La Pedrada

P rimero fue una prensa en la garganta, pero no es la intención asfixiarlo; el aparato está tan bien diseñado que permite el tráfago del aliento sin dejar de ser     brutal el abrazo con que ciñe el cuello. El anciano doctor quiere gritar y sólo abre la boca, silenciosa gruta donde se agita un muñón tumefacto en vez de lengua. No comprende, incapaz de darse cuenta cabal de lo que ocurre. Es imposible pensar cuando ya todo espacio está colmado por el dolor, único Dios en la obscuridad a que lo han reducido; un murmullo llega lejano, confuso, inútil para significar nada. Sólo el sufrimiento que no le cabe en la boca, la sensación de que la hoja sigue dentro de sus cuencas y ahora la aguja, apoyada en la presión del nuevo artefacto, abriéndose paso entre las vértebras del cuello, tenebrando los viejos huesos para llegar lenta, lastimosamente, hasta la médula. Una herida diminuta, apen as una hebra de sangre escurrió bajo la púa; el hombre de la capucha negra torció la muñeca hacia un lado y hacia otro para que el acero partiera el macizo nervio, sin prisa, como si tuviera todo el día para su labor. Los rostros de la plebe, tallados en mármol, observaron en silencio. El cuerpo quedó boca abajo, se sacudió dos o tres veces y quedó inmóvil. Sólo entonces vino el fuego.

Heurístico abrió los ojos y sintió arder el aire que apenas la luz atravesaba. Pestañeó un par de veces, como si toda la arena del desierto se hubiera amontonado bajo sus párpados; en el vientre un peso enorme, la piel tirante y una rígida inflamación. Pasaron varias horas antes de que los sentidos regresaran por completo a su cuerpo, y no fue grato: primero la doliente claridad, luego el ardor metálico en la boca, la carne como un centenar de astillas candentes. El muchacho se frotó el rostro con fuerza. "¿Qué chingado pulque sería ese, pues?". La memoria todavía se hallaba lejos. Se sorprendió al mirarse vestido con su ropa catrina; según sus cuentas sería miércoles, no domingo. Con trabajos logró sentarse y, a tientas, buscó debajo de su catre. Destapó la botella y le dio un trago basto que le escoció la garganta. Una arcada y un amargo vómito azul lo hicieron doblarse y caer al piso. Llegaron entonces, desorientadas, las imágenes de la muchedumbre, del féretro, de la diligencia.

    Frente al espejo, se pasaba la mano una y otra vez por la cara. Se la estuvo tallando hasta que una tira de piel azul se le desprendió de la frente y una gota roja fue, perezosa, a quedar prendida en su ceja.

El diminuto rastro bermellón se detuvo y se resecó antes de que el asombro lo dejara moverse. Demasiadas preguntas y tan pocas respuestas. A ratos pensaba que seguía dormido y aquello sería un mal sueño; o quizás ese era el sueño perpetuo de la muerte; a lo mejor era lo que llamaban infierno, pero ¿Y el famoso juicio? ¿Y Dios? Qué, si existía ¿No era justo que por lo menos se le pusiera enfrente para decirle "Te lo advertí"?

No estaba muerto, a pesar de que los tenderos cerraban sus locales a su paso; los hombres se santiguaban dándole la espalda y las mujeres se apresuraban a esconder a sus hijos bajo el rebozo, llevándose la mano al pecho donde se hallaba el crucifijo o el escapulario. Tardó algún tiempo en asumirlo; resultaba tan frágil el lindero entre la razón y la locura, tan capilar la membrana entre esa realidad y la fantasía: Pero era un hecho que de repente llegaba una inmensa náusea, una marea metálica desbordando sus venas. También fue verdad que por la noche despertó para ver una miríada de flamitas poblando el techo de su jacal, y que al salir corriendo fue a ponerse en manos de unos hombres obscuros que lo acusaban de pactos con el diablo y que se lo llevaron atado a una garita vacía en las afueras del pueblo.

