CAPITULO III : EL VIAJE
Una voz c�lida me despert� de mi ensue�o. All� estaba �l, frente a m�; fuerte como el �rbol bajo el cual estaba sentada; mir�ndome. Me cost� reaccionar a su pregunta. Ahora �l era lo �nico que me quedaba, un perfecto desconocido que me hab�a dado asilo y brindado su ayuda sin pedir nada a cambio. Un c�mulo de emociones confrontadas se agolpaban en mi mente para acabar con los mas preciosos recuerdos de mi infancia. Al fin acert� a responder, con la voz entrecortada.
- Todo lo que significaba algo en mi vida ha sido destruido, mis padres, mi reino, mi gente... todo lo que conoc�a ya no existe. Siento un gran dolor en mi interior... jamas volver� a o�r sus voces, ni las canciones de mi madre, ni los brazos de mi padre volver�n a estrecharme como antes lo hac�an... simplemente ya no existen. Me han sido arrebatados por la maldad y la avaricia de una mujer. Mi �nico deseo es que ella pague por todo el mal que ha hecho a los m�os. La ira es un sentimiento despreciable... pero ahora es mi due�a y el odio se apodera de m�... no deber�a odiar Ettiene no deber�a... � de nuevo romp� a llorar, me sent�a desamparada sola en el medio de la nada, cuando not� que Ettiene hab�a cogido mi mano y me estaba ayudando a incorporarme. Roz� mis labios con la suya y me dedic� una tierna sonrisa. Me acerc� junto a su pecho y me abraz� con suavidad. No dijimos nada durante un buen rato permanecimos abrazados el uno junto al otro. Pude percibir que tambi�n �l sent�a un dolor infinito y como se disipaba a medida que permanec�amos abrazados.
- Se como te sientes Driad, de veras lo s�. Siento que tengas que pasar por todo esto. Pero no temas, ahora yo estoy a tu lado y no permitir� que nada malo te ocurra. Sequemos esas lagrimas. Dicho esto, Ettiene apoy� su mano en mi barbilla y elev� mi rostro hacia el suyo. Por un momento note su aliento tan cerca del m�o, que pens� que nuestros labios iban a unirse en un c�lido beso, los dioses saben que lo deseaba, pero no fue as�. Fue mi frente quien recibi� aquel don divino, como un hermano besa a la hermana que jura proteger y no como el amante que anhela los besos de su amada. Sin embargo en m� caus� el mismo efecto, pues todo mi cuerpo se estremeci� al notar el contacto de sus labios con mi piel. �l pareci� darse cuenta y de nuevo se perdi� en mis ojos y all� hubi�ramos seguido de no ser por la vieja Oona que desde el interior del castillo nos avisaba que todo estaba listo para partir.
- Vamos Driad, esta anocheciendo y nos espera un largo camino, comamos algo y partamos cuanto antes.
- S� ser� lo mejor. Ettiene...
- S�?
- Gracias... por todo. -Volvi� a dirigirme una c�lida sonrisa, y ofreci�ndome su brazo me acompa�� al interior del castillo. Llegaba la hora de partir. Ahora mas que nunca depend�a de la ayuda de aquel hombre de ciencia. Pronto habr�amos de enfrentarnos a innumerables peligros. Pero nada tem�a. Su presencia me hac�a creer invencible y junto a �l, nada malo pod�a ocurrir...Acompa�e a Driad dentro del castillo, all� estaba Oona sentada a una vieja mesa sobre la cual hab�a unos trozos de queso un poco de pan y una jarra de vino.
- Come algo necesitaras fuerzas para el viaje. Aquel bello �ngel se sent� en una endeble silla de madera frente a Oona. �sta le ofreci� un poco de queso que Driad acept� gustosa y agradecida.
- Oona �donde esta?
- En la otra habitaci�n Ettiene

Me encamin� hacia la puerta del fondo, al igual que esa ma�ana los bellos ojos de Driad me observaron mientras me dirig�a hacia la habitaci�n, sent�a como su c�lida mirada me envolv�a en un aura de bienestar. Entr� en aquella habitaci�n alumbrada tan solo por unas pocas velas. Sobre lo que fue una lujosa cama, estaba mi vieja armadura. La coraza era de color negro brillante; sobre el pecho, hab�a una llama blanca, dentro de un c�rculo formado por unas antiqu�simas runas. Las hombreras, rodilleras y antebrazos eran del mismo color, tambi�n adornados con runas m�gicas que, al igual que las del pecho, ten�an el color de los cabellos de aquel �ngel. Jamas cre� volver a ver aquella vieja armadura que tanto prestigio me dio tiempo atr�s. Viejos recuerdos ven�an a mi mente, viejos y dolorosos...  Mientras me la ajustaba, por la puerta entreabierta, se o�a la voz de Oona intentando animar a Driad.

