Al Alba
E
El Ejecutivo, fiel a su palabra, acudió a los sombríos calabozos para rellenar el cadáver con el bálsamo azul. El milagro estuvo a punto de ocurrir; por lo menos la rígida carne se estremeció y se puso azul, aunque no volvió a la vida. Tres días más tarde, Juárez daba la orden para que lo enterraran, porque la pestilencia del cuerpo ya había corrompido el aire de la prisión entera. Todavía el inmundo aroma se regodeaba en la memoria del abogado esa noche, más de las doce serían, cuando la relación de los hechos en la mente del jurista fue interrumpida por Fachamar.
Juárez recibió a su agente en la biblioteca personal de su casa.
El presidente levantó la mirada al sentir la presencia del resucitado:
¾ Buenas noches Heurístico, qué novedades me traes del asalto a Cerro Gordo.
¾ ¿Heurístico? ¿Usted lo sabía?
¾ Me lo dijo Ríos hace mucho tiempo, con una historia absurda que ya me hice olvidar, pero tu nombre se recuerda fácilmente, casi tanto como el otro que usas. No se derramó demasiada sangre en la hacienda Almaguer ¿Verdad?
¾ No. En realidad ninguna, todavía; el plan que habíamos elaborado tuvo que cambiar seriamente, pero le traigo una propuesta de rendición. Si quiere firmarla, mañana mismo tomaré posesión de la finca en su nombre.
¾ Tomarás posesión...¾ el jurista sonreía sarcásticamente ¾ ¿Tú?
¾ Y nadie más, señor.¾ Puso la carta sobre la mesa del pastor, quien la leyó impasible antes de arrojarla a la mesa de su secretario para que la revisara por la mañana.
¾ Piden el perdón de todos y el permiso para seguir habitando la finca... Eso no es lo usual.
¾ Se debe, señor, a que el proyecto se complicó y ahora posee una serie de circunstancias muy extrañas... fui capturado por Mondragón y me vi en la necesidad de negociar en circunstancias muy comprometidas.
¾ ¿Desagradables?
¾ ¿Perdón?
¾ ¿Sufriste atroces torturas? No me lo puedo figurar; la señorita Muñoz es, como se dice, un bocatto di cardinali.
¾ ¿Conoce los pormenores?
¾ Créeme, resucitado, si es que acaso crees en ti mismo, que yo también sé de alquimias... Te has portado muy bien, hijo. Desde luego, la finca es tuya, con la vida de todos los que estás adentro. Yo te recomendaría que te "ocuparas" de Mondragón y los más allegados a él; pero eso será asunto tuyo; sin embargo las condiciones las pondré yo.
¾ ¿A madonna Muñoz?
¾ A ti.
¾ ¿Qué clase de condiciones?
¾ Eres buen editor. Desagradablemente bueno, y la gente tiene la pésima costumbre de leer las cosas que imprimes. Yo exijo, para ponerte en posición de la finca Almaguer, que vivas permanentemente en ella, y si quieres imprimir algo allí, que sea la Vida de los Santos o el siglo de oro, mientras yo viva y, sin equa non, que me des tu palabra que muerto yo, si es que muero antes que tú, no editarás nada sobre mí, ni para bien ni para mal ¿Nos entendemos, hijo?
¾ Aprovecha bien sus lecturas, señor licenciado.
¾ Mejor que muchos ¿Qué me dices?
¾ ¿Por qué pregunta mi parecer, si sabe que no hay alternativa?
¾ Es un vicio profesional.
Dos días más tarde, la hacienda Almaguer capituló frente la vieja compañía de Fachamar, formada de oficiales, ante la mirada rabiosa de Mondragón, completamente calvo.
En la soledad compartida, los labios tomaron la palabra, dejándose sorprender por el prodigio: las bocas se descubrieron celebrándose en una sola, deliciosa saliva, mientras las manos buscaban ansiosas el principio de la piel. Bárbara temblaba, conteniéndose y permitiendo, Fachamar, respiraba muy hondo en ella. Él se acercó por detrás para pulsar sus nervios bajo un aliento tibio. Ella se dio vuelta casi con torpeza y entonces bastó un solo movimiento, frágil, la agonía del pez fuera del agua; lo abrazó con fuerza, abandonada en el vientre que oprimía, luminoso, la velada penumbra del corazón adormecido en el fondo del otoño. Era la primera de las noches.
