Ya entrado el nuevo milenio es urgente revisar el mal, mito mayor del
quehacer artístico y literario.
En Occidente ha dejado de ser alegoría, ficción, símbolo.
El mal se despide de su aureola romántica e invade la acción
cotidiana a través de negociaciones oscuras.
De la antigua y sublimada perversión las nuevas generaciones
sólo tendrán un vestigio arqueológico en bibliotecas
y archivos, toda vez que el terror y la violencia se han instaurado
en nuestras vidas como redivivo Holofernes.
Es un lugar común asociar la perversión con algún
propósito malévolo que sirva a fines diabólicos
y destructivos. Idea que tiene más de maquiavelismo que de transgresión,
propia de una mente calculadora, fría y no apasionada.
Pero el ser perverso en un sentido moderno, neorromántico, quería
la abyección por sí misma, por una propensión vertiginosa
a la abyección. Se perdía en ella tanto como el místico
se pierde en Dios durante su éxtasis, decía hace varias
décadas Georges Bataille con algo de inocencia. (Bataille 1971,
212). Inocencia en la que quiero instalarme también a lo largo
de este ensayo.
La noche
Siempre me he preguntado por qué la noche es símbolo del
deseo. Hay algo en ella que atrae al vampiro. La leyenda de Drácula
es una metáfora del erotismo. El príncipe Vlad Tepes vive
en función de encontrar a la dulce Mina. Sus crímenes
y crueldades están en función de su pasión. Nada
más romántico que los castillos lóbregos o la catedral
de Nuestra Señora de París.
El romanticismo tiene sus bemoles. Tanto el arcediano enamorado de la
gitana en Nuestra Señora de París
de Víctor Hugo, como el poema de Keats "La belle Dame sans
merci", contradicen el platonismo de Heine y nos entronizan en
lo gótico, en la profundidad de la noche infinita del vampiro.
La juventud eterna de Drácula es el ofrecimiento del cuerpo al
amor-deseo, y su lucha contra el bien significa la revuelta frente a
la definición cristiana del amor como goce divino. La sensualidad
en el vampiro está más cerca de nosotros, hijos bastardos
del cristianismo.
Ernst Fischer en El artista y su época
nos dice que la balada de Keats evoca el aspecto vampírico, destructor,
devorador de la naturaleza: "Venus diabólica, Diana cazadora
y sanguinaria...El Yo se pierde en la sombra de Helena, de la femme
fatale anatemizada por el cristianismo, de la mujer endiablada, de la
sensualidad interpretada como pecado. La reina de los elfos convertida
en vampiro, la naturaleza presa, según la concepción cristiana,
de la maldición del pecado original, se funde con la amante muerta,
la "belle Dame sans merci". ( Fischer 1972, 53-54)
En la nostalgia por la Nada hay un tufo metafísico. Mientras
que la atracción por el abismo significa la conquista de realidades
desconocidas:
Llegaremos en tanto nos abrasa su fuego,
Al fondo del abismo, Cielo, Infierno, ¿qué importa?
Al fondo de los Desconocido para encontrar lo nuevo.
Baudelaire (Fischer 1972, 63)