El Oficio de la Guerra
E l tiempo sosegado del estío fue breve. Una noche, al límite de sus fuerzas, apareció un correo por el camino del sur. Su desbocada carrera se justificaba por la urgencia del mensaje: un nutrido regimiento federal había llegado a Puebla y en cualquier momento avanzaría hacia Veracruz, lo comandaba el general Rosado Corona, el "Tigre de Nonoalco", y eso era una razón más para preocuparse.
Esa misma madrugada, Fachamar salió a todo galope rumbo a Veracruz; tenía la consigna de apalabrarse con un hombre apodado el "Marrajo", antiguo compañero de armas de Hernández, para que le alquilara doscientos hombres que apoyaran a los rebeldes en la batalla por venir, mientras el general Hernández ponía a salvo a su protegida y luego se internaba en la sierra para hacer resistencia.
Don Maclovio estaba sorprendido de la cantidad de gente que al paso iba sumándose a sus filas, la presencia de los voluntarios en aquella hora llenaba muchos pechos de esperanza.

¾ Debió de estar de buenas ese negro avaro.
¾ En absoluto, y me regateó dos días enteros: empezó por reírse de mi oferta, por lo que volví a montar y estaba dispuesto a conseguir los efectivos en otro lado, pero entonces me rogó que me quedara a discutirlo. Me pidió treinta mil reales por la renta de un mes y se ofreció él mismo como capitán, a modo de regalo. Le dije que lo pensaría y por la mañana le hice llegar una carta agradeciéndole el hospedaje y lamentando que no hubiéramos podido llegar a ningún acuerdo; añadí también que me iría a buscar esos hombres a la Antigua.
¾ ¡Eso fue jugársela a lo pendejo la seguridad de la maniobra!
¾ No arriesgaba nada, general, el tipo tenía tanta prisa que sentí no haberle ofrecido menos, incluso me regaló una espada de acero español, estupenda, en prueba de su aprecio.
Hernández soltó una carcajada franca y le dio un palmetazo en el hombro, a pesar de que, no era ya el hombre jovial y afable, patrón benigno de su hacienda; sino un caudillo parco y de tono imperioso, capaz de subordinar a la tropa entera con un solo grito.
Durante la larga cabalgata que acababa de realizar, hubo tiempo de sobra para que el arriero reflexionara sobre el curioso estilo que usaba el autor de su destino, jamás llegaba a ninguna conclusión, pero era evidente que dicho autor no sabía estar ocioso, porque apenas Fachamar se había quitado las botas y desensillado su caballo, novedades alarmantes llegaron del norte:
¾ ¡Corona ya viene!
¾ ¿Están seguros?¾ Urgió don Maclovio al sudoroso correo.
¾ Antier mismo salió de Puebla hacia el Puente Colorado, a la cabeza de mil hombres.
¾ ¡Carajo... mil hombres! Estamos en completa desventaja.¾ Sentenció Fachamar un tanto desmoralizado.
¾ Eso no me preocupa;¾ reflexionó el viejo general ¾ pero hay que salir a su encuentro de inmediato. Aquí ya está casi todo listo, nos vamos a la media noche para que los jarochos descansen unas horas, aprovéchalas tú también, hijo.
A luz de la luna, Hernández pasó revista a sus fuerzas. A esa hora los soldados eran de azogue, las armas azules de mercurio y Fachamar era sólo uno más, otro jinete de plata viva esperando instrucciones de un general fantástico. Emprendieron la marcha antes del amanecer, a la vanguardia iban cien jinetes pertrechados con fusiles de chispa; seguían sesenta hombres de a pie, armados con formidables escopetas y luego seguían los jarochos con armas largas, finalmente, iban los voluntarios con pistoletes y algunos, incluso, con ondas y hasta con ballestas; la retaguardia era de don Maclovio y su peonada que, si mal armados personalmente, arreaban dos enormes bueyes uncidos a un antiguo cañón de bronce.
Claro que con estas fuerzas Hernández no pudo mantener el paso que hubiera querido y decidió adelantarse con cien hombres rumbo al Puente Colorado, a fin de que Corona no pudiera cruzar el río del Zacate antes que él. Con esa tropa podría resistir en la cabeza del puente hasta que los otros se le unieran.
Don Maclovio llegó al Puente mucho antes que Corona y, para su gozo, se encontró un alcalde bien dispuesto a cooperar con él, aterrado con la sola idea del saqueo, que era la rúbrica del tigre. Confiado por ese triunfo, y con los refuerzos que el alcalde le proporcionara, incluida una compañía de rurales, Hernández se adelantó hasta el Río Verde y voló el puente sin saber que Corona no pensaba pasar por allí, sino que había seguido a través de la sierra y estaba listo a caerle por un flanco. Apenas a tiempo se enteraron, por un pastor, de la maniobra del enemigo, pero fue suficiente para recomponer la defensa de su posición.
