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Fábula de la abeja migratoria.
El creador de hoy, inmerso en la masa, puede apretar una tecla de su ordenador conectado a la internet, y aparece una lista de miles de personas que hacen cosas similares a las que él practica. Después hace clic y surge, digamos, una fila larguísima de Elias Canettis merecedores todos de un gran premio. El creador quiere ser original, pero encuentra en el catálogo de las bibliotecas del mundo cientos de miles de libros y artículos dedicados precisamente al tema sobre el cual quiere trabajar, muchos escritos en lenguas que ignora. En este bullir de masas en movimiento, de ideas agolpadas y de multitudes apretadas, los territorios adquieren nuevos significados o pierden sentido. La turba de artistas y escritores, que vive una condición dislocada en exilios voluntarios o involuntarios, tiene, en medio del barullo, ciertas ventajas para sobrevivir y crear nuevas formas de expresión. Tal vez no es el espíritu de experimentación fáustica lo que los lleva a la fragmentación o a rebasar los límites establecidos, sino simplemente las peculiaridades de su vida cotidiana. A veces tengo la impresión de que estos creadores híbridos y migrantes están construyendo inquietantes territorios verticales donde las reglas tradicionales están trastocadas, un altísimo muro donde ellos anidan como abejas descarriadas o, mejor, como una especie mutante de murciélagos melancólicos agarrados firmemente a las grietas, alertas a los rumores que ascienden hasta ellos, pero temerariamente ciegos ante el abismo que se abre debajo. El vértigo aumenta si pensamos que la masa de estos enjambres de trasterrados crece en forma geométrica a cada momento, y entra en estrecho contacto con esas corrientes de fundamentalismos y relativismos, religiosos o étnicos, que se desprenden de la putrefacción política y social de vastas áreas del mundo. Por ello, la masa desterritorializada, híbrida y heterodoxa, genera una irritación que estimula el crecimiento de focos de intenso odio reaccionario, que alimentan y propician el terrorismo fundamentalista de quienes no conciben la vida cultural más que atada por sus raíces al territorio sagrado. Este odio es el que golpeó las torres gemelas de Nueva York e inauguró el milenio con el asesinato masivo de miles de personas.
(1) Gunther Stent, The Coming of the Golden Age: A View of the
End of Progress, Nueva York, American Museum of Natural History, 1969.
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