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“Los Señores del
Agua“
“¿Qué me dices?”
– volvió a preguntar con su voz alegre
Delphion,
el más joven de Los Señores del Agua.
“Lo que has oído,
Rugiente
se ha encaprichado de una humana, pretende poseerla, meterla en una
jaula para oírla reír a lo largo del día y de la noche, y sus
hermanos se oponen” – respondió con serenidad
XarXagos
– “Así que han solicitado que se reúna el Gran Consejo antes de que
comience una guerra que consumiría nuestro mundo y el de los
humanos”.
“Interesante,
hacía mucho que ninguna mujer nos ponía en movimiento a todos” -
dijo
Poseidón,
el más viejo de Los Señores del Agua.
“No entiendo” – comenzó a decir
Delphion.
“Hace muchos
años, antes de que nacieras de la unión de una ola y la risa, la
causa de una guerra entre los hombres fue una hermosa mujer llamada
Helena” – rió fuertemente
Poseidón
– “Como comprenderás ella fue la
excusa, nadie pone en movimiento tantos soldados por una vana mujer,
la guerra, como todas las guerras de los humanos era por tener más
oro, no aprenderán nunca, ya hasta se me ha olvidado porqué
comenzamos a intervenir los dioses en aquella guerra injusta”
“¿Querrás decir
Los Señores, no?” – preguntó intrigadísimo
Delphion.
“No, quiero decir
los dioses, porque en aquél lugar del mundo de los hombres somos
considerados dioses, vamos nos usan para otras cuestiones, aquí
somos mitos, seres legendarios con los que asustar a los niños, allí
éramos más lo que somos en realidad, seres que lo pueden casi todo,
pero esa, es otra cuestión” – explicó
Poseidón
con gesto grave.
“Vamos, dejaos de
cháchara, mirad arriba la mujer acaba de asomarse al borde de la
jaula, quizá nos haya escuchado, salgamos a hablar con ella” – les
interrumpió
XarXagos.
La gran cantidad de agua que se desplazaba cuándo Los Señores del
Agua se ponían en movimiento daba la sensación a cualquiera que lo
observara de que el mar bullía, el primero en llegar a la superficie
fue
Delphion,
siempre alegre, salió completamente del agua dio una pirueta en el
aire y entró limpiamente en su medio líquido, su pirueta la vio Kore
con ojos incrédulos, no entendió como un ser tan grande como aquél
podía salir del agua con tal ímpetu, moverse con tanta elegancia en
el aire, y volver a entrar en el agua casi sin salpicar, Kore
comenzó a reír ante aquél espectáculo maravilloso, quizá por eso no
esperaba que el gran
Poseidón
saliera, tridente en mano y le diera el susto que le dio.
No obstante Kore
se recuperó del sobresalto con rapidez, aquél majestuoso ser le
recordaba a su anciano abuelo, quizá por la barba blanca, quizá por
sus ojos azul profundo, Kore había retrocedido al hacer su aparición
Poseidón,
se había pisado un pie, y había quedado tontamente sentada en el
suelo, pero lejos de quejarse, volvió a reír, y aquella risa se
cortó cuándo junto a Poseidón apareció
XarXagos,
quizá fue su aspecto verdoso, parecía llevar todas las algas del mar
pegadas al cuerpo, quizá que no esperaba que saliera otro de
aquellos seres del mar, quizá que llevaba un montón de sorpresas
aquél día, fuera lo que fuera, la aparición de XarXagos hizo que
Kore comenzara a llorar desconsoladamente.
“Vaya disculpa,
siempre me olvido de mi aspecto, cualquier día mataré a alguien de
un susto” – dijo con voz apacible
XarXagos,
mientras con una
mano apartaba las algas de su cara, y aparecía un rostro magnífico,
verde, pero de un extraño brillo, parecido a algo que nunca había
visto Kore, pero que los hombres del Norte de la Tierra Alta
llamaban auroras boreales.
“Discúlpame tú a
mi” – consiguió articular Kore hipando, y serenándose – “Tu aspecto
no debería importar a nadie, tiene que haber de todo ¿Quiénes sois?”
En el momento exacto en qué Kore terminaba de serenarse
Delphion
dio un brinco de alegría, y para celebrarlo giró sobre sí mismo y
entró de golpe en el agua, salpicando a los presentes, Kore se llevó
la mayor parte del salpicón, y rió divertida cuándo vio como
enrojecía el alegre
Delphion,
mientras intentaba disculparse con timidez.
“Yo soy
XarXagos”
– comenzó a presentarse el verdoso Señor del Agua – “mis compañeros
son
Poseidón,
que aunque parece un señor grave es casi tan divertido como el joven
Delphion,
somos Los Señores del Agua, creo que ya conoces a
Los Señores del Fuego,
¿no es cierto?”
“Conozco sus
voces,” - explicó Kore – “pero no les he visto más que un momento,
antes de desmayarme, cerca de mi aldea.”
“¿Vives cerca
del Monte Futji, verdad?” – preguntó
Poseidón,
mesándose la barba.
Kore vio cómo
Poseidón
se mesaba la
barba, y al hacerlo, comprobó con entusiasmo que aquella barba no
estaba compuesta de pelos, como las barbas normales, sino por espuma
de mar, y al entremeter los dedos su dueño, saltaban gran cantidad
de peces entre las ondas que se formaban.
“Sí señor”- terminó de decir mientras se acercaba a la balaustrada
para fijarse mejor en la impresionante barba de
Poseidón,
entonces notó algo a su espalda, fue como si el viento del este
apareciera de golpe, el cielo se nubló un instante, y cuándo se
volvió…
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