    No era tan ingenuo como para pensar que sus captores creyeran en el diablo, eso era un pretexto de la Hermandad, ligada en cierto sentido con la iglesia, sin que por eso se tuvieran ninguna simpatía mutua; más bien se trataba de una especie de secta santaánnica, ni yorquina, ni escocesa, sino lo bastante ambigua como para aplaudir la mosca que le picara al caudillo. Y no lo habían aprendido por resucitar, por estar poseso o por ser azul, sino un poco por lo de Bárbara y, sobre todo, por la famosa pedrada; tampoco los delitos del barbero eran la alquimia o la hechicería, ni siquiera el ser pelirrojo y usar el falso apellido de Baujan en lugar del Laski verdadero, sino los mordaces comentarios contra Santa Anna o contra cualquier otro gobierno, aderezando sus afeitadas y sus sangrías.

Durante las horas que duró su encierro, Heurístico pudo revivir los hechos de aquel Sábado de Gloria cuando la gente se perseguía con jícaras y baldes en la orgía del agua; los niños lloraban en los patios por haber recibido la "gloria" de sus mayores y en "lA gloRiA De seRogoRDo" Simón, el propietario, se volvía un príncipe y derrochaba ríos de pulque curado. A la media tarde llegó Santa Anna, el caudillo: Venía desde Manga de Calvo a retomar las riendas de su país, seguramente con la intención de ser recibido con zarabanda en la capital y, una vez terminado el jubileo, retornar a su veracruzano reposo. Justo eran los pueblos por donde pasaba el viejo cada vez que hacía su regreso triunfal los que se hallaban bajo la influencia de la Hermandad o sus equivalentes, mismos que se levantaron bajo la bandera del cojo cada vez que se los pidió. Los niños solían crecer viendo que dos o tres veces al año atravesaba sus campos, lanzando su grito de guerra, parecido al piar del cerdo capado, con la consigna de "salvemos la patria".

Éste fue Santaanna por aquellos días


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"El renco tiene un encanto abominable..." Pensó Roccazura, ya con medio barril de pulque en el estómago. "Puro circo sin pan, malo militar y feo como el dolor de muelas... claro que quién sabe si antes pudo ser menos feo..."

    En "lA gloRiA" estaba ese día el viejo soldado, veterano de la independencia, que era mi padre. Platicaba del tiempo en que desde el mismo Cerro Gordo el cojo había cambiado la historia sin mover un dedo: Combatían los de Gómez contra Bustamante en la capital, cuando se enteraron de que Santa Anna se aproximaba a la ciudad, y como no sabían de qué bando se iba a poner, y como de todos modos ninguno de los dos quería juntarlo de su lado, Bustamante se rindió de buen grado "nomás para que el renco no se ande metiendo en guerras ajenas que ni le vienen al caso".

Todavía se estaban riendo los parroquianos cuando un griterío de "¡Al-te-za-al-te-za!" llegó de afuera y, al asomarse, Roccazura pudo ver a la guardia del caudillo, desconcertadamente quieta, indecisa, mientras la gente había desenganchado los caballos del carruaje y eran ahora los hombres y las mujeres quienes tiraban del armatoste alrededor del kiosco. El cojo empezaba a acariciar la idea de cumplir el Plan de Iguala.

Heurístico, ya borracho y viendo descuidados a los militares, sintió que la sangre le hervía de rabia. Se dio tiempo para elegir la piedra adecuada, maciza, compacta, y con esa puntería que lo había hecho famoso entre los arrieros, metió el proyectil por el cristal esmerilado, acertando de lleno en la cabeza del caudillo.

    Los hombres de la Hermandad lo condujeron a donde le darían muerte "en el nombre de Dios". No tenía miedo, un poco de asco al pensar que sus días terminarían así; después de habérsele escabullido tantas veces a la muerte, desde el deslave en donde murieron su madre y todos los peones del lado del cerro, hasta el incidente de la diligencia.

Respiró profundo y se resignó. Le hubiera gustado hacer un par de cosas antes de irse a mirar la hierba del lado de las raíces; volver al mar, despedirse, aunque fuera en silencio, de Bárbara; darle otra pedrada al renco... cosas así; pero ya no tenía caso pensar en ello. Le esperaba una muerte promiscua a la que también llegaban otros dos condenados, la cabeza cubierta por una capucha.

