La Pedrada

P
Heurístico abrió los ojos y sintió arder el aire que apenas la luz atravesaba. Pestañeó un par de veces, como si toda la arena del desierto se hubiera amontonado bajo sus párpados; en el vientre un peso enorme, la piel tirante y una rígida inflamación. Pasaron varias horas antes de que los sentidos regresaran por completo a su cuerpo, y no fue grato: primero la doliente claridad, luego el ardor metálico en la boca, la carne como un centenar de astillas candentes. El muchacho se frotó el rostro con fuerza. "¿Qué chingado pulque sería ese, pues?". La memoria todavía se hallaba lejos. Se sorprendió al mirarse vestido con su ropa catrina; según sus cuentas sería miércoles, no domingo. Con trabajos logró sentarse y, a tientas, buscó debajo de su catre. Destapó la botella y le dio un trago basto que le escoció la garganta. Una arcada y un amargo vómito azul lo hicieron doblarse y caer al piso. Llegaron entonces, desorientadas, las imágenes de la muchedumbre, del féretro, de la diligencia.
El diminuto rastro bermellón se detuvo y se resecó antes de que el asombro lo dejara moverse. Demasiadas preguntas y tan pocas respuestas. A ratos pensaba que seguía dormido y aquello sería un mal sueño; o quizás ese era el sueño perpetuo de la muerte; a lo mejor era lo que llamaban infierno, pero ¿Y el famoso juicio? ¿Y Dios? Qué, si existía ¿No era justo que por lo menos se le pusiera enfrente para decirle "Te lo advertí"? No estaba muerto, a pesar de que los tenderos cerraban sus locales a su paso; los hombres se santiguaban dándole la espalda y las mujeres se apresuraban a esconder a sus hijos bajo el rebozo, llevándose la mano al pecho donde se hallaba el crucifijo o el escapulario. Tardó algún tiempo en asumirlo; resultaba tan frágil el lindero entre la razón y la locura, tan capilar la membrana entre esa realidad y la fantasía: Pero era un hecho que de repente llegaba una inmensa náusea, una marea metálica desbordando sus venas. También fue verdad que por la noche despertó para ver una miríada de flamitas poblando el techo de su jacal, y que al salir corriendo fue a ponerse en manos de unos hombres obscuros que lo acusaban de pactos con el diablo y que se lo llevaron atado a una garita vacía en las afueras del pueblo.
Durante las horas que duró su encierro, Heurístico pudo revivir los hechos de aquel Sábado de Gloria cuando la gente se perseguía con jícaras y baldes en la orgía del agua; los niños lloraban en los patios por haber recibido la "gloria" de sus mayores y en "lA gloRiA De seRogoRDo" Simón, el propietario, se volvía un príncipe y derrochaba ríos de pulque curado. A la media tarde llegó Santa Anna, el caudillo: Venía desde Manga de Calvo a retomar las riendas de su país, seguramente con la intención de ser recibido con zarabanda en la capital y, una vez terminado el jubileo, retornar a su veracruzano reposo. Justo eran los pueblos por donde pasaba el viejo cada vez que hacía su regreso triunfal los que se hallaban bajo la influencia de la Hermandad o sus equivalentes, mismos que se levantaron bajo la bandera del cojo cada vez que se los pidió. Los niños solían crecer viendo que dos o tres veces al año atravesaba sus campos, lanzando su grito de guerra, parecido al piar del cerdo capado, con la consigna de "salvemos la patria".
Éste fue Santaanna por aquellos días

brutal el abrazo con que ciñe el cuello. El anciano doctor quiere gritar y sólo abre la boca, silenciosa gruta donde se agita un muñón tumefacto en vez de lengua. No comprende, incapaz de darse cuenta cabal de lo que ocurre. Es imposible pensar cuando ya todo espacio está colmado por el dolor, único Dios en la obscuridad a que lo han reducido; un murmullo llega lejano, confuso, inútil para significar nada. Sólo el sufrimiento que no le cabe en la boca, la sensación de que la hoja sigue dentro de sus cuencas y ahora la aguja, apoyada en la presión del nuevo artefacto, abriéndose paso entre las vértebras del cuello, tenebrando los viejos huesos para llegar lenta, lastimosamente, hasta la médula. Una herida diminuta, apen
as una hebra de sangre escurrió bajo la púa; el hombre de la capucha negra torció la muñeca hacia un lado y hacia otro para que el acero partiera el macizo nervio, sin prisa, como si tuviera todo el día para su labor. Los rostros de la plebe, tallados en mármol, observaron en silencio. El cuerpo quedó boca abajo, se sacudió dos o tres veces y quedó inmóvil. Sólo entonces vino el fuego.

Frente al espejo, se pasaba la mano una y otra vez por la cara. Se la estuvo tallando hasta que una tira de piel azul se le desprendió de la frente y una gota roja fue, perezosa, a quedar prendida en su ceja.

No era tan ingenuo como para pensar que sus captores creyeran en el diablo, eso era un pretexto de la Hermandad, ligada en cierto sentido con la iglesia, sin que por eso se tuvieran ninguna simpatía mutua; más bien se trataba de una especie de secta santaánnica, ni yorquina, ni escocesa, sino lo bastante ambigua como para aplaudir la mosca que le picara al caudillo. Y no lo habían aprendido por resucitar, por estar poseso o por ser azul, sino un poco por lo de Bárbara y, sobre todo, por la famosa pedrada; tampoco los delitos del barbero eran la alquimia o la hechicería, ni siquiera el ser pelirrojo y usar el falso apellido de Baujan en lugar del Laski verdadero, sino los mordaces comentarios contra Santa Anna o contra cualquier otro gobierno, aderezando sus afeitadas y sus sangrías.
