Postludens

 

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L os personajes que cruzan esta historia ¾y los hechos que sufren o provocan¾ son exiliados de una cierta diversidad de continentes. A esta nota, absolutamente prescindible para la lectura de Fachamar, corresponde hablar de esos terruños.

Algunos de estos sujetos, como Juárez, Maximiliano o Iglesias, son parónimos de los héroes o villanos (según se los vea de frente o al sesgo) que habitan la historia formal, vistos desde las necesidades narrativas de un relatario de larga existencia que seguramente los hallará distorsionados en su antiguo corazón, cargándolos de vicios y virtudes que un estudioso de la materia encontrará inverosímiles.

Otros, digamos Altamirano, por ejemplo, pasaron sin trance de la vida real de su tiempo a un devenir paralelo y no demasiado semejante al que habitaron, tratando de moverse, un poco extravagantes, en una realidad que necesitaba de ellos.

Nombres como el de Lázaro Fernández, el Liendres y Charpenel existieron al margen de las grandes figuras públicas de su tiempo y, convocados en un espacio que no era necesariamente el de La Historia, no tuvieron mucho empacho en resucitar, más o menos en buen estado, levantándose de los frágiles documentos (actas, bandos, periódicos...) que pueden consultarse, si promete uno tener mucho cuidado, en el Archivo General de la Nación, en la Biblioteca del Congreso u en la Biblioteca Nacional. Algunos de estos materiales, incluyendo muchas de las imágenes del Archivo General de la Nación, se reprodujeron de manera facsímil en la versión para Internet de la novela.

Muchos personajes, por supuesto, son completamente ficticios. Otros, como es natural, son gente que ríe y llora y camina por las calles en torno a mi vida; yo les he robado el nombre, junto con un gesto, una manía, una pasión, gente como la que también vivió en torno a Fachamar pero que no dejaron huella alguna sobre la tierra. En este apartado cabe un subconjunto más: el de los personajes entreverados, mitad mimesis, mitad poesis. El general Maclovio Hernández, citando un caso concreto, es en parte el legítimo Maclovio, en parte el general Ignacio de la Llave, a ratos Zaragoza y de repente todos a la vez y el juez que preside el juicio de Fachamar es, en buena medida, mi abuelo materno, don Alberto de Alba, quien tuvo la albarazada ocurrencia de morirse mientras yo componía este relato. En éste último orden se encuentran también cuatro de los personajes que más me interesaron: Fachamar, Giorgio Ferreiro, Ermenéutico Roccazura y Antonio Ríos.

La geografía, que en muchas partes quiere convertirse también en personaje, sufrió un proceso semejante: en ocasiones dejo que Cerro Gordo se confunda con la plaza de ese nombre que existe en Veracruz. En realidad el Cerro Gordo natal de Fachamar es un pueblito diminuto que existe perdido en la sierra de Puebla, dentro del municipio de Cañada. Durante una fiesta allí, por allá de 1993, los cañadenses me llevaron a conocer su iglesia y en uno de los altares me encontré a Fachamar, es decir, a un hombre azul que se levantaba de su féretro en la desleída imagen de un exvoto. No había fecha alguna ni mayor explicación del prodigio, pero convivía con otros cromos del siglo XIX. La estampa aún me fascina y tuve que inventar estas líneas para sacármela un poco de la cabeza.

Ermenéutico Roccazura y Giorgio Ferreiro son escisiones de un par de grandes sujetos: por un lado mi buen amigo Jorge Herrera, cuyo carácter vistió el esqueleto de estos personajes y, por otra parte, el magnífico grabador Claudio Linatti cuya vida y obra bien caben en la intención de estos fulanos. Como pensaba Fachamar, y como lo deja entrever el licenciado Ríos, lo más extraordinario de estos caracteres es lo que pertenece al puerto de la verdad; la ficción es lo que agrego para que la relación corra, si no de buena forma, por lo menos hacia delante. El trabajo de Linatti, atisbo a un México de ensueño y de pesadilla, fue un documento inapreciable cuando trataba de reconstruir el mundo en el que se movió Fachamar.

En cuanto a Antonio Ríos, el relatario, es fácil de reconocer por sus actos ¾como quería Fachamar¾ y al mismo tiempo esa identidad quedará siempre en entredicho: por su labor y sus simpatías con el plan de Ayutla, primero y con Maximiliano, después, resulta evidente que hablamos de don Juan Antonio Mateos, jurista, gran lector, novelista de folletines, periodista y soldado de la razón; si bien, el acaso podría ser el arquetipo del romántico constructor de América Latina con la pluma y con el sable, con sus enormes aciertos y sus garrafales errores, como lo fueron también Altamirano, Prieto, Riva Palacio y Ramírez, en México; Bolívar, Sandino, Martí, Dalton y muchos otros nombres más en el resto de Latinoamérica hasta incluir, si se desea, al doctor Guevara de la Serna.

En tiempos como los que tocó vivir a Fachamar (¿y en qué tiempos no? Preguntome) era frecuente que algunos individuos creyeran en hacer lo correcto y vivir en tanto esos principios, a pesar de que lo correcto no significara siempre lo mismo para todos. Así vivió Mateos, sin temor a errar de buena fe, ni a reconocer y a enmendar sus errores siempre que fuera posible, como nuestros otros queridos autores, con las armas o con las letras.

Era impensable conservar el estilo de Mateos en un relato escrito a más de setenta años de su muerte, y que además tiene lo suyo de fantástico. No intenté hacer un pastiche de don Juan Antonio, lo que me lleva a lamentar que casi nadie lo lea en estos días y que junto con otros estupendos escritores haya sido cubierto por el olvido en la atención de los editores, de los programas de estudios, de las bibliotecas... Casi como si nunca hubiera existido.

Cosas así y otras que no debieran ocurrir y pasan indignarían a Fachamar que ya estuviera por las calles y los caminos, con el rostro azul, o no, tratando de hacer, en esa pasión que tenía por el verbo, que las palabras de nuestros autores se pusieran de nuevo en pie de América.

 

Manuel Esquivel

 

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De nuevo al principio

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