De ese modo Fachamar encontró un lugar junto al mundo, y hubiera sido lo mismo una casucha de vara en Salsipuedes o una hacienda ruinosa en la sierra. Comprendió, en ese punto, uno de los grandes misterios del hombre ordinario, que no suele vivir en guardia y no tiene la necesidad de declararse de un bando o de otro, porque la historia puede pasar sin él.

En la cabeza de Fachamar seguían vagando las últimas palabras que escuchara de los gruesos labios de Juárez. Incluso trató de negociar con Bárbara la expulsión del capataz de la finca, con una reparación económica, por supuesto, pero ella se opuso en absoluto, recordándole a Fachamar que él había sido uno de los más fieles sirvientes de su padre y que sin él no habría gobierno de ninguna clase en Almaguer. Tal vez ella tuviera razón, reflexionó el del rostro azul, y después de todo, ya se hubieran olvidado las viejas rencillas entre dos bandos que ya no existían, por un momento llegó a pensar con afecto en aquel hombre que, para bien o para mal, era parte de su historia desde la infancia.
Aún quedaba alguna claridad cuando el tuerto, sudoroso, llegó hasta el soportal donde Bárbara y Fachamar bebían una taza de café, reposando la dura jornada que diariamente se vivía en la hacienda.
¾ ¡Patrón, que se apure, dice el capataz, porque su caballo metió la pata en un agujero de tuza y lo tiró! Está muy herido y yo creo que ora sí se nos pela!
¾ ¡Virgen santa! Vamos a ayudarlo.¾ Se apresuró Bárbara.
¾ ¿Quién está con él?
¾ Naiden, patrón, nomás veníamos él y yo de cafetales.
¾ Adelántate si quieres, yo voy a buscar unos hombres para que nos ayuden a traerlo.¾ Le dijo Fachamar.
¾ Toma un caballo y date prisa.¾ Le ordenó Bárbara al tuerto.
En efecto, el potro retinto de Mondragón estaba tendido sobre la vereda, rezumando espuma por el morro y, un poco más adelante, el capataz yacía boca abajo, cubierto de polvo, con los ojos desorbitados.
¾ ¿Qué tienes?
¾ No me puedo parar.¾ Respondió el hombre rechinando los dientes. ¾ Creo que me trocé el espinazo.
¾ ¿Puedes moverte?
¾ No.
¾ ¡Ayúdenme a levantarlo! Vamos a tratar de ponerlo atravesado sobre mi montura.

No pudo gritar siquiera, apenas pronunció con asombro el nombre de su asesino mientras huía rumbo a la sierra, justo en el momento en que Fachamar, con una cuadrilla, se acercaba. El resucitado se percató rápidamente de la situación y, desenvainando su acero, se lanzó a la carga contra el traidor, demasiado tarde, la figura de Mondragón ya se había perdido entre los matorrales, pero no la del tuerto.
¾ ¡Detengan a ese hombre!¾ Bramó Fachamar apuntando hacia el tuerto, que ya se alejaba rumbo al monte cuando una andanada de balas paró su fuga.
Levantó a Bárbara. Un gemido escapó primero de los labios de la joven, después fue una tocesita breve, como de niño. Fachamar trató de introducir un pañuelo en la herida, pero era demasiado profunda como para intentar nada, la sangre manaba como de una fuente. Ella sintió que el aliento se le iba y no estaba dispuesta a desperdiciarlo:
¾ Perdóname, te quería hacer tan feliz, amor...
Fachamar se inclinó para darle un beso y echó a andar con ella en brazos hacia la finca. Los peones se quedaron petrificados en el llano, sin atreverse a seguir a la pareja.
¾ Qué afortunada soy...¾ Sus labios estaban pálidos.
¾ No hables, guarda tus fuerzas, amor.
¾ Porque nunca pensé en la muerte... pero, pero si hubiera pensado... qué dicha morir así, al anochecer... entre tus brazos...¾ Cerró aquellos ojos en los que despertaba el amanecer y ya no los abrió más.

