Hay un Cadáver Azul en Cerro Gordo
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"Todos los hombres sueñan, pero no de la misma manera. Aquellos que sueñan por la noche, entre los repliegues polvorientos de su mente, se despiertan con el día y sueñan que todo era vanidad; pero los soñadores diurnos son hombres peligrosos porque pueden actuar sus sueños con los ojos abiertos, para tornarlo posible." T. E. Lawrence |
Q
Tenía su local dos sillones pigmeos, forrados de leproso tule, y una mesa de palo corriente, allí se amontonaban peines, tijeras y navajas que lo mismo servían para afeitar al ras que para abrir la vena de un gotoso y dejar correr su sangre hasta la palangana donde, normalmente, flotaban las brochas de sucia jabonadura, mezcladas con ventosas de sangría y las tenazas para arrancar una muela adolorida. En el brasero siempre estaba ardiendo el carbón y en un estante se hallaban revueltas las pomadas, las jabonaduras y una jícara de agua turbia, hogar de una docena de sanguijuelas, contentas y gordas.
Nadie ignoraba que el cirujano hacía más plata por sus dotes de conversador que por sus habilidades como barbero. Cada tarde se congregaba en su local una caterva de hombres de todos los oficios para decir de mujeres y gobiernos, o para oír la guitarra que bien sabía pulsar el alquimista; ocasionalmente para escucharlo referir sus tiempos de conspirador, cundo solía circular folletos rijosos escondidos dentro de un pan de centeno.
En los últimos tiempos Baujan no tenía problemas para remediar empachos administrando medio litro de aceite de ricino, pero esto se encontraba, en definitiva, mas allá de sus capacidades: El cuerpo del muchacho era un amasijo recién sacado de abajo de una diligencia.
Fue la hora en que las cosas pierden sus sombras y el mundo no es ni día ni noche, sino el nacarado uniforme del crepúsculo. El cochero no tuvo tiempo de ver al hombre que saltó de la copa de un pirul, con las manos en alto, gritando "¡Soy un sueño!" y fue a ponerse frente a sus caballos . No pudo sino escuchar los aullidos bajo el carruaje cuando logró detenerse.
Heurístico acababa de recibir su paga del mes y desde muy temprano se había metido en la pulquería con sus camaradas. Ninguno de ellos se sorprendió de lo ocurrido, porque cuando llegaba más allá de la séptima catrina, algo hacía ¡clac! dentro de su cabeza y cualquier cosa podía pasar si se obstinaba en poner en práctica sus ocurrencias. No lo detenían entonces la corta estatura ni los pocos años, ni su cuerpo lleno de profundas cicatrices.
No había quien se olvidara de la vez que apedreó el carruaje de su Alteza Serenísima con tan buen tino que, al abandonar el país rumbo al último exilio, Santa Anna se llevaba de recuerdo un costurón de ocho puntadas en la cabeza. Roccazura conservó, por su parte, dos balas marciales en una pierna como trofeo de su hazaña.
Por aquellos días ya murmuraban las peores lenguas que el padre de Heurístico no había sido el señor Enzo Ermenéutico Roccazura, sino un gato napolitano que la familia conservó durante muchos años y al cual la señora de Roccazura estaba muy apegada. Con o sin sangre felina en las venas, Heurístico a menudo salía vivo, y a veces ileso, de sus raras inspiraciones. Pero en esta ocasión era distinto. Cuando el doctor Baujan lo vio entrar, dejó al cliente que en ese momento afeitaba , disculpándose y prometiendo que la próxima vez no le cobraría ni medio escudo. Encendió un candelabro de siete luces para revisar minuciosamente al herido y se rascó la cabeza.
"Esto no tiene caso..." pensó el barbero mientras febril amasaba y cosía unos jirones de carne con otros. Seis horas de ensamblaje le parecían demasiado trabajo tirado al arroyo. El muchacho había perdido demasiada sangre, sin pensar en los daños internos que estaban más allá de su imaginación y de su ciencia.
