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Las abobinables andanzas de una heroína de turno
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El primer mensaje fue claro y
contundente: no más noches sin sexo a la deriva caminando
por el zaguán de la casa, a la inútil espera
de que pasara por allí algún marinero griego
capaz de fornicarla como suelen hacerlo estos navegantes
especialmente dotados para el género literario, a
diferencia de los bolivianos, que jamás van a tener
lugar en las mediopeléscas fantasías de nuestra
heroína de turno. Bien es sabido que nadie se atreve
a poseer a una melancólica muchacha que se menea
en un zaguán desvalido en las altas horas de las
noches de menguante. Una invitación así es
por lo menos la subrepticia aparición de las envenenadas
sospechas sobre cualquier insinuación de tipo trascendental
que esconde las amenazas de cruzar los límites de
la transgresión venérea y hurtante, aún
si nuestro esperpéntico estropajo da sobradas muestras
de no recibir favores de ningún tipo y sus intenciones
aparentan la más desesperada franqueza. De ese modo
lo había entendido el pequeño hombrecete con
cara de pingüino de tres cuartos que venía manipulando
sus colgaturas por el medio de la calle. Típicamente
porteñería de ocasión, el tipito zambulló
su mariscal de bragueta en lo más oscuro de su vergüenza
al ver que su onírica perversión se esfumaba
en la más decepcionante realidad, que desde el quicio
de la puerta lo invitaba con la mano presurosa a pasar al
largo pasillo de la lascivia de los desdichados. El hombre
no pudo soportar la realidad y acaso tampoco pudo sostenerse
ante tamaña máscara, y emprendió la
huida despavorido, ante la angustiosa quejosidad de nuestra
aspirante a lesbianismo plástico, sabedora de que
jamás ningún espíritu santo de cualquier
religión más o menos respetable la haría
pasar a la historia. Esa fue la última noche de nuestra
heroína en el zaguán, que todavía duda
entre emprender su definitivo viaje a Samaria para dar con
el buen lugareño dispuesto a hacer pasar su camello
por el ojo de la aguja de la avispa virgen, o entregarse
definitivamente a las delicias de los nuevos cascos zoofílicos
- virtuales con la suficiente potencia psíquica para
generar un simulacro de orgasmo en cada solsticio. Deberemos
pues, tenerle paciencia, hasta que se decida, o hasta que
el productor acepte contratar a aquel marinero griego, o
-a buen hambre- su versión boliviana.
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El sol refractaba en lo innumerables cristales de aquel
cuerpo inerte, apenas un gusanito angelical asomando a la
mañana, prolijamente acomodado sobre su lecho transparente,
hasta que un huracán de ánimo se lo llevó
a la eternidad de todo lo efímero diluída
en el torrente licuado del alcohol barato. Ella se quitó
el cabello que caía sobre su cabeza al incorporarse,
y con la misma mano se restregó un poco, como si
el tabique fuera el paladar. ¿Y ahora, qué?.
Nada, una vez más nada, hasta la próxima intentona.
Ella es nuestra dulce heroína de los zaguanes, la
recuerdan, la que excita su entrepierna afeitada con la
ficción de un marinero griego, en su casa del barrio
sur de la ciudad. La misma que suele levantarse de madrugada
para caminar por las calles cercanas al viejo puerto abandonado
en búsqueda de un hijo de puta lo suficientemente
cínico como para penetrarla sin remordimientos. Comprendan,
ella es hija única y de pequeña adoraba a
Sarah Kay y viajó a Disney con papá y mamá.
Después, fue el tiempo de los espejos, el tiempo
en que el tiempo se encargó de enseñarle cada
día un poco, que aquel rostro atemporal, jamás
alcanzaría el beneplácito de un buen pene
aburguesado y de modales correctos. Fue el tiempo del acné,
y de las anécdotas ajenas sobre cómo se pierde
abnegadamente la virginidad.
