LA VIDA COTIDIANA Y LAS COSTUMBRES EN LA CAMPIÑA EUROPEA ANTES DEL MAQUINISMO Y LA INDUSTRIALIZACIÓN
Debemos decir como introducción que estos apuntes tienen como fuente toda una tradición familiar de comunicación con nuestros ancestros, los propios inmigrantes; de innumerables conversaciones con todas esas familias, incluyendo la que integramos, han sido extraídas, renovadas y registradas estas notas, a lo largo de los años. Tales familias tenían distinto origen; la mayoría eran españolas, italianas y francesas, y habitaban en el interior de zonas que, por sus condiciones de aislamiento, los obligaba a autoabastecerse de todo lo necesario porque no tenían dónde ni cómo adquirirlo; eran de la España media y del norte, de la zona de los Pirineos y adyacencias, de la Francia del sur y del sudeste, de la zona de los Alpes y unos pocos del resto de Italia. -cuya emigración apuntó hacia otras zonas de Argentina, así como lo hicieron los españoles del sur, los andaluces.
Los cambios del siglo XIX
Los abuelos de los inmigrantes comentaban que ellos no habían alcanzado a conocer los cambios producidos en la vida de las familias de las ciudades por los progresos del llamado maquinismo, que según afirmaban estaba entrando en ellas ya desde los comienzos de 1800. Los arriesgados de su época que abandonaban el valle o la campiña para visitar la gran ciudad cercana -a veces el único viaje de la vida, del cual hablarían por años-, volvían con los ojos muy abiertos, contando que ya no existían allí ni los hábitos ni las costumbres tradicionales que ellos todavía tenían, ni siquiera los elementos materiales con que eran practicadas. Todo había cambiado allí.
Pero
la mayor parte de los que emigraron viajaban directamente desde sus lugares
de origen hacia la región que eligieran, sin haber conocido antes
otros lugares de su propio país. No elegían sobre un mapa,
sino sobre las referencias y decires de sus paisanos; también, como
sus padres o abuelos, realizaban con los ojos muy abiertos el último
viaje por su país, entre su comarca y el puerto de embarque, viendo
el desfile de situaciones y cosas desconocidas que les tocaba presenciar
y que nunca olvidarían. Y esto seguía sucediendo, también,
muchos años después. En realidad casi todos ellos traían
consigo una experiencia muy valiosa para autoabastecerse y para vivir en
condiciones de pobreza, experiencias que sus propios paisanos de las ciudades
habían perdido. Éstos traían en cambio el conocimiento
de los primeros inventos y aplicaciones del maquinismo. Por eso todos sobrevivieron;
porque trajeron adelantos materiales y progreso en la vida de relación,
porque trajeron crecimiento externo y crecimiento interior.
De manera que los inmigrantes trajeron consigo el conocimiento y las habilidades de su propia comarca. Eso sí, con todo el talento natural de la raza que, por encima de su extendido analfabetismo de esos años, era capaz de producir individuos extraordinarios en su capacidad y con un empuje inigualable. Pero resulta útil analizar la película de su vida cotidiana, y aunque esta vida fuera formada por los hábitos familiares y sociales de dos generaciones anteriores, todavía eran los suyos; por eso ellos los reproducían mejorados cuando se incorporaban a estas tierras. Y aquí producían cambios no sólo en los hábitos de relación dentro de la familia, sino en la forma de comer, de vestir, de distraerse y de encarar los problemas comunes. Su influencia fue muy fuerte y trasladaron sobre todo un gran valor interior: una invalorable educación desarrollada en el seno de la familia, creada especialmente para protegerla y mantenerla unida trabajando para un objetivo que era común, que era de todos. Donde esas generaciones fallaban era en el nivel y actualización de la instrucción, la cual no podía ser alcanzada desde el aislamiento donde vivían.
Por eso es importante observarlos con respeto. Sobre todo ahora, en la actualidad, cuando esta sociedad, en su mayoría, está fracasando en aquella invalorable educación, y a veces en los lugares donde el nivel de instrucción es el más alto, aunque no puede decirse lo mismo del nivel de la educación mediante el ejemplo que se mama en el hogar. Veamos esta película, tal como la contaron los abuelos...