- Tranquila mi ni�a, todo ira bien...  �sab�is? Una vez Ettiene me dijo que la mejor forma de que nuestros seres queridos vivan es record�ndolos. Eso me ayud� mucho cuando perd� a mi hijo en la guerra contra los Soths... mi peque�o... pero ...  no hablemos de cosas tristes...debemos pensar en positivo, en las cosas bellas que tiene la vida...como el amor... y hablando de amor.. Parece que mi buen Ettiene  no os es indiferente �verdad? ... Soy vieja, pero hay  cosas que no se me escapan  y todav�a puedo distinguir el calor del amor en una Jurar�a que la risotada de Oona que se produjo a continuaci�n se escucho a muchas jornadas de distancia... Mientras me enfundaba la armadura, me di cuenta de que lo ocurrido fuera con Driad tendr�a repercusiones para mi, ya que hab�a dejado ver mis verdaderos sentimientos por ella, pero me sent�a tan a gusto a su lado.... Cuando estabamos abrazados sent� la paz...aquella paz que hab�a perdido hacia ya mucho tiempo. No pod�a permitirme el lujo de enamorarme de nuevo y m�s en una situaci�n como esta, que necesitaba toda mi concentraci�n. Una vez que me puse la armadura me enfunde en mi capa negra y cubr� mi cabeza con su capucha. Cuando sal� Oona estaba cantando una bella canci�n de su ni�ez mientras Driad miraba al exterior. Sus ojos estaban perdidos en la oscuridad de la noche. Cuando not� mi presencia se volvi� lentamente y me mir�. En ese momento sus ojos cambiaron por completo y aquella tristeza pareci� desvanecerse tras un t�mido brillo de complacencia.
- Tal para cual ya lo dice la vieja Oona, - Ri� de nuevo- Esta vez la voz de aquella anciana nos ruboriz� a ambos. Me acerqu� a Driad lentamente y le extend� una espada corta.
-�Sabes utilizar esto? Ten mucho cuidado podr�as lastimarte...- Driad cogi� la espada con una mano la desenfundo he hizo una serie de estocadas y de movimientos. Su destreza era tal que parec�a que la espada formara parte de su cuerpo, la verdad me asombr�.
-�Responde esto a tu pregunta milord?- Dijo de forma burlona. Una sonrisa apareci� en mi rostro mientras Oona re�a escandalosamente.- Mi padre siempre quiso un heredero... nac� mujer pero tened por seguro que ni dagas ni espadas tienen secretos para mi.
- Es hora de partir, Oona gracias por todo. No s� si volver� a verte espero que alg�n d�a pueda volver a disfrutar de tus excelentes guisos. Hasta siempre vieja amiga. � Abrac� con ternura a aquella buena mujer, que no pod�a evitar sentir tristeza ante nuestra marcha. No me gustaban las despedidas as� que pronto me dirig� hacia la puerta. Desde el exterior, pude escuchar como Driad se desped�a de Oona.
- Gracias Oona, gracias  por todo. Mi  mundo esta patas arriba pero cuando lo restaure tratare de compensar todo lo que por m� hab�is hecho. Aunque para ser sinceros, vuestra ayuda en este d�a supera con creces a cualquier cosa que yo os pueda ofrecer...
- Mi ni�a, mi mayor recompensa es que cuid�is de Ettiene. Algunas veces puede resultar un poco duro y fr�o, pero que no os enga�en las apariencias... �l es un hombre valeroso... cuidad de �l,  as� me pagar�is... y adem�s... la vieja Oona ve cosas... y.. �sab�is?... creo que le gust�is. - Pese a que esto �ltimo fue pr�cticamente un susurro pude escucharlo con claridad. Decid� que ya era  hora de partir; entr� de nuevo  y hall� a ambas mujeres fundidas en un abrazo. Driad me sonri�, comprendi� que deb�amos irnos y sali� tras de m� para comenzar nuestro viaje.
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