Entrevista a Paco Ignacio Taibo II : Juan Álvarez (Colombia)
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- Los enemigos políticos los doy por sentado. Pero, ¿y los literarios? ¿Cómo andan ellos?

Son los mismos. Opositores de la literatura como posibilidad de liberación. Rostros en el aparato gubernamental mexicano, intolerancias del mundo de la literatura. Es un conflicto permanente, hipócrita pero entretenido. Por otro lado, me precio de pertenecer a una generación que, a diferencia de las anteriores, no practica el codazo. Sino lo contrario, la solidaridad. Los autores que tienen 55, 45, 35, 25, en América Latina, nos conocemos, nos leemos, nos vemos por ahí, nos sonreímos y, rara vez, nos golpeamos.

- Ya ni siquiera sé si es legítimo pensar en términos de culturas altas y populares, pero asumamos la convención, al menos por ahora y por comodidad. ¿Qué significa esa idea de cultura popular en sus novelas? Pienso en lo siguiente: Ranking mundial en The Age of Empire. Catador de Coca Cola. Lector furibundo de comics.

No hay oposición. Una de las conquistas importantes de la izquierda intelectual latinoamericana de las últimas décadas consistió, precisamente, en la ruptura de esa dicotomía. El refinado escritor y el vulgar escritor de manga remangada, borracho insoportable que porteros de embajada tenían que sacar por la puerta trasera, es una imagen que ya casi no existe. Esta esquizofrenia, esta dicotomía, muy practicada en una comunidad intelectual que creía que la bohemia era la escritura y no que la escritura era la escritura, pues no funcionó. Nosotros somos una generación que gozó de la sociedad en muchas de sus posibilidades, porque desacralizó totalmente la idea de una cultura mayor y una cultura menor. Y asumió que en términos de consumos culturales, Mahler, Santana, José Alfredo Jiménez, debían convivir en el mismo espacio, uno al lado del otro… bien juntos, porque no se contaminaban, ni se enfadaban por estar juntos en el disquero. En ese sentido gocé. No tengo ningún problema con hacer cambios abruptos.

-Por las conversaciones que hemos tenido parecería probable formular su práctica de la literatura como una tensión entre el exceso y la arquitectura.

Sí. Sí, con variantes. Un intento continuo por tratar de impedir que el lector tome el control de la novela. Permanente. Que la controle en términos de producción, de comodidad. ¿No? Yo creo que eso es importante. Tenerlo en mente todo el tiempo mientras se escribe. Y parte de un supuesto sencillo: si no me divierto yo, ¿por qué tengo que esperar que ellos lo hagan mientras me leen?

- Pese a su distancia con la mayoría de los círculos académicos, si es que algo así existe, ¿tiene información reciente sobre la forma como se está haciendo crítica literaria? Y no me refiero únicamente a Estados Unidos.

No. Estoy estrictamente alejado del espacio de la crítica literaria. Tengo contactos incidentales con uno en Paris, dos en Italia, algunos en Estados Unidos. Son comunicaciones entre lectores. Pero no, estoy absolutamente alejado. Entre otras cosas por razones de economía y de tiempo. Me he concentrado en leer ficción. De hecho el asunto es todavía más cruel. He dejado de leer cuento para concentrarme en novela. Y he dejado de leer novelas pequeñas para andar leyendo novelas gordas. Porque cuando una novela te atrapa, y es gorda, te atrapa más tiempo.

- México tiene una tradición reciente de talleres literarios atomizados y generalmente funcionando alrededor de una sola cabeza, al menos visible. En otros siglos las mujeres y los hombres se juntaban y se ponían a hablar y a darse consejos sobre sus propios textos. Estados Unidos, principalmente, ha desarrollado en los últimos cincuenta años la vinculación de la creación literaria con el espacio académico, de lo cual han surgido estos engendros locos con nombre largo: “Master of fine arts in Creative Writing”. ¿Qué opina?