La vida que llevaban
Ante todo debe tenerse en cuenta que, fuera valle, campiña o área montañosa, se trataba casi siempre de zonas aisladas; de manera que allí mismo debían producir todo lo necesario para subsistir, y sólo con los recursos del lugar y con la herencia material y de conocimientos que habían recibido.
He aquí los roles que ocupaban y las tareas que debían desarrollar según su edad:
El padre de familia desempeñaba su rol de jefe de manera solemne; era y se sentía responsable de las personas y de los bienes comunes. Atendía los viñedos; cultivaba los cereales y la huerta; en el establo despertaba y levantaba las bestias, y las preparaba para el trabajo general de la tierra. Construía y tapizaba los muebles de dormir, de asiento y de reposo, como cama, poltronas y jergones; gracias a ello les era posible pasar los duros inviernos. Para cumplir esos mismos fines él debía hacerse responsable también del estado de ovejas, cabras y carneros, de los cuales se extraía la lana para esos menesteres. De su orden y de su sistema de trabajo dependía la producción de la huerta y de la granja, cuyos frutos debían ser envasados en condiciones adecuadas para ser consumidos en el invierno. Todo esto requería conocimiento, práctica y autoridad para que cada cosa se hiciera bien y a su tiempo. Pero el hombre debía ser mucho más que todo esto: debía ser un especialista ingenioso en tareas que exigían una perfección salida de la práctica; la forma en que pasaba ese conocimiento práctico a hijos y nietos se hacía de manera natural -a cada uno en la medida que podía aprender- y hoy se lo ve como un alarde de paciente sabiduría, aún aceptando la existencia natural de maestros y aprendices. Éstos, cada vez que era necesario, debían estar preparados para ser: Artesano para la producción de pequeños recipientes y cubiertos, de hierro y de madera; especialista en la fabricación de ollas y sartenes, posa-planchas, tostadores y otros elementos, todos ellos de cobre, al estilo gitano de calderería remachada y sin soldadura, para evitar que el intenso calor del hogar derritiera la mezcla de plomos. Además carpintero, tanto de estanterías como de cunas artísticas para hijos y a veces para nietos; tallador de madera; tallador de piedra para morteros y molinos, y artístico artesano para fabricar recipientes minúsculos para especias y confituras. Debía también ser forjador de hierro para hacer la cerrajería de la casa, y transformarse en "mariscal herrero" cuando se trataba de atender carros y bestias. Pero donde debía destacarse era en la producción de otros elementos apreciados especialmente por el ama de casa: por ejemplo dos o tres tipos de planchas -que se calentaban a fuego directo en la chimenea central o en el hogar secundario de la cocina, según fuera invierno o verano-, y con las cuales planchaban telas y tapices de distinto grosor y dureza, de aquí el peso, el tamaño y el diseño de aquéllas. Como él era también responsable de la salud de toda la familia, estas planchas de hierro fundido y pulido eran las que (según la leyenda) no sólo prolijaban las ropas de vestir, sino que alejaban las enfermedades de las ropas interiores y de la ropa de cama.
Debemos terminar esta lista de tareas y costumbres contando algunas de las virtudes que hemos visto en nuestro propio padre: todo lo hacía siguiendo una tradición ancestral, pero con una inspiración muy personal que respondía a sus necesidades y nacía de su fantasía algunos de los RELATOS darán una idea de lo que decimos.
La mujer en el seno del hogar ¿Cuál era, en cambio, la función de la madre, de las hijas mayores y de las niñas, es decir de la mujer en la vida familiar?
La madre, la esposa, levantaba a los niños -notar la diferencia-; desde muy chicos les enseñaba a vestirse solos, sobre todo a los varones; así comenzaba un persistente programa de educación oportuna -es decir, en su tiempo y lugar-, que no admitía claudicaciones ni violación de las normas establecidas por ella, quien sabía ser cariñosa pero inflexible, manejando con astucia amorosa todo un régimen de premios y efectos naturales de la desobediencia; éstos nunca eran vistos como castigos, sino como consecuencias de las violaciones a la ley del hogar, aceptada por todos para bien de todos. Las hijas, aún antes de ser mujeres, trabajaban auxiliando a la madre y si-guiendo sus instrucciones. Cumplían a la vez dos tipos de aprendizajes: uno era el oficio de aseo y mantenimiento del hogar, y otro el de aprender a cocinar. Durante las veladas de la tarde, sobre todo en invierno -con las manos limpias y acicaladas- continuaban el curso de nunca acabar, el de manualidades: desde la confección y el arreglo de ropas personales y propias del hogar, hasta la creación de adornos, flores, y un tipo de pintura y decoración ingenua que es la que suelo reproducir en mis cerámicas, más de cien años después. Aunque parezca extraño, no estamos tan lejos...
