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-Nada,
es que hace como tres días que no duermo. Supongo que debe
ser eso.
-¿Y
por qué? –lo mira preocupada, con una preocupación
sincera.
-No
sé...
-Anda
ven, ya no tomes, ven, recuéstate aquí, a mi lado.
Vamos a apagar este televisor que ya me
dio dolor de cabeza.
Lo agarra de la mano, lo lleva hacia
ella, hacia la cama, le acaricia el pelo.
-Me
encanta tu pelo. Ven, abrázame, relájate un poquito
¿por qué estas tan tenso?
La abraza, trata de quererla, pero su pelo
huele todavía a salchipapas del Norki’s.
-¿Qué
tienes? Cuéntame
Su cuerpo es pálido y largo. Su blusa
entreabierta deja al descubierto un seno de niña.
No está tan mal, podría ser peor, pero a él
le da igual.
-¿Por
qué lloras?
-...
-Cuéntame
¿por qué lloras?
Lo mira con una ternura que no sentía
desde hace mucho por nadie. Lo deja llorar, desahogarse, lo acaricia,
comienza a sentir algo por él.
-Miguelo
escúchame, escúchame, ¿te puedo hacer una pregunta?
-...
-Miguelo,
mírame, ¿qué quieres de mí?
La mira, se seca las lágrimas, duda.
Se atreve finalmente.
-Quiero
que me saques el semen
-¿Que
te saque el semen? –pregunta con afectación, modulando
demasiado la voz. Como en una telenovela
mexicana.
-Sí,
porfa.
-¿Y
cómo quieres que te lo saque? – sonriente con una sonrisa
confusa, polisémica.
Se para, respira.
-Esas
son huevadas, al mundo lo controla el Espíritu. El semen
es sólo una de sus manifestaciones
inferiores.
-Richi,
tú sabes que a mí Hegel me da igual.
-Es
que tú paras arrecho pues huevón.
Se baja el pantalón sin mirarla. Se
baja el calzoncillo. Se agarra con una mano el pene flácido
y con la otra tira con fuerza de los testículos hacia abajo.
-En
el bolsillo de mi mochila hay una navaja con mango de marfil. Tráela
para que cortes esta huevada
–le dice señalándole con el dedo índice
la estrecha capa de escroto que separa los testículos del
pene;
el semen, del resto del universo.
-Ja,
ja, ja.... Puta que tú cada día estás más
loco. Qué cague de la risa, así que le pediste que
te corte
los huevos...eso tenemos que ponerlo en el libro de Los Hechos de
los Canallas.
Afuera los autos iluminan el Parque Kennedy
haciéndome sentir vivo. Eso es lo que me gusta del Haití.
-Ya
me imagino la cara que puso. ¿Y qué, cómo así
se desmayó?
-No
sé. Primero comenzó a llorar. Luego se desmayó.
-¿Y
ya no la has vuelto a ver?
-No.
Luego de caminar unas cuadras, pensé en regresar, pero el
frío me había hecho sentirme un poco
mejor, así que seguí caminando nomás.
-Y
te lateaste toda la Arequipa.
Sí.
Cuando llegué a mi jato ya era de día. Me puse a ver
Los Picapiedras y me quedé dormido.
Richi ha dejado un momento de fumar, de sonreír.
Ha clavado sus ojos sobre los míos. Su luz es más
fuerte que la de los carros, que la de las gringas. Creo que va
a decir algo. Me cuesta sostenerle la mirada.
-Conserva
esas esferas, no sabes cuándo las vas a necesitar.

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