A partir de entonces los dos bandos, separados por el río, pasaron días formando y desformando sus líneas de estrategia a partir de los informes de sus respectivos exploradores. A Fachamar le parecía muy mal que dos jefes ávidos de destruirse mutuamente se dieran tantas excusas; hubo que explicarle que se debía a que ambos ejércitos combatían con mercenarios y estos siempre exigían a sus jefes la mejor de las ventajas, la que garantizara que el enemigo estaría completamente a su merced.
¾ Corona cruzó el río y está aquí, avanzando sobre la margen del Verde, al norte de nosotros.¾ Hernández dibujó en el polvo del suelo un plano de la situación. ¾ Pero tendrá que descansar después de la marcha que acaba de hacer.
¾ Es demasiado riesgo atacar desde el llano a los que están parapetados en la sierra, nos harán pedazos.¾ Intervino el mayor Miguel Cano, un arrogante mestizo que, a decir de los entendidos, tenía un brillante futuro en la carrera de las armas.
¾ ¡No me interrumpas, cabrón! Cuando quiera saber qué opinas te lo preguntaré.
¾ Sí, señor.
¾ El plan es éste: Dividiremos nuestras fuerzas en dos partes, una se la lleva el coronel Linares por el llano, como si fuera a atacar de frente, eso va a llamar la atención de Corona y lo retendrá un buen rato; los demás se van conmigo, vadeamos por el camino de Cerro Gordo, nos metemos por la sierra y les caemos del otro lado... y allí Linares entra con el verdadero ataque a fondo, encerrándolos entre dos fuegos.
¾ Eso será si las posiciones se sostienen hasta entonces.¾ Se atrevió a señalar el resucitado. Los oficiales lo miraron con sorpresa y el mismo Hernández soltó una despectiva carcajada.
¾ No les daremos tiempo para cambiar de sitio, están muy confiados en lo fuerte de su resguardo, lo importante es que nos movamos ahora mismo, sin nada que pudiera entorpecer nuestra carrera.
A pesar de la burla que acababa de hacerse a sus costillas, el del rostro marítimo se sintió en el deber de insistir:
¾ Con perdón de los presentes, si yo fuera Corona tendría vigilantes en las cimas y, al ver lo que planea, caería sobre Linares para acabarlo; luego me iba a resultar muy sencillo hacer lo mismo con usted, mi general.
¾ Demos gracias¾ cortó Cano con sarcasmo ¾ que no diriges tú la tropa de Corona, porque estaríamos ya muertos.¾ Y se apartó del círculo de oficiales riendo de su propia ocurrencia mientras el grueso de la tropa se preparaba para cruzar el Verde.
Fachamar estaba sentado a la orilla del agua, un poco nervioso por la proximidad de la batalla, cuando se le acercó el capitán Francisco Vivas, el mismo a quien había despojado de su montura unos meses atrás. Fachamar tardó un momento en reconocerlo, en realidad, su mente estaba en otra parte.
¾ Yo no me he reído de ti.
¾ Lo sé, y te lo agradezco.
¾ No creas que se me ha olvidado lo del tordillo... pero después resolveremos esa cuestión y lo del robo
¾Todavía crees que soy culpable...
¾Después resolveremos eso digo, ahora estamos del mismo lado y hay cosas más importantes. Señalaste una posibilidad que merecía tomarse en cuenta.¾ Convino el capitán dejándose caer sobre la hierba, al lado del muchacho.
¾ ¿Por qué no me apoyaste, si piensas así?
¾ Pues...¾ Vivas mordisqueaba una tierna brizna, como si fuera un pastor esperando la caída de la tarde para reunir de nuevo a sus ovejas ¾ los oficiales son mis superiores, o al menos, eso es lo que ellos piensan, pero no importa, yo no voy a darles consejos a menos que me los pidan, y quién sabe si entonces.
¾ ¿Vienes a regañarme?
¾ No. Vengo a hacerte una propuesta. Te empiezo a conocer y ya sé que eres capaz de muchas cosas...
Antes de una hora habían llegado a la cima, donde no se sorprendieron tanto como el vigía que lograron hacer prisionero. A la sucia luz del alba confirmaron la precisión del razonamiento de Fachamar. Hernández se espabiló en el acto cuando se lo contaron; sin perder tiempo en disculpas ni en bizantinismos, llamó a sus oficiales y ordenó que dispusieran todo para tratar de reunirse de inmediato con Linares, quien había salido del campamento tres horas antes.
¾ No podrán cumplir sus órdenes.¾ Observó Fachamar con tranquilidad cuando la plana mayor se había marchado.
¾ Esa es una opinión que nadie te ha pedido.¾ Le espetó su general.
¾ A estas horas la posición de Corona no le permitirá a usted reunirse con Linares, desde allá arriba los van a aniquilar como los vascos a Rolando, señor.
El rostro de don Maclovio estaba a punto de gotear sangre:
¾ ¡Ya basta! No estamos frente a la chimenea de mi sala, sino a punto de partirnos la madre con una bestia que tiene bien ganada su fama de sanguinaria ¿Quieres decirme qué hacer? No hay muchas opciones y no pienso quedarme aquí ni subir por la ribera para que Corona nos arroje al arroyo. Antes hay que poner al río entre ese animal y nosotros.
¾ Eso¾ se atrevió Vivas ¾ aumentaría la distancia entre sus fuerzas y las de Linares.
¾ ¿Creen que no me doy cuenta? ¡Por eso tenemos que mandar un correo avisándole a Linares que regrese y nos alcance cruzando el vado sur!
¾ Pero si nos atacan mientras estamos a media corriente... ¾ Empezó Vivas.
¾ Eso no pasará¾ aseguró Fachamar ¾ si hacemos que el enemigo se detenga de este lado de la corriente... yo me encargo de eso con veinte jarochos; o me atrapará o querrá cargar sobre Linares, pero para cuando cualquiera de esas cosas pase ya estarán nuestras fuerzas reunidas de nuevo. Yo, con veinte hombres, le prometo sostenerme hasta la puesta del sol.
Reflexivo, tras un largo silencio, Hernández preguntó:
¾ ¿Y si te mueres?
¾ Ya será demasiado tarde para Corona.
¾ Debo estar muy viejo, donde un chamaco pintado de azul me da lecciones. Usted, capitán ¿Le confiaría veinte hombres a este mocoso?
¾ Sin duda.
¾ Váyase con él y que Dios los lleve por buen camino...
Fue un enjambre desmadejado por el miedo y no un ejército rebelde el que atravesó el vado. Los últimos en cruzar el arroyo fueron los veinte hombres de Fachamar, con los fusiles en alto para que no se mojara la pólvora. Corona observó a sus enemigos vadear el torrente en un desconcierto pánico y dio la orden de perseguirlos. Una compañía de dragones bajó por las veredas mientras la infantería cortaba por en medio del cerro, pero cuando la primera columna de jinetes llegaba a mitad del río sonó una sola detonación y veinte sillas quedaron vacías; la compañía se detuvo, aturdida, mientras una nueva descarga aumentaba la confusión.

¾ ¡Yo voy a enseñarles cómo se pasa un río, bola de pendejos!¾ Y mandó un centenar de hombres rumbo al Puerto del aire con la misión de desencajar de sus goznes todas las puertas y postigos que allí hubiera.
Cuatro horas tardó su tropa en la encomienda, pero al fin mandó a la vanguardia a treinta infantes protegidos por escudos inverosímiles, algunas de las puertas conservaban las aldabas o el herraje. Desde su lado del cerro, Fachamar vio un acorazado gusano de madera batallando contra el ímpetu del agua, la caballería detrás, lista para apoyar el ataque. Entre los jarochos del arriero había cinco fusiles de repetición, el resucitado los mandó monte abajo y luego los colocó a lo largo de la orilla del Verde. No todas las balas hallaron abrigo en la carne de los regulares, pero el miedo se derramó en la columna: los muertos estorbaban el paso, a los heridos se los llevaba la corriente mientras pedían socorro a sus compañeros y estos ruborizaban al eco de la cañada con sus puteadas. Puertas y zaguanes cayeron al agua y los hombres quedaron expuestos a las balas del pelotón rebelde que permanecía en las alturas. Retrocedieron de prisa, arrojando los maderos que les quedaban; más de uno perdió pie y fue arrastrado por la corriente, tripulando un postigo con rumbo a los rápidos de río abajo. El sol avanzaba en su camino.
Luego de un rato hueco, Corona envió dos patrullas a que recorrieran el Verde al norte y al sur, buscando otro paso practicable. Tras dos horas de fatiga, los exploradores volvieron con las manos vacías. Para entonces Corona ya había organizado una tropa de doscientos jinetes a los que ordenó cruzar el río sin reparar en las pérdidas. Se les advirtió que, una vez en la orilla opuesta, no debían dejar un hombre vivo.
Los fusiles revólver de los jarochos de la zona baja se vaciaron dos veces, también los otros, incluido Fachamar, tuvieron oportunidad de disparar más de una ocasión sus armas; pese a todo, ciento cincuenta hombres llegaron a la orilla opuesta en condiciones de trepar por la escarpada ladera donde el resucitado se apostaba. Todo el ejército de Corona gritó con entusiasmo desde su orilla:
¾ ¡No les den cuartel! ¡Maten a esos jijos de la chingada!



