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     La Esfinge   

 

 

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Frente a Babilonia, metrópoli tenebrosa del despotismo, Egipto fue en el mundo antiguo una verdadera ciudadela de la ciencia sagrada, una escuela para sus más ilustres profetas, un refugio y un laboratorio de las más nobles tradiciones de la Humanidad. Gracias a excavaciones inmensas, a trabajos admirables, el pueblo egipcio nos es hoy mejor conocido que ninguna de las civilizaciones que precedieron a la griega, porque nos vuelve a abrir su historia, escrita sobre las paginas de piedra. Se desentierran sus monumentos, se descifran sus jeroglíficos, y sin embargo, nos falta aún penetra en el más profundo arcano de su pensamiento. Ese arcano es la doctrina oculta de sus sacerdotes. Aquella doctrina, científicamente cultivada en los templos, prudentemente velada bajo los misterios, nos muestra al mismo tiempo el alma de Egipto, el secreto de su política, y su capital papel en la historia universal.

 

Nuestros historiadores hablan de los faraones en el mismo tono que de los déspotas de Ninive y de Babilonia. Para ellos, Egipto es una monarquía absoluta y conquistadora como Asiría, y no difiere de ésta más que porque aquella duró algunos miles de años más. ¿Sospechan ellos que en Asiría la monarquía aplastó el sacerdocio para hacer de él un instrumento, mientras que en Egipto el sacerdocio disciplino a los reyes, no abdico jamás ni aun en las peores épocas, arrojando del trono a los déspotas, gobernando siempre la nación; y eso por una superioridad intelectual, por una sabiduría profunda y oculta, que ninguna corporación educadora ha igualado jamás en ningún país ni tiempo? Cuesta trabajo creerlo. Porque, bien lejos de deducir las innumerables consecuencias de ese echo esencial, nuestros historiadores lo han entrevisto apenas, y parecen no concederle ninguna importancia. Sin embargo, no es preciso ser arqueólogo o lingüista para comprender que el odio implacable entre Asiría y Egipto procede de que los dos pueblos representaban en el mundo dos principios opuestos, y que pueblos egipcio debió su larga duración a una armazón religiosa y científica, más fuerte que todas las revoluciones.

 

Desde la época aria, a través del periodo turbulento que siguió a los tiempos védicos hasta la conquista persa y la época Alejandrina, es decir, durante un lapso de más de cinco mil años. Egipto fue la fortaleza de las puras y altas doctrinas cuyo conjunto constituye la ciencia de los principios y que pudiera llamarse la ortodoxia esotérica de la antigüedad. Cincuenta dinastías pudieron sucederse y el Nilo arrastra sus aluviones sobre ciudades enteras; la invasión fenicia pudo inundar el país y ser de él expulsada; en medio de los flujos y reflujos de la historia, bajo la aparente idolatría de su politeísmo exterior, el Egipto guardo el viejo fondo de su teogonía oculta y su organización sacerdotal. Esta resistió los siglos, como la pirámide de Gizeh medio enterrada entre la arena, pero intacta. Gracias a esa inmovilidad de esfinge que guarda su secreto, a esa resistencia de granito, el Egipto llegó a ser el eje alrededor del cual evolucionó el pensamiento religioso de la Humanidad al pasar de Asia a Europa. La Judea, la Grecia, la Etruria, son otras tantas almas de vida que formaron civilizaciones diversas. Pero. ¿De dónde extrajeron sus ideas madres, sino la reserva orgánica del viejo Egipto? Moisés y Orfeo crearon dos religiones opuestas y prodigiosas; la una por su austero monoteísmo, la otra su politeísmo deslumbrador. Pero ¿Dónde encontró el uno la fuerza, energía, la audacia de refundir un pueblo medio salvaje como se refunde el bronce de un horno, y dónde encontró el otro la magia hacer hablar a los dioses, como una lira armonizada con el alma de sus bárbaros embelesados? __En los templos de Osiris, en la antigua Tebas, que los iniciados llamaban la ciudad del Sol o el Arca solar, porque contenía la síntesis de la ciencia divina y todos los secretos de la iniciación.

