Almaguer
E
Desciende caminando hacia atrás sobre el muro, hasta que logra sentir de nuevo la tierra bajo sus pies. Los grillos se han ido a dormir y todo está en silencio, excepto por los pasos del centinela. Si calcula bien los tiempos desde su escondite, en un seto de bugambilias, no tendrá necesidad ni siquiera de encarar al guardia, con lo que aleja la desagradable idea de tener que matarlo, cosa que, por otro lado, es difícil de ejecutar sin poner sobre aviso a toda la hacienda.
De entre las ropas saca un tarro de betún para zapatos, se quita la camisa y se frota el torso con la grasa, es inevitable la imagen del Liendres en su cabeza. El frío le eriza la piel.
Avanza rápidamente, casi al ras del suelo, hasta el pie de una escalera que baja hacia un pulcro jardín, pasa por allí sumergido en la sombra hasta la galería que corre junto a una capilla y sigue en dirección a la puerta principal. Se acurruca como una fiera en la obscuridad del corredor, esperando que el vigía, de vuelta en su ronda, se aleje. Ninguna luz está encendida en Almaguer, hasta el aire duerme ahora..
Espera tranquilamente, ve al centinela que sube la escalera con un fusil al hombro sin sospechar nada. Examina con el tacto la tranca del primer zaguán; cede en silencio a la presión y deja ante Fachamar un agujero de maciza negrura. Duda un instante antes de entrar y cierra la puerta tras de sí.
Junto a la entrada del sagrario se derrama un charquito de luz percudida. A estas alturas, retroceder y abrir de nuevo la puerta sería más peligroso que continuar. Avanza de puntillas, tratando de no hacer el menor ruido, las manos apoyadas en el muro de la capilla para guiarse en la obscuridad.
"¡La reputa que te parió!" grita alguien dentro del oratorio, un coro de risas celebran la expresión. Unos pasos firmes se aproximan a la puerta delante de la que está Fachamar, con las mandíbulas apretadas y todos los músculos del cuerpo como las cuerdas de un violín.
Un chorro de luz cayó sobre los ojos azules del arriero, las pupilas dilatadas de un gato, mirando a los cinco peones que lo miraban boquiabiertos. El que iba adelante, un hombrón de cejas infinitas, retrocedió sorprendido:
¾ ¿Qué chingados es esto?
¾ Soy... un sueño.
¾ Hay que avisarle al señor Mondragón.¾ Dijo un hombre pequeño, con un solo ojo, que parecía ser el jefe.
¾ Pero él está durmiendo y ya sabes cómo se pone...¾ alegó el hombrón.
¾ ¿Quién es este fulano, Luis?¾ Preguntó incrédulo el tuerto al de las cejas de azotador.
¾ ¡Eso! No nos ha dicho quién es y cómo entró y por qué anda ansina.
Perder no era la costumbre de Fachamar, y no le gustaba en absoluto, pero era buen jugador y sabía darse cuenta cuando no quedaba más que admitirlo.

El tuerto trató de explicarle. Los ojos de Mondragón, a punto de sangrar, se clavaron en el resucitado. La respiración del capataz era la de un toro a punto de embestir.
¾ ¡Virgen Santa! Con qué traza vienes a despertarme, recabrón.
¾ Lo de la traza es una historia larga...
¾ Que se me hace que eres un pinche coyón de Juárez.
¾ Dice quesque es un sueño.¾ Intervino el hombrón de las cejas.
¾ Me llamo Fachamar.
¾ ¿Y me vienes a despertar para decirme eso? Aquí se hace mi voluntad, si se me hinchan los tanates mando que te maten a palos o que te cuelguen sin rendirle cuentas a naiden. Si lo que me vas a decir nomás no me cuadra voy a caparte, cabrón.
¾ En realidad ya no importa, ni yo mismo sé bien a qué vine.
El otro escuchaba llevándose a la cabeza una mano y luego la otra, hasta que casi no se dejó pelo en el cráneo.
¾ ¿Cómo llegaste hasta aquí y qué pinche vela tienes en este entierro?
¾ Subí por el lado del monte.
¾ ¿Y el centinela te emprestó una escalera?
¾ No, yo traía una cuerda conmigo.
¾ ¡Enciérrenlo en la troje! Cuando claree nos vamos a divertir un rato con este hijo de puta.

El sol se despeñaba desde las altas ventanillas de la troje, Fachamar abrió los ojos para ver la claridad eclipsada por la silueta del tuerto, que había entrado delante de seis peones.
¾ Buenos días tenga su merced.
¾ ¿Usted cree, señor? Espero que hoy le vaya a usted mejor que a mí.¾ Dijo Fachamar sonriendo con sinceridad de su ocurrencia.
¾ ¿Quiere lavarse, patrón?
¾ ¿Valdrá la pena? Bueno, me lavaré, pero no me diga patrón, se lo suplico.
¾ T’a güeno, patroncito.¾ Y lo llevó a una noria, donde Fachamar se enjuagó las manos, sucias de polvo y sangre por la escalada de la víspera.
