La noche, la gordura y el mal (Fragmento) Por Carmen Ollé
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El viaje

"¿Quién puede ser tan insensato como para morir sin haber dado, por lo menos, una vuelta a su cárcel?"-dice el joven Zenón el día que salió por primera vez por los caminos. (Yourcenar 1993,197). El deseo de partir y de vagar sin rumbo fijo como el gran sueño, meta imposible en nuestros días que las fronteras se levantan infranqueables para latinoamericanos, africanos y asiáticos.
En una vaga imagen veo a Leonardo da Vinci sobre su caballo rumbo a otra ciudad en busca de nuevos mecenas, lo siguen sus discípulos. También veo al rey de los vagabundos, Arthur Rimbaud, atravesar los Alpes, perderse en canteras ardientes, en las inhóspitas tierras abisinias, para luego regresar moribundo a Marsella. El hombre que vuelve de ese viaje no es él. Casi convertido en un africano, con la piel morena, los pelos crespos y oscuros (sólo conservaba el mismo azul de los ojos, -observa su amigo Delahaye en una entrevista- ese azul de noche de verano-que tanto admiraba Verlaine).
Si es que el viaje nos hace otros, él no era el muchacho de Charleville, tampoco su sombra moribunda, ¿quién era? ¿Acaso los críticos del granuja han logrado revelárnoslo? Ni Daniel Rops, Jacques Riviere, Ives Bonnefoy ni muchos otros lo han conseguido. Por eso no cesa de atraernos. De la misma manera que lo hacen todos los vagabundos. Irse, marcharse, perderse en lo ajeno, y en la lejanía, sin patria, como Diógenes.
Acaso se parezca a la fascinación por la muerte, que es el vacío, que es la nada. El llamado de lo oscuro, la provocación del deseo hacia lo oculto, es otra vez el viaje del vampiro el que ennoblece nuestros corazones viajeros y los vuelve extraños a la rutina, a lo sedentario, a la molicie, a la gordura.

Mi triste corazón babea a popa
Mi corazón cubierto de caporal (tabaco)
Lanzan sobre él chorros de sopa
Mi triste corazón babea a popa
Bajo las trivialidades de la tropa
Que lanza una carcajada general,
Mi triste corazón babea a popa,
Mi corazón cubierto de caporal

escribe Rimbaud a los 17 años (fechado en mayo de 1871, este poema- señala Danero- fue compuesto en Charleville, siendo un anticipo del Barco ebrio, inspirado por las lecturas de libros de viaje. (Danero 1959,80).
Las escapadas de Rimbaud por la campiña francesa hacia a pequeñas ciudades como Charleroi nos trae el olor de las cocinas de la región, de los cálidos cabarets donde el muchacho se enamora.
Al cabaret verde es el soneto sobre la parada en un viaje, marca el movimiento de la espera en un alto del camino.
Fue entonces que pude verlo: pantalones gastados, botines llenos de polvo, pelo crecido y el ansia. Sólo el ansia hizo de él un poeta ambulatorio.

Si comparamos el alto de Rimbaud en el Cabaret Verde y el de Matsuo Basho (Japón, 1644-1694) desentrañamos la esencia del viaje. Basho avanza solitario y dichoso. Lleva sólo una bolsa con lo necesario: tinta y pinceles para escribir, víveres, medicinas una gran capa para guarecerse del frío, un kimono para el descanso. Marguerite Yourcenar dice:" este hombre ambulante viaja no tanto para instruirse o conmoverse como para sufrir...la emoción y el conocimiento en Basho nacen de esa sumisión al acontecimiento o al incidente" (Yourcenar 1993,17).
Rimbaud despierta fascinación en chicos y chicas. Pero puede ser que ella nos abandone también con el siglo que se fue.
Aunque, la belleza de su rostro, de su mirada cínica (la que retrató Fantin-Latour en "El rincón de la mesa") nos aturde y enamora para siempre.

El fin del ritual
Los ojos del búho son grandes y redondos, pero no tan inteligentes como los de la lechuza (inteligencia mitológica, claro), ni tan escrutadores. No sé si los del búho tienen como los de la lechuza un lado sabio, clarividente y otro terrorífico, anunciador de los siniestro. Las dos aves andan siempre confundiéndose como si fuesen una sola.
El amor antes y después, se me ocurre, podría ser representando por estos dos animales nocturnos y rapaces.
El grito estridente de la lechuza y sus ojos brillantes anuncian el deseo. Los del búho, cambiantes, su extinción.
La afición por coleccionar figuras de lechuza explica la inclinación permanente y positiva de reencontrarnos con el amor.
El búho: la fatiga, la declinación, el no va más...
Quien ama a uno no ama a todos, dice Buda. Pero la amada, en un poema de Borges ("Al triste") es, en el fondo, la misma mujer que todos amaron. El poema de Borges explica bien el morir de amor. Y morir también porque hemos perdido el amor.
Sin deseo, sin pasión, atravesamos el desierto en un ómnibus destartalado; calcinados por el sol volvemos a ser el desconocido o la desconocida que retorna al punto de partida. La persona que dejamos atrás extiende su débil sombra, olvidada.
Finalmente estamos otra vez ante el reino de la noche que, para los poetas románticos es el reino del ser, para Novalis el sueño. La noche mística de San Juan, de Meister Eckhart. Octavio Paz habla de la noche precristiana y para los surrealistas era el lugar de los encuentros misteriosos.

Bibliografía
Georges Bataille. 1971. La literatura y el mal, Taurus, España.
Ernest Fischer. 1972. El artista y su época. Editorial Fundamentos, Caracas.
Ives Bonnefoy. "La invención de Balthus". En Plural 42, revista de crítica, arte, literatura.
México 1975, pp.47-55
Marguerite Yourcenar. 1993. Una vuelta por mi cárcel, Alfaguara, España.

 
 

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