Fue Roccazura un puro, inmenso llanto; una pena terrible, más desolada que la muerte. Luego silencio y tinieblas.
Durante mucho tiempo permaneció tendido a la intemperie, sobre el barro húmedo del sepulcro, sin probar alimento, hasta que la hierba comenzó a medrar sobre la tumba.
Una mañana en que los peones fueron a buscarlo para que comiera, encontraron el sitio vacío. Había plantado amapolas sobre el montículo que cubría el cuerpo de Bárbara y las flores reventaban en rojos y amarillos, sorprendidas por el sol.
Volvió a la capital por un tiempo, pero no era el mismo. Delgado y envejecido, como si no quedara de él más que un cascarón obscuro, vacío de olas y de estrellas, casi no hablaba con nadie y ni siquiera yo me atrevía a trasponer el umbral de su pena. Su silencio estaba provisto de las armas suficientes para mantener alejados a los intrusos. Todos éramos, por más que nos pesara, extranjeros a su dolor y al sombrío mundo que habitaba su corazón.
No trató de reabrir la librería y dejó de leer para vivir encerrado en el ático de su antiguo negocio, detrás de una ventana sucia por donde acechaba al sol, a la lluvia, a la gente que iba y venía sin fin, bajo todos los climas, por la calle tumbada ante sus ojos.
Había visto nacer y morir un imperio; a una república levantarse y caer y volverse a levantar una y otra vez; vio a los que hacían y a los que hablaban, pero ahora miraba siempre desde su ventana, como tratando de leer el porvenir con sus ojos inmensos, atónitos, o de inventar de nuevo el pasado... al Liendres, desnudo y brilloso, perderse de pronto por la esquina, seguido de una patrulla jadeante y derrotada; a Ferreiro, a punto de cruzar hacia Plateros; a Maximiliano, en su fabulosa calesa; a los criados de los De la Peña, repartiendo invitaciones para sus tertulias o, quizás, a Bárbara, embozada en su mantilla camino a la iglesia...
Subí a llevarle una taza de café recién hervido. Lo hacía a menudo, subía al altillo y le dejaba el café o un plato de sopa sobre una mesita. Le hablaba de los duros tiempos que se veían venir, de lo caro que estaba todo últimamente, de la sonada boda de los Guzmán que habían echado la casa por la ventana, y Fachamar me dejaba seguir, sin responder nada, atento a la vida que no paraba nunca allá abajo, luego me iba y lo dejaba solo, como le gustaba estar; pero en esa ocasión se me quedó mirando detrás de ese océano que ya siempre resultaba brumoso, como queriendo ocultar la línea del litoral, de una obscura tierra firme.
¾ ¿Te das cuenta?
¾ Sí.¾ Contesté sin saber muy bien a lo que se refería.
¾ Sientes que navegas rostro adentro ¿Verdad? Pero yo también viajo desde el océano que veo desde aquí, desde el otro lado, porque allí, una vez, estuvo...
Asentí con la cabeza, y fui yo el que no pudo hablar más, porque no encontré palabras con qué tender un puente sobre un vacío tan enorme.
Ahora que no está tendría que comprenderlo de verdad. No es así.
Las guerras nunca faltaron, ni las causas que defender. Leí algo, escribí mucho, rompí luego la mayor parte de mis escritos y, cuando pensé que era lo correcto, salí a la calle o a la sierra con un fusil en la mano, preguntándome "¿De qué lado se hubiera puesto Fachamar?" o "¿Cuál será el lado azul de todo esto?" y pensando, todo el tiempo, en la única literatura que nos dejó Heurístico.
Fue la misma noche en que me habló de su rostro. En cuanto el sol se ocultó, antes de que los serenos pasaran escanciando la calma y encendiendo las luminarias de aceite de la ciudad, Llegó Juárez a buscarlo en persona con una propuesta: Uno de sus antiguos amigos quería arrebatarle el poder y había confiado la asonada a un grupo de rebeldes, antiguos enemigos del abogado, el líder del pronunciamiento sería nada menos que Mondragón. El presidente necesitaba conjurar el motín sin hacer ruido y eso significaba que no podía emplear al ejército regular, sabía sin embargo que el resucitado tenía cuentas pendientes con el capataz de Almaguer y él se lo ponía en bandeja de plata junto con un piquete de soldados de su guardia personal.