Quién sabe si fue la cápsula que el barbero se había tragado o el imaginarse en medio de una falla, envuelto en el humo picante de la madera tierna, el fuego hurgando con sus dedos bajo su piel viva; nunca vi a nadie recuperar el aliento tan de golpe, dar media vuelta y salir en fuga tan ligera. Un rostro desfigurado por las pústulas y el miedo pasó frente a mi ventana como un pensamiento, después, pero muy lejos de su presa, un puñado de hombres arremangándose los vuelos de sus negras togas. Al verlos alejarse distinguí el signo encarnado del compás y la serpiente: la divisa de la Hermandad.

Heurístico aprovechó la confusión creada por el barbero para salir volando, maniatado y todo, tras de sus verdugos. Cuando la Hermandad se aburrió de dar caza al judío, quien había salido huyendo campo traviesa, volvió a su patíbulo donde ya solamente el seco galeno de Puebla, amarrado al tronco de un pirul, esperaba la muerte. Lo despacharon por no quedarse con las manos vacías y, antes que nada, para no contradecir la reputación que tanto trabajo les había costado. A los gritos del viejo la gente, malsana, acudió para observar.

    Roccazura viró un poco antes de la calle principal, dejando que la Hermandad siguiera su inútil persecución y golpeó con la cabeza en un pesado zaguán. Ferreiro, alto y enteco, quedó estacado al observar al muchacho, ya lo había visto cuando era el cadáver azul de Cerro Gordo, pero tenerlo allí, vivo, delante suyo, era sencillamente maravilloso. Cuando al fin pudo reponerse un poco de su estupor, cortó las ligaduras de su ahijado y le ofreció una taza de té. Al principio pensó en esconderlo en el taller donde retocaba los esmaltes; luego desechó la idea, era evidente que la Hermandad no dejaría una piedra sobre otra en el pueblo hasta dar con el fugitivo. Recargado en el pretil de su ventana, Ferreiro miraba a la distancia, tratando de elaborar un plan para que Heurístico pudiera salir de Cerro Gordo, pero ¿Cómo ocultar a un hombre azul?

¾ Giorgio¾ Dijo Roccazura con un tono de risueña conquista ¾ Llama a los muchachos.

El pintor giró sobre sus talones para ver a un muchacho azul que removía, absorto, un cubo de esmalte marino.

La seca amenaza permaneció flotando en el aire de la tarde. La habían pronunciado sin odio, sin furia, casi una profecía antes de que los disparos buscaran el cuerpo del fugitivo. Detente. Eres muerto. Las palabras no cobraron sentido hasta que el hombre se vio cara abajo, respirando el fino polvillo de la vereda, sin creer que las balas habían alcanzado su carrera. Atardecía.

¾ ¡Eres muerto!¾ Como si ese grito bastara para frenar el vuelo de aquella sombra, golondrina en la enormidad del llano, suspendida en el límite entre el cielo y la tierra. Una luz horizontal ya mordisqueaba las sombras más largas.

La aparición fue desconcertante: el hombre azul brotó de la pulquería y atravesó el pueblo de norte a sur, subió de un salto en su caballo y alcanzó el camino real. A un grito del maestre los tres de la patrulla se hicieron jinetes tras de su presa.

La mano del sol tersó la piel húmeda del potro para incendiarla. Flores de grava y terrones calientes reventaban en el suelo cada vez que las herraduras lo herían. Más allá de la nube de polvo que aquel impulso iba dejando tras de sí sonó, árida, la voz del gran maestre. Detente o eres muerto. Una descarga sorda y cuatro balas hollando la carne del retinto.

El último relincho fue sofocado por un borbotón de sangrienta espuma. El hombre había caído unos pasos adelante y estaba panza abajo, el rostro azul hundido en la ceniza del camino. Los enlutados se regodeaban pateando las costillas del resucitado cuando los alcanzó su jefe:

¾ ¿Qué no tienen ojos en la cara, chingado?

