“Nadie hablará
de nadie
Sólo el poema en su naufragio aguardará en la ventana”
César Ávalos “Vuelta”
Solar
(Lima, 2002), es el título de la plaqueta que hoy pone en nuestras
manos César Ávalos (Lima, 1969). Comencemos señalando
que Solar no solo sugiere lo relativo al Sol, sino también, como
hace ver Maynor Freyre en sus agudas palabras de presentación,
alude a casa. Reparemos que es en este último sentido que, en
la tradición poética peruana, el término alcanza
plenitud verbal significativa en obra de consagrados escritores como
Martín Adán y su Casa de cartón aludiendo, desde
el título, a morada, estancia, residencia o lugar donde se habita,
pero esta casa es, como la de cartón, asociable al papel, canal
o medio de transmisión por excelencia, hasta hoy, de la literatura.
Solar, residencia de papel transfigurada por la imaginación del
poeta. Y este Solar de César Ávalos es, qué duda
cabe, residencia y morada de la poesía. De una poesía
ya conocida por nosotros, pero nueva a la vez.
Conocida porque es parte
de la aventura humana —sus anhelos, pasiones, excesos, iluminaciones—
que se continúa en esta poesía, pero nueva porque los
interlocutores ya no son los mismos, han cambiado. La antigua naturaleza
desaparece: en su lugar la ciudad con su individualizada, mercantilizada
e industrializada cultura. Dramático cambio de realidad. El ser
humano ya no se comunica con el universo; está insertado en la
selva urbana, industrial inmensa y gris. Solo en la muchedumbre o mejor
será decir en una muchedumbre de solitarios, porque su soledad
es la de millones como él, es nuestra soledad.
Es en esta presencia
donde ven la luz las composiciones de Solar. Un solar singular este
que nos opone al inexistente sol radiante de Lima una visión
espeluznante de una experiencia urbana fundamentalmente nocturna, triste,
opaca, apastelada, acuartelada, abigarrada, quieta, ebria, delirante,
aumentando el horror de la angustia que de por sí provoca, en
muchos, esta ciudad. En ese sentido las composiciones de Solar se inscriben
en la línea de Sebastián Salazar Bondy que apropiándose
de una expresión de —otro César en nuestra poesía—
César Moro la denomina “la horrible”, desmitificando
a la “ciudad jardín” que goza de “una eterna
primavera” (Hipólito Unánue) o aquella que la supone
caldeada por el Sol (Luis Loayza) con su puente, río y alameda
exaltadas por Chabuca Granda. Horrible sobre todo por la idiosincrasia
criolla y sus pretensiones nostálgicas de las “grandes
familias” deseosas de mantener un orden injusto a espaldas del
Perú (Manuel González Prada), pero también por
su arquitectura deleznable cuando no fea (contrapuesto a los elogios
en la línea de lo que Luis Alberto Sánchez apodó
“perricholismo” y Salazar Bondy “Arcadia colonial”)
y artificial llena de refinamiento tóxico —el César
de nuestra poesía, Cesar Vallejo, recordemos, compara Lima como
la Bizancio donde se “asfixia”— por conducir a la
pérdida de la pureza y espontaneidad.
A veces, pues, Lima
nos recuerda que designa a una fruta; otras, a esa áspera herramienta
que corroe las cosas. En los mejores casos, evitando los extremos a
favor o en contra, nos remite a su etimología indígena,
que la vincula al oráculo del valle “hablador”, tornándose
símbolo de la vida nacional.
Otro tanto ocurre con
las composiciones que integran Solar de César Ávalos.
Su palabra poética exalta finos matices y contrastes que nos
intrigan y emocionan. Reparemos en que la invención de imágenes,
en su poesía, es un rito de la palabra y por la palabra con una
ardua y respetuosa, compresiva y tolerante, posesiva y egoísta
actitud que es una de las virtudes que nos asombra gratamente en los
poemas de Solar. Sabemos que en el centro de la creación de César
Ávalos la devoción a la palabra ocupa un papel esencial.
Y la palabra en su emisión y/o recepción articula sonidos
plenos de ternuras y temores que traducen la experiencia del hombre
en su tiempo y espacio. Pero en este Solar percibimos, caso curioso,
una sensación de desenfado, irreverencia y antipoesía
a pesar del esmerado empleo de la norma lingüística.