Los Nombres de las Estellas

C
El presidente-pastor-leguleyo invitó a Fachamar a que cambiara su asiento por otro frontero a su escribanía. Luego le pidió a Iglesias informes sobre el territorio de Acultzingo.
¾ No ha pasado nada nuevo y no esperamos tampoco novedades, como usted ya sabe: La hacienda de don José Muñoz se encuentra en mitad de la sierra, como una piedra en nuestro zapato, y por los datos, con los hombres que hay dentro bastaría para resistir el mejor ataque; además, con los últimos recortes del ejército, habría más ex soldados dispuestos a unirse al amotinado. En esa cumbre no hay espacio para que una compañía maniobre y ni hablar de los cañones.
¾ Sin embargo, no podemos permitir una situación tan inconveniente a la República.
¾ No queda más que rendirlos por hambre, pero hasta donde sabemos, están bien provistos y eso podría llevarnos meses; ahora que, según dicen los rumores, el señor Muñoz está enfermo de muerte...
¾ Y todo México dirá que yo lo envenené... y aunque muriera, estoy casi seguro de que su capataz ¿Cómo se llama? ¿Mondragón?
¾ Sí, señor, Mondragón.¾ Le confirmó el secretario nuevamente sorprendido por la memoria del oaxaqueño.
¾ Como sea, el caso es que ese señor se hará cargo de la hacienda y es todavía más obstinado que su patrón. Asegúrese de cerrar el camino real para que no reciba ni un grano de maíz.
En ese punto Fachamar se acomodó en su asiento, acodándose sobre el escritorio.
¾ Con su perdón, licenciado, no sé por qué me ha hecho venir, pero ya escuché lo de este asunto y me parece que su estrategia es inadecuada.
Iglesias frunció el ceño con desdén. El arriero continuó:
¾ Yo conozco el terreno y sé que hay otras maneras de llegar a la finca de los Muñoz. No es un paso donde pudiera marchar una tropa o instalarse un cañón; pero basta para que cualquiera que lo conozca lo utilice para abastecer a los sitiados. Tendrían que rodear la sierra entera para asegurarse de que no reciban ayuda.
¾ ¿Está usted seguro, señor "Fachamar"?¾ preguntó el magistrado.
¾ Por completo, ni una cabra pasaría a salvo pero, con un poco de precaución, es practicable; de hecho, si un enemigo de la hacienda llegara por allí, le bastaría una cuerda para entrar.
¾ Muchas gracias por su información; sin embargo, no es ese el asunto entre usted y la República.
¾ ¿Entonces, licenciado?

¾ ¿Cómo explicarme? Estará de acuerdo en que, en cierto sentido, somos colegas.
¾ ¿Colegas?
¾ Alguna vez fui hombre de campo...
¾ No estoy de acuerdo entonces; yo era arriero, no pastor.
¾ ¿Y qué soy yo, sino a la vez pastor y arriero de mi nación? Verá: al contrario de otros gobiernos, yo no acostumbro quemar imprentas y mucho menos librerías, como la que usted posee en casa del licenciado Ríos, quien por otra parte es un buen amigo de la República, eso es algo que nadie ignora, como tampoco se pasan por alto las cosas que usted imprime. Seré claro: no es mi intención mandarlo a juicio junto con una buena porción de mis amigos personales, pero le sugiero que modere el tenor de sus impresos respecto a mi gobierno, o en su defecto, que se prepare para ser clausurado por faltas y difamación a la patria; amén de una sentencia personal que yo le garantizo, y créame, sé lo que es vivir en las tinajas de San Juan de Ulúa ¿Me comprende, caballero?

