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-Y las purgaciones...
-dijo la negra, sin pregunta y con una rabia como desarmada.
-Se curan con yerba 'e la piedra -se desentendió Mancarrón,
emponchándose-. Sacau la sífilis -bromeó en seguida
la Micaela está sanita.
Era evidente que nada podía detener al super-macho, que ya
pre-vivía su fiesta con las consistencias, las tibiezas, las
humedades y los gemidos roncos de la hembra con quien había
concertado entrevero para aquella noche dominical. Una lechuza, bicho
de mal agüero, pasó volando bajo y gritando feo frente
a la puerta de¡ galpón, y la negra se persignó
con rapidez y argumentó:
-El arroyo debe estar campo ajuera.
-Te dije que te callaras -volvió a gruñir Mancarrón,
montando-. Bien sabés que no hay caballo que no nade.... y
vos estás muy bichoca pa darte unos sudores -agregó
riendo con súbito buen humor de jinete y taloneando al colorado-.
¿Te acordás, vida mía? -gritó ya desde
la lluvia, con una de sus carcajadas guarangas.
Asomada a la puerta del galpón, la negra miró el alejarse,
al trote corto, del incontenible busca-hembras; miró sostenidamente
con ,sus ojos casi lechosos de vejez y desgaste, hasta que la lluvia
y la miopía le borraron del todo la mancha amarilla del poncho.
Mientras miraba murmuró varias veces, cambiando de idioma,
"Tempo aborrecido". Después echó a andar sin
apuro, al través del guardapatio ancho y lleno de yuyos, hacia
la media-agua en donde humeaba su cocina. Iba -indiferente al castigo
de las gruesas gotas- antigua y voluminosa en su harapiento calamaco
y bajo el empapado sombrero masculino; parecía caminar (casi)
con cuidados de mujer embarazada e ir agregando tiempo y vida al reducido
paisaje y a la lluvia sin tiempo, y mascullaba algo a flor de sus
jetones labios marchitos. Este narrador no de fogón sino de
máquina de escribir, no de chiripá y bota de potro sino
de pantalón de pana y zapatillas, supone que lo que mascullaba
eran unas palabras muy repetidas en nuestro campo: la versión
criolla (aquella frase que habla de palos y bueyes) del refrán
español "Más tiran dos tetas que dos carretas".
No se había equivocado la nieta o bisnieta de africanos: el
ineludible arroyo estaba muy salido de sus
barrancas. (Era aquel un arroyo vueltero y sin nombre, con muchas
piedras y pocos árboles, que desembocaba como a regañadientes
en el Río Negro). Mancarrón, que no esperaba encontrarlo
tan crecido, lo midió con una mirada camorrera y lo puteó
bien puteado. Cualquiera que no hubiera sido Marcelino García,
alias Mancarrón, se hubiera vuelto sobre sus pisadas hacia
un deslavado atardecer de lluvia monótona, mate amargo, tortas
fritas y noche de empozada castidad en puerta; pero él, un
semi-héroe, no era quién para postergar el encontronazo
con una hembra por unos miles de litros de agua apresurada. (Además,
recordemos, había dicho sabiendo lo que decía que no
hay caballo que no nade y confiaba en que el colorado no fuera un
traidor a su especie.) Desmontó, cambió de posición
la cincha -ajustándola más adelante, sobre el arco del
pecho-, montó,, se afirmó en los estribos, se requintó
el sombrero, carraspeó y se aclaró la garganta lo mismo
que si se aprestara a intervenir en una payada... Y -a rebencazos,
talonazos, incluso a gritos- obligó al pobre coloradito a internarse
en la correntada.
Nadaba como una nutria aquel retacón costilludo, nadaba sosegadamente
y con mucho sobre el agua. Mancarrón había recogido
las piernas e iba casi hincado en los bastos, agachado y lo más
inmóvil posible. Se sintió contento y se puso a canturrear,
repitiendo los versos, 'Limpié el facón en los pastos,
/Desaté mi redomón, / Monté despacio, y salí
/ Al tranco pa el cañadón"... Una patota de camalotes
que venia boyando recaló por un instante contra la paleta del
caballo, y el hombre aspiró su olor (que fue en sus narices,
curiosamente, olor a mujer, a la Micaela-china-reciénbañada)
y se sintió más contento todavía. Dejó
entonces de canturrear los cuatro versos del homicida Martín
Fierro y pasó a repetir otros cuatro, anónimos y muy
lascivos o procaces. Pero justo hacia la mitad del arroyo empezó
el colorado -quizá cansado, quizá maneado por arteros
calambres- a sacudir la cabeza, a resoplar, a nadar en desacompasados
enviones. Mancarr6n, ya cristiano de botas inundadas, le gritó
una ristra de insultos. Como si lo hubiera entendido, el caballo volvió
a un braceo sereno y balanceado, si bien tal vez más lento
que el de los primeros minutos. Mancarrón respiró con
alivio y recogió de nuevo las
piernas, pero muy pronto notó que el colorado y él
estaban hundiéndose gradualmente y sintió el frío
M agua en todo lo que va desde el ombligo a las puntas de los pies.
Allí en esa vasta zona anatómica de los hombres hay
cosas muy importantes y muy sensibles al frío, y fue ese
frío, de golpe muy intenso, lo que intensamente lo asustó.
Un semi-héroe asustado pierde sus dimensiones superlativas
y se nivela a los hombres comunes; Mancarrón levantó
los ojos al Cielo y al cielo (a la lluvia, que se los hizo bajar)
e imploró como un hijo de vecino cualquiera:
-No me deje ahogar, don Dios.
Repitió este ruego varias veces y entonces Dios, al parecer,
intervino vino: el caballo hizo pie en una de las piedras más
o menos chatas que normalmente toman tan sinuoso el curso de aquel
arroyo. Encontró algo firme el naufragante coloradito y se
detuvo en la piedra sumergida, resoplando, estremeciéndose
de punta a punta en cada resoplido, las patas muy abiertas para
mantenerse en la losa tal vez demasiado pulida, el anca hacia el
lado de los rempujones de la correntada. Receloso de los gualichos
y enemigo personal de las vacunas, creyente de la magia y dudador
M secreto explicable (creyente, por ejemplo, de las palabras-curabicheras
y cuestionador de la telegrafía sin hilos, los rayos X ...
), más proclive a aceptar el milagro que la casualidad o
la simple buena suerte, Mancarrón se sintió en muy
buenas relaciones con Dios -descomedido sentir que, en opinión
dígresiva de este narrador, suele provocar en quienes lo
padecen muy serios trastornos funcionales de la vanidad y de la
comunicación con el prójimo. Hombre y caballo miraron
al mismo tiempo la tierra que pretendían alcanzar, verdadera
Tierra Prometida todavía, ¡Ay!, tremendamente lejana;
el agua les llegaba nada más pero también nada menos
que a la altura de las argollas de la sobrecincha. Otros camalotes
empatotados y a la deriva no dejaron en las narices de Mancarrón
olor a carne de mujer sino a fermentación de flores de velorio
en la madrugada. El colorado se movía solamente lo que el
arroyo lo zarandeaba sin desplazarlo, como si hubiera determinado
permanecer allí hasta el día de las trompetas finales
y el magno mitin de clausura en el Valle de Josafat, o por lo menos
hasta uno de esos
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