Las Obras Pías y Fachamar
Y
Heurístico desmontó sigiloso y se aproximó por detrás al ogro hasta apoyar en su nuca el cañón de un pistolete, amartilló con cuidado:
¾
No es justo maltratar a quien no puede defenderse ¿Verdad? Al sentir el frío del arma, el hombre se dio media vuelta, toda la sangre había huido de su semblante y cuando llevó la mirada al rostro de Heurístico se puso todavía más pálido. Con la voz deshilachada respondió: ¾
Dispense su mercé, pero este escuincle me robó todo lo de valor que tenía yo en el mundo, y fue por hacerle caridá... ¾
No me interesa, todo lo que te pudo haber robado no vale una sola de sus llagas. Desátalo, devuélvele su ropa y no digas una palabra más, o será la última que digas en este mundo. El hombre hizo lo que le pedían. Verde por la rabia y, sin atreverse a protestar, ayudó a Roccazura a poner al muchacho semiinconciente a la grupa de su animal. Sin decir más arrancó al trote y en seguida se perdió por un paso de mulas. Mientras andaban, el sol bajó por el horizonte. Roccazura iba tratando de precisar dónde había leído aquello que tan endiabladamente se parecía a lo que ahora estaba viviendo. El chiquillo volvió en sí cuando aún quedaba algo de luz. Al verse atado a la montura de Heurístico se sobresaltó: ¾
¿A dónde me llevas?¾
fue lo primero que Roccazura escuchó de sus labios. ¾
A donde te puedan curar. ¾
¡Ave María purísima, y yo que creiba que eras un bandido, la sierra está llena de gentes malas. ¾
Y entonces ¿Qué hacías aquí? ¾
Pus si no me destazan p’acerme tamales yo no sé qué provecho me puedan sacar. ¾
Sin embargo, me tuviste miedo.¾
Apuntó Heurístico mientras lo desataba. El niño se encogió de hombros para dar a entender que eso no tenía nada de raro. Anduvieron un rato en silencio hasta que el crío preguntó: ¾
¿A dónde vamos? ¾
Al Puerto del Aire. ¾
Entonces es mejor que sigas por allí.¾
Y le señaló al resucitado un atajo que parecía conocer mejor que Roccazura. Las ideas navegaban desordenadas en la cabeza de Heurístico. Lo que llamaban Destino, así, con mayúsculas, nunca le había causado empacho, pero siempre trataba de desentrañar el verdadero sentido de las pequeñas cosas; le parecía que los hechos, por diminutos que fueran, no representaban meros eventos y que, sumados, tendrían que ser una especie de acertijo en la novela de la vida. No obstante, ahora los hechos lo rebasaban, eran demasiados, y ninguno trivial. En buena medida, para empezar, se había perdido a sí mismo y se había recuperado de muy distinta manera. Y no sólo era la cara, también por dentro se sentía diferente de lo que había sido hasta entonces, como si realmente hubiera muerto y vuelto a nacer; o quizá como si su historia, su vida toda, acabara de ser partida en dos por las ruedas de la diligencia. También danzaba en su pensamiento el rostro del ogro cuando se dio la vuelta, la expresión de la gente cuando lo miraba, el mismo chico que iba a la grupa ¿Qué pensaría al ver su rostro? Cuando él mismo se miró al espejo descubrió, con azoro, no su propia cara, sino la de un extraño, la de un fantasma, a veces gracioso, otras terrible y, de pronto, una especie de lienzo que en lugar de permanecer decorando un muro se hallaba montado sobre sus hombros, atrayendo las miradas ajenas, produciendo espanto o curiosidad. Por otro lado, ese lienzo estaba vivo; a lo mejor al lado de, incluso en contra de la propia vida de Roccazura. Alguna vez Heurístico había deseado que el carnaval pudiera ser para siempre, pero un disfraz perpetuo era otra cosa. O quizá no tanto; pudiera ser que esa máscara fuera el camino, una no-máscara. No era tan descabellado, y entonces resultaba que toda la vida anduvo con un disfraz, ocultando ésta, la verdadera cara, que lo liberaba de toda vergüenza, del pasado y de la impotente cordura, tan detestable. ¿Cómo era aquello que le había dicho Giorgio al terminar su obra? Era una broma italiana sobre el diseño que le acababa de pintar... ¾
¡Oye! ¡Te estoy hablando!¾
