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     Hermes Trismegisto    

 

 

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La raza negra que sucedió a la raza roja austral en al dominación del mundo, hizo del alto Egipto su principal santuario. El nombre de Hermes Toth, ese misterioso y primer iniciador del Egipto en las doctrinas sagradas, se relacionan sin duda con una primera y pacifica mezcla de la raza blanca y de la raza negra en las regiones de la Etiopía y del alto Egipto, largo tiempo antes de la época aria. Hermes es un hombre genérico como Manu y Buda, pues designa a la vez a un hombre, a una casta y a un Dios. Como hombre, Hermes es el primero, el gran iniciador del Egipto, como casta, es el sacerdocio depositario de las tradiciones ocultas; como Dios, es el planeta Mercurio, asimilado con su esfera con su esfera a una categoría de espíritus, de iniciadores divinos; en una palabra; Hermes preside a la región supraterrena de la iniciación celeste. En la economía espiritual del mundo, todas esas cosas están ligadas por secretas afinidades como por un hilo invisible. El nombre de Hermes es el talismán que las resume, un sonido mágico que las evoca. De ahí su prestigio. Los Griegos, discípulos de los egipcios, le llamaron Hermes Trismegisto, el tres veces grande, porque era considerado como rey, legislador y sacerdote. El caracteriza a una época en que el sacerdocio, la magistratura y la monarquía se encontraban reunidos en un solo cuerpo gobernante. La cronología egipcia de Manetón llama a esa época el reino de los dioses. No había entonces ni papiros ni escritura fonética, pero la ideografía sagrada existía ya: la ciencia del sacerdocio estaba escrita con jeroglíficos sobre las columnas y los muros de las criptas. Considerablemente aumentada, pasó más tarde a las bibliotecas de los templos. Los egipcios atribuían a Hermes cuarenta y dos libros sobre la ciencia oculta. El libro griego conocido por el nombre de Hermes Trismegisto encierra ciertamente restos alterados, pero infinitamente preciosos, de la antigua teogonía, que es como el fiat lux de donde Moisés y Orfeo recibieron sus primeros rayos. La doctrina del fuego Principio y del Verbo Luz, encerrada en la Visión de Hermes, será como la cúspide y el centro de la iniciación egipcia.

Trataremos ahora de encontrar esta visión de los maestros, en rosa mística que se abre en la noche del santuario y en el arcano de las grandes religiones. Ciertas palabras de Hermes, impregnadas de sabiduría antigua, son propias para prepararnos a ello. “Ninguno de nuestros pensamientos __dice a su discípulo Asclepios__ puede concebir a Dios, ni lengua alguna puede definirme. Lo que es incorpóreo, invisible, sin forma, no puede ser percibido por nuestros sentidos; lo que es eterno, no puede ser medido por la corta regla del tiempo: Dios es, pues inefable. Dios puede, es verdad, comunicar a algunos elegidos la facultad de elevarse sobre las cosas naturales para percibir alguna radiación de su perfección suprema; pero esos elegidos no encuentran palabra para traducir en lenguaje vulgar la visión inmaterial que les ha hecho estremecer. Ellos pueden explicar a la humanidad las causas secundarias de las creaciones que pasan bajo sus ojos como imágenes de la vida universal, pero la causa primera queda velada y no llegaríamos a comprenderla más que atravesando la muerte”. Así hablaba Hermes del Dios desconocido, en el pórtico de las criptas. Los discípulos que penetraban con él en sus profundidades, aprendían a conocerle como ser viviente.

 

El libro habla de su muerte como la partida de un Dios. “Hermes vio el conjunto de las cosas, y habiendo visto, comprendido, y habiendo comprendido, tenia el poder de manifestar y de revelar. Lo que pensó lo escribió; lo que escribió lo oculto en gran parte, callándose con su prudencia y hablando a la vez, a fin de que toda la duración del mundo por venir buscase esas cosas. Y así, habiendo ordenado a los dioses sus hermanos que le sirvieran de cotejo, subió a las estrellas.

