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Continuación El Anatomista. Este es el mundo que le ha tocado vivir a Mateo Colón, personaje principal de la obra, y de oficio anatomista, catedrático y pintor(1). Siempre se ha dicho que el Renacimiento marca el más alto nivel de perfección en el estudio de la anatomía humana, y Mateo Colón lo pondrá de manifiesto con el descubrimiento más importante en muchos años, quizá en la vida entera del hombre sobre la tierra. Como suele suceder en estos casos, el destino, o simple azar, según se vea, juega un papel significativo en la sucesión de los hechos. El anatomista, dueño de un gran talento y una singular personalidad, es después de todo un ser humano y como tal, cae preso de amores luego de un fugaz encuentro con la mujer más bella, inteligente y cautivadora que se haya visto sobre la Tierra. Casi nada. Sabedora de su poder sobre los demás, Mona Sofía va dejando a su paso la hojarasca de corazones rotos que sólo a ella le es posible dejar. Colón intenta librar este triste derrotero y en un delirio casi onírico se lanza a la búsqueda de un “preparado”; es decir, un bebraje que condense la esencia de la sabiduría médica de los antiguos y que le permita “apropiarse de la volátil voluntad de las mujeres”. Enajenado en su aventura por encontrar la llave del amor, el anatomista nunca imagina que don Destino le tiene reservada otra cita ineludible. Inés de Torremolinos completa el cuadro, o mejor dicho, el triángulo. Sin proponérselo -si es que es posible proponerse algo en la suerte final de nuestras vidas- la joven viuda , dedicada en absoluto a obrar según la gracia de Nuestro Señor, abrirá la puerta a Mateo Colón en su entrada triunfal al paseo de la gloria. Pues el susodicho, haciendo gala de su habilidad médica, encontrará en la parte más íntima de la noble dama la solución a todos los problemas, incluidos los de ellas, pero muy especialmente, los de ellos. No obstante, será entonces cuando Mateo Colón conozca el infierno en la Tierra. |