Se pasó la mano sobre la frente para secarse el sudor y sus ojos chispearon a la luz de una idea. Encomendó a los arrieros para que no le quitaran la vista de encima y lo llamaran si había algún cambio, luego salió por una puerta trasera, mal guarecida por una cortinilla; volvió de su laboratorio con una sonrisa de luna creciente en la cara y un barril entre los brazos: su propia versión, corregida y mejorada, del Aqua Caelum, según la fórmula original de Alberto, el Magno. Años de estudio y de trabajo perfeccionando una receta de pesadilla que contenía, entre otras cosas, bórax, sulfato de cobre, una pinta del mejor pulque de Cañada y una dosis mayoritaria de azul de metileno, todo aderezado con abundantes especias.

No era difícil imaginarse el cuadro de una esposa o unos padres inconformes con el tratamiento que podían acusarlo ante la ley por asesinato o, peor, recurrir a la Hermandad. Ante ellos, una denuncia por hechicería era lo mismo que una confesión arrancada con tortura y la inevitable muerte por fuego.
Por otra parte, los padres de Heurístico habían fallecido años atrás y aún no contaba con esposa ni con hijos. Nadie sabía de su condición, excepto un cochero, poco interesado en el final de la historia, y los ganapanes ebrios que habían llevado a Roccazura al doctor. Si alguna culpa había en los hechos era de ellos y de nadie más.
Baujan le colocó a Heurístico un embudo entre los labios y dejó caer en él un chorro intensamente azul. El muchacho abrió los ojos, se quejó y se llevó las manos a la garganta antes de volver a desmayarse.
"¡Vaya! Está reaccionando" dijo el doctor a los arrieros con la voz astillada por la emoción. Los hombres le devolvieron una sonrisa estúpida y agitaron las manos en el aire para que repitiera el procedimiento.
Una nueva cascada del filtro, todavía más azul que la primera, se deslizó por la garganta del paciente; los borrachos retorcieron sus sombreros en nervioso silencio, pero no pasó nada. Roccazura no se quejó, ni despertó; permaneció tan inmóvil como los santos de las iglesias.
¾ ¡Échale más, dotorcito! ¡Échale más!¾ pidió uno de los arrieros. Baujan vertió el barril completo en el embudo y entonces sí, el vientre del moribundo se hinchó y una agitación galopante se instaló en sus miembros.
El doctor sonrió conmovido: "¡Ya viene... Ya viene el efecto!"
Observaron atónitos cómo, mientras el temblor cedía, los labios de Heurístico se iban tiñendo de un regio azul que pronto se derramó sobre los párpados, las mejillas y las uñas de las manos y de los pies. Dos horas más tarde no había un pliegue en la piel de Roccazura que conservara el blanco cerúleo con el que había nacido. A cambio, un hombre azul respiraba trabajosamente sobre el sillón de barbero de Baujan.
El milagro, sin embargo, duró poco. Antes del amanecer Heurístico Roccazura murió.
Los arrieros se santiguaron sobre sus rostros de arcilla. Uno a uno fueron saliendo de la barbería sin responder una palabra a las súplicas del alquimista que presentía lo que estaba por venir.
Los arrieros permanecían junto al cuerpo sin terminar de creer lo que pasaba. Lo más difícil no era aceptar el luminoso azul de las manos, del pecho, de su cara; sino admitir que estaba muerto, que su carne se había enfriado, que aquel rostro claro y hermoso no era el de un hombre dormido.
Heurístico no dormía, no era el juego inocente de fingirse muerto; había sido derribado de la cumbre de la vida y sus compañeros lo lloraban. Ninguno era tan joven como el difunto. Lo habían visto correr, apenas pudo tenerse en pie, tras de las blancas mariposas del verano; hundirse en el silencio durante semanas cuando murió doña Maura Guerrero de Roccazura, su madre y morderse los nudillos y putear como un soldado la tarde en que trajeron el cuerpo de su padre, caído frente a los americanos en la defensa de Cerro Gordo, según se dijo, a causa de la traición de Zepeda, un soldado de poca monta pero enorme ambición que había recibido una pesada bolsa de oro a cambio de comunicar a los americanos la posición de las tropas mexicanas, ese hombre había prosperado con aquella traición y, comprando o urdiendo para esa fechas ya era dueño de una respetable cantidad de tierras en un pueblo aledaño a Cerro Gordo llamado Puerto del Aire, donde mantenía una gavilla de pistoleros homóloga a la Hermandad con la que disputaba el poder a la vieja dinastía de los Tello.