 

Todos los años, en el solsticio de verano, cuando caen las lluvias torrenciales en la Abisinia, el Nilo cambia de color y toma ese matiz de sangre de que habla la Biblia. El rió crece hasta el equinoccio de otoño, y sepulta bajo el sol que ciega los templos tallados en plena roca, las necrópolis, las portadas, las pirámides, reflejan la majestad de sus ruinas en el Nilo convertido en mar. Así, el sacerdocio egipcio atravesó los siglos con su organización y sus símbolos, arcanos impenetrables de sus ciencias, en aquellas criptas y en aquellas pirámides, se elaboró la admirable doctrina del Verbo Luz, de la palabra Universal, que Moisés encerrará en su arca de oro, y cuya antorcha viva será Cristo.

 

La verdad es inmutable en si misma, y sólo ella sobrevive a todo; pero cambia de morada como formas y sus revelaciones son intermitentes. “La luz de Osiris”, que en la antigüedad iluminaba para los iniciados las profundidades de la naturaleza y las bóvedas celestes, se ha extinguido para siempre en las criptas abandonadas. Se ha realizado la palabra de Hermes a Asclepios. “¡OH, Egipto, Egipto!, sólo quedaran de ti fábulas increíbles para las generaciones futuras, y nada durara de ti más que palabras grabadas en piedras”.

 

 

 

 

Sin embargo, un rayo de aquel misterioso sol de los santuarios es lo que quisiéramos hacer revivir siguiendo la vía secreta de la antigua iniciación egipcia, en cuanto lo permite la intuición esotérica y la refracción de las edades.

 

Pero antes de entrar en el templo, lancemos una ojeada sobre las grandes fases que atravesó el Egipto antes del tiempo de los hicsos.

 

Casi tan vieja como la armazón de nuestros continentes, la primera civilización egipcia se remontan a la antiquísima raza roja. La esfinge colosal de Gizeh, situada junto a la gran pirámide, es obra suya. En tiempos en que el Delta (formado más tarde por los aluviones del Nilo) no existía aún, el animal monstruoso y simbólico estaba ya tendido sobre la colina de granito, ante la cadena de los montes líbicos, y miraba el mar romperse a sus pies, allí donde se extiende hoy la arena del desierto. La Esfinge, esa primera creación del Egipto, se ha convertido en un símbolo principal, su marca distintiva. El más antiguo sacerdocio humano la esculpió, imagen de la Naturaleza tranquila y terrible en su misterio. Una cabeza de hombre sale de un cuerpo de toro con garras de león, y repliega sus alas de águilas a los costados. Es la Isis terrestre, la Naturaleza en al unidad viviente de sus reinos. Porque ya aquellos sacerdotes inmemoriales sabían y enseñaban que en la gran evolución, la naturaleza humana emerge de la naturaleza animal. En ese compuesto del toro, del león, del águila y del hombre, están también encerrados los cuatro animales, de la visión de Ezequiel, representando cuatro elementos constitutitos del microcosmos y del macrocosmos; el agua, la tierra, el aire, y el fuego, base de la ciencia oculta. Por esta razón, cuando los iniciados vean el animal sagrado tendido en el pórtico de los templos o en el fondo de las criptas, sentirán vivir aquel misterio en si mismo y replegarán en silencio las alas de su espíritu sobre la verdad interna. Porque antes de Aedipo, sabrán que la clave del enigma de la esfinge es el hombre, el microcosmos, el agente divino, que reúne en si todos los elementos y todas las fuerzas de la naturaleza.

 

La raza roja no ha dejado otro testigo que la esfinge de Gizeh; prueba irrecusable de que había formulado y resuelto a su manera el gran problema.

 

 

 

 

 

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