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Continuación Fábula de la abeja migratoria.

Ante estas amenazas —y no son las únicas— que acechan la creación debido a sus nexos territoriales, podría no parecer tan descabellada la idea de aspirar a una producción artística dislocada y desterritorializada, a pesar del peligro ya señalado de usar un lenguaje que no es bien comprendido por los contemporáneos del creador. Hay que advertir que el tránsito por esta peligrosa vía es un hecho obligado e ineludible para un número creciente de escritores y artistas que surgen de esa gran masa de emigrantes, exilados, desterrados, desplazados, híbridos, perseguidos y desubicados que permea e invade muchas sociedades actuales. Para ellos, la desterritorialización y el debilitamiento de los significados no es una alternativa por escoger, sino el inevitable punto de partida. Si no queremos ser demasiado pesimistas, podríamos recordar la añeja querella entre tradición y modernidad, que quería encontrar las fuentes de la innovación y de la creatividad. Hace cuatro siglos, Francis Bacon estableció con orgullo que lo nuevo es lo moderno. Para ilustrarlo, acudió a una metáfora: la araña y la abeja representan la oposición entre antiguos y modernos. Diríamos que la araña se arraiga en un territorio y que la abeja es migratoria y nómada. La primera teje redes a partir de la segregación de su propia, y antigua, sustancia tribal o patrimonial. En cambio, la abeja —que es moderna— vuela lejos para recabar nuevos materiales. En cambio Jonathan Swift, en The Battle of the Books, invirtió los términos para exaltar a los antiguos. La abeja sigue siendo la heroína, pero simboliza la antigüedad, pues con sus alas y su zumbido encarna el vuelo poético inspirado, pero es acusada por la araña, dice Swift, de no ser más que un ente vagabundo sin linaje ni herencia. Sería, digamos, una exilada, refugiada o inmigrante. En cambio la araña es moderna, pues es científica y matemática; pero la abeja la desprecia porque, al construir a partir de sí misma, todo lo convierte en excremento y veneno.

Pareciera que Swift tuvo razón, si traemos las metáforas a nuestra época. La odiosa araña neoliberal, informática, patriota y capitalista simboliza el triunfo de la modernidad. Un triunfo, sin embargo, envenenado. Mientras que la abeja migrante, que exalta a los antiguos, vuela sin rumbo, y con su zumbido poético evoca melancólicamente la memoria de su colmena de origen. El problema es que, si aún no está en ruinas su colmena, la abeja que regresa eventualmente para realizar la célebre danza con que solía comunicar a sus semejantes lo que había descubierto, ya no es entendida. Y su zumbido a veces también pierde sentido en su nuevo hábitat.

Para hallar lo nuevo y lo creativo tal vez podríamos observar y seguir a la abeja. ¿Adónde va? ¿Cómo es? ¿Dónde halla la abeja las innovaciones? ¿Cuáles son las fuentes de su creatividad? Ante la formidable implosión de la institucionalidad, le parece importante preservar los espacios de los individuos. Ante la institucionalización de las masas prefiere la rebelión de los individuos, pues con demasiada frecuencia la creatividad individual es atada a fidelidades esenciales, a funciones y estructuras predeterminadas académicamente o a mecanismos de representación nacional, étnica, sexual o religiosa. Los creadores acaban siendo embajadores permanentes o empresarios importadores: trafican con obras y creaciones por vías reglamentadas, con actitudes codificadas y en nombre de instituciones. En la esfera del pensamiento y de la reflexión, la abeja posiblemente busca innovaciones en quienes intentan volver a los grandes problemas, como los que se plantearon los pensadores sociales de los siglos xviii y XIX. Paradójicamente, una vuelta a la Ilustración y al romanticismo —a Rousseau y Marx, a Diderot y Tocqueville— sería un viaje refrescante para la abeja ávida de novedades, sedienta de encontrar formas de arriesgada experimentación y nuevos lenguajes.
Nuestra abeja tiene un comportamiento extraño, pues huye de las colmenas, de las instituciones y de las comunidades. Es individualista, migratoria y detesta echar raíces. No es que no respete las fronteras, sino que las ignora en lugar de transgredirlas. Esta abeja odia la cuantificación o la geometría (especialmente los hexágonos), y es inmensamente erudita. Rechaza el estructuralismo y le fascinan el romanticismo, la filología y la mitología. Mira hacia el siglo XIX pero es exploradora, y gusta de los descubrimientos científicos y técnicos que promete el siglo XXI: romántica e ilustrada al mismo tiempo, vive su contradicción en forma irónica y crítica.

Desde luego, mi exaltación de las atractivas posibilidades de la creación que se hace desde el exilio, el desplazamiento y la diáspora no pretende, en modo alguno, excluir o condenar las expresiones literarias y artísticas profundamente enraizadas en el territorio. Por otro lado, se podrá decir con razón que el elogio del nómada, el forastero y el flâneur no es una novedad que pueda llevar al reemplazo de las formas tradicionales de creación, sino algo ya casi antiguo, simbólicamente representado en la versión de Camus por el extranjero vacío que se rebela ante un contorno absurdo, o por el espectador sin cualidades frente a un mundo enrarecido, evocado por Musil. Además, es muy larga la lista de creadores que surgen del éxodo, del nomadismo, del peregrinar, del exilio o del vagabundeo, desde Paul Gauguin y D.H. Lawrence hasta Julio Cortázar, Leonora Carrington o Gao Xingjian. De hecho, muchos trasterrados han producido una obra de intensas añoranzas y poderosa reivindicación del territorio patrio abandonado. La novedad en el mundo de hoy es el hecho de que los expatriados y emigrantes forman parte de un flujo masivo de dimensiones extraordinarias, un descomunal chorro heterogéneo compuesto no sólo de millones de personas, sino también de innumerables obras, imágenes, ideas, rituales y textos que se derrama un chorro por los intersticios de todas las culturas y sociedades. Este inmenso flujo desemboca en sociedades masificadas tan grandes que no caben ni en la peor pesadilla del filósofo Ortega y Gasset, a quien aterrorizaban ya las masas de principios del siglo XX. Las masas en movimiento de principios del siglo XXI —por su tamaño y por su heterogeneidad— rebasan completamente el malestar existencial y las angustias de los surrealistas y los existencialistas, mientras que las dimensiones del gentío del siglo XX ya habían permitido al mismo Ortega y Gasset exaltar los valores de un puñado de elegidos.

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