- Los enemigos políticos los doy por sentado. Pero, ¿y
los literarios? ¿Cómo andan ellos?
Son los mismos. Opositores de la literatura
como posibilidad de liberación. Rostros en el aparato gubernamental
mexicano, intolerancias del mundo de la literatura. Es un conflicto
permanente, hipócrita pero entretenido. Por otro lado,
me precio de pertenecer a una generación que, a diferencia
de las anteriores, no practica el codazo. Sino lo contrario, la
solidaridad. Los autores que tienen 55, 45, 35, 25, en América
Latina, nos conocemos, nos leemos, nos vemos por ahí, nos
sonreímos y, rara vez, nos golpeamos.
- Ya ni siquiera sé si es legítimo
pensar en términos de culturas altas y populares, pero
asumamos la convención, al menos por ahora y por comodidad.
¿Qué significa esa idea de cultura popular en sus
novelas? Pienso en lo siguiente: Ranking mundial en The Age of
Empire. Catador de Coca Cola. Lector furibundo de comics.
No hay oposición. Una de las conquistas
importantes de la izquierda intelectual latinoamericana de las
últimas décadas consistió, precisamente,
en la ruptura de esa dicotomía. El refinado escritor y
el vulgar escritor de manga remangada, borracho insoportable que
porteros de embajada tenían que sacar por la puerta trasera,
es una imagen que ya casi no existe. Esta esquizofrenia, esta
dicotomía, muy practicada en una comunidad intelectual
que creía que la bohemia era la escritura y no que la escritura
era la escritura, pues no funcionó. Nosotros somos una
generación que gozó de la sociedad en muchas de
sus posibilidades, porque desacralizó totalmente la idea
de una cultura mayor y una cultura menor. Y asumió que
en términos de consumos culturales, Mahler, Santana, José
Alfredo Jiménez, debían convivir en el mismo espacio,
uno al lado del otro… bien juntos, porque no se contaminaban,
ni se enfadaban por estar juntos en el disquero. En ese sentido
gocé. No tengo ningún problema con hacer cambios
abruptos.
-Por las conversaciones que hemos tenido
parecería probable formular su práctica de la literatura
como una tensión entre el exceso y la arquitectura.
Sí. Sí, con variantes. Un
intento continuo por tratar de impedir que el lector tome el control
de la novela. Permanente. Que la controle en términos de
producción, de comodidad. ¿No? Yo creo que eso es
importante. Tenerlo en mente todo el tiempo mientras se escribe.
Y parte de un supuesto sencillo: si no me divierto yo, ¿por
qué tengo que esperar que ellos lo hagan mientras me leen?
- Pese a su distancia con la mayoría
de los círculos académicos, si es que algo así
existe, ¿tiene información reciente sobre la forma
como se está haciendo crítica literaria? Y no me
refiero únicamente a Estados Unidos.
No. Estoy estrictamente alejado del espacio
de la crítica literaria. Tengo contactos incidentales con
uno en Paris, dos en Italia, algunos en Estados Unidos. Son comunicaciones
entre lectores. Pero no, estoy absolutamente alejado. Entre otras
cosas por razones de economía y de tiempo. Me he concentrado
en leer ficción. De hecho el asunto es todavía más
cruel. He dejado de leer cuento para concentrarme en novela. Y
he dejado de leer novelas pequeñas para andar leyendo novelas
gordas. Porque cuando una novela te atrapa, y es gorda, te atrapa
más tiempo.
- México tiene una tradición
reciente de talleres literarios atomizados y generalmente funcionando
alrededor de una sola cabeza, al menos visible. En otros siglos
las mujeres y los hombres se juntaban y se ponían a hablar
y a darse consejos sobre sus propios textos. Estados Unidos, principalmente,
ha desarrollado en los últimos cincuenta años la
vinculación de la creación literaria con el espacio
académico, de lo cual han surgido estos engendros locos
con nombre largo: “Master of fine arts in Creative Writing”.
¿Qué opina?
Son dos preguntas. Primero la tradición
de los talleres. Yo creo que los talleres juegan en una primera
fase de formación de un escritor un papel positivo. Enriquecen,
iluminan, confrontan. Enseñan que los demás también
piensan. Te sacan de tu pequeño yo. Te dan lecciones, te
ayudan a que las comas sean comas. Después de un tiempo
los talleres generados en trono a una figura que tiene ya trayectoria
son peligrosísimos. Porque pueden tender a uniformar a
los escritores. He oído cada barbaridad dicha por colegas
en talleres: “No se puede escribir en tercera persona”.