No se veía una sola nube en el horizonte, por la noche la luna sería un perfecto disco de alumbre; el resucitado tenía muy pocas probabilidades de burlar el lazo que la Hermandad cerraba en torno al pueblo. Sin embargo Heurístico, en el taller del pintor, bebía hidromiel como si nada pasara. Claro que la conversación no era lo que solía, resultaba difícil sacarle a sus amigos de la cabeza la idea del muerto y del diablo, aunque poco a poco se iban acostumbrando y, como siempre, se podía contar con ellos.

El proyecto era simple, si Roccazura intentaba ocultar su rostro sería detenido de inmediato por los centinelas de la Hermandad; por otra parte, esos hombres actuaban con la consigna de capturar un hombre azul. El que fuera.

Hubiera bastado con un cubo de pintura para todos los arrieros, pero Ferreiro llevaba el fuego en las manos y no se contentó con azular a cada hombre con un matiz adecuado a sus facciones; celebró la bacanal del azul. Cian, prusia, cobalto, azul marino... poseído por un entusiasmo artístico ante el lienzo vivo, miró el rostro celeste de Pedro; no estaba mal para ser falsamente azul, pero era una azulidad yerma que exigía a gritos poblarse de pájaros, de viento, de nubes; tomó el pincel fino y sobre la frente le plantó una nube sólida, mineral, por donde el sol derramaba gruesas columnas de luz. Encontraba en la piel de cada rostro una invitación a las texturas, a las formas; el pincel iba y venía fatigando, emplumando las profundas arrugas de Macario, vistiendo con escamas la cara roma de Gabino.

Roccazura, mientras tanto, permanecía inmerso en el luminoso fondo de un cuadro inconcluso. Frente al pulcro detalle de la marina, Heurístico recordaba el cosquilleo que le recorrió la espalda cuando estuvo junto al mar y dentro de él. Las imágenes llegaban como astillas de un tiempo demasiado lejano; era él muy pequeño, pero desde entonces deseó llenarse de mar para llevárselo a todas partes con su sal y su caricia; su madre, en aquellos tiempos, había reído de buena gana al escuchar su ocurrencia. Al final no era tan cómico el asunto, o tal vez sí lo fuera, si uno está dispuesto a beber de la negra vena del humor y a construir paradojas con la vida, el futuro y todas esas macanas que hacían a Heurístico encogerse de hombros, chasquear la lengua y quedarse muy quieto, sin hacer gestos, para que Ferreiro pudiera trabajar con soltura.

Muchos años después de haberlo deseado, la frente se le manchó de estrellas y su ojo izquierdo se abrió a la noche bajo un afilado cuarto menguante; en mitad de la nariz, una esbelta vela cortaba el horizonte de su rostro, proyectando su sombra sobre un océano apacible que sólo se agitaba de vez en cuando.

 

¾ ¿Qué no tienen ojos?¾ Bramó de nuevo el maestre. ¾ ¿Para qué les sirven si no pueden ver que el que buscamos está seco como un palo y este es casi un marrano?

Las risas cesaron y, al darle vuelta al robusto cuerpo de Gabino, quedó bajo el cielo un rostro que imitaba en su trazo la escamadura de un pez imposible.

La Hermandad había sido burlada: cada patrulla llegó al quemadero con un hombre azul, pero ni el pájaro ni el paisaje eran Roccazura. El furioso maestre lucía terrible con un trapo en la mano y los dedos manchados de azul, desplumando a uno, desnublando a otro, desnudándoles el rostro.

No había curiosos a esa hora y, aunque el espectáculo era ridículo, nadie se reía. Los agotados hermanos se conformaron con darles una paliza a quienes habían colaborado en su escarnio.

Por la mañana, unos niños encontraron tres dolientes tirados a la vera del camino, la espalda en carne viva y sazonadas las llagas con sal de grano.

Casi al mismo tiempo Heurístico salía rumbo al Puerto del Aire, ese como pueblo en mitad de la sierra, en un punto que no es ni Puebla ni Veracruz, libre de la influencia de la Hermandad, pero en últimas fechas infectado de un mórbido caciquismo.

Iba rumiando su extraña condición. Quién sabe si por los sucesos recientemente vividos, por la fórmula del alquimista o sencillamente por ser azul, se sentía diferente. Frente al espejo era otro y ya no Heurístico Roccazura, el huérfano.

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