Fachamar asintió con la cabeza, luego recogió su gabán y salió del lujoso despacho murmurando un despectivo "Buenas noches", con el que hacía patente su encono ante la amenaza. Pero apenas despertaba la mañana cuando un nuevo citatorio ponía a Fachamar de vuelta en la casa de gobierno. Esta vez fue recibido en la espaciosa biblioteca donde Iglesias trabajaba en una mesa cubierta de papeles apilados.
¾ Me imagino¾ preguntó el abogado antes de saludar siquiera ¾ que a usted le sonará familiar el nombre de Bárbara Muñoz, hija de José Muñoz, el de Almaguer.
Fachamar se quedó de una pieza, titubeó por un momento y clavó sus ojos azules en el cielo transparente de un verano metiéndose a raudales por los ventanales que daban al patio del palacio.
¾ De cierta manera.
El abogado miró fijamente a Fachamar. Era lo bastante agudo para intuir que la joven había perdido su dinero con el santón; Juárez sonrió ladino antes de hacer un movimiento de taimado ajedrecista:
¾ Esa señorita se encuentra viviendo, desde hace varios años, en casa de la familia Araujo Rico, en Chimalistac; me gustaría, si usted está de acuerdo, y ojalá no haya ningún impedimento, que la conociera mejor que "de cierta manera".
¾ A enigmática confesión, enigmática absolución.
¾ ¿Disculpe usted?
¾ Shakespeare, licenciado, de Romeo y Julieta.
¾ ¡Qué afortunada cita, hijo! Justo quería pedirte, como el querido fray Lorenzo, que lleves a esa señorita nuestras condolencias por la enfermedad de su padre, que sigue allá, en Cerro Gordo.
Al notar que Juárez cambiaba el formal tratamiento de usted por otro más cercano, levantó una ceja, rompiendo la simetría de su paisaje.
¾ ¿Con qué fin?
¾ En son de buena voluntad, por supuesto. Claro que, si no te importan los problemas de esa gente, se lo pediré a cualquiera de los que fueron tus soldados; que tal ¿Vivas se llama? Es decir, si no se encuentra en las listas del próximo recorte.
¾ ¿Es otra amenaza, señor?
¾ Es política, hijo.
¾ Pero ¿Por qué yo?
¾ Eso es un capricho exclusivamente mío.
¾ Supongamos que acepto, y supongamos que hasta le doy las gracias por tan alto honor.
¾ Una promoción, estoy seguro, haría felices a tus amigos.
¾ Quisiera pensarlo un poco.
¾ No hay problema, tómate el tiempo que necesites.
¾ ¿Puedo marcharme ahora?
¾ Por favor...
En realidad no había mucho en qué pensar y al día siguiente, por la tarde, con la inquietante sensación de que algo había en el fondo y no lo alcanzaba a comprender, Fachamar rindió cuentas al presidente.
¾ He llevado su mensaje. No pude ver en persona a la señorita, pero hablé con sus parientes y, en nombre de la pena de madonna Muñoz, le suplico que le proporcione un salvoconducto que le permita atravesar las líneas del sitio de Acultzingo. Yo le aseguré que una persona tan fina como usted estaría encantada de firmar esos papeles para poder reunirse con su padre.
¾ Hijo, hay que tener cuidado con lo que se promete.
A Fachamar se le retorcía el hígado cada vez que Juárez lo llamaba "hijo", no había comparación con el sonido que esa palabra tenía en los labios de Ferreiro o del general Hernández.
¾ Señor,¾ y marcó el tono de respetuosa lejanía ¾ dadas las circunstancias y viendo la aflicción...
¾ Te miró primero con sorpresa, luego con dulzura; se ruborizó; te trató con afecto, te dio a beber un poco de vino horrible, antes de echarse a llorar por la noticia que llevabas... y prometiste lo que no está en tus manos, hijo.
Fachamar parpadeó recordando el sabor acre del vino que, en efecto, su anfitriona le había servido. La sensación de que una pieza faltaba se hizo insoportable.
¾ ¿Sabe el licenciado algo que yo ignoro?
Juárez se encogió de hombros y en vez de responder lo autorizó a retirarse.
¾ ¿Y el salvoconducto?
¾ Estamos en guerra, hijo, aunque pocos se den cuenta, y me veo en la penosa necesidad de negártelo.
