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días de verano en que los arroyos son cañadas que
un gato pasa al trote. Aunque asustado (porque el sentirse en la
platina M microscopio de Dios no alcanzaba para curarle el susto)
y con la lucidez como en rachas, el hombre razonó mejor que
el caballo y se dijo, sic, que aquella acampada en la piedra no
podía dar para mucho, porque la lluvia seguía emperrada
y el arroyo sindudamente seguiría creciendo. Pero el viejo
Dios, pensó, le había hecho una gauchada lindaza y
bien podía, si conseguía sobornarlo (rascarle el lomo
y ganarle el lau de las casas, fue la fórmula que se dijo),
hacerle una gauchada más grande. Para eso, siguió
pensando, tenía que rezar. Sí, pero rezar como la
gente, rezar una oración que fuera una verdadera oración
y no sólo un grito de súplica. Lo malo era que no
sabía ninguna oración de verdad. Había oído
muchas veces, eso sí, rezar a las mujeres en los velorios,
pero no sabía ni recordaba haber sabido nunca un rezo completo.
Lo que por supuesto recordaba perfectamente era el tono y los ritmos
del sordo cotorreo de las rezadoras, lo que vamos a llamar, para
entendernos, la música o musiquita de las oraciones. Con
voz de mujer en velorio, o sea con la música correspondiente,
elevó a Dios (un Dios a quien, como escribiría años
más tarde un tal García Lorca, sólo atisbaba
la planta de los pies) esta oración:
"Padre nuestro que estás en los Cielos / cual retazo
de los cielos, de los cielos / no me deje ahogar, viejito / tu vientre
Jesús / aquí me pongo a cantar al compás de
la vigüela / hagasé tu voluntá / como el ave
solitaria / le prometo que si me salva me portaré como una
malva / vengan santos milagrosos, vengan todos en mi ayuda / tu
vientre Jesús / para venir a este baile traje los tres instrumentos
/ tu vientre Jesús / al fin de cuentas las hembras las hizo
usté / será pecau pero usté mismito las hizo,
¡qué joder / es sonso el cristiano macho cuando el
amor lo domina / tu vientre Jesús...
Esta singularísima oración terminó abruptamente.
Porque sucedió (paso a explicar) que aquel caballo manso
y veterano había sido en sus años verdes caballo de
cura y era católico, muy católico, catolicazo. No
fue capaz de entender, por caballo, una sola de las palabras salmodiadas
por su jinete, pero reconoció con toda facilidad la música
de las oraciones, o sea la dulce, cautivante musiquita que tanto
lo conmoviera en sus días beatos y que desde largo
tiempo no oía. Sintió entonces como un vertiginoso
reverdecimiento de su fe, como una dicha reconquistada, como una
tibieza fresca (el oximoron, aquí, es válido) que
le alivianaba la sangre, como una comunión ab ovo con las
pulgas y los astros, como una gran dilatación mística
en su corazón equino y religioso... Y a pesar de que
estaba -literalmente- con el agua al cuello, no pudo con sus reflejos
y -¡qué animall- se arrodilló. Se arrodilló
con piedad, con unción, y la fuerza de las aguas tomó
por sorpresa al hombre y lo desmontó como a un maturrango,
Las palabras postreras del semi-héroe no fueron una frase
para el mármol corno 'Viva mi patria aunque yo perezca ni
un pedazo de un rezo, ni versos de Martín Fierro, ni el arranque
de Mi Bandera, ni el comienzo de una relación de pericón;
fueron, dirigidas
das a Dios o al Diablo o a Nadie, las cinco palabras suficientes
de una hermosa, redonda, clásica puteada.
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