 

Se puede, en rigor, aislar la historia política de los pueblos, más no así su historia religiosa. Las religiones de la Asiría, Egipto, Judea y Grecia no se comprenden más que cuando se vislumbra su punto de unión con la antigua religión indoaría. Tomadas aparte, son otros tantos enigmas y charadas; vista en conjunto y desde arriba, son una soberbia evolución donde se domina y se explica recíprocamente. En una palabra, la historia de una religión será siempre estrecha, supersticiosa y falsa; solo hay verdad en la historia religiosa de la humanidad. Desde tal altura no se siente más que las corrientes que dan la vuelta al globo. El pueblo egipcio, el más independiente y el más cerrado de todos a las influencias exteriores, no pudo substraerse a esta ley universal. Cinco mil años antes de nuestra era, la luz de Râma, encendía en el Irán, irradio sobre el Egipto y vino a ser la ley de Amón-Râ, el Dios solar de Tebas. Esa constitución le permitió desafiar tantas revoluciones. Meneés fue el primer rey de justicia, el primer faraón ejecutor de aquella ley. El se guardo bien de arrebatar a Egipto su antigua teología, que era la suya también, y no hizo más que confirmarla y ensancharla, añadiéndole una organización social nueva: el sacerdocio, es decir, la enseñanza, en un primer consejo; la justicia en otro; el gobierno en los dos; la monarquía concebida como delegada y sometida a su fiscalización; la independencia relativa de los Nomos o municipalidades, como base de la sociedad. Es lo que podemos llamar gobierno de los iniciados. Tenia por clave la bóveda más un síntesis de las ciencias conocidas bajo el nombre de Osiris (O-SIR-IS), el señor intelectual. La gran pirámide es su símbolo y su gnomon matemático. El faraón que recibía su nombre de iniciación en el templo, que ejercía el arte sacerdotal y el real sobre el trono, era, pues, un personaje bien distinto del déspota asirio, cuyo poder arbitrario estaba cimentado sobre el crimen y la sangre. El faraón era el iniciado coronado, o por lo menos, el discípulo y el instrumento de los iniciados. Durante siglos, los faraones defenderán, contra el Asia despótica y contra la Europa anárquica, la ley del Morueco, que representa entonces los derechos de la justicia y del arbitraje internacional, según enseñara Râma con su ejemplo.

 

Hacia el año 2200 antes de Jesucristo, el Egipto sufrió la crisis más temible porque un pueblo puede atravesar: la de una invasión extranjera y de una semiconquista. La invasión fenicia era si misma la consecuencia del gran cisma religioso de Asia, que había sublevado a las masas populares, sembrando la discordia en los templos. Conducida por los reyes pastores llamados hicsos, esa invasión lanzo su diluvio sobre el Delta y el Egipto medio. Los reyes cismáticos traían consigo una civilización corrompida, la molicie jónica, el lujo del Asia, las costumbres del harén, una idolatría grosera. La existencia nacional del Egipto estaba comprometida, su intelectualidad en peligro, su misión universal amenazada. Pero llevada en si un alma e vida, es decir, un cuerpo orgánico de iniciados, depositarios de la antigua ciencia de Hermes y de Amón-Râ. ¿Qué hizo aquella alma? Retirarse al fondo de sus santuarios, replegarse en si misma para resistir mejor al enemigo. En apariencia, el sacerdocio se inclino ante la invasión y reconoció a los usurpadores que llevaban la ley del toro y el culto del buey Apis. Sin embargo, ocultos en los templos, los dos consejos guardaron allí, como un deposito sagrado, su ciencia, sus tradiciones, la antigua y pura religión, y con ella la esperanza de una restauración de la dinastía nacional. En esta época fue cuando los sacerdotes difundieron entre el pueblo la leyenda de Isis y de Osiris, del desmembramiento de este ultimo y de su resurrección próxima por su hijo Horus, que volvería a encontrar sus miembros dispersos arrastrados por el Nilo. Se éxito la imaginación de la multitud por la pompa de las ceremonias publicas. Se sostuvo su amor a la vieja religión representándole las desgracias de la Diosa, sus lamentos por la perdida de su esposo celeste, y la esperanza que ella tenia en su hijo Horus, el divino mediador. Pero al mismo tiempo, los iniciados juzgaron necesario hacer inatacable la verdad esotérica recubriéndola con un triple velo. A la difusión del culto popular de Isis y de Osiris, corresponde la organización interior y sabia de los pequeños y de los grandes Misterios. Se les rodeó de barreras casi infranqueables,  de los peligros tremendos. Se inventaron las pruebas morales, se exigió el juramento del silencio, y la pena de muerte fue rigurosamente aplicada contra los iniciados que divulgaban el menor detalle de los Misterios. Gracias a esta organización severa, la iniciación egipcia llego a ser, no solamente el refugio de la doctrina esotérica, sino también el crisol de su resurrección nacional y la escuela de las religiones futuras. Mientras los usurpadores coronados reinaban en Memphis, Tebas se preparaba lentamente para la regeneración del país. De su templo, de su arca solar, salio el salvador del Egipto, Amos, que arrojo a los hicsos del país después de nueve siglos de dominación, restauro la ciencia Egipcia en sus derechos y la religión de Osiris.

