Un nuevo y singular Solar para la palabra poética por David Abanto Aragón
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“Nadie hablará de nadie
Sólo el poema en su naufragio aguardará en la ventana”
César Ávalos “Vuelta”

        Solar (Lima, 2002), es el título de la plaqueta que hoy pone en nuestras manos César Ávalos (Lima, 1969). Comencemos señalando que Solar no solo sugiere lo relativo al Sol, sino también, como hace ver Maynor Freyre en sus agudas palabras de presentación, alude a casa. Reparemos que es en este último sentido que, en la tradición poética peruana, el término alcanza plenitud verbal significativa en obra de consagrados escritores como Martín Adán y su Casa de cartón aludiendo, desde el título, a morada, estancia, residencia o lugar donde se habita, pero esta casa es, como la de cartón, asociable al papel, canal o medio de transmisión por excelencia, hasta hoy, de la literatura. Solar, residencia de papel transfigurada por la imaginación del poeta. Y este Solar de César Ávalos es, qué duda cabe, residencia y morada de la poesía. De una poesía ya conocida por nosotros, pero nueva a la vez.
        Conocida porque es parte de la aventura humana —sus anhelos, pasiones, excesos, iluminaciones— que se continúa en esta poesía, pero nueva porque los interlocutores ya no son los mismos, han cambiado. La antigua naturaleza desaparece: en su lugar la ciudad con su individualizada, mercantilizada e industrializada cultura. Dramático cambio de realidad. El ser humano ya no se comunica con el universo; está insertado en la selva urbana, industrial inmensa y gris. Solo en la muchedumbre o mejor será decir en una muchedumbre de solitarios, porque su soledad es la de millones como él, es nuestra soledad.
        Es en esta presencia donde ven la luz las composiciones de Solar. Un solar singular este que nos opone al inexistente sol radiante de Lima una visión espeluznante de una experiencia urbana fundamentalmente nocturna, triste, opaca, apastelada, acuartelada, abigarrada, quieta, ebria, delirante, aumentando el horror de la angustia que de por sí provoca, en muchos, esta ciudad. En ese sentido las composiciones de Solar se inscriben en la línea de Sebastián Salazar Bondy que apropiándose de una expresión de —otro César en nuestra poesía— César Moro la denomina “la horrible”, desmitificando a la “ciudad jardín” que goza de “una eterna primavera” (Hipólito Unánue) o aquella que la supone caldeada por el Sol (Luis Loayza) con su puente, río y alameda exaltadas por Chabuca Granda. Horrible sobre todo por la idiosincrasia criolla y sus pretensiones nostálgicas de las “grandes familias” deseosas de mantener un orden injusto a espaldas del Perú (Manuel González Prada), pero también por su arquitectura deleznable cuando no fea (contrapuesto a los elogios en la línea de lo que Luis Alberto Sánchez apodó “perricholismo” y Salazar Bondy “Arcadia colonial”) y artificial llena de refinamiento tóxico —el César de nuestra poesía, Cesar Vallejo, recordemos, compara Lima como la Bizancio donde se “asfixia”— por conducir a la pérdida de la pureza y espontaneidad.
        A veces, pues, Lima nos recuerda que designa a una fruta; otras, a esa áspera herramienta que corroe las cosas. En los mejores casos, evitando los extremos a favor o en contra, nos remite a su etimología indígena, que la vincula al oráculo del valle “hablador”, tornándose símbolo de la vida nacional.
        Otro tanto ocurre con las composiciones que integran Solar de César Ávalos. Su palabra poética exalta finos matices y contrastes que nos intrigan y emocionan. Reparemos en que la invención de imágenes, en su poesía, es un rito de la palabra y por la palabra con una ardua y respetuosa, compresiva y tolerante, posesiva y egoísta actitud que es una de las virtudes que nos asombra gratamente en los poemas de Solar. Sabemos que en el centro de la creación de César Ávalos la devoción a la palabra ocupa un papel esencial. Y la palabra en su emisión y/o recepción articula sonidos plenos de ternuras y temores que traducen la experiencia del hombre en su tiempo y espacio. Pero en este Solar percibimos, caso curioso, una sensación de desenfado, irreverencia y antipoesía a pesar del esmerado empleo de la norma lingüística.

 
 

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