Repitió el niño. ¾
Perdón ¿Qué dices? ¾
Que cómo te llamas. ¾
Fachamar¾
respondió, y un extraño orgullo lo hizo erguirse sobre la silla. ¾
¿Así, nomás? ¿Fachamar? ¿Quién te puso así? ¾
Pues no fue en la iglesia, te lo aseguro. ¾
Entonces ¿Por qué? ¾
Hay una cierta historia... que es la mía.¾
Dijo el del rostro marítimo, y nada más. ¾
¡Ira! Vamos allí, yo conozco a los dueños.¾
Propuso el niño apenas llegaban a la entrada del Puerto. Era muy natural saciar el hambre después de la jornada, pero no allí, pensó Fachamar bajo el ramo de muérdago seco que pendía sobre el umbral del establecimiento como un signo inequívoco. ¾
Aquí me pueden poner un remedio en el lomo, porque ya no me aguanto más lejos ¿Qué puede pasar? El griterío de los rurales, platos rotos, sillas volcadas, todos los ruidos le llegaban lejanos, como en un sueño; con el corazón en la boca alcanzó el frío de la noche. Echó a correr sobre el camino real en el preciso instante en que el capitán ganaba la puerta de la mancebía. Era un ciervo en trance de caza, sabía por dónde acababa de llegar, pero no a dónde ir, incluso pensó en detenerse a esperar a los que lo perseguían y aclarar la confusión, porque todo era una confusión, no podía ser tan largo el brazo de la Hermandad; aemás, eran rurales según había entendido y no la gavilla de Zepeda a la que en verdad le hubiera repugnado enfrentarse... morir a manos del que había causado la muerte de su padre; pero su cuerpo reaccionaba por puro instinto y siguió huyendo hasta que un muro de piedra le cerró el paso. Aunque ya había dejado bastante atrás a sus cosarios, siguió su carrera a lo largo de la construcción. Por fin sintió un suelo húmedo y blando bajo sus pies; estaba frente a un gigantesco zaguán encajado bajo un arco del muro. Hizo un alto para llenar dolorosamente sus pulmones con el aire helado de la sierra. Jadeaba, oteando la distancia con el oído: la persecución seguía y un nuevo golpe de pánico se apoderó de su mente. Quiso reanudar la carrera, pero las piernas le fallaron y fue a dar de bruces contra los gruesos raigones de un pirul que, cansado de los años, apoyaba vetusto cuerpo sobre la barda aledaña al cubo del portón.
¾
¡Pasó por aquí! ¾
¡Pos ora! No vamos a estarnos mientras se escapa. ¾
Pasó por aquí, tacuate, pero no se fue: ira las huellas ¡Está aquí mero!¾
Y dio un golpe en el portal con la culata del fusil. ¾
Pero si la puerta está sellada, ni modo que se haya trepado a la barda... ¾
Les digo que está aquí, chingá. Fachamar, mientras tanto, se agazapó despacio sin atreverse a respirar siquiera, a tan breve distancia del comandante de la expedición que podía oler el aroma del tocino ahumado que había sido su cena. En la negrura del cubo se escuchó un crujido indicando que alguien abría el pesado portón y luego la voz del jefe, que se identificó ásperamente como un tal capitán Vivas y pidió ver a la dueña de la finca, luego de un rato una voz de mujer era la que interrogaba a la escolta: ¾
¿Qué pasa? ¿Qué quieren aquí ustedes? ¾
Buscamos a un hombre, señorita Tello...¾
Respondió el capitán con el aliento en jirones. ¾
Bueno,¾
y la voz subió la nota al final de la interjección mostrando cargándola de ironía ¾
eso es algo no veo por aquí desde hace mucho tiempo. Los criados rieron con franqueza. El mismo Fachamar tuvo que morderse un labio para evitar reír también, pero pronto algo distrajo su atención, era el nervioso cabrioleo del tordillo que Vivas acababa de desmontar para dirigirse a la joven, claro que era una idea desesperada y absurda, pero no lo era menos su situación. ¾
De todas formas, tenemos que registrar la propiedad ¿Usted está segura de que no ha visto a nadien? ¾
¿P’a qué lo iba a negar? ¾
Pero es que un fulano se acaba de meter por la puerta del camino real. ¾
¿Lo vieron? ¾
Tanto como eso no, pero de que entró, entró. ¾
