delante suyo con la vista clavada en el suelo, murmurando el cortés "muchas gracias" que corresponde a la gente de razón. El sirviente siguió de cerca a la mujer y sus escoltas, que andaban uno al lado del otro, algo atemorizados por aquel asunto.
Mientras caminaban el mayordomo preguntó, con una formalidad inverosímil, sobre el asunto que los había movido. Fue la mujer quien contestó, quitándose el velo que ocultaba sus rasgos.
¾ Me llamo Bárbara Muñoz y vengo a buscar al milagrosísimo San Tiguito.
El indio se inclinó en silencio, ocultando a la perfección su sorpresa, y avanzó por el largo corredor hasta una puerta de nogal. El criado la entornó haciéndoles la seña de que pasaran.
La habitación era sobria: un par de petates viejos en el suelo y en un rincón, sobre una mesita de pino crudo, un quinqué de aceite escanciaba una luz porosa junto con un chorro de humo rancio.
¾ Su servidumbre esperará aquí.¾ Anunció el guía en voz muy baja. La mujer asintió con la cabeza y se abrió paso entre los pliegues de una espesa cortina, única frontera que guardaba los aposentos del Santo.
¾ El magnífico Santiago Santiestevan os suplica que os sintáis en vuestra casa.¾ Surgió una voz sobrenatural en la tiniebla de aquel pozo. Las rodillas de la joven temblaron, chocando entre sí, mientras sus ojos verdísimos percibieron un sutil cambio en el color de la oscuridad y luego empezaron a distinguir algunos muebles. En ese momento Bárbara se forzó a pensar en el motivo que la había llevado hasta allí, era la única manera de cobrar ánimos para internarse en la estancia del Santo. La mujer abría los ojos una inmensidad con la respiración entrecortada. Descubrió dos sillas, labradas de un modo fantástico, y una mesa que soportaba un ejército de redomas y matraces. No había una sola ventana y las paredes estaban cubiertas, del techo al piso, con negros cortinajes.
El aliento se hizo hielo en los carnosos labios de la joven cuando apareció frente a ella una columna de fuego que la deslumbró un instante, dejando la estancia colmada de un turbio olor a sulfuro.
¾ Nada tenéis que temer, doncella. Aquí estoy ¿Para qué me habéis buscado?
Donde no hiera más que sombras, un hombre se materializaba poco a poco en el aire, y ella era testigo del prodigio. Ahora un aceite perfumado iluminaba la estancia, montada la flama sobre una calavera amarillenta.

El santo era un hombre alto y reseco, un rostro cadavérico en el que reinaba una nariz imposible, la frente superior y pulida y una barba rojiza que le llegaba hasta el ombligo. A sus espaldas un muro cubierto de estantes contenía una verdadera colección de frascos y cajas de cristal.
¾ Hablad, mujer, estoy para cumplir todos vuestros deseos.
¾ Necesito su ayuda, por lo que más quiera.
¾ Contad con ella, si está al alcance de mi infinita sabiduría.
Ella tartamudeaba, sin atreverse a decir, hasta que luego de un rato el Santo, quien no tenía una paciencia a la altura de su título, la animó:
¾ ¡Con un demonio! ¿Qué queréis de mí?
Ella no lograba dominarse:
¾ Sabe usted de todas las cosas que curan el cuerpo...
¾ De ello me precio, con humildad.
¾ ¿Y el alma?
¾ Mujer, puedo parar el tiempo cuando yo quiera y hacer que el ánima que ha abandonado un cuerpo vuelva a él, si lo deseo.
¾ Pero... ¿Puede...? ¿Podría obligar al amor?
Los ojos azules del Santo se clavaron en los de ella con extrañeza, le había costado trabajo reconocerla, pero no le convenía hacerlo evidente.
¾ ¿Eso es lo que deseáis? ¿Nada más que eso? ¿Para usted o para quién?
¾ Para mí.
El milagroso tomó asiento sin apartar la mirada del rostro de la chica. Luego, amasándose el mentón con un dedo, examinó las formas generosas de aquel cuerpo zulamita.
¾ No entiendo ¿Quién puede tener talismanes para negar el milagro que la naturaleza hizo con usted?
¾ Él no piensa en eso. No piensa más que en batallas y libros.
¾ Hablamos de...
Ella bajó la vista mientras el vino de la vergüenza se derramaba en su semblante, temblaba de cuerpo entero cuando respondió:
¾ Heurístico Roccazura.
El Santo sintió un escalofrío al escuchar ese nombre, apenas logró rehacerse para responder.
¾ ¡Un soldado que no busca la mejor carne! Eso es más exquisito que la púa del monoceronte.