Como se había previsto, la responsabilidad por la muerte de Roccazura no cayó sobre el cochero y sus caballos, sino sobre Baujan y su pócima. Por suerte para el alquimista, la Hermandad decidió que el arriero había muerto envenenado, no embrujado, y el asunto quedó en manos de la justicia regular. Incapaces de manejarlo, los juzgados rurales de Cerro Gordo turnaron el caso a Puebla de los Ángeles, donde la autoridad civil se vio acosada por el colegio médico de Puebla, quienes alegaban que "Sobre el delito de homicidio, y mucho más grave que éste, pesa sobre Baujan el ejercicio ilícito de la sagrada profesión de Hipócrates, sin la calificación ni el conocimiento del Honorable Colegio Médico de Puebla, sin los cuales tal ejercicio no es de la medicina, sino de la charlatanería..."
El colegio sugería la pena capital para castigar al infractor y durante el tiempo que duró su encierro, Baujan estuvo convencido de no tener un futuro distinto al del paredón hasta que, al atardecer de la cuarta jornada, un hombre vestido de almidón se presentó en su celda para otorgarle su libertad incondicional y un rollo de pergamino, donde el Honorable lo reconocía como miembro benemérito del mismo, a título de excelencia académica.
Sin entender lo que pasaba, el doctor Baujan se vio acompañado de un mediquillo reseco y oficioso, dentro de un carruaje que lo devolvía, contra su voluntad, a Cerro Gordo.
Apenas se detuvo el carromato, médico y alquimista se vieron prendidos por una docena de encapuchados dispuestos a quemarlos en leña verde. Baujan enarboló su nuevo título en la mano, nunca se supo si para alegar la legitimidad de su oficio o para defenderse a pergaminazos, y en esas seguía cuando lo trajeron al cabildo para que ratificáramos si alguna sentencia civil pesaba sobre el barbero.
El justicia tomó el pliego y, rascándose la piocha con el meñique, lo estudió cuidadosamente, luego mugió y me pasó el documento para que le diera pública lectura. Como otras veces, el escrito estaba de cabeza y tuve que hacer una pausa solemne, esperando el momento oportuno para voltearlo sin avergonzar al señor juez.
Con pesar confirmé que el título era legítimo y, por tanto, no había cargo alguno de parte de nuestra justicia contra Baujan. Los encapuchados rieron con malignidad y arrastraron a los cirujanos a las afueras del pueblo, donde ya habían instalado los quemaderos.
Aunque no puso demasiado entusiasmo en su arenga, ni siquiera el padre Emilio logró convencerlos de que la resurrección de Roccazura era un hecho fortuito, ocurrido no por la intervención del alquimista, sino a pesar de ella. Todo inútil, las escenas que la multitud había presenciado ya latían poderosamente en el imaginario local.
A pesar de las horas transcurridas desde su muerte, el cadáver, dócil, se dejaba hacer. Lo vistieron con su ropa de los domingos: una chaquetilla de cuero con clavos de plata, también de cuero y plata el pantalón y las polainas, un jorongo negro de lana y las botas de montar con las espuelas armadas. Así lo recordaron quienes acudieron al velorio en su jacal de madera.
Giorgio no se apartó ni un segundo del cuerpo; él había llegado a México junto con el padre del muchacho, huyendo de la persecución carbonaria, en busca de una tierra nueva donde practicar sus verdades y ¿Quién sabía? a lo mejor soñando convertir a la inmensa América española en una grande, única nación. Fue doña Maura, católica irremisible, quien impuso a Giorgio el título de compadre, a pesar de su renuencia y de que cómo yo, si soy un pobre pintor nada más, no tiene caso, mejor dale un hacendado de padrino, que pueda ayudarlo a salir adelante.