Son dos preguntas. Primero la tradición de los talleres. Yo creo que los talleres juegan en una primera fase de formación de un escritor un papel positivo. Enriquecen, iluminan, confrontan. Enseñan que los demás también piensan. Te sacan de tu pequeño yo. Te dan lecciones, te ayudan a que las comas sean comas. Después de un tiempo los talleres generados en trono a una figura que tiene ya trayectoria son peligrosísimos. Porque pueden tender a uniformar a los escritores. He oído cada barbaridad dicha por colegas en talleres: “No se puede escribir en tercera persona”. Y uno dice, tú no escribirás en tercera persona, pero ¿por qué mierda yo no voy a poder? Esa idea de la primera cabalgando encima de la segunda y la tercera es maniquea. Hay muchas formas de tercera persona. Es muy peligroso, tienden a uniformar, y a mediocrizar, a quitarle filo al tallerista y a convertirlo en alumno permanente. Sometes una novela corta a un taller y te la celebran, luego caminas trescientos metros y la sometes a otro y te dicen que no sirve, que vuelvas a empezar. No hay ley, mano.
         Respecto a la vinculación de la creación con la academia… volvería a formular la misma tesis. En un primer momento enriquece; te obligan a leer ciertas cosas, te ordenan, te ayudan a adquirir cierto rigor y cierta disciplina, te ayudan a practicar cosas que no quieres pero que pueden ser útiles. Ejercicios, juegos, construcciones. Llenas la papelera. Nunca mejor usada la palabra ejercicio. Llega un momento en que son peligrosísimos. Porque te pueden perpetuar en una posición de la que hay que sacudirse. Te pueden idiotizar. Porque el escritor tiene que construir algo que jamás le dará la academia: la autocrítica. La autocrítica no puede ser sustituida por la crítica. Es un instrumento de trabajo, de todos los días, decisivo. Todos los días está detrás de tu oreja un enano japonés que te dice: “¡mamón!, quítale ese punto, basta ya, hombre, deja que corra la frase.” “¡Mamón!, eso es un lugar común, pendejo, no vuelvas a usar asociadas palabras como bello atardecer, ¡o te fusilo!” Ese enano japonés que tiene el escritor bien adentro tienes que cultivarlo.
         Si yo soy uno de los máximos defensores de la idea de que la literatura es un hecho social que se produce cuando alguien llamado escritor se encuentra con alguien llamado lector de una manera repetida en una sociedad comunicante, también soy un extremado defensor de la creación como un acto de fantasmas, demonios y soledades. Diferenciando así creación de literatura.

- Maliciosamente he tratado de hacerlo hablar mal de algún escritor, como para seguir alimentando lo que Villoro en una entrevista a Fernando Vallejo llamó, “Los chismes sobre las vanidosas potestades de la república de las letras”. Pero no conseguí nada. ¿Política o accidente en esta entrevista?

Suelo no desperdiciar mi tiempo hablando mal de la gente. Hay gente que no me gusta. Que no me gusta como persona o que no me gusta como escritor. Hay unos que leo y otros que no. No tengo obligaciones, no siento que tenga obligaciones. No tengo por qué leerlos a todos. Hay gente que no me gusta y me creo una distancia. A veces me equivoco. Hice algunas cosas vergonzosas. No me arrepiento, pero he corregido. Por ejemplo, el día que Borges, a mitad de los años setentas, salió a decir que los militares eran unos caballeros, todos mis libros de Borges los saqué y los tiré por la ventana. Un amigo mío que pasaba, se llamaba Tomás, tocó el timbre y dijo: “¿tienes más?, ¡tira más! ¡Kafka también!” Bien, los tiré todos. Me quedé sin Borges. Viejito canalla… viejito canalla hijo de puta. Arrogante, aristocratizante… su idea de la novela policíaca me toca los cojones. Y sin embargo, con esa lucidez… entonces, estando en Buenos Aires decidí que era hora de reconciliarme. No con el Borges canalla sino con el otro Borges. Y me reconcilié, compré de nuevo un libro de él. En general no pierdo el tiempo hablando de los libros que no me gustan o de los autores que no me interesan, o de los autores que personalmente me repugnan. Dedico mejor mi tiempo al intercambio de información, al elogio. A fomentar “La República Democrática de los Lectores”. Eso sí. Porque me parece alucinante que recomiendas un libro y ese dato vuelve, tarde o temprano.



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