Hagan lo que quieran, pues. El capitán vaciló un momento y luego dio instrucciones a sus rurales para que voltearan la hacienda cabeza abajo si era preciso. En ese instante un ruido sordo que venía de afuera, del pie del muro sobresaltó a la cuadrilla, pero el desconcierto duró solo un momento, después un brioso relincho y un galope poderoso hizo la luz sobre lo que acababa de ocurrir. ¾¡Puta madre! ¡Mi caballo! Rugió Vivas lastimosamente mientras que el repique de las herraduras se alejaba con rapidez en dirección de la sierra. Mucho se dijo en Cerro Gordo y en el Puerto de la fuga, al fin la gente tenía de que hablar en un universo plano, monótono, sólo quebrado de vez en cuando por las historias de brujas y de aparecidos. Todo el mundo especulaba, sin tino, mientras Fachamar se internaba en la sierra, trotando sobre el vigoroso tordillo. A pesar de la libertad recién adquirida, estaba muy lejos de sentirse feliz. No podía dejar de darle vueltas a su última aventura, donde Vivas creía que era un bandolero, cuando en realidad era... ¿Quién sabía qué era? Se sentía, en medio de la sierra, como en un sueño en el que anda uno con los sentidos brumosos. La vista y el oído; el tacto, un poco lejano; sin gusto ni olfato. Le parecía a menudo que los libros, la gente, las cosas que pasaban en su entorno, tenían otros significados sumergidos en lo que aparentemente querían decir, como cuando los gitanos leían en la palma algo más que callos y arrugas, o interpretaban los sueños; y últimamente su vida se parecía mucho a esos sueños donde todo es absurdo, pero al mismo tiempo todo tiene una lógica. Tal vez al despertar todo significara de nuevo algo distinto. Hay instantes de la historia más poderosos que otros y aquel, en donde el curso de la vida parecía una perpetuación del tiempo, era el ojo del ciclón. Mientras unos se enclaustraban para resistir el sitio de la dictadura y otros servían perdices en la cena, hubo alguno que se levantaba en armas en un pueblucho perdido en la sierra de Guerrero. Fachamar, por su parte, no tenía las menores intenciones de volver sobre sus pasos para encontrarse con la Hermandad y había tomado el rumbo de Cañada sin sospechar que su idea de la vida estaba muy lejos de la verdad y que azares y causas iban convergiendo sobre su testa para convertirlo en sujeto y objeto de esta historia que he tratado de contar sin lograrlo, y a cuyo principio, en realidad, apenas ahora me acerco al tejer sobre el papel una recia cuerda de tinta y ver cómo estos garabatos se cierran entorno a los tobillos y las muñecas de heurístico, fijándolo sobre una silla y a un paso del paredón, acusado de espionaje, frente al general Maclovio Hernández. El militar, delgado y parsimonioso, se acarició el bigote gris antes de preguntar con ironía: ¾
¿De modo que eres amigo mío? Por lo visto, tengo más aliados de lo que sabía; nomás que no me acuerdo cuando nos conocimos. ¾
Hablando con franqueza, señor, cuando sus hombres me sorprendieron agazapado entre los matorrales, y viendo que se disponían a colgarme sin trámite, exageré nuestra relación sin medir las consecuencias. ¾
¿Exagerar?¾
Las delgadas cejas se arquearon con interés ¾
A ver, explícame en qué consistió la exageración. ¾
Yo no soy más que otro soldado de sus fuerzas... ¾
¡Eso es una mentira!¾
Ahora las cejas casi se tocaron. ¾
Yo nunca me olvido cuando he levado un hombre. ¾
Me he levado yo solo, no usted, señor. ¾
Así que te reclutaste tú solo... ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¾
Fachamar. ¾
¿Qué nombre es ese? ¿Y por qué te pintas la cara así? Más vale que no quieras trastarme o te entregaré a los muchachos. El joven repitió su historia, fiel a la verdad y el relato pareció agradarle al general, porque una sonrisa legítima suavizó sus facciones antes de hablar: ¾
Me gustas por franco.¾
Y le puso una mano sobre el hombro. ¾
Dices que has hecho cosas de ley que te recomiendan bien... ¿Y que quieres ser soldado? Fachamar encogió los hombros como incierto asentimiento. ¾