¾ Nunca hubo oportunidad... Todo está siempre en contra... mi padre sigue fiel a la bandera del imperio y... está mal querer a un enemigo, yo lo sé, siempre lejos, a no ser que... que usted...
¾ No será fácil... y será muy caro.
¾ No se preocupe por la paga, si es por dinero...
¾ No se trata de eso. No soy un vulgar fariseo. Mi sapiencia es de la humanidad y no la vendo a ningún costo... pero los materiales para mi oficio provienen de los lugares más remotos del universo, y algunos no tienen precio. Es lo único que me habréis de pagar, no mis servicios.
¾ ¡Es posible entonces!
¾ El philocaptio es algo muy vulgar y, generalmente, muy sencillo, casi cualquier bruja es capaz de prepararlo, pero este caso es muy difícil; necesitamos una poción de poder extraordinario. Por fortuna... la tengo.
Ella se sacó del refajo una bolsa de cuero donde tintineó el claro timbre del oro.
¾ ¿Alcanzarán doscientos pesos?
¾ Proviene de las cenizas de la perla azul, mezcladas con una gota de la sangre de San Genaro.¾ El viejo tomó la bolsa que le extendían y la arrojó con desdén sobre la mesa. ¾ Si falta yo lo cubriré.
Se dirigió a uno de los estantes y tomó una cajita de cristal negro, de donde sacó una diminuta ampolla que a la luz del aceite destelló como el sol.
¾ Escuchadme.¾ La miró como si quisiera atravesarla. ¾ Mezclareis el contenido de esta perla con diez gotas de la sangre que cada luna echáis de vuestro cuerpo; ni una más ni una menos; y luego haréis que vuestro soldado la beba para que la pasión lo domine: Antes de que la luna resucite, ese hombre volará, a través de cualquier muro, cruzando el más profundo de los abismos, para estar a vuestro lado, y seréis su dueña absoluta... por siempre.

Ella le arrebató el frasquito y le dio las gracias hasta que él, con un gesto imperioso, detuvo las alabanzas de la joven.
La chica hizo una reverencia, beso la mano sarmentosa del Santo y se marchó pasmada de felicidad.
Una vez a solas, el hombre recogió con avidez la bolsa de cuero que antes casi había despreciado, sobándola con afecto y sopesándola, hasta que una risa corta y grave , surgida del vacío, lo hizo putear y ponerse en guardia para proteger su oro, las pupilas dilatadas por el miedo. En el centro de la estancia, practicando otro milagro, apareció un hombre bajito, vestido por completo de luto, la toga y aun el rostro obscuro y severo.
Estremeciéndose como un epiléptico, el Santo miró al aparecido y creyó por primera vez en Satanás, que llegaba a reclamar su alma.
Santiestevan intentó increpar al espectro para conjurarlo, pero no tuvo el valor. Empezó a llorar sin un murmullo mientras su visitante avanzaba hacia él sin que sus pies tocaran el suelo. Las piernas del Santo no pudieron más y el viejo cayó de hinojos frente a la muerte y el infierno que le esperaba.
¾ Buenas noches, Santiago.
Mucho rato le llevó al hombre convencerse de que el aparecido no quería su alma y todavía más le tomó recomponerse para contestar al saludo.
¾ ¿Quién es?
El espectro se despojó de su toga para mostrar una etiqueta perfecta.
¾ ¿Cómo entró usted a mi casa?
¾ Usted lo sabe todo ¿No? Por cierto: en el escalón que acciona el mecanismo de su maravillosa puerta... hay un resorte que rechina, y eso echa a perder un poco el prodigio.
Más convencido de habérselas con un simple mortal, cínico, si no sereno, el Santo se puso en pie con algún trabajo y se acarició la rojiza barba.
¾ ¿Qué desea de mí el señor?
¾ He oído de la gente que tiene una poción capaz de revivir a los muertos.
¾ Verdad es, señor.
¾ ¿Ya la ha probado con alguien?
¾ En China, hace siete años, devolví el aliento a un hombre muerto que se levantó, habló y comió.
¾ ¡No me diga! Supongo que esas cosas llegan a pasar de vez en cuando. Dicen también, sin ir más lejos, que aquí mismo, en la sierra de Acultzingo, tuvimos un caso parecido hace... ¡Qué coincidencia! Hace más o menos siete años. ¿Dudaría en probarlo de nuevo?
¾ Con toda confianza, señor.
¾ ¿En usted mismo?
Santiestevan se quedó petrificado un largo espacio antes de balbucear:
¾ Esto... yo... francamente no estoy muerto... claro, si fuera muy necesario, quizá...
¾ ¿Tiene aquí la pócima?
¾ Una dosis para un hombre y sólo para uno... es un destilado preciosísimo, como es natural.
¾ Y provendrá de la púa del monoceronte ¿Verdad?