Cuando las hijas cruzaban el límite de la pubertad, todo cambiaba para ellas; la relación con el otro sexo era regulada naturalmente, y el conocimiento y la asistencia (junto a la madre) de la salud de las bestias y de las pariciones habían sido ya la ocasión oportuna para aprender lo necesario. El temperamento y la decisión hacían el resto; y si había con quién, rara vez permanecían solteras... Mientras lo eran, las normas morales eran muy estrictas, más para las mujeres que para los hombres. ð La función de los varones. Los niños, apenas estaban en condiciones de seguir al padre -a veces por lugares riesgosos o inhóspitos- se transformaban en muchachos y pasaban a ejercitar un aprendizaje duro impuesto por el jefe del hogar desde el ejemplo, oportunidad en que la enseñanza (quizás por falta de palabras adecuadas) no era "hablada" sino transmitida en forma directa por contacto y experiencias obligadas. Nadie podía aflojar...
· A medida que los hijos crecían y se hacían hombres ya avezados en sus tareas y obligaciones -destacándose cada uno en sus habilidades -, la relación con el padre se hacía silenciosa y profunda: bastaba una mirada y una palabra orientadora para crear toda una serie de instrucciones. En cambio, la oportunidad para explayarse eran los relatos de la velada de la tarde, donde cada cual mostraba sus aptitudes para narrar, para entretener, para servir o simplemente para demostrar sus habilidades musicales sobre instrumentos que ellos mismos se construían.
Las tareas de los hijos mayores en el hogar eran encaradas según las aptitudes personales descubiertas en cada uno por el padre, oportunidad en que empezaban a aparecer los conflictos entre padres e hijos por celos o competencias, los que rara vez transgredían el respeto "a los mayores": las injusticias eran soportadas por los hijos como parte de la formación austera del carácter, pero los padres sabían cuándo habían fallado y buscaban la forma de hacerlo saber al interesado indirectamente; las reglas del juego eran conocidas y respetadas por todos; cuando no lo eran, llevaban a largos dis-tanciamientos.
Roles y vicisitudes familiares
Ya habíamos dicho que la esposa se ocupaba de la producción y el servicio de la leche y sus derivados; también preparaba junto con el esposo otros subproductos para ser envasados; las tareas "pesadas" eran compartidas por todos: limpieza de carnes, verduras y pescados, pelado de aves, frutas y castañas o nueces; y luego, el aseo general de los instrumentos y de los lugares donde se trabajaba.
Allí donde los inviernos eran muy fríos, la familia compartía con los animales los ámbitos de la gran cocina de la casa, donde se hallaba encendido el hogar; los más pudientes tenían un establo espacioso separado de la sala-cocina común, donde siempre los hijos varones vigilaban y cuidaban los grandes animales; las pariciones y enfermedades de éstos permitían a la familia cultivar la compasión y el afecto por ellos; para los niños, cada uno tenía su nombre y su protector... El "pienso" de las bestias era sagrado porque de ellas dependía toda la familia. La cohabitación era regulada con leyes severas.
La convivencia familiar era orientada por las necesidades: las mujeres preparaban un llamado "tente-en-pie" -una "picada" o "emparedado", diríamos ahora- para los que regresaban de las tareas del campo o del establo, quienes debían higienizarse rigurosamente antes de comer, pero primero servían a sus padres las primicias de la despensa o de la mesa -el bocado primero, más sabroso o más substancioso- que las mamás acostumbraban a compartir con sus niños más pequeños; los muchachos comían luego que sus padres habían empezado. Seguramente así se iban formando las normas de la vida familiar, que empezaban siempre por un acto aislado de amor y servicio; si éste favorecía la unión y el reconocimiento, era repetido y se lo adoptaba como una costumbre. Pero todo este comportamiento brotaba como una fuerza natural y generosa del corazón, y estaba más allá de todo cálculo.