Apenas Fachamar, furioso, abandonó la estancia sin despedirse, Juárez ordenó a su secretario, contrariado testigo del incidente, que escribiera un par de renglones para la guarnición de Cerro Gordo, con la orden de que si la señorita Muñoz intentaba atravesar sus líneas, no hiciera nada por impedirlo. Iglesias, presintiendo (no comprendiendo), dejó que su pluma rascara presurosa el mensaje sobre su escribanía.
En la obscuridad de una noche sin luna, un caballo pasó al galope entre las filas que custodiaban Cerro Gordo, y un rato más tarde, Bárbara Muñoz se encontraba en Almaguer.
Fachamar, por su parte, fue uno más de los que acudieron a visitar a la joven en su domicilio de Chimalistac y se volvió sobre sus pasos sin ver a la criada oficiosa que fingía ser el ama postrada en el lecho.
Poco después, Juárez recibía un parte de Cerro Gordo en donde se le comunicaba de la muerte de don José Muñoz en su hacienda. Esa misma semana se llevó a cabo una reunión en la Sala Magna del palacio, a la que acudió Fachamar en compañía del licenciado Ríos, nuevamente citado por el Ejecutivo.
Juárez saludó a los recién llegados con la mayor cortesía y dio inicio, sin ambages, a la charla que le ocupaba:
¾ Nos hemos reunido aquí para examinar la condición de la finca Almaguer, en Cerro Gordo, ahora en manos de Mondragón, tal como se esperaba, quien da muestras del mismo desacato de Muñoz. Es necesario terminar con esta engorrosa situación, y me parece que nadie es más indicado para dicho asunto que el caballero "Fachamar" Roccazura, aquí presente.
¾ ¿Yo?
¾ Siéntate, por favor, hijo. Ten en cuenta que no te estoy dando una orden, ni mucho menos, porque yo no puedo dar órdenes a un ciudadano libre, como eres tú, como todos somos en este país, y menos cuando es un civil y se trata de una tarea en la que puede ir la vida de por medio. Como dijera en buen momento nuestro querido Guillermo: "Los valientes no hacemos cosas tan feas". Me limito a señalar los hechos que de facto vivimos; y lo que podría hacerse al respecto por parte de quien supiera lo que tú sabes, y tuviera un corazón valeroso que lo impulsara a aceptar cualquier riesgo en aras de su patria.
Sin responder, el resucitado clavó su mirada en el jurista, quien siguió su perorata:
¾ Tú mismo nos hablaste... ¿No lo has olvidado, verdad, hijo? Nos hablaste de un camino que conduce a la hacienda, un camino que casi nadie conoce, pero tú sí. Dijiste, si no mal recuerdo, que un hombre que pudiera llegar a lo más alto de la sierra podría bajar los muros de Almaguer "con sólo una cuerda" o algo parecido. Pues bien, pensamos que si hubiera un hombre capaz de entrar a una hora sensata, podría sorprender a la guardia, hacer lo procedente en silencio y después abrir las puertas. No pido más. Podríamos reducir así el bastión y hacer justicia con el desleal Capataz, sin necesidad de molestar a los deudos de don José quienes, estoy seguro, yacen consternados por la muerte de don José, ignorando la traición que se comete en su nombre.
Fachamar reflexionó un rato, pesando cada palabra pronunciada por el magistrado, sin quitarle la vista de encima. Finalmente habló:
¾ Un plan bien concebido... inteligente diría yo.
¾ Inteligente y simple, hijo... es decir, para un hombre que conozca bien la sierra y que no tenga miedo.¾ Juárez sostuvo la mirada iracunda de Fachamar con la diplomacia que lo había hecho famoso.
¾ Iré. Sólo si se respeta la integridad de la señorita Muñoz y si me acompañan mis antiguos camaradas.
¾ No ignoras qué pasaría si fracasas.
¾ Es sencillo imaginar el panorama.
¾ Qué bien. No me gusta engañar a nadie. Pero si es que logras tu objetivo, te prometo el indulto de la familia entera y de su servidumbre, claro, los que sobrevivan, y añadiré a la recompensa, además, de manera más personal, las escrituras de la propiedad para ti.
¾ ¿Cuánto tiempo tengo?
¾ Una semana.¾ Respondió magnánimo, antes de dirigirse a los otros presentes. ¾ Caballeros, creo que por fin encontramos una solución razonable al caso de Cerro Gordo.¾ Concluyó de pie junto a un estante, mientras acariciaba con displicencia el lomo de un ejemplar de El Príncipe que tiempo atrás fuera encuadernado en piel por los artesanos de El Botín.