¾ No, no, señor, se equivoca, el filtro se elabora a partir de...
¾ Muéstremelo.
El Santo señaló un porrón colgado en la pared de los estantes.
¾ Ese es. Se abre la boca del difunto y se le da a beber, al cabo de un par de días resucita si su cuerpo se deja al sereno en las noches.
El visitante cogió el porrón y lo destapó llevándoselo a la nariz.
¾ ¿Y es eficaz?
¾ Le juro por mi madre que nunca ha fallado.
¾ ¿Sin importar la causa de la muerte?
¾ Cualquiera.
¾ ¿Incluso el veneno?
¾ Por completo, por víbora o por escorpión.
¾ Bien. Por otro lado, hace unos días murió el gran maestre de la logia del Valle de México, a la cual pertenezco. Los médicos dijeron que de viruela o de peste, no lo recuerdo ahora con precisión ¿Sabe de quién hablo?
¾ ¿El licenciado Aguirre?
¾ En efecto. La gente dice que fue envenenado.
¾ ¿Envenenado?
¾ ¿Le sorprende? También dicen que fue por orden mía que lo envenenaron,¾ a esas alturas ya el viejo no podía fingir que su interlocutor fuera otro que el mismo presidente de la República ¾ y que el fluido era tan sutil que permaneció latente dentro de su cuerpo durante semanas antes de matarlo, y también que usted fue quien fabricó ese veneno.
¾ No es verdad, señoría, yo jamás le he vendido ese veneno a nadie, ignoro cómo pudo morir el licenciado Aguirre, y no creo que haya sido envenenado.
¾ ¿Qué origen piensa que tuvo esa historia?
¾ La inventó alguien que quiere perjudicarme.
¾ Perjudicarlo... ¿A usted?
¾ Es que.. en efecto, poseo la fórmula de dicho veneno... El resto de la historia es falso.
¾ Ingenioso. Pero ha confesado tener el veneno ¿Cómo se elabora?
¾ Es un secreto muy obscuro.

¾ ¿Cómo funciona, entonces?¾ interrogó la voz de hielo del abogado.
¾ Es el extracto de un hongo columnario que medra en la sierra mixteca.
¾ Quiero verlo.
De la misma estantería donde guardaba el Philocaptio, es Santo extrajo un sobre que contenía un comprimido color sangre.
¾ Un dracma de esto matará al hombre más sano, treinta días después de su ingestión.
El visitante miró la pastilla a la luz del aceite.
¾ ¿Cuánto hay aquí?
¾ Un dracma de la substancia, señor.
¾ Cómaselo.
El santo retrocedió aterrado.
¾ Cómaselo.
¾ Pero, señor... ¿Por qué me desea la muerte?
¾ ¿La muerte? Prematura a los setecientos años ¿No es así?
¾ Piedad, mi señor.
¾ ¿Qué le preocupa, Gran Santo, si aquí tenemos un bálsamo capaz de resucitar a un muerto, yo mismo le daré el elíxir; cómase su hechizo y procure morirse en treinta días precisos, porque de otro modo lo llevo a la horca por fraude... y no le daré luego el elíxir.
¾ ¡Por favor! ¡Por favor!
¾ Pero, si su veneno es legítimo, lo revivo con su legítimo elíxir, le doy algo de oro por la molestia y asunto arreglado. Si muere antes, se queda muerto; si no muere lo mando ahorcar y difundo la verdad de lo de Aguirre, con lo que ha estado lucrando sin ningún pudor.
Era casi lo mismo tragar el veneno que visitar el patíbulo. Santiestevan se dio cuenta en el acto y su movedizo cerebro empezó a trabajar en un plan desesperado. Tal vez un vomitivo a tiempo.
Con mano temblorosa tomó el comprimido.
¾ ¡Perdón, señor! ¡Yo...
¾ ¿O prefiere el tribunal?
El viejo, sin más salida, se llevó a la boca la pastilla y la masticó. Sabía a rancio y a encierro. Luego se derrumbó, exánime, sobre una silla. El visitante se cubrió de nuevo con su toga y hurgó entre las cortinas que ocultaban la salida.
¾ Que pase usted una buena noche, señor Santo, y duerma tranquilo, no pienso abandonarlo.
El judío se quedó a solas con su miedo y con su rabia, en el enorme caserón donde su avaricia jamás le permitió tener un criado, mucho menos un mayordomo, revolviendo ferozmente sus estantes en busca del vomitivo, maldiciendo con todas sus fuerzas al abogado y a su República.
A un silbido del presidente, los soportales del callejón, aparentemente vacío, vomitaron uniformados.
¾ Está dentro. Vayan por él.¾ Dijo al jefe de la guardia y echó a andar por la estrecha acera