Costumbres alimenticias
La base de la alimentación estaba formada por una gran hogaza de pan moreno -así era costumbre comerlo entre la gente de campo-, pero también panecillos para las ocasiones especiales, "tortillas" y panqueques de raíz mejicana, herencia de las Américas, y galletas y "barquillos" de diversos tipos (éstos moldeados por la plancha de hierro, elaborada por el padre haciendo gala de toda su inventiva).
Se compartía la despensa en las temporadas invernales; despensa era la estantería, o estanterías, generalmente abiertas, donde reposaban los recipientes de barro (terrinas, le llamaban en España) o de vidrio, que contenían carne de caza, frutos de la huerta, frutas de los árboles y también frascos con conservas sustanciosas elaboradas con ellos, donde no faltaban castañas y nueces ni confituras; en algunos casos esas despensas eran habitaciones o cuevas anexadas a la cocina. Los grandes animales con los que se compartía el trabajo no se faenaban; sólo cuando se despeñaban en la montaña o sufrían accidente mortal era aprovechada la oportunidad para conservar su carne y hacer chacinados, pero sólo los cerdos y las aves se criaban y alimentaban para el faenamiento; en algunas regiones, también las cabras y corderos, pero en menor proporción, ya que preferían hacer uso de su leche y de su lana. En el verano y las estaciones intermedias se ingería más comida fresca y con el sobrante se hacía trueque con los vecinos y acopio de aquello que podía ser envasado; cuando aún había excedentes en la producción, se vendía en el mercado de la aldea más cercana.
Actividad y recogimiento
En las veladas del atardecer, cuando bestias y personas se recogían en el hogar, el ambiente común era centro de los comentarios de la jornada, y también propicia ocasión para relatos y leyendas, que hacían las delicias de los niños ...cuando se les permitía asistir como oyentes. Cada hombre que entraba depositaba generalmente algunos troncos cerca del fuego y los varones mayores quedaban a cargo de su cuidado. Ni-ños y mujeres preparaban las "vituallas" y se alternaban pelando castañas y rompiendo nueces.
El anochecer -la hora del silencio de los pájaros-, era propicio para la oración en el altar familiar o en el lugar de recogimiento que en todas las casas existía, aunque a veces las tareas del hogar y los reclamos de los críos impedían toda actividad lejos de ellos. Pero siempre había tiempo para la devoción, que se expresaba en peregrinaciones vecinales periódicas muy coloridas.
La vida y las estaciones
Las estaciones regulaban la vida de cada región y, dentro de ella, la de las personas. En la primavera se producía el despertar; toda la vida estaba afuera y se restablecía el movimiento, la acción física y el crecimiento. Para primavera y verano se programaban las fiestas patronales y las "romerías" -aunque se llamaran con distinto nombre según el lugar-, y era ocasión oportuna para la gestación de romances y amoríos. Por encima de todo, el trabajo era muy intenso y compartido por todos.
En verano y otoño culminaba el ciclo de los nacimientos -entre animales y también entre personas- y se cumplían fielmente las tradiciones y ritos. La imagen de la visita al niño se reproducía con cada nacimiento, cuando las comunicaciones eran posibles. Los regalos eran simbólicos al principio, como los del pesebre. Para el bautismo del bebé el padre debía tener ya lista su cuna, con la fecha y su nombre tallado.
Los idilios que se afirmaban luego del verano daban lugar a los compromisos, siempre confirmados mediante regalos donde se competía para ganar definitivamente la aceptación de la prometida; y así culminaban los esponsales, oportunidad en que se cruzaba la frontera más importante: pasar de pretendiente a ser padres de familia, es decir a ser fundadores de una familia. Y así se reiniciaba el gran ciclo de la vida, donde tanto el padre como la madre asumían el genio y figura -así decían ellos- de los abuelos, cuyas virtudes y defectos habían criticado hasta entonces... ¡Nada nuevo bajo el Sol !
Finalmente, en las zonas aisladas donde habitaban, el tratamiento de las enfermedades se enfrentaba haciendo uso de las virtudes curativas de las hierbas, conocidas de antiguo por la tradición y por personajes que nunca faltaban en cada lugar. Esa tradición afirmaba que las dolencias y las hierbas que las curaban aparecían en las mismas regiones, y que esa relación siempre había existido: sólo había que conocerla... Por supuesto, en la familia siempre había quien oficiaba de "curador", y la magia solía cumplir siempre un papel sustituto pero necesario; a falta de médicos...
