Permítasenos
destacar aquí el trato que César Ávalos brinda
al lenguaje en su aventura creadora: su arte es voluntad, voluntad de
forma, porque es voluntad de duración que cuando la percibimos
ante la tentación del desgaste o de convertirse en formula o
ritual artificial inventa otra: verso libre o poema visual, extenso
o breve, todas las formas y metros son medios para traspasar mezquinas
fronteras. Las bases del Solar, cuidadosamente erigido por el poeta,
proyectan moradas nocturnas, oscuras—en un sentido próximo
al de San Juan de la Cruz y su Noche oscura del alma en su reelaboración
eielsoniana de la Noche oscura del cuerpo— carentes de la luz
corriente, pero iluminadas por la luz de la sed de Absoluto.
Sus visiones crean,
descrean y recrean, a la vez, espacios para sensaciones enfrentadas
al drama de vivir o, en términos más caros al poeta, per-vivir,
con visiones ora intimistas y melancólicas, ora objetivistas
y dramáticas del entorno. Estas visiones que tienen como base
la experiencia cotidiana, son solares que no solo aluden a residencias
sino, en la mayoría de los casos, a refugios poéticos
delirantes frente al mundo de afuera. Ello, consideramos, nos da como
consecuencia, en un sentido riguroso, un escepticismo lindante con el
nihilismo por la actitud del yo poético de muchas de sus composiciones.
En su labor, el primer
paso que da el poeta hacia la creación o invención de
una forma es el de una mimesis a ultranza a través de las experiencias
de César Ávalos, “el que sobre-vive”, poniéndose
tan intensamente al unísono con las vivencias de hombres de nuestro
tiempo y a la vez rehuyéndolas a través de la experiencia
de César Ávalos “el que escribe”, sublimizando
conflictos que golpean, dañan y se acercan inevitablemente a
re-crear minuciosamente nuestros actos y proferimientos lo haya querido
o no. Sus composiciones nos asoman al cielo de Lima, a las calles, parques
y plazas, al amanecer de las criaturas nocturnas, sus versos se nutren
de su atmósfera y retornan a la intimidad del solar, la residencia,
la casa, la morada de la poesía en las que su insaciable angustia
de amor queda impresa en nosotros como heridas y cicatrices en bellas
y pavorosas imágenes. Bello conflicto que nos perturba en nuestra
experiencia como lectores pero que es tolerable solo por el arte del
poeta. Lo arduo aquí resulta de crear o re-crear deliberadamente
o no lo que en nosotros es experiencia muchas veces negada: el desconcierto,
la fragilidad, el miedo, la soledad. Cómo no emocionarnos con
la habilidad del poeta para dar voz a sensaciones, sentimientos y pensamientos
tan distintos de los que estamos acostumbrados a tener de golpe y sin
embargo, por la magia verbal del creador, aparecen tan nuestros y cotidianos.
Una acotación pertinente: Solar figura una especie de diario
—aún rudimentario— al que se le ha quitado las indicaciones
escrupulosamente cronológicas y espaciales, estamos ante una
especie de Diario de Poeta (al estilo de Martín Adán),
desinteresado de las anotaciones biográficas, registro perpetuo
de un César Ávalos que está en vías de romper
con las ataduras cotidianas y, por momentos, se consagra a vivir en
trance de Poesía.
El reto del poeta asumido
por César Ávalos de convertirnos en habitantes del inhabitable
solar de la Poesía, coloca nuestro sentido contemporáneo
de lo poético, nuestros presupuestos (a menudo incuestionados
e inconmovibles), sobre la utilización válida o espuria
del lenguaje figurado, como una negación deliberada de ideales
efímeros y pasajeros de fines de siglo y de comienzos del que
se inicia. Y aquí está en juego algo más que un
cambio de moda, algo más que la aceptación por la crítica
periodística y la crítica académica de un canon
de poesía. Sus vivencias quisieran contener, desenredar, la crudeza
y el desorden de sentimientos que el yo poético alcanzaría,
pero que son inalcanzables. Están empeñadas en dar forma
estética a su perpleja y turbulenta emoción. Pero al mismo
tiempo se encuentran tan abiertamente involucradas en la situación
que no dejan de ser transparentes las pretensiones de sus valoraciones
mundanas y terrenales como las nuestras.
Pero no caigamos ante el engañoso tono interno, urbano y civil
de las composiciones de César Ávalos. Su mundo, el mundo
de sus poemas, de cada poema es radicalmente lingüístico:
toda su realidad está codificada en una lengua característica,
original e intransferible. Todo lo que está fuera del código
va más allá de lo que el poeta considera la “vida
en poesía”. Pero con todo las ilaciones poéticas
del tiempo y el lugar han sido conflictivamente y bellamente establecidas
con otras esferas —la erótica y la subconsciente—.
Pero mucha atención: la fe absoluta en la palabra poética
puede significar la ausencia del mundo. Recordemos que la edificación
de este Solar de papel es una transfiguración de la residencia
terrestre. Es la suplantación de la morada terrenal por la de
extramuros y extramares.
Para nosotros nada es
tan arduo de precisar como los valores y armonías de textos en
apariencia “neutral” y cuyo estilo no ofrece en principio,
ninguna novedad para el especialista. Pero la lectura de los poemas
que integran Solar constituye un acto múltiple de interpretación
apenas esbozado, o bien ni siquiera concientemente reconocido. Como
invitamos a constatar en esta travesía hay casos de movimiento
suspendido o severamente atenuado, pero también de movimiento
rápido y acelerado. Nuevas imágenes y palabras aparecen
a medida que las viejas son relegadas al olvido. Las
convenciones gramaticales son alteradas por la presión del uso
idiomático o por las disposiciones y reglamentos culturales y
estos a su vez por toda la poderosa voluntad del ser humano. El lenguaje
nos muestra, como el amor, que no tiene restricciones, todo le está
permitido y lo que es tabú no deja de ser evanescente. En un
plano más profundo, las proporciones e intensidades relativas
de lo dicho y lo no dicho se alteran y se modifican. Tema absolutamente
central, aunque mal entendido y peor vivido. No conocemos ninguna respuesta
general y no hay razón alguna para suponer que exista.