La noche, la gordura y el mal (Fragmento) Por Carmen Ollé
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Hay en la literatura y en el arte signos de aquella bastardía que nos sume en la melancolía. Basta recordar el ensayo de Alejandra Pizarnik (Argentina 1939-1972) sobre la condesa Erzebeth Bathory, aristócrata húngara del renacimiento. Erzebeth Bathory, conocida como la condesa sangrienta, es la versión femenina del marqués de Sade. Solía apresar a sus víctimas entre las jóvenes campesinas del condado, a las que encerraba en su castillo para violar y torturar.
La atracción que la Pizarnik siente por la condesa tiene como base un verso suyo que proviene del poeta expresionista Georg Trakl: "la enamorada de la muerte". Melancólico sadismo que, en su poesía, como en su ensayo, refuerzan la tesis de lo oscuro como una poética del espacio del vampiro.
En la obra de Balthus, pintor francés de origen polaco, el tiempo se detiene en la pubertad de las niñas, perturbadas por la mirada sáfica del otro/a que intenta atraerlas a un espacio encantado que nos deslumbra. En "La lección de guitarra" la maestra ensaya con el cuerpo curvado de la niña manipulando sus partes íntimas, y en "La Recámara", una adolescente desnuda, tendida sobre una cama, es sorprendida por su sirvienta, una enana que tiene asida la cortina de la ventana. Estamos ante atmósferas mórbidas y ambiguas. No sabemos si en "La Recámara" la enana acaba de abrir la cortina o va a correrla, observa bien Ives Bonnefoy. (Bonnefoy 1975, 55)
En ambas pinturas, una música silenciosa calla nuestro asombro y nos introduce en el placer de lo imaginario, placer suave, nostálgico, pero placer al fin.
Durante el siglo XX la muerte se ha asociado siempre al erotismo. La metáfora del orgasmo como una pequeña muerte es casi un lugar común. La muerte como un orgasmo es el reverso de esa metáfora.
En un breve relato de Boris Vian "Los perros, el deseo y la muerte", Eros se vincula a la muerte vía la velocidad y el sacrificio. Slacks, la protagonista, sólo alcanza el placer al volante de un automóvil, corriendo a toda velocidad por las calles del Bronx y atropellando a los perros callejeros.
Sólo en este contexto de velocidad y muerte, Slacks logra el máximo placer. Este se alcanza a través del mal, de lo abyecto, de lo prohibido. Esa tendencia al mal es consecuencia -según Sartre- de la rebeldía ante la sociedad y sus valores. La sociedad al reprimir el deseo ha sellado en lo prohibido la máxima aventura del placer.
El universo clandestino tiene círculos dantescos, cada cual más perverso, más proscrito e irredento. Conforme ingresamos en este abismo sin salida descubrimos que el inmenso atractivo de los cuerpos estriba en darle vuelta a los valores que la sociedad occidental nos impone. La voluptuosidad nos exige, nos demanda otro cuerpo del placer.
Las partes húmedas de los cuerpos, las oquedades oscuras son puertas de entrada que no se limitan a una mirada solamente, son para el otro el viaje hacia lo desconocido.
En un breve relato de Georges Bataille, titulado El pequeño, el ano sirve para sublimar la abyección. La humedad atrae, como la bruma.
Desde Baudelaire y sus Flores del mal (1857), entendimos la presencia del mal, de lo grotesco, de lo horrible como un signo invertido de la belleza, principio de la modernidad.
El volumen de los cuerpos, la sinuosidad de las formas que nos atraen tienen muy poco que ver con los moldes establecidos por la moda. El cuerpo del amor está encerrado en la piel esperando el momento para escapar de su prisión.

Pero el vampiro no es sólo medieval, ha sobrevivido a nuestra era tecnológica. Un caso típico es el del cantante de rock Michael Jackson. Como el conde Drácula, Michael Jackson se alimenta de sangre joven para mantenerse con vida. Las miles de fanáticas del cantante negro norteamericano entran en trance, se desmayan y confiesan a gritos que quisieran morir por su ídolo. La transformación del vampiro equivale a las muchas operaciones a las que se sometió Jackson para transformarse en un híbrido: ni negro ni blanco. Y como Drácula que debe descansar de día en una caja llena de su tierra nativa, Michael Jackson no puede exponerse al sol y se conserva joven en su casa, especie de castillo o fortaleza. Michael tuvo que sufrir la metamorfosis del vampiro para encontrar a Mina, que no es solamente la dulce Wynona Ryder, porque ella es todas las jovencitas del mundo blanco rendidas a sus pies de barro artificial. Su sexualidad salvaje está más en el ritual o en el thriller de sus actuaciones que en la cama; en la ilusión erótica que trastorna a sus espectadoras hasta volverlas lánguidas, inermes, para desaparecer luego en el anonimato, cuando no son arrebatadas en una camilla fuera del espectáculo. El es el vampiro-performer, así como Madonna es Erzebeth Bathori en la perfomance, en todo lo que simula ser transgresivo, sádico, masoquista. Ninfómana, que se vende cara al espectador. En ambos, la melancólica atracción por el abismo es una ilusión, un espejismo de los sentidos, pues jamás tocan ni gozan el cuerpo del amor.

 
 

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