¾ El patrón lo espera.
¾ Ya lo sé. No tardo.
Terminado su aseo, los peones lo rodearon para llevarlo al patio, donde estaba el capataz. El cielo, pálido y altísimo, hervía de golondrinas.

No eran más de treinta los que habitaban la finca; frente a ellos estaba Mondragón, vistiendo el luto completo que exigía la muerte de Muñoz; contempló a Fachamar con morbo por un instante, pero en la mirada del resucitado no pudo hallar otra cosa que una paz envuelta en desencanto.
¾ No sé qué querías aquí anoche. Pero estoy seguro que nada bueno. Te vamos a matar, con tu perdón. Y me da harta pena, porque a lo mejor querías confesarte, pero no tenemos gente de la iglesia en la finca y, pos no podemos bajar al pueblo por el cura.
¾ No hace falta. Estoy listo.
¾ T’a bueno ¿Ora sí vas a decirme quién eres y qué buscabas acá?
¾ ¿Para qué? ¿Qué necesidad tenemos usted y yo de hacer corajes tan temprano?
¾ Oiga, patrón¾ sonó una voz entre los peones ¾ yo sé quién es ese hombre. Es uno que el diablo revivió hace unos años allá abajo, en el merito panteón, cuando iban a sepultarlo.
Fachamar reconoció en ese hombre a uno de los parroquianos de "lA gloriA De seRogoRDo" que nunca más había vuelto a ver. Al fin Mondragón recordó el episodio del hombre azul de Cerro Gordo y se encogió de hombros.
¾ Eso ya vale para puras madres, porque ora sí lo vamos a matar de veras... ¿De qué quieres morirte, pues?
¾ De viejo, preferiría; pero parece que la cosa ya no está en mis manos, sino en las suyas, escoja usted.
¾ Lástima de matarte, porque se ve que eres machito ¿Quieres que te fusilemos, o prefieres brincarle al barranco?
¾ Me da igual...
¾ ¡Heurístico!¾ Clamó una voz que no encajaba en aquella escena.
La serenidad tan bien sumida escapó del rostro del librero cuando descubrió a la dueña del grito, era casi una aparición que no ajustaba en ese lugar, así fuera Almaguer.
Bárbara se acercó con el alma a flor de llanto, pálida y resuelta.
¾ Lo encontramos anoche dentro de la finca, untado de negro y medio encuerado, así como está ora, patrona, y no supo explicarnos qué andaba haciendo como cacomiztle a esas horas.
¾ ¿Cómo llegó aquí?
¾ Se encaramó a la barranca del lado del monte.
¾ ¿Y qué buscaba?
¾ Pos eso quisiéramos averiguar todos. Anoche dijo que era un sueño ¿Qué iba yo a pensar? ¡Pos que era de los de Juárez!, y ora vamos a fusilarlo ahí mismito, donde se encaramó anoche.
¾ No pueden matarlo si no tenemos pruebas.¾ Concluyó ella con un tono que no admitía discusión. Mondragón la miró contrariado y se encogió de hombros.
¾ Como la patrona mande; pero no se tratan ansina estos asuntos, como no sea que su merced sepa cosas que yo no.
¾ Es posible.
Ella se acercó al resucitado y lo tomó del brazo para caminar hacia la escalera de piedra. Bajaron al jardín mientras Mondragón despedía furioso a sus hombres, mesándose los pocos cabellos que le quedaban.
Mirando el profundo valle, todavía cuajado de neblina, Bárbara rompió el silencio:
¾ Dime la verdad, Heurístico ¿Por qué volviste a Cerro Gordo?
¾ Ya no me llamo así, maddona; hace muchos años dejé ese nombre, o ese nombre me dejó, da igual, soy Fachamar, y puedo decirte a lo que no vine. Puedo jurar que no estoy aquí para perjudicarte.
Ella miraba el llano que se extendía hasta el horizonte. El pecho, como una gota de luna, subía y bajaba con el ritmo de su respiración.
¾ Ya lo sabía. Sé de cuánto eres capaz, y de cuánto no. Conozco cada una de tus hazañas y podría repetirlas de memoria, con fechas y nombre y hasta lo que has pagado por ellas...
¾ Y yo, en cambio, nunca supe más de ti.
¾ Será porque no hay mucho que contar: Me llevaron a la capital, estuve en un colegio de religiosas... nada emocionante, supongo.
¾ Es que no estás tan loca como yo. Y yo estoy más loco de lo que creía... ahora que lo pienso, vine aquí porque estoy loco, no por otra cosa.
Ella se estremeció de pies a cabeza; pensó que tal vez el filtro había funcionado y ardía ferozmente dentro de sus venas, empujándolo a la imprudencia de abordar su finca, ignorando los riesgos que había en ello. Sus ojos verdes naufragaban cuando volteó a mirarlo. Acarició la revuelta cabellera de Fachamar.
¾ ¡Pobrecito, mi chanque!
¾ ¿Madonna?
¾ Me da tanto gusto que por fin hayas vuelto...