Y uno dice, tú no escribirás en tercera persona,
pero ¿por qué mierda yo no voy a poder? Esa idea
de la primera cabalgando encima de la segunda y la tercera es
maniquea. Hay muchas formas de tercera persona. Es muy peligroso,
tienden a uniformar, y a mediocrizar, a quitarle filo al tallerista
y a convertirlo en alumno permanente. Sometes una novela corta
a un taller y te la celebran, luego caminas trescientos metros
y la sometes a otro y te dicen que no sirve, que vuelvas a empezar.
No hay ley, mano.
Respecto
a la vinculación de la creación con la academia…
volvería a formular la misma tesis. En un primer momento
enriquece; te obligan a leer ciertas cosas, te ordenan, te ayudan
a adquirir cierto rigor y cierta disciplina, te ayudan a practicar
cosas que no quieres pero que pueden ser útiles. Ejercicios,
juegos, construcciones. Llenas la papelera. Nunca mejor usada
la palabra ejercicio. Llega un momento en que son peligrosísimos.
Porque te pueden perpetuar en una posición de la que hay
que sacudirse. Te pueden idiotizar. Porque el escritor tiene que
construir algo que jamás le dará la academia: la
autocrítica. La autocrítica no puede ser sustituida
por la crítica. Es un instrumento de trabajo, de todos
los días, decisivo. Todos los días está detrás
de tu oreja un enano japonés que te dice: “¡mamón!,
quítale ese punto, basta ya, hombre, deja que corra la
frase.” “¡Mamón!, eso es un lugar común,
pendejo, no vuelvas a usar asociadas palabras como bello atardecer,
¡o te fusilo!” Ese enano japonés que tiene
el escritor bien adentro tienes que cultivarlo.
Si yo soy
uno de los máximos defensores de la idea de que la literatura
es un hecho social que se produce cuando alguien llamado escritor
se encuentra con alguien llamado lector de una manera repetida
en una sociedad comunicante, también soy un extremado defensor
de la creación como un acto de fantasmas, demonios y soledades.
Diferenciando así creación de literatura.
- Maliciosamente he tratado de hacerlo
hablar mal de algún escritor, como para seguir alimentando
lo que Villoro en una entrevista a Fernando Vallejo llamó,
“Los chismes sobre las vanidosas potestades de la república
de las letras”. Pero no conseguí nada. ¿Política
o accidente en esta entrevista?
Suelo no desperdiciar mi tiempo hablando
mal de la gente. Hay gente que no me gusta. Que no me gusta como
persona o que no me gusta como escritor. Hay unos que leo y otros
que no. No tengo obligaciones, no siento que tenga obligaciones.
No tengo por qué leerlos a todos. Hay gente que no me gusta
y me creo una distancia. A veces me equivoco. Hice algunas cosas
vergonzosas. No me arrepiento, pero he corregido. Por ejemplo,
el día que Borges, a mitad de los años setentas,
salió a decir que los militares eran unos caballeros, todos
mis libros de Borges los saqué y los tiré por la
ventana. Un amigo mío que pasaba, se llamaba Tomás,
tocó el timbre y dijo: “¿tienes más?,
¡tira más! ¡Kafka también!” Bien,
los tiré todos. Me quedé sin Borges. Viejito canalla…
viejito canalla hijo de puta. Arrogante, aristocratizante…
su idea de la novela policíaca me toca los cojones. Y sin
embargo, con esa lucidez… entonces, estando en Buenos Aires
decidí que era hora de reconciliarme. No con el Borges
canalla sino con el otro Borges. Y me reconcilié, compré
de nuevo un libro de él. En general no pierdo el tiempo
hablando de los libros que no me gustan o de los autores que no
me interesan, o de los autores que personalmente me repugnan.
Dedico mejor mi tiempo al intercambio de información, al
elogio. A fomentar “La República Democrática
de los Lectores”. Eso sí. Porque me parece alucinante
que recomiendas un libro y ese dato vuelve, tarde o temprano.

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