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EL CABALLO PIADOSO
Mario Arregui
Quienes hayan oído cuentos de fogón saben que
los fogones no son maniqueos y que en sus cuentos, como en la vida,
los personajes buenos pueden estar veteado de ruindades, los personajes
malos pueden alojar en su trama hilachas bondadistas, las mujeres
más hermosas pueden verse obligadas alguna vez a cagar entre
los cardos, los héroes y los semi-héroes pueden comportarse
ocasionalmente como gringos asustadizos y hasta morir de muertes
en nada heroicas o todo lo contrario de heroicas.. Mancarrón
García fue, por ejemplo, un semi-héroe que se ahogó
de un modo insólito y más bien tragicómico,
un modo memorable cuya -relación es el tema de este cuento.
Se cuenta o se contaba que Marcelino García -grande, huesudo,
peludo, sonoro de carcajadas guarangas, conocido en el pago por
Mancarrón- era buen bebedor de ginebra, un poco pendenciero,
un tanto mentiroso, sospechado de carnear ajeno y, sobre todo, desaforadamente
mujeriego. Tenía, a orillas M Río Negro, una media
suerte de campo y vivía en ella en la sola compañía
de un peón muy viejo y una negra más vieja todavía
(vivía en ella es casi un decir. Lo más de su tiempo
lo pasaba en correrías de busca-hembras). Galán de
un donjuanismo paleolítico, aquel hombrón atropellaba
a las bípedas empolleradas con ánimo de cazador, de
victimario. Se le atribuían hazañas eróticas
que formaban tropilla; entre ellas, la violación en una cama
de hospital y con una pierna enyesada de una yunta de monjas bigotudas,
la desvirginización en una mañana de las tres hijas
mozas de una viuda exhausta y dormida como un tronco en cuya cama
había pasado la noche. El rapto de una paisanita muy querendona
con la que, en una recalentada siesta de febrero... -me detengo:
estoy cansado de que se me diga que hay demasiado sexo en
mis cuentos, de que se me acuse, incluso, de sacarle virutas a la
pornografía. Es de lo más probable que muchas (le
esas historias fueran en gran medida apócrifas, ya que gracias
a Dios los fogones ignoran el realismo (por lo menos como preceptiva
o propósito) y que la exageración, la elocuencia por
la desmesura, es uno de los recursos naturales o instintivos de
sus narradores. Pero muy de verdad era que no había en leguas
a la redonda hembra humana en edad y circunstancias de consumo no
galopeada o no tenida en la mira de su herramienta por el huracanado
super-macho.
El día en que Marcelino García encontró la
muerte cayó domingo: un domingo lluvioso M mes de mayo. Vertical
y solemne, cumplidamente otoñal, la lluvia comenzó
con las primeras luces Y prosiguió sin permitirse un afloje.
A eso de la mediatarde sus gotas suenan como un asordinado granizo
en el techo de zinc de¡ galpón, y allí tenemos
al serni-béroe, que ensilla 0 se apresta a ensillar un caballo
colorado. El galpón olía, como es convencional, a
mierda de gallina, a gatos meones, a creolina y a cueros (al agrio
olor a muerte vieja que despiden los cueros en los días de
aire mojado). El colorado era un retacón manso y veterano
que Mancarrón había comprado en una feria pocos días
antes-, la tinos ojos pobres de espíritu parecidos a los
de una vaca tambera, La negra cocinera, emponchada v ensombrerada
y de zuecos entra al galpón en busca de huevos.
Mancarron ensilló con cuidado y apretó bien la cincha:
pensaba que lo esperaba un viajecito de casi tres leguas y sabía
que cuando está lloviendo y uno se baja a acomodar el recado
parece, inexplicablemente, mojarse más. La negra, que había
encontrado los huevos que necesitaba, se acercó a su patrón
y le dijo que era cosa de desmadrado salir con un tiempo tan fiero
y que pensaba hacer tortas fritas. Mancarron le gruñó
que se callara y descolgó de un ¡tirante el poncho
encerado. Insistió la negra, diciendo algo ininteligible
a propósito de malos cristianos y de Santa Bárbara
bendita, y Mancarrón volvió a gruñirle que
se callara.
-El rancho 'e la Micaela no se llueve -dijo después, conciliador,
con una semisonrísa,
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