El Destino, pensó Fachamar mientras ella repasaba con un dedo el dibujo de su rostro, estaba trastornado, o era un niño jugando a los títeres con la gente.
¾ Esto no es posible; éstas son cosas de literatura.
¾ ¿Qué cosa no es posible?
¾ Esto... Tú... La vida no es así, algo debe andar mal... muy mal.
¾ ¿Qué es lo que está mal? ¿Que te quiera?
¾ ¿Que... que me quieras?¾ Preguntó, sorprendido por la franqueza de la joven.
Ella se acercó para apoyar la cabeza sobre el hombro del resucitado, lloraba en silencio, y él habría llorado también, cualquier otra mañana menos complicada. Así los encontró el capataz Mondragón, preguntándose si no sería él quien realmente había perdido un tornillo. Fachamar casi empujo a Bárbara al sentirse observado. Ella, con el semblante como un sol, presentó al arriero en calidad de futuro esposo y sólo mucho más tarde le confesó al capataz el episodio del Santo vivo.
Por orden de la patrona se le preparó a Fachamar un baño caliente y se le proveyó con ropa nueva para que se presentara en el comedor, donde le sirvieron las mejores viandas que había en la finca.
Fachamar se sentía aturdido, Minotauro en un laberinto inédito, pero feliz, por completo empapado de vida, hasta que recordó. A media cena dejó caer los cubiertos sobre la mesa, antes de tocar la jugosa carne y puteó al aire.
¾ ¿Estás enfermo? ¿Te sientes mal?
¾ No estoy enfermo, pero...¾ apartó los puños y maldijo de nuevo. Ella se levantó llena de tierna consternación y puso su rostro junto al horizonte desesperado de Fachamar.
¾ No tienes fiebre...
¾ ¿Qué estoy haciendo?
En ese momento se le ocurrió a Bárbara que el efecto de la pócima empezaba a desvanecerse e insistió en conocer el problema de su prometido.
¾ Esto es equiparable a la traición... traición a tu familia y al gobierno, a un hombre con el que no se puede jugar y al que traiciono con el solo hecho de estar aquí, en la misma hacienda que está sitiando.
¾ ¡Ave María Purísima!
¾ Cuando se den cuenta, y no hay duda que la mirada de Juárez es sumamente aguda, me llevarán al paredón y, lo que es más grave, también a ti y a toda tu gente; yo pude haberme desbarrancado anoche y tú no debías estar aquí, si me hubieran matado todos estaríamos mejor...¾ Una mueca de orgullo contrajo el semblante de la chica, Fachamar reparó enseguida el sentido de sus palabras. ¾ No, no, perdóname, no me refería a ti, no soy tan ingrato, ni tan tonto como para no saber lo que vale un día como el que hemos pasado en medio de la miseria cotidiana.¾ Y relató de principio a fin la operación que el jurista le había encomendado
¾ ¿Ahora qué vamos a hacer?¾ Se retorcía las manos angustiada ¾ ¿Qué podemos hacer?
¾ Hay un camino que garantiza por lo menos lo más importante: haz que el señor Mondragón me fusile y arroje mi cadáver a los pies de los muros, mientras que tú tratarás de salir, como sea, y encerrarte en tu casa de Chimalistac.
¾ ¡De ningún modo! ¡Eso ni pensarlo...
¾ Entonces moriremos ambos.
¾ A menos que... La culpa es mía y debo enfrentar las consecuencias.
¾ Por favor ¿Cuál culpa?
¾ ¿Qué no estás aquí por mí?
¾ Sí, pero...
¾ Óyeme, esto es lo que vamos a hacer: Irás con Juárez y le ofrecerás la rendición de la hacienda en mi nombre, con la condición de que nos deje ir vivos.
¾ Eso no serviría de nada. Para el gobierno siempre debe haber culpables y castigados, es como funciona la ley.
¾ Juárez se alegrará tanto que nos perdonará a todos.
¾ No sabes lo que dices...
¾ De todas formas, dentro de unas semanas será inevitable, sólo es cosa de tiempo ¿Qué se puede perder? La finca y un poco de orgullo.
En silencio, el librero pensaba que, a pesar de todo, esa podría ser la mejor solución, y quizá la que exigiría menos sangre, siempre y cuando se jugaran bien las últimas cartas de la partida.
A la mañana siguiente, llevando una carta firmada por Bárbara Muñoz, Fachamar abandonó la finca por el camino de Cerro Gordo. A la entrada del pueblo encontró la guardia del sitio, quienes lo condujeron con su capitán.
¾ ¿Dónde carajos estuviste?
¾ En Almaguer.
¾ ¡Hijo de la chingada! Te dábamos por muerto. Hemos perdido mucho tiempo buscando tu cadáver al pie del acantilado.
¾ ¡Oh! Cuánto lo lamento, señor.¾ Respondió Fachamar un tanto divertido.
¾ ¿Cómo le vas a explicar al señor presidente tu fracaso y que a pesar de ello sigas vivo?
¾ Sería sin duda algo muy difícil.Pero no es el caso, aquí tengo una carta con las condiciones para la capitulación de la finca.
