En la música existe una noción por muchos años
venerada. La noción de “oído absoluto”.
Oído absoluto tiene un muy reducido grupo de seres humanos
(privilegiados sin lugar a dudas), quienes una vez enterados de
los mínimos códigos del lenguaje musical, son capaces
de decirte, 100 veces de 100, la nota exacta que tocas en un piano
afinado. Existe, sin embargo, otro grupo de seres humanos, quienes
comparten una variante del oído absoluto. Son aquellos
con la capacidad de reconocer un “La” desafinado para,
sintonizados a la altura del desafinamiento, acompañar
la banda sin desentonar por afinar correctamente.
De esta
clase de hombres es Paco Ignacio Taibo II, un tipo generoso que
fomenta “La República Democrática de Lectores”,
organización no gubernamental y transnacional dedicada
a repartir consejos de lectura por todas partes y en todos los
idiomas posibles. Dentro de este encuentro alucinado con el exdirector
de la asociación internacional de novelistas policíacos,
una serie de nombres resaltaron que consideramos deben compartirse
con los lectores de El Malhechor Exhausto: Philip J. Farmer y
su pentalogía Riverworld; Howard Fast y su revolución
de la novela histórica, Spartacus; Roger Simon, cualquier
cosa de él.
Del mundo literario y sus peligros
- ¿Tiene una lista, escrita
o mental, de los libros que nunca escribirá, no tanto por
no querer hacerlo como por saber (o pensar) que no podrá?
Guau… No, no tengo esa lista. Ni
la voy a hacer ni la quiero hacer ni quiero oír hablar
de ella. Esa es la típica lista que me estropearía
la felicidad de escribir. No. Tengo una lista de los libros que
algún día escribiré… Porque son archivos
míos en mi computadora. Y entonces tarde o temprano los
iré matando. Y luego tengo nombres. Tengo nombres grandilocuentes:
La gran, y total, y absoluta novela de aventuras. Y supongo que
lo tengo porque es una especie de perversión: Si le pones
título a la película luego la tienes que filmar,
¿no? Porque además, me gustan las intenciones aunque
luego no se concreten. Pero jamás se me ocurriría
hacer una lista de lo que no puedo hacer. Conozco mis limitaciones.
Hay cosas que sé que hago muy mal. Uno debe conocerse y
trabajar en lo que puede explotar y disfrutar.
- ¿Existe hoy en día
algo como La literatura latinoamericana? Más allá
del accidente geográfico, quiero decir. Y de ser así,
¿aventuraría rasgos que hablen de ella?
Como noción totalizante creo que
no. Existe, dentro de los escritores latinoamericanos, ciertas
tendencias identificables. En los últimos años percibo
un retorno a la pasión por contar, sin enredarse en la
esquizofrenia de mostrar las costuras. Creo que volvemos a la
literatura que cuenta, de dragones y castillos. La manera de contarlas
no se puede volver más importante que la necesidad de contarlas.
Hay una enorme necesidad, hoy en día, de contar Latinoamérica.
Es vital hacerlo. Incluso, la literatura se está convirtiendo
en fuente de información. En una fuente más confiable
y legítima que la prensa inmediatista. La novela es el
comunicador por excelencia para conectar el mundo con la comunidad.
Esa es una visión tradicional, si quieres, pero urgente
también. Todo esto estaba también en el Boom, aunque
después estuviese de capa caída, en un periodo en
el que se volvió una especie de literatura ocultista o
reiterativa.
- ¿Cuál es la opinión
entorno a su obra que más valora?
Soy mi único lector antes de que se impriman. Lamentablemente…
Y luego mis editores no me dicen nada. Dicen: “Interesante”.
Me cago en tu madre, ¿cómo que interesante?, ¿nada
más interesante? Mi familia hace comentarios, pero muy
parcos. Son terribles, muy duros conmigo, nada condescendientes.
Entonces la verdad es que la primera oleada crítica que
me da una idea de si el libro funcionó y cómo, llega
en los primeros meses de haberse publicado a través de
los primeros encuentros con los lectores. Ahí comienzas
a sentir el calor de si el libro funcionó o no y cómo,
cómo está siendo leído. Es un fenómeno
que se produce cuando alguien llamado escritor conoce alguien
llamado lector, y cuando este lector tiene la posibilidad de,
socialmente, interactuar en ese libro con otros que también
lo han leído. La literatura opera en el terreno de la sociedad.
Eso es la literatura. Y no hay que confundirla con el acto de
creación. El acto de creación, de producción
literaria, es él sí un acto de soledad: escritor,
demonios, etcétera. Ya está excesivamente dicho
y excesivamente narrado el acto de creación. Yo creo que
son dos cosas que hay que tener cuidado de no confundir. Una cosa
es el concepto de bohemia y otro el de literatura, que es un acto
social, insisto.
- ¿Qué significa ser
uno de los escritores mexicanos más leídos de su
tiempo, si se tiene en cuenta, por ejemplo, que Octave Feuillet
era el autor más leído de su época en Francia
y hoy nadie sabe quién es?
¿Quien es Octave Feulliet?
[Risas]
La regla no es una regla calificante o descalificante. Es una
regla incidental. Hay algunos escritores que coinciden con su
país, o con su tiempo, con su momento. Hay otros que no
lo hacen y que tienen que ser rescatados años después
por geografías más lentas. No, no es síntoma
de nada. Es una condición que te permite, básicamente,
seguir escribiendo. Si te leen, te mantienen. Es una relación
muy generosa, y muy sana. Que te ayuda además a contribuir
con el mundo cultural.
Yo lo pondría
en términos muy sencillos. El que te lean mientras estás
vivo y que tus lectores te saluden y te den palmadas en la espalda
y le pongan el nombre de uno de tus personajes a su hijo, es un
acto de gasolina… de gasolina ideológica. Es el ansiado
y voluntario encuentro entre el que escribe y sus lectores. Eso
no hace mi literatura más grande o más pequeña.
Simplemente tengo esa fortuna: haber encontrado, en vida, y relativamente
joven, a muchos de mis lectores. Porque, entre otras cosas, me
permitió la libertad económica para escribir los
libros que me ha dado la gana. Mis lectores me mantienen para
que yo escriba lo que quiero. ¡Para mí es buenísimo!….
Mi padre dice de vez en cuando, “hijo mío, debemos
estar engañando a alguien, porque nos pagan para escribir”.
Y es cierto, es glorioso, es el ajuste entre tu oficio y la posibilidad
de ejercerlo con libertad. ¿No? Pero eso no hace mis libros
mejores ni peores. Muchos escritores no encontraron en vida, o
en tiempo, o en geografía, a sus lectores, hasta muchísimo
después. Muchos escritores escribieron para lectores que
todavía no existían y que habrían de aparecer
en el futuro. Muchos escritores escribieron para pequeños
grupos de lectores, o para grandes. No creo que deberíamos
volverlo algo excesivamente importante. Tengo para mí,
insisto, la enorme suerte de haber encontrado relativamente joven
y en vida, a mis lectores, y eso me ha permitido ser un escritor
profesional.