Nuestra chica tuvo su primera experiencia con un señor
un tanto mayor, un conocido del abuelo materno del que se
corría el rumor de que era aficionado a la pedofilia
y que incluso había estado en la cárcel por
un supuesto abuso de menores, a pesar de que luego no se
le había probado nada. El viejo en cuestión
era un típico baboso, pero ella, que ya había
perdido la inocencia en las garras de la crueldad, corría
el riesgo de crecer, así que una mañanita
de invierno se afeitó el pubis y se calzó
el jumper y puso todo su ahínco en un par de trencitas
a lo Jacinta Pichimahuida. Por supuesto, tuvo la suficiente
malicia como para comprar un chupetín bolita y deshaciéndolo
descaradamente, pasó por lo de aquel señor,
camino a la escuela, con una excusa tonta. Ahorraremos detalles
y diremos que el viejo, que era baboso pero no tonto, se
dio cuenta fácilmente y en menos de dos minutos la
estaba desflorando en un cuartito desnudo, rodeados por
un banderín de Racing y una foto del Chango Cárdenas.
Aquella fue una experiencia triste para nuestra célebre
espantapájaros, al engendro se le ofrendaba un desquiciado
y resultaba un pito corto que para colmo acabó demasiado
rápido, acaso la culpa lo había fulminado,
pero con una brusquedad poco disimulada la despidió
prometiéndole una azucarada segunda vez, que jamás
se daría. Ese día hubiera sido nefasto para
nuestra protagonista si no hubiera descubierto el placer
de masturbarse en el zaguán de la casa paterna. Aquella
vez pudo romper al espejo con una mirada de autosuficiencia,
porque supo que en el mundo no hay más que Lobos
Feroces para poseer a Caperucita, y que a ella el destino
le deparaba -anti Circe de suburbios- marineros, auténticos
marineros velados en los cerdos que transitan las noches
de su juventud. Pero eso será otra historia.
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Quien sabe del estallido de su
propio cuerpo enhebrado en el remolino del estallido de
otro cuerpo enroscado en el estallido de uno, debería
de ser capaz de soltar un soplo de piedad sobre la superficial
imagen de nuestra querida heroína. Pues bien, deben
saber que su gesto sería absolutamente insignificante
para la eternamente extra de las tramposos planos americanos
que ocultan esta escabrosa realidad en contrapicado begmarniano.
Entiéndanlo, la ternura no entra en este guión,
pero no habremos de culparla, si no es maldad lo suyo, apenas
se parece a aquel ateo lleno de fe, rebozante de un inútil
deseo de creer en un Dios que sólo le brinda la certeza
de que no existe.
¿Recuerdan a los marineros griegos de super ocho?
Pues bien, la criptonita helénica que acosa a nuestra
protagonista se deshizo como un acorde en el tiempo. Algún
día habría un esforzado Ulises, un heroico
Agnamenón que cruzara las coordenadas fatales como
corresponde. Ese día al fin llegó ¿Cómo
fue?. Eso no importa, es una trama muy larga que no viene
al caso, basta saber que la prostitución es una excusa
obviamente literaria para conectar los fragmentos del melodrama.
Digamos rápidamente que luego de un fundido encadenado,
con distintos planos de bar, barras atestadas, calles oscuras,
infaltable zaguán y escaleras hacia la nada, la música
se detiene para dejar entrar el sonido de la diegesis una
orgía de golpes carnales rítmicamente acompasados
en 12 por 8. Como cualquier maestro ciruela de la filosofía
aprendió en la calle, el uno llama al dos, el dos
al tres, y el tres al infinito, en un contínuo remitirse.
Mas aquel infinito no llevaba al estallido inicial que soñaba
ella. Triste y desgraciada historia.
Un instante antes de que ella alcanzara el dulce desfallecer
que sobreviene en la disolución del ser, los dos
argonautas resultaron un homenaje tebano a la memoria de
Aquiles y Patroclo, uniéndose en su propia pira para
consumirse mutuamente, negándole a la desdichada
el mínimo atisbo seminal, y abandonándola
en el helado quicio de la puerta de la consumación.
