Entrevista a Paco Ignacio Taibo II : Juan Álvarez (Colombia)
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En la música existe una noción por muchos años venerada. La noción de “oído absoluto”. Oído absoluto tiene un muy reducido grupo de seres humanos (privilegiados sin lugar a dudas), quienes una vez enterados de los mínimos códigos del lenguaje musical, son capaces de decirte, 100 veces de 100, la nota exacta que tocas en un piano afinado. Existe, sin embargo, otro grupo de seres humanos, quienes comparten una variante del oído absoluto. Son aquellos con la capacidad de reconocer un “La” desafinado para, sintonizados a la altura del desafinamiento, acompañar la banda sin desentonar por afinar correctamente.
         De esta clase de hombres es Paco Ignacio Taibo II, un tipo generoso que fomenta “La República Democrática de Lectores”, organización no gubernamental y transnacional dedicada a repartir consejos de lectura por todas partes y en todos los idiomas posibles. Dentro de este encuentro alucinado con el exdirector de la asociación internacional de novelistas policíacos, una serie de nombres resaltaron que consideramos deben compartirse con los lectores de El Malhechor Exhausto: Philip J. Farmer y su pentalogía Riverworld; Howard Fast y su revolución de la novela histórica, Spartacus; Roger Simon, cualquier cosa de él.


Del mundo literario y sus peligros

- ¿Tiene una lista, escrita o mental, de los libros que nunca escribirá, no tanto por no querer hacerlo como por saber (o pensar) que no podrá?

Guau… No, no tengo esa lista. Ni la voy a hacer ni la quiero hacer ni quiero oír hablar de ella. Esa es la típica lista que me estropearía la felicidad de escribir. No. Tengo una lista de los libros que algún día escribiré… Porque son archivos míos en mi computadora. Y entonces tarde o temprano los iré matando. Y luego tengo nombres. Tengo nombres grandilocuentes: La gran, y total, y absoluta novela de aventuras. Y supongo que lo tengo porque es una especie de perversión: Si le pones título a la película luego la tienes que filmar, ¿no? Porque además, me gustan las intenciones aunque luego no se concreten. Pero jamás se me ocurriría hacer una lista de lo que no puedo hacer. Conozco mis limitaciones. Hay cosas que sé que hago muy mal. Uno debe conocerse y trabajar en lo que puede explotar y disfrutar.

- ¿Existe hoy en día algo como La literatura latinoamericana? Más allá del accidente geográfico, quiero decir. Y de ser así, ¿aventuraría rasgos que hablen de ella?

Como noción totalizante creo que no. Existe, dentro de los escritores latinoamericanos, ciertas tendencias identificables. En los últimos años percibo un retorno a la pasión por contar, sin enredarse en la esquizofrenia de mostrar las costuras. Creo que volvemos a la literatura que cuenta, de dragones y castillos. La manera de contarlas no se puede volver más importante que la necesidad de contarlas. Hay una enorme necesidad, hoy en día, de contar Latinoamérica. Es vital hacerlo. Incluso, la literatura se está convirtiendo en fuente de información. En una fuente más confiable y legítima que la prensa inmediatista. La novela es el comunicador por excelencia para conectar el mundo con la comunidad. Esa es una visión tradicional, si quieres, pero urgente también. Todo esto estaba también en el Boom, aunque después estuviese de capa caída, en un periodo en el que se volvió una especie de literatura ocultista o reiterativa.

- ¿Cuál es la opinión entorno a su obra que más valora?

Soy mi único lector antes de que se impriman. Lamentablemente… Y luego mis editores no me dicen nada. Dicen: “Interesante”. Me cago en tu madre, ¿cómo que interesante?, ¿nada más interesante? Mi familia hace comentarios, pero muy parcos. Son terribles, muy duros conmigo, nada condescendientes. Entonces la verdad es que la primera oleada crítica que me da una idea de si el libro funcionó y cómo, llega en los primeros meses de haberse publicado a través de los primeros encuentros con los lectores. Ahí comienzas a sentir el calor de si el libro funcionó o no y cómo, cómo está siendo leído. Es un fenómeno que se produce cuando alguien llamado escritor conoce alguien llamado lector, y cuando este lector tiene la posibilidad de, socialmente, interactuar en ese libro con otros que también lo han leído. La literatura opera en el terreno de la sociedad. Eso es la literatura. Y no hay que confundirla con el acto de creación. El acto de creación, de producción literaria, es él sí un acto de soledad: escritor, demonios, etcétera. Ya está excesivamente dicho y excesivamente narrado el acto de creación. Yo creo que son dos cosas que hay que tener cuidado de no confundir. Una cosa es el concepto de bohemia y otro el de literatura, que es un acto social, insisto.

- ¿Qué significa ser uno de los escritores mexicanos más leídos de su tiempo, si se tiene en cuenta, por ejemplo, que Octave Feuillet era el autor más leído de su época en Francia y hoy nadie sabe quién es?

¿Quien es Octave Feulliet?

[Risas]

La regla no es una regla calificante o descalificante. Es una regla incidental. Hay algunos escritores que coinciden con su país, o con su tiempo, con su momento. Hay otros que no lo hacen y que tienen que ser rescatados años después por geografías más lentas. No, no es síntoma de nada. Es una condición que te permite, básicamente, seguir escribiendo. Si te leen, te mantienen. Es una relación muy generosa, y muy sana. Que te ayuda además a contribuir con el mundo cultural.
         Yo lo pondría en términos muy sencillos. El que te lean mientras estás vivo y que tus lectores te saluden y te den palmadas en la espalda y le pongan el nombre de uno de tus personajes a su hijo, es un acto de gasolina… de gasolina ideológica. Es el ansiado y voluntario encuentro entre el que escribe y sus lectores. Eso no hace mi literatura más grande o más pequeña. Simplemente tengo esa fortuna: haber encontrado, en vida, y relativamente joven, a muchos de mis lectores. Porque, entre otras cosas, me permitió la libertad económica para escribir los libros que me ha dado la gana. Mis lectores me mantienen para que yo escriba lo que quiero. ¡Para mí es buenísimo!…. Mi padre dice de vez en cuando, “hijo mío, debemos estar engañando a alguien, porque nos pagan para escribir”. Y es cierto, es glorioso, es el ajuste entre tu oficio y la posibilidad de ejercerlo con libertad. ¿No? Pero eso no hace mis libros mejores ni peores. Muchos escritores no encontraron en vida, o en tiempo, o en geografía, a sus lectores, hasta muchísimo después. Muchos escritores escribieron para lectores que todavía no existían y que habrían de aparecer en el futuro. Muchos escritores escribieron para pequeños grupos de lectores, o para grandes. No creo que deberíamos volverlo algo excesivamente importante. Tengo para mí, insisto, la enorme suerte de haber encontrado relativamente joven y en vida, a mis lectores, y eso me ha permitido ser un escritor profesional.

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