La síntesis de lo heredado
Pero cuando los inmigrantes -hijos y nietos de quienes acabamos de describir- venían a nuestras tierras, no eran ya los mismos. Además de haber sobrepasado en empuje, coraje y conocimientos a sus propios padres, habían tomado como modelo a los mejores de su comarca: se identificaban con ellos y los copiaban con ventajas, y los campesinos y labriegos -cuando tenían la debida educación- alcanzaban en América todos sus atributos. A veces la falta de instrucción les jugaba una mala pasada, pero otras veces ganaban una prestancia y una rectitud de conducta que los hacía mucho más respetables que sus propios antecesores. Sabían hacer de todo y sabían mandar sobre ello, pero sobre todo se sentían representantes de su raza allí donde estuvieran. Los que volvían de paseo a sus tierras provenientes de "las Indias" -en España le llamaban indianos- eran vistos por sus paisanos como enaltecidos, generosos y ennoblecidos por sus triunfos, pero sobre todo mejores de lo que habían sido antes de partir si es que habían sabido dominar su orgullo; y por ello eran respetados.
Este reflejo de la realidad de los inmigrantes nos sirve para conocer también sus sueños, sus propósitos y la herencia que nos dejaron, que siempre fue más alta y valiosa que los bienes materiales que pudieran alcanzar. Cuando vemos a sus nietos en la ciudad, siempre tratamos de descubrir en ellos algunas de las virtudes de sus abuelos; y las descubrimos a veces; otras no. Pero confiamos que han de resurgir en ellos a su tiempo. Esperamos que otros muchos descendientes de inmigrantes que no conocían estos detalles de la vida diaria de sus ancestros, se sientan emocionados por la calidez de su amor y sacrificio, donde el único premio a que aspiraban era poder seguir viviendo en servicio junto a sus seres queridos...
¿ CUÁLES ERAN LOS CAMBIOS QUE EL MAQUINISMO Y LA NACIENTE INDUSTRIALIZACIÓN HABÍAN PRODUCIDO EN EL MUNDO ?
Recordaremos algunas máquinas, herramientas, instrumentos y utensilios que nacieron al uso del hogar luego del maquinismo y la industrialización alrededor de la fecha de fundación de Miramar. Pero antes una consideración general y necesaria que, aunque asombre, debemos reconocer:
Cuando uno analiza mediante observación las máquinas, herramientas y otros elementos que nacieron con el mundo moderno -es decir que nacieron antes de la industrialización, antes de la producción en serie- sólo podemos llenarnos de asombro. Porque debemos reiterar que la diferencia fundamental entre el maquinismo -hablamos de las máquinas simples- y la industrialización es la característica artesana del primero, y la producción en serie de la segunda. La genialidad y el talento natural de los hombres que producían desde la artesanía, muchos de instrucción muy limitada, hoy nos parece increíble. Pensamos que la mejor forma de evaluar su creatividad es describir tres o cuatro elementos de necesidad para la vida diaria, a los que hemos podido acercarnos por la generosidad de quienes los conservan como un tesoro. Alguno de éstos se exhiben en la habitual exposición anual de antigüedades de Miramar. Pero otros serán desconocidos para la mayoría. Sólo presentaremos unos pocos; aquí están:
La cocina maravillosa
No vamos a referirnos a una cocina de estancia, o la que se usa para el servicio de muchas personas; ésta era una pequeña joya de hierro fundido que nos presentó un vasco de la zona: él la había conseguido en los pagos de Mar de Ajó. Era esta maravilla una cocina enlozada sobre material de fundición de propiedades especiales; en realidad en esa época (entre 1860 y 1910) algunos las llamaban anafe en España, y en los diccionarios de la época significaba hornilla portátil de hierro, barro, piedra, o ladrillo y yeso. A su vez, la definición de hornilla dice: hueco hecho en el macizo de los hogares, con una rejuela (rejilla) horizontal en medio de la altura, para sostener la lumbre y dejar caer la ceniza. Como si dijéramos fogón portátil. Se supone que en los primeros tiempos ese nombre se aplicaba a las pequeñas cocinas (pequeñas para entonces), algunas de las cuales también tenían horno; ahora se denomina anafe a una cocina de apoyar sobre mesada, sin más que dos o tres hornallas.