Es cierto que Ferreiro era pobre de cosas; cuando el gobierno les cerró la imprenta del Iris algunos de los emigrantes volvieron al viejo mundo, otros, ya enamorados de América, decidieron quedarse en un exilio interior. Él era de estos, viviendo de repintar santos inverosímiles en su tallercito, requerido por simples devotos, por sacristanes y hasta por obispos necesitados de restaurar su fe, a menudo despostillada o al menos desleída. También es cierto que Ferreiro había provisto a su ahijado con una herencia invaluable: la esgrima, las letras y la razón, inculcadas durante sesiones eternas donde nos reuníamos parvadas de muchachos para aprender el silabario primero, y luego para leer en la humilde pero sabrosa biblioteca del pintor. Recuerdo que Heurístico era de los que conversan con los libros, deteniendo su lectura a cada momento para rebatir o estar de acuerdo con el autor. Disfrutaba mucho a los helenos, pero no le gustaba , por ejemplo, leer la Biblia, porque repetía las cosas muchas veces y le agradaban sólo ciertos pasajes, como el de los Cantares o el Apocalipsis que eran para él un poema y un relato más, respectivamente. Era muy afecto a repetir y comentar las historias que acababa de conocer; ahora que trato de revivir su charla, me doy cuenta que Heurístico hablaba como todos, y como nadie. Era una especie de camaleón que lo mismo maldecía como el más obsceno de los arrieros, cuando estaba con ellos, que disertaba en el tono exacto que usaban Giorgio y mi padre en sus discusiones. Hablaba más latín que italiano, es decir, no los hablaba en absoluto, pero citaba a Catulo y puteaba como Borgia cuando se enfurecía.
Se anunciaba el alba cuando llegó, oculto el semblante tras un velo obscuro, Bárbara. No tenía doce años aún, pero sus formas ya eran la promesa del esplendor que, años mas tarde, fue famoso entre los poetas capitalinos. Lloraba entonces como si tuviera que llorar para toda su vida, como si el corazón derrumbado se le partiera en pedazos.
Se conocieron una Navidad, los niños más adelantados del catecismo representaban a los personajes del pesebre, Heurístico no iba a esas enseñanzas porque su padre no lo permitía, pero doña Maura lo tomó de la mano y se lo llevó, abrigado hasta la asfixia, a confesarse y comulgar.

A Heurístico le gustaban los disfraces porque le traían a la memoria las imágenes del carnaval, el gigantesco sueño que por unos días se apoderaba del pueblo, de la vida, del mundo entero. Se quedó maravillado frente al cuadro: el Dios niño era la obra maestra de Ferreiro en su afán de pintar la vida misma. La criatura de yeso parecía a punto de mover los bracitos, de respirar, de amamantarse en el mentido pecho de la niña que interpretaba a la Virgen, una muchachita escuálida y ceniza, sobrina del regidor de Cerro Gordo. En cambio, entre los tres diablillos que conspiraban fuera del pesebre, estaba ella, los ojos chispeantes de verde pillería, el pelo lleno de paja. Desde aquella noche, y por muchos años, Heurístico la recordó como se veía entonces: con un trinche en la mano y suaves cuernos de raso colorado, poniéndose primero sobe un pie y luego sobre el otro. Pensaba en ella cada vez que algo terrible, como los regaños de Giorgio cuando confundía la G con la J, o los de mi padre si fallaba al recitar de memoria a los generales de la Iliada. Pero él era un huérfano de la clase menos favorecida y ella vivía en la torre del castillo que era la hacienda Almaguer, bien guardada del mundo y sus peligros por su padre, don José Muñoz, y por el capataz Mondragón, gran maestre de la Hermandad.