Esa anochecida, por primera vez en meses, Fachamar salió de su encierro con un cubo de pintura. La noche era tibia, casi exuberante. A la vista de todos anduvo las calles que lo separaban del Palacio Nacional, me consta que no había bebido, contra lo que dijeron en su momento las flojas lenguas de los vecinos.
En las narices de los guardias presidenciales pintó con enormes letras agudas una frase: "QUE A NADIE SORPRENDA LA MUERTE".
Cuando el pasmo los dejó hacer, los soldados se abalanzaron sobre él tratando de sujetarlo, pero el arriero, más ligero y más hábil que ellos, logró desasirse y echó a correr por la calle de La Moneda rumbo a Mixcalco.
Quién sabe qué pintura era aquella, pero tuvieron que tallar mucho, durante una semana, con lejía y cepillo, para que se borrara. La ciudad entera especuló, la gente estaba dispuesta a leer mucho más y mucho menos de lo que realidad había escrito el arriero. Algunos la entendían como denuncia al gobierno, otros como una amenaza al régimen, Juárez leyó en ella la promesa de acabar con Mondragón, pero hubo quien quiso leer en ella un acto de católica contrición y hasta la tomaron por un axioma filosófico. Los más escépticos apuntaron que en realidad no se sabía si el hombre azul había terminado la frase o si fue detenido antes de completarla, pero muy pocas cosas dejó a medias el resucitado, y tal vez era justo eso lo que significaba la sentencia.
Los gendarmes lo buscaron durante semanas en vano. Se había ido y nadie supo a dónde. Excepto yo y, claro, el presidente. Hace poco un viejo soldado que sobrevivió a ese capítulo de la historia me relató que eran unos cuantos, no más de quince hombres los que fueron emboscados por las fuerzas de Mondragón en el río de Ventoquipa, los rebeldes conminaron al diminuto batallón a rendirse pero Fachamar desenvainó su acero y los miró a todos por un momento, uno por uno fue buscando la decisión en sus rostros, luego blandió el arma hiriendo el aire gritando "¡A la carga!" y echando a su caballo a todo galope contra el batallón que los esperaba abajo, dicen que apenas cuatro o cinco los siguieron a ese ataque que era un suicidio, los demás lo vieron caer sobre Mondragón con tanta fuerza que su hoja lo atravesó de lado a lado hasta la empuñadura, tan repentinamente que tuvo tiempo de volver a cargar levantando entre los enemigos una nube de polvo, después de eso los jinetes rebeldes cayeron sobre los de la República y nadie pudo verlos más. Yo tampoco volví a verlo y no sé qué pensar. Un tipo como él no era de los que pueden estarse quietos, aunque hubiera querido. Para entonces ya se escuchaban los vientos de una nueva guerra en la que no combatió el arriero.
Muchas cosas se dijeron de Fachamar. Hay quien lo vio batallar en los tiempos del Plan de Tuxtepec, pero no es probable por muchas razones. Después, un hombre azul aparece de cuando en cuando en cualquier revuelta: en la Guerra de Castas, junto a Canek; capitaneando una misteriosa fragata contra los americanos, en el Caribe; levantando gente en la sierra de Morelos... todo eso es posible; y creo que pudo haber en esos sitios un hombre azul que no necesariamente era Fachamar, quien para entonces, si acaso seguía vivo, tendría más de ochenta años, como yo.
Todo eso, no obstante, es posible, como posible también es que, cansado del destino absurdo de los hombres, haya decidido despertar a quien lo estuviera soñando.
No hay en ninguna parte una lápida que lo recuerde porque no nos dejó una tumba. Tampoco hay un renglón en los libros de historia posteriores a la muerte de Juárez, porque los historiadores son gente muy seria que no corre el riesgo de escribir: "En la toma de Puebla intervinieron Fulano y Perengano y hombre azul que leía a los clásicos" sin tener un cadáver que pudiera exhumarse para probar lo que se dice.

Hoy es carnaval y por una vez el mundo es otro, aunque al amanecer, cuando la noche acabe, no quede más que un sueño de todo esto.

FIN