Fernando se desplazó hacia el baño en una de esas caminatas que se presentan a los ojos como una sucesión rápida de imágenes. “¿Por qué diablos todo debía venir tan rápido?” Dentro del baño se enfrentó con una pared de la que colgaba un mingitorio y la miró amenazante como diciendo “así que estás ahí emplazada para evitar que me caiga, o que mire hacia el otro lado, vedando mi paso y mi vista, ojalá la civilización se encargue de derribarlas a todas, una por una. Sólo entonces seremos libres.”

Fernando se desplazó hacia la barra que había abandonado y en el camino se detuvo a mirar el bar. En una mesa había una pareja. En otra un grupo de amigos. En otra un grupo de amigas. En otra un grupo formado por hombres y mujeres. En otra dos parejas. En otra dos homosexuales. Fernando continuó su camino y se sentó en ese asiento que conservaba todavía el calor de su culo. Vio a Javier borracho y volvió a su vaso para hacer lo propio. Volvió a ver el bar y observó la pareja que había visto primero. Sintió pena. No por la pareja, naturalmente, sino por sí mismo. En qué había fallado. Qué debía cambiar para él también formar una. Estaba cansado de esas garrroneras que no lo satisfacían y que sólo lo usaban para pedirle alcohol. Estaba cansado de esperar que entrara por la puerta. Cansado de escuchar los pasos lejanos de quién no vendría nunca. Cansado de una vida que se le había vuelto monótona. Fernando pestañeó y decidió la forma en que culminaría esa noche. Al volver a su casa tomaría la última decisión de su vida. Se suicidaría.

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