Bueno, eso ya es cosa tuya. No creas que me he tragado entera esa historia tan desbarrada, pero no le está mal contar eso a quien ha apedreado al cojo, y eso sí creo que pudieras haberlo hecho porque todavía se hablan cosas. Por lo pronto puedes compartir el rancho de la compañía y luego veré que te atiendan esos cardenales. ¾
El general gritó una puteada y aparecieron dos soldados que llevaron a Fachamar a que comiera de la cazuela común. Quizá Maclovio Hernández pareció ver cierta semejanza entre su carácter y el de Fachamar, o fue el respeto que le inspiraba la gente de letras, en una tierra donde casi nadie sabía leer ni escribir, el caso es que el militar no sólo no mandó a que fusilaran al arriero por tratar de robarse un trozo de tasajo del almacén de su compañía, sino que prácticamente lo adoptó en su propia casa y en alguna ocasión llegó a sorprenderse pensando en que si hubiera tenido un hijo, le hubiera gustado que fuera como el resucitado. Durante aquellos días hablaron mucho en la sala de su hacienda, ya transformada en cuartel general. La mayor parte de las veces el auditorio se componía del cuadro de oficiales y, mezclada con ellos, doña Arcelia López, una joven viuda, protegida dilecta del general Hernández. Cada tarde Fachamar respondía a las preguntas de su anfitrión con un sabroso relato, sobre nuestros padres, o con los detalles de su aventura en el Puerto del Aire, encantando a la concurrencia con el sazón de sus narraciones. ¾
¡Qué gran cabrón es Zepeda!¾
Comentó en su momento don Maclovio¾
Casi tan codicioso como indino; yo conocí, hace mucho, a su padre; con él entré a este asunto de la política y, lo que es lo mismo, a lo de las armas...¾
y se puso a recordar sus primeros tiempos de alzado, regodeándose en los detalles de la estrategia y la táctica en las batallas de la independencia; para su sorpresa, Fachamar recogió el guante exponiendo sus conclusiones y reflexiones sobre el parecido de las situaciones que el militar recordaba y las tácticas aqueas y teucas, privilegiando a la infantería sobre la caballería, cosa que al general le parecía lo más ridículo que hubiera escuchado en materia de guerra, sin dejar de asombrarse por los conocimientos de un arriero que jamás tomó parte en un combate. A esa generación de caudillos les parecía inconcebible que hubiera una teoría o un aprendizaje distinto al empírico, sin embargo, encariñado con su profesión, no tenía empacho en acoger bajo su techo a un neófito con aptitudes excepcionales.
¾
¿Por qué esa cara tan triste? ¾
Por allá queda Cerro Gordo... ¾
Deja de pensar en esas cosas y mejor entra en la casa.¾
Una nota áspera reverberaba en su voz siempre que se mencionaba Cerro Gordo, pero el joven no alcanzaba a descifrarla por completo. No podía ser que. ¾
¿Dejaste el corazón en Cerro Gordo o en el Puerto del Aire? ¾
¿El corazón? Un par de enredos muy grandes donde quiera que me he parado... si eso es dejar el corazón... ¿Por qué se ríe? Es más bien para llorar. ¾
¿Tus desgraciados amores? ¾
¿Mis amores?... Es cómico ¿Verdad? Un día tendré que reírme de esto. ¾
Si no es amor ¿Qué es entonces? ¾
¿Qué sé yo del amor? Si no soy más que un lépero huérfano que... ¾
Finges méritos de santo, pero no te quedan, no puedes ocultar la soberbia de lo que eres. ¾
¿Es que usted sabe qué soy? ¾
Más de lo que son muchos, con tu cabeza y tu porte. ¾
Si es por eso tendría que ser un poco más arrogante ¿No? ¾
Búrlate si quieres, pero allí está Zepeda, que nació como tú, en el arroyo y fijó la vista muy alto¾
la voz se le desgranaba desde sus treinta años en canal ¾
y llegó a ser lo que es con menos méritos de los que tú tienes. ¾
Para romperse la crisma al caer, no me hable de ese perro. ¾
¿Se ha caído Zepeda, que es alcalde del departamento del Puerto? Lo mismo pudo ser Maclovio, pero le falta ambición; sabrás que mi fortuna era mayor que la de los Tello, tal vez como la de tu Bárbara... claro que ella es más hermosa que yo... ¾
No podría decir tanto, madonna¾
