
H eurístico merendó esa noche con un niño en la mancebía de "La Estreya", casi a la entrada del Puerto del Aire, o a la salida, según se fuese, se viniese o viceversa. Estaban sentados en una mesa junto a la ventana abierta de par en par, donde era casi soportable el tufo del ajo, el aceite rancio y otros aromas menos dignos. El resucitado no escuchaba lo que el niño le decía, un poco porque el crío siempre hablaba con la boca llena y otro tanto por el ruido del local, atestado de gente y obscenidades. Abundaban los comerciantes y los arrieros; en un rincón cuatro hombres erizados de armas compartían una mujer sinuosa y obscura, tan maquillada que resultaba siniestra.

Heurístico estaba muy cansado, a pesar del bullicio apoyó su estrellada frente sobre la mesa y cerró los ojos. Despertó apenas un cuarto de hora más tarde para ver al ogro asomarse por la ventana; antes de que Roccazura pudiera hacer algo, el mirón se persignó desapareciendo entre las sombras de la noche. El infante, alarmado por su expresión, le preguntó:
¾ ¿Qué te pasa? ¿Qué hay allá juera?
Cuando se lo dijo, una blasfemia brotó de los labios del niño y su rostro cambió horriblemente: un espasmo de rabia descubrió unos colmillos de fiera y sus ojos se volvieron duros; hizo un rápido movimiento para huir, pero en el umbral ya estaba el hombre de la ventana, seguido de otros con trazas de autoridad. La muchedumbre se hundió en el silencio mientras los recién llegados se acercaban al infante:
¾ ¡Éste es! ¡Éste es el ladrón!¾ El niño no se inmutó.
¾ ¿Me habla a mí, patroncito?
¾ Tú fuiste, desgraciado ¿Cómo te llamas?
¾ No quero faltarle al respeto, patrón, pero no sé de qué me habla usté.
¾ No te hagas pendejo, te robaste veinte escudos, una cadena y una cruz de oro de la casa donde dormiste anoche.
Un grito salió de entre la multitud: "¡Acusar así a un probe chamaco!" y un murmullo de reprobación se esparció por el lugar, donde sobraban los hombres dispuesto a ir contra la ley. El capitán dio media vuelta para enfrentar a los murmuradores.
El chiquillo se acercaba muy suavemente a la ventana cuando fue atenazado por la mano de su acusador; un destello relampagueó un segundo en la mano del niño y luego fue rápida, certeramente, una víbora mordiendo el pecho de su enemigo. Uno de los alguaciles sostenía al muerto mientras el otro intentaba en vano capturar al asesino. Roccazura observaba mudo al difunto cuando sintió que tiraban de su manga. Al fondo de la careta de la prostituta unos ojos húmedos lo miraban con lástima:
¾ ¡Córrele, criatura! ¡Ándale, por tu vida!

Pero no ocurrió exactamente así, porque lo de la mancebía fue después. Es muy difícil hablar de ese sitio en donde nunca se estuvo, de ese momento que no se vivió; a cada paso uno se equivoca, viene a caer en imprecisiones, en contradicciones, hay grandes saltos, zonas que no han sido reveladas por los documentos ni por los testigos, aunque me hayan contado el mismo pasaje cientos de veces. De pronto me estorban el paso los miles de detalles que no conozco, un erial que me impide seguir y sólo a tajos de imaginación logro despejar un poco la senda.