Tuvo que llegar la muerte de doña Maura para que Heurístico se convirtiera en arriero y fuera a dar un día al patio de la finca Almaguer. Bárbara estaba sentada en brocal del pozo, al fondo del jardín, donde el capataz apilaba las talegas de cochinilla que el arrierito debía llevar hasta Tehuacán. Ella tenía el cabello suelto y su madre se lo iba desenredando con un peine de carey. Se parecían mucho y costaba trabajo decir cuál de las dos era más linda. Cuando la niña se fijó que la observaban, arrugó la nariz, sacó la lengua y luego cerró los ojos para que no la viera más. Heurístico se echó a reír y se puso a acomodar las talegas sobre el lomo de sus mulas.
Cada semana desde entonces, puntual, Heurístico aparecía en Almaguer para ocuparse del género y asistir a los furtivos atisbos de Bárbara, mal disimulada en el quicio de la capilla, parándose primero en un pie, luego sobre el otro.
Ella no hizo una sola guardia, las piernas no la hubieran sostenido. A cada tanto los centinelas que acompañaban con su firme cansancio al cadáver, hacían relevo. El turno más frecuente, por supuesto, era el de sus arrieros, los seis mestizos que de pronto se ponían de pie, entre la multitud de curiosos que acudían a ver al cadáver azul de Cerro Gordo. La mayoría se apellidaban Hernández o Leal, o ambos; muchos dirán que miento, que no es posible que aquellas dos familias, enemigas mortales, se hubieran reunido en pacífica armonía, pero en aquellos tiempos era distinto y allí estaban todos, con sus manos de nogal y sus rostros duros, curtidos, muinando en silencio la partida de su camarada.
Pasaron quince minutos y al lado del féretro quedamos el señor Joaquín Ríos, su hijo, Antonio y Giorgio. A través de los gruesos cristales de sus quevedos, los ojos del pintor parecían los de un ratón deslumbrado mientras, derribada en una silla, enterrada en su doloroso silencio, también Bárbara recuerda. No sabe cuándo empezó a querer al muchacho de veras, si antes o después, pero vuelve a la tarde en que se le apareció de la nada, encaramado al muro que se levantaba sobre el barranco.
Heurístico había subido al monte por la mañana sin un propósito definido, pero al llegar allí, donde el caballo no pudo subir más, decidió alcanzar la cima a pie, por una pendiente a cada paso más escarpada. Conforme subía, un mundo nuevo se presentaba ante sus ojos, cada roca con una forma diferente a las de la falda: ésta parecía un perfil de carabela, aquella un conejo, la siguiente era el rostro inmenso de una bruja; los árboles también eran distintos, colosales, prendidos del cielo con todas sus uñas, más altos que la cima vestida de nieve, mas allá del llano y el bosque. Siguió por una cornisa que se colgaba del abismo como una media luna. Al principio apenas le cabían los pies en el camino y tenía que andar muy despacio, pero luego el piso se convirtió en un vereda cómoda que lo condujo a un despeñadero. Un río debía correr allá abajo y su canción llegaba hasta los oídos de Heurístico, pero estaba tan alto que sólo se veía una nube azul al fondo del abismo. El chico tomó carrera y saltó sobre el vacío para prenderse a las ramas de un pirul, obstinado en crecer sobre las paredes del precipicio. Estaba muy abajo del borde de la cañada, pero el muro tenía la piel de un anciano y era casi una escalera natural. Atravesó una nueva cornisa, un poco más estrecha que la primera y entonces, bajo sus pies, aparecieron, como en las Mil y una noches, los patios, los jardines, la hacienda Almaguer entera y, junto a un rosal, Bárbara, en cuclillas, hurgando la tierra con una varita.

La niña escuchó un silbido suave, como el canto de un pájaro desconocido. Paseó la mirada entre los árboles sin dar con el ave, hasta que sus ojos se encontraron con los ojos azules del huérfano. Le gritó, sorprendida:
¾ ¡Tú eres un chaneque!
¾ ¡No!¾ Respondió él un poco ofendido ¾ Yo soy un arriero.
¾ Eres muy raro para ser arriero... ¡Ya sé! Eres un gato montés.
¾ Yo no soy raro; y te aseguro que soy un gran arriero, madonna.
¾ ¿Yo? ¿Madona? ¿Qué es eso?
¾ Una cosa que mi papá decía que era mi mamá; pero tú también eres madonna.
¾ Es una palabra linda. Dímela otra vez.
¾ No, porque se gasta.
¾ ¿Qué se gasta?
¾ Las palabras lindas; se gastan las palabras si se dicen mucho. Mi padrino dice que hay que tener cuidado cuando las usas, y con esa hay que tener muchísimo más cuidado, porque es mágica.
¾ ¿Por qué? ¿Qué hace?
¾ Hace que pienses en mí y que nunca, en toda tu vida, puedas pensar en nadie más que en mí.
¾ Eso no es cierto.
¾ Vas a ver que sí.
¾ ¿Cuándo lo voy a ver?
¾ Después, cuando crezcas, el otro año...
Muchas veces Heurístico volvió por el camino de la sierra para conversar con Bárbara. Le gustaban mucho su voz y sus ojos, pero sobre todo le gustaba no encontrarla, porque entonces estaría practicando sus clases de piano, al arriero le encantaba escucharlo, aporreado por las manitas de Bárbara o tocado de veras por la madre, que sabía muchas piezas llenas de sonidos obscuros.
Nunca se atrevió a bajar al jardín, pero desde su puesto en la muralla le arrojaba de vez en cuando un obsequio: una piedra tersa y brillante que había cogido en el río Verde o una pluma de colores tornasolados; esas cosas que la llenaban de emoción y la hacían batir las palmas. Una tarde le lanzó una orquídea salvaje.
¾ ¿No es la cosa más bonita que has visto en tu vida?¾ Comentó emocionada.
¾ No.
¾ ¿Qué es lo más bonito que tú has visto?
¾ Tú.
¾ No seas tonto, algo bonito-bonito, una cosa...
¾ El mar, entonces.¾ Suspiró Heurístico.
¾ ¿Qué es el mar?
¾ Es un como llano azul y verde, todo hecho de agua y de lucecitas, que si lo pruebas te sabe un poco a lejos, a lágrima...¾ Pensaba entonces en el sol despertando los aromas de un paraíso añoso de herrumbres, en el olor de las anclas y las cuerdas olvidadas en los rincones del agua.
¾ ¿Tan bonito es el mar?
¾ Mucho más.
¾ Pues yo quiero casarme con un hombre tan lindo como el mar, aunque sepa a lágrimas.
Mondragón, el capataz, apareció con una escopeta por la escalera de piedra que subía de los patios. Sin mediar palabra apuntó y disparó. Apenas tuvo tiempo el niño de saltar para ocultarse en una grieta del precipicio. El otro cañón del arma retumbó despellejando el muro. Un grito salió de la pared, Bárbara se llevó las manos a la boca y contuvo la respiración hasta que una sombra corrió rumbo al monte, apretándose el hombro donde los perdigones habían hecho su madriguera.
¾ ¡Si te vuelvo a ver por aquí te mato, hijo de la chingada!
Dos semanas tardó en aparecer Heurístico de nuevo por la barda, todavía con el brazo en un cabestrillo. Bárbara le preguntó si le habían hecho daño, y él le contó cómo el barbero Baujan le había dado mucho pulque para poder abrirle la herida con un cuchillo y sacarle los perdigones. Ella lo miraba con los ojos redondos y él repitió una historia fabulosa que le escuchó alguna vez a su padre, una invención de las abuelas, quienes decían que en la costa calabresa, hacía ya centurias, vivió una raza de guerreros sin cuerpo, hechos del mismo material de los sueños. Con ese relato tan simple ella se tranquilizó, pero le hizo prometer que ya no subiría más a la barda, porque el señor Mondragón cargaba todo el tiempo su escopeta, porque además le había dicho que su padre prefería verla muerta que hablando con un arriero y porque ella le tenía mucho miedo al señor Mondragón.