respondió Fachamar desconcertado por el arranque, y más se sorprendió al ver que las mejillas de Arcelia ardían. Ella, sonriendo lo tomó del brazo. ¾
¿Eso es verdad? ¾
Bueno, yo... ¾
¡Qué bien! ¡Qué bien!¾
Un suspiro profundo la suspendió en el aire. ¾
Les debo tanto a usted y a mi general que sería un ingrato si no me pusiera a sus pies. ¾
¿Me hablas de gratitud? ¾
¿De qué otra cosa podría hablarle?¾
La mujer palideció y sus ojos se hicieron duros. ¾
Claro. Eres tan virtuoso ¿No es cierto, Fachamar? Los dos se estremecieron, pero no era por la fresca brisa que bajaba de la sierra. Se había levantado mucha gente de Veracruz y Puebla en los últimos días, pero no era mucho lo que estaba haciendo Hernández por su estrategia. Las mañanas de verano eran hermosas en la serranía y aquella era una de las más amables que Fachamar recordaba. La tibia luz se hacía pedazos en las copas de los árboles y salpicaba la blanca arenilla del suelo con su resplandor. La espera de instrucciones del sur se volvió un merecido reposo para el general, quien lo empleaba admirándose del joven azul de Cerro Gordo: ¾
Si la vida fuera siempre así, uno podría darse por bien servido. ¾
Eso sería vegetar, mi general, y el hombre no está hecho para eso. Se disfruta mucho un momento como éste, igual que un labrador cansado disfruta del sueño, pero dormir toda la vida es lo mismo que estar muerto; tiempo suficiente tendremos para dormir bajo tierra. ¾
Deberías escribir un libro con todo eso, muchacho. ¾
Cocinera a la cocina y zapatero a sus zapatos. Tengo la impresión de que no es mío el oficio del evangelista: si escribiera una relación histórica, me vería tentado a mentir con frecuencia; y si escribiera ficción, seguramente acabaría poniendo la verdad, desluciéndola...

riachuelos en los márgenes, un faisán agazapado en la sangría; donde irían las letras, abetos y oyameles; apretadas líneas de arbustos a nueve puntos, a renglón seguido, y una encina capitular; cada acento una calandria; cada coma una espina, y allí, al pie de la letra, una araucaria mayúscula que mira pasar, debajo de su sombra, el potro tordillo de Heurístico, resoplando chorros de vapor a través del morro, hendiendo con sus cascos el denso interlineado. Ahora el caballo anda al trote para reposar de la carrera tendida con que salió de Cerro Gordo. Heurístico elegía a propósito los pasajes más difíciles, mejor practicables para una cabra que para su montura. Durante un buen trecho de la jornada sintió que la sombra de cualquier árbol era un miembro de la Hermandad dispuesto a capturarlo, y cuando ya se pensaba el
único ser humano capaz de adentrarse en aquella espesura, escuchó un grito desgarrador. Al principio se sobresaltó; a pesar de la educación recibida en casa de Giorgio, y en la de mi propio padre, Heurístico seguía siendo algo supersticioso. Los cuentos de los arrieros sobre aparecidos y almas en pena, especialmente en esos caminos donde los bandidos sembraban con frecuencia a sus víctimas, hicieron mella en su ánimo. Sin embargo, si era un espanto, bien valía la pena verlo de cerca, así que tornó riendas para adentrarse al claro de donde venía el aullido: no se trataba de ninguna ánima penitente, sino de un chico de unos once o doce años, atado a un pino y totalmente desnudo. Junto a él, un hombrón entrado en carnes lo había azotado con una fusta hasta dejarlo en carne viva.


Saltó hacia la rama más baja y trepó hacia el muro como si en verdad fuera hijo de aquel gato napolitano, al llegar a la cima se encaramó,
sentándose a esperar que el alma le volviera al cuerpo, temblando por la emoción y el vientecillo que helaba el sudor sobre su piel. A la distancia se oyeron ladridos y voces que pronto tuvo justo bajo sus narices:

Así pasaron los días durante algún tiempo, mientras el Plan de Ayutla se consolidaba y los grandes caudillos terminaban de ponerse de acuerdo. Una de esas tardes, Fachamar descansaba sobre un peñasco, la mirada tendida al oeste, cuando Arcelia se detuvo a conversar:


