Esferas de semen, esferas de silencio: Martín Cervetto
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           -Nada, es que hace como tres días que no duermo. Supongo que debe ser eso.
           -¿Y por qué? –lo mira preocupada, con una preocupación sincera.
           -No sé...
           -Anda ven, ya no tomes, ven, recuéstate aquí, a mi lado. Vamos a apagar este televisor que ya            me dio dolor de cabeza.

Lo agarra de la mano, lo lleva hacia ella, hacia la cama, le acaricia el pelo.

           -Me encanta tu pelo. Ven, abrázame, relájate un poquito ¿por qué estas tan tenso?

La abraza, trata de quererla, pero su pelo huele todavía a salchipapas del Norki’s.

           -¿Qué tienes? Cuéntame

Su cuerpo es pálido y largo. Su blusa entreabierta deja al descubierto un seno de niña.
No está tan mal, podría ser peor, pero a él le da igual.

           -¿Por qué lloras?
           -...
           -Cuéntame ¿por qué lloras?

Lo mira con una ternura que no sentía desde hace mucho por nadie. Lo deja llorar, desahogarse, lo acaricia, comienza a sentir algo por él.

           -Miguelo escúchame, escúchame, ¿te puedo hacer una pregunta?
           -...
           -Miguelo, mírame, ¿qué quieres de mí?

La mira, se seca las lágrimas, duda. Se atreve finalmente.

           -Quiero que me saques el semen
           -¿Que te saque el semen? –pregunta con afectación, modulando demasiado la voz. Como en una            telenovela mexicana.
           -Sí, porfa.
           -¿Y cómo quieres que te lo saque? – sonriente con una sonrisa confusa, polisémica.

Se para, respira.

           -Esas son huevadas, al mundo lo controla el Espíritu. El semen es sólo una de sus            manifestaciones inferiores.
           -Richi, tú sabes que a mí Hegel me da igual.
           -Es que tú paras arrecho pues huevón.

Se baja el pantalón sin mirarla. Se baja el calzoncillo. Se agarra con una mano el pene flácido y con la otra tira con fuerza de los testículos hacia abajo.
           -En el bolsillo de mi mochila hay una navaja con mango de marfil. Tráela para que cortes esta            huevada
            –le dice señalándole con el dedo índice la estrecha capa de escroto que separa los testículos del            pene; el semen, del resto del universo.

           -Ja, ja, ja.... Puta que tú cada día estás más loco. Qué cague de la risa, así que le pediste que te            corte los huevos...eso tenemos que ponerlo en el libro de Los Hechos de los Canallas.

Afuera los autos iluminan el Parque Kennedy haciéndome sentir vivo. Eso es lo que me gusta del Haití.

           -Ya me imagino la cara que puso. ¿Y qué, cómo así se desmayó?
           -No sé. Primero comenzó a llorar. Luego se desmayó.
           -¿Y ya no la has vuelto a ver?
           -No. Luego de caminar unas cuadras, pensé en regresar, pero el frío me había hecho sentirme un            poco mejor, así que seguí caminando nomás.
           -Y te lateaste toda la Arequipa.
           Sí. Cuando llegué a mi jato ya era de día. Me puse a ver Los Picapiedras y me quedé dormido.

Richi ha dejado un momento de fumar, de sonreír. Ha clavado sus ojos sobre los míos. Su luz es más fuerte que la de los carros, que la de las gringas. Creo que va a decir algo. Me cuesta sostenerle la mirada.

           -Conserva esas esferas, no sabes cuándo las vas a necesitar.


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