Fue la última vez que habló con la niña; desde esa tarde se limitó a encaramarse a un árbol distante, nacido al borde del precipicio, y desde allí la contemplaba. Ella también acudía puntual, cuidando que nadie la sorprendiera. Se vieron crecer así el uno al otro, sin cruzar palabra, alimentando un cariño mudo que no tenía destino.
La verdad de lo ocurrido después fue que hubo mucha gente en el panteón. Esperamos más de cuatro horas bajo el sol a que el féretro llegara. Algo no estaba como debiera, porque el enterrador, hombre muy ducho en sus labores, tenía la cara más pálida que cualquiera de sus clientes.
El ataúd, aunque sea excesivo decirle así a una caja de pino sin barnizar, era llevado en hombros por sus arrieros. Pasaron los límites de la barda haciendo caravanas a los curiosos que se apelotonaban para ver al "hombre azul de Cerro Gordo", como se conoció por esos días al cadáver de Heurístico.
Fue increíble la cantidad de gente que se reunió allí; hasta el último instante seguían llegando los morbosos enlutados desde Tehuacán , incluso desde Orizaba.
La comitiva se dirigió a la fosa recién abierta junto a donde reposaban los restos de los Roccazura, y en el momento más solemne, cuando la multitud dejó de cuchichear para que el padre Emilio pronunciara el mismo sermón de todos los entierros, Heurístico pateó el ataúd. Los cargadores, asustados, arrojaron el féretro tan lejos de sí como sus fuerzas lo permitían y la caja fue a romperse con un crujido sobre una loza. De entre las astillas del cajón salió un muchacho azul y mal encarado quien, después de regalarle a la concurrencia una mirada cortante, reconoció a sus camaradas y les gritó: "¡Órale, cabrones, tráiganme un curado que tengo una cruda de los mil carajos!" Al principio la turbamulta fue un hormiguero, luego un enjambre y finalmente, una estampida.
Cuando una voz con timbre de mando logró imponerse al estrépito, se llegó a la conclusión de que en todo aquello mediaba la mano del maligno y la multitud salió despavorida a encerrarse a piedra y lodo en sus casas, excepto los de la Hermandad quienes se lanzaron dispuestos a descuartizar al muchacho, pero éste se les escapó de entre las manos y logró ganar el monte. Lo demás fue esperar a que la justicia decidiera sobre la culpa del alquimista. El capataz Mondragón, en persona, pagó una misa para que el señor del gran poder absolviera al barbero de sus cargos civiles.
Extraño de leer es el libro del destino, donde ya estaba escrito que si alguien iba a morir en la hoguera, ese sería el viejo médico del Colegio, quien había devuelto a Baujan a su pueblo para resarcirlo de los disgustos que le habían hecho pasar y para ver con sus propios ojos la maravillosa resurrección que se le atribuía. Sus cenizas reposan, si es que reposan, debajo de los manzanos de la sierra.
En cuanto a Baujan, su fin fue muy distinto al que la turba le hubiera deseado: Apenas se vio perdido, echó mano al compartimiento de su enorme sortija; de allí extrajo una perla color sangre, un poderoso veneno de su propia invención que se tragó en seco. La fórmula surtió efecto casi de inmediato, debajo del costalito con que le habían cubierto el rostro.
En el quemadero, el gran maestre le descubrió la cara. No era la de un hechicero agonizante, sino una masa carnosa cubierta de pústulas negras, del tamaño de un cuarto de real, según dicen, que rezumaban una pus sangrienta y hedionda. Alguien gritó "¡Peste!" y el armagedón del cementerio fue nada junto al pánico que aquella palabra desató.
Baujan sería un pésimo alquimista, pero no era tonto. Tras repartir entre sus captores una lluvia de salivazos, puso en libertad a sus pies por donde una brecha se abría entre el cerco de los encapuchados. Después del desconcierto inicial, la misma voz del maestre que se había impuesto en el cementerio el día anterior, devolvió el orden a la Hermandad. La cosa estaba clara: el hechicero se había valido de sus malas artes para engañarlos y era necesario, por el honor de la cofradía, capturarlo y darle muerte....