No hace falta decir que aquella noche hubo de masturbarse
para poder conciliar el sueño.
Es menester saber, sin embargo, que en su rostro llovieron
lágrimas. Acaso las últimas.
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La pequeña lumbre acarició
con luz tenue la imagen en barro de Santa Rosa de Lima.
Ella acercó la vela y la colocó junto al pequeño
estante ubicado en el rincón de su cuarto de la vieja
casa en el sur de la ciudad. Aunque no lo crean, nuestra
fosforescente heroína -sí la misma que sacude
las noches de luna llena en búsqueda de fabulados
marineros griegos- es devota de la virgen, y profunda, místicamente,
creyente. Su alma piadosa transcurre este valle de lágrimas
convencida de que la salvación le dará la
resurrección de la carne, y cada mañana, llora,
como buena María Magdalena, el arrepentimiento de
del fuego impío que le brota desde el fondo de la
copulación consumada entre sus deseos. Ella se aferró
a la fe mucho antes de sus fracasados arranques nocturnos
hacia la nada orgásmica, en la época en que
aquél pedófilo se convirtió en su centurión
romano y abrió el estigma sangrante de su entrepierna
bajo la impávida mirada del Chango Cárdenas
(¿lo recuerdan?) y ella descubrió el pan suyo
de cada día en el refugio de la masturbación.
Después de aquél viernes de pasión,
después de volverse sobre sus propio hacer el ser,
el frenesí desembocó en un sentimiento de
samaritana culpa, como corresponde a una buena adolescente
que aún no ha sabido comprender el babélico
dialecto que se balbucea en los suburbios de Sodoma. Fue
un inolvidable treinta de agosto, mientras rogaba perecer
en medio de un nuevo diluvio, que descubrió el solaz
del texto bíblico en la biblioteca de la casa paterna.
Cuando cesó la furia divina -que sólo alcanzó
para inundar un poco las calles- salió corriendo,
como posicionada, hacia la parroquia de su barrio, sin saber
qué buscar allí, pero acaso esperanzada.
El viento helado que surge desde ninguna parte en los templos
católicos la llenó aún más de
angustia, acrecentada por el silencio sepulcral que antecedía
a los horarios de misa. Buscó cerca del altar un
lugar donde arrodillarse, ella no se encontraba en una situación
similar desde la época cándida de su primera
y única comunión, pero unos pasos la incomodaron.
Era el padre Pedro, el nuevo Sacristán, que se dirigía
hacia ella. Su presencia la llenó de paz y de un
enorme deseo de llorar y de confesarse, y claro que entre
lágrimas se lo hizo saber al padre, que, digámoslo
de una vez, era la encarnación del mismísmo
arcángel Gabriel, ojos repletos de cielo y una presencia
amansadora.
Por supuesto que el padre Pedro cedió inmediatamente
y se aprestó a confesarla y también a consolarla,
el padre era comprensivo, tal vez comprendía demasiado
rápido para esa hora en que no había nadie,
pero la inmolación de la propia alma es poco si se
trata de consolar a una joven excesivamente necesitada de
ternura de compasión, de perdón, como el que
pedía de rodillas, oníricamente, y él
no sería un necio, aquella tarde le daría
el perdón y dejaría que- de rodillas- comulgara
el cuerpo y el torrente catártico de la simiente
divina. Pero el padre no fue lo suficientemente valiente
para llevarla al magnificat y desapareció, dejándola
en medio de un vaho celestial.
Demás está decir que el padre Pedro no volvió
a oficiar en la parroquia, pero para ella eso fue un signo
del todopoderoso, que ata piedras a su cruz para que se
haga más digna. Y desde entonces, ella adora a la
patrona de la tormenta, la que azota con su furia la miseria
de la mediocridad. Y cuando se calma su sed terrenal de
marineros, ante su altar se arrepiente y sueña con
su aposento en el paraíso, repleto de almohadones
de tul y ángeles de bellas vergas.
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