Artículo publicados en el diario Síntesis por: Miguel Santiago Reyes Hernández Para
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Publicado en Síntesis el 5 de Septiembre del 2001 OTLAIMANTIC CRIMINAL PRETEXTO Camilo Estada Luviano Los que mandan son los primeros responsables de lo que ordenaron hacer, pero no exime de responsabilidad a quien obedece. En el caso de la tortura, en particular, dentro de todo lo que es la represión política el argumento de que “obedecía órdenes” no es válido para justificar el haber cometido tal atrocidad. Torturar es de lo más denigrante que puede realizar el ser humano, ya que uno, con todas las ventajas de su lado, abusa vejando y haciendo sufrir a otro que se encuentra en la total indefensión, tanto física como legal. El torturador es un esbirro que tiene la complicidad de las autoridades que se lo ordenaron; cuando él entra en acción es porque ya todo el aparato represor, que es aparato del gobierno, legal o no, pero del gobierno, institución ejecutora del Estado, le pone a su disposición a un enemigo de él para que le inflija sufrimiento, no para que lo mate, sino solamente para que lo maltrate hasta llegar a convertirlo en piltrafa con el fin de aterrorizarlo, de sacarle confesiones, delaciones o acusaciones que él mismo le sugiere. Para esto la víctima primero es sometida a presiones psicológicas amenazándolo con dañar lo más para él querido: hijos, esposa, padres, hermanos, demás parientes, amigos, compañeros, etc. con el fin de “ablandarlo”; también es sometido al perverso juego del bueno y el malo consistente que entre los mismos torturadores unos son buenos y lo defienden y otros son malos y lo agreden con saña de la que “los buenos” lo defienden y simulan ahorrarles algunos maltratos y siempre la oferta de que “si cooperas, te irá bien; de tí, le dicen, depende el trato que recibas, si cooperas te irá bien, pero si no, entonces tú mismo nos estás obligando a que nos portemos cabrones contigo”; a esto le agregan el no menos diabólico juego de decirle al torturado que está sufriendo por pendejo, porque al fin y al cabo sus compañeros ya “soltaron la sopa” y han dicho que él es esto y lo otro, con el fin de que él empiece a dudar de sus propios compañeros y haga lo que él, el torturador, le indique. También le hacen juegos de que están matando a sus compañeros y que ellos gritan o los hacen escuchar los gritos de otros torturados o “en descuido de ellos, los torturadores”, el torturado puede destaparse los ojos y ver cuadros horrendos de cómo están torturando a sus propios compañeros o a otros, pero también torturados, para que columbre lo que le espera si no coopera como ellos le dicen. Luego
de este “ablandamiento”, hecho siempre teniendo al torturado con los ojos
vendados y con profusión de golpes que no se dejen huella, como pueden ser
patadas con toda la planta del píe con botas en los riñones o golpes con las
palmas extendidas sobre las orejas, puede seguir el simulacro de fusilamiento o
de arrojarte desde una ventana al vacío pero sin caer a él. No se olvide que el
torturado siempre está vendado así que él sí siente de verdad que va a ser
fusilado o que lo lanzan al vacío. También usan la parrilla, piso electrificado
que es conectado con el torturado parado en él, claro el voltaje es bajo; se
trata de torturar no de matar. Esto es más barato de otra forma. Después
de este segundo “ablandamiento”, si la orden es seguir, se continúa con la
picana en el “pocito”, es decir sumergirlo en agua para provocarle asfixia
mientras le están “dando toques” e intermitentemente lo meten y lo sacan, al
salir, por supuesto que el torturado “jala aire” con desesperación, pero para
que “sienta más bonito”, cuando él lo hace se le está echando agua “a jicarazos”
en la boca para que no pueda respirar y en toda esta ceremonia se le está
formulando una pregunta tras otra para no darle tiempo que de vaya a razonar
como si en medio de tal angustia el torturado pudiera pensar algo cuerdamente
como no fuera su supervivencia. También el “pocito” puede ser con el torturado
amarrado dentro de un costal igualmente atado, que se lanza al río y se realiza
la operación con regular intermitencia. En
tiempos de José López Portillo, el “pocito” era “de rigor” con todos los presos
que llevan a los sótanos de Tlaxcoaque, donde estaba la Dirección de Policía
donde en donde en una de sus oficinas despachaba el truculento coronel Obregón
Lima, entre otros macabros integrantes de la Brigada Blanca, como Salomón Tanús
y muchas bestias más. Esto me consta, yo estuve ahí “desaparecido” para mi
familia más de un mes. Todos
estos actos vejatorios que deberían avergonzar a cualquier humano, los realizan
humanos también. Éstos son tan responsables como los grandes jefes que ordenan
tales iniquidades, aunque ellos solo sean unos pobres diablos y miserables
madrinas, porque son humanos no animales, aunque se comporten peor que ellos. |