Al salir del puesto no llevaba más armas que su vieja espada, una lata de grasa para zapatos y una cuerda en bandolera, rematada por un gancho de acero. Había convenido con Rojo que éste, junto con cincuenta hombres, incluidos los de Fachamar, se aproximaría con sigilo a la finca para ocultarse hasta que, esa misma noche, les enviara una señal.

Todo olía a tierra húmeda y a líquenes, la luna apenas un bruñido alfanje a medio desenvainar. Comenzó su ascenso por el costado del monte, donde se hallaba cortado a pico y rematado, como un capitel dórico, con la mole de Almaguer labrada en plata, a esa hora y con esa luz.

Los grillos eran la noche oxidada, el verano chirriando sobre sus goznes. Habían pasado muchos años, y a pesar de ello, la memoria era tenaz. De pronto sentía como si acabara de pasar por allí, arrastrando su recua de mulas la tarde anterior; las mismas estrellas, las mismas rocas, incluso los árboles se obstinaban en ser los mismos, antes de reconocerlos.


Más adelante el camino desapareció, dejando su lugar al abismo. Temiendo que la espada pudiera estorbarle, se desprendió de ella y la puso en el suelo, le dedicó una caricia tierna, como si fuera el mentón de la mujer amada, aspiró profundamente y saltó sobre el obscuro precipicio hacia un árbol muerto, del que se prendió como un mono. El arbolillo crecía entre las piedras de un muro vertical por el que tuvo que subir casi cuatro metros hasta la cumbre de la fisura. Allí se dejó caer al suelo. Tal vez había exagerado un poco ante Juárez: por allí era imposible llevar provisiones a la hacienda.
Estaba tendido boca arriba, jadeando y con las manos desolladas. Un escalofrío le recorrió la espalda como un relámpago y, sin que lo llamara, llegó a su mente el recuerdo de Ferreiro, su rostro ya de pergamino, sonriéndole. Entendió entonces, sin explicárselo, muchas cosas del viejo.
Siguió por una cornisa todavía más estrecha que la anterior. Un pie, luego el otro. Muy despacio, casi sin respirar para no apartarse mucho de la pared. Una grieta en la muralla, algo enorme y obscuro que gruñe antes de salir de su guarida y pasa sobre su cabeza y luego vuela en círculos, aleteando en el vacío. A punto de perder pie, con la piel patinada de un sudor helado, clava las uñas en la roca. La luna se ha ido y en medio de la nada no se atreve a moverse.
¿El Liendres? ¿Qué libro habrá querido salvar, el Liendres? Las mil y una noches, tal vez, era fácil reconocerlo por la encuadernación; habrá sentido arder su carne mientras oprimía el volumen contra su pecho. O se desmayó, asfixiado por el humo antes de quemarse. ¿Y cano? ¿Cómo habrá sido lo de Cano y Arcelia? Hasta el último segundo creyendo que tenían razón. Qué miedo daría morir para enterarse de que Dios sí existe, y entonces que las obras borren las culpas ¿Qué cara tendrá Dios? ¿Será hermoso, como Soledad, o tendrá la cara mofletuda, la papada flácida de Zepeda? Si Dios tuviera un rostro, ojalá tenga el del general Hernández.
Poco a poco la claridad regresa a sus ojos, el mundo se teje de nuevo a su alrededor. Aun sin la luna, la noche resulta clara, azul. Se ven nítidamente los contornos de las cosas cercanas ¿Quién les habrá robado las sombras a los inmortales? De todas formas hay que andar con mucho cuidado para no confundir la tierra firma con un pozo. Por fin, el terraplén sobre la hacienda. Escocido el cuerpo como un Cristo ¡Que dulce es el aire cuando uno está vivo!
Pasa la mirada por cada una de las estrellas y las llama de nuevo con los viejos nombres que nunca sabía cuando Giorgio se los preguntaba, y luego les dio nombre también a las estrellas que la gente encendía en sus hogares allá abajo, en el llano.