 

De este modo los Misterios salvaron el alma de Egipto de la tiranía extranjera, y esto para bien de la humanidad. Porque tal era entonces la fuerza de su disciplina, el poder de su iniciación, que encerraba en si su mejor fuerza moral, su más alta selección intelectual. La iniciación antigua reposaba sobre una concepción del hombre a la vez más sana y más elevada que la nuestra. Nosotros hemos disociado la educación del cuerpo y alma y del espíritu. Nuestras ciencias físicas y naturales, muy avanzadas en si mismas, hacen abstracción del principio del alma y de su difusión en el universo, nuestra religión no satisface las necesidades de la inteligencia, nuestra medicina no quiere saber nada ni de alma ni de espíritu. El hombre contemporáneo busca el placer sin la felicidad ciencia, y la ciencia sin sabiduría. La antigüedad no admitía que se pudiesen separar tales cosas. En todos los dominios, ella tenia en cuenta la triple naturaleza del hombre. La iniciación era un adiestramiento gradual del ser humano hacia las cimas vertiginosas del espíritu, desde donde se puede dominar la vida. “Para alcanzar la maestría __decían los sabios de entonces__. El hombre tiene necesidad de una refundición total de su ser físico, moral e intelectual. Mas esa refundición solo es posible por el ejercicio simultaneo de la voluntad de la intuición y del razonamiento. Por completa concordancia, el hombre puede desarrollar sus facultades hasta limites incalculables. El alma tiene sentidos dormidos: la iniciación lo despierta. Por medio de un estudio profundo, una aplicación constante, el hombre puede ponerse en relación consciente con las fuerzas ocultas del universo. Por un esfuerzo prodigioso, puede alcanzar la perfección espiritual directa, abrirse las vías del más allá, y hacerse capaz de dirigirse a ellas. Entonces, solamente, puede decir que ha vencido al destino y conquistado su libertad divina. Entonces sólo, el iniciado puede llegar a ser iniciador, profeta y teúrgo, es decir: vidente y creador de almas. Porque sólo el que se domina a si mismo puede dirigir a los otros; solo es libre el que puede libertarse, únicamente puede emancipar el que esta emancipado.

Así pensaba los iniciados antiguos. Los más grandes de entre ellos vivían y obraban en consecuencia. La verdadera iniciación era una cosa bien distinta a un sueño huero, y mucho más que una simple enseñanza científica; era la creación de un alma por si misma, su germinación sobre un plano superior, su floración en el mundo divino.

 

Trasladémonos al tiempo de los Ramsés a la época de Moisés y de Orfeo, hacia el año 1300 antes de nuestra era, y tratemos de penetrar en el corazón de la iniciación egipcia. Los monumentos figurados, los libros de Hermes, la tradición judía y griega, permiten hacer revivir sus fases ascendentes y formarnos una idea de su más alta revelación.

 

 

 

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