Comenzando por el diseño debemos decir que estaba armada como un "mecano", mediante ensamble sin tornillos, con contados bulones pasantes y tuercas; cada pared lateral de su cuerpo principal eran dos placas de material de fundición que formaban ensambladas un prisma rectangular, hueco y chato, cuyas medidas aproximadas eran 0.80´ 0.70´ 0.80 m. -alto, ancho y espesor-; el frente era una puerta de cierre hermético con características similares, y la parte trasera poseía una salida para chimenea al exterior, relacionada con un sistema de garganta que regulaba la entrada de aire frío desde el ambiente; si pensamos que podía funcionar con tres tipos de fuegos (alto, medio y bajo), sumando a esto la posibilidad de graduar la entrada y salida de aire nos encontramos con un artefacto de grandes posibilidades.
Antes de explicar el sistema de control de cada mechero, digamos primero que era para gas cuando la conocimos, pero no sabemos si había usado en sus orígenes otro combustible; que en su parte superior -donde había tres hornallas, dos medianas y una de mayor tamaño- tenía un gran enrejado de fundición que dejaba también un importante espacio para reposo de ollas y sartenes; y que, finalmente, los botones de control de cada mechero no eran tales, sino flechas giratorias indicadoras, cada una de las cuales señalaba tres intensidades de fuego girando sobre un disco de cobre con las marcas correspondientes.
Pero lo maravilloso era el horno: la llave indicadora estaba en el lateral izquierdo de la cocina -lado derecho del ama de casa- y formaba una flecha de aproximadamente 8 cm. de largo que giraba sobre un disco de cobre de 22 cm. de diámetro, el cual tenía dos bandas circulares de indicadores: una para las señales de intensidad de fuego, y la banda exterior para sintetizar distintas variedades de platos típicos; cuando la llave giraba, la flecha apuntaba a innumerables platos en sucesión, y la temperatura del horno variaba en consecuencia. Entre paréntesis y al lado de cada plato, estaba la cantidad de minutos que debía ser horneado.
Las virtudes de este artefacto podrían sintetizarse así:
1. - Se desconocía de qué estaban rellenas sus paredes, pero funcionando podían ser tocadas sin que quemaran. Sólo tenía pérdidas mínimas de calor. 2. - Era hermética y, por efecto del tiraje al exterior, aunque fuera abierta despedía muy pocos olores hacia el interior del ambiente. 3. - Los indicadores sintetizaban por lo menos una docena de platos típicos. 4. - El horno era de gran capacidad, y podía hornearse pan con todas las virtudes de un horno de material, pero con la ventaja de graduar las calorías del "piso" y del "techo" para cada especialidad controlando la entrada y salida de aire.
Este tipo de artefacto no sustituía las grandes cocinas de la campiña, que seguían siendo lo que habían sido siempre; pero se sumaba a los adelantos de las ciudades y aldeas sustituyendo a los fogones de mesada, hechos en material, para fuego de leña; esta cocina era para usar gas de derivados del petróleo como combustible, y solía incorporarse como segundo elemento en la vivienda, aún en la granja o la chacra de los suburbios, siempre que se pudiera disponer del combustible. Era de origen inglés y en su frente se inscribía la marca (que no podemos ya recordar) y una fecha: 1880.
Los hogares y las estufas
El diseño y el moldeo del hierro fundido -con aleaciones especiales para soportar las altas temperaturas con mínimas dilataciones- produjo artefactos de una perfección desconocida hasta entonces. Entre ellos estaban todos los artefactos para desbrozar, machacar, cortar o desgranar frutos y cereales, de uso en la campiña y en las ciudades. Pero la perfección era notable en el moldeo y ensamble de hogares y estufas de hierro. No se apreciaba solamente en la producción física y artesanal de cada unidad, sino en el diseño y en la perfección de su funcionamiento, no sólo del aparato en sí sino de la instalación. Además de aprovechar la circulación física del calor, del tubo de salida del humo y de las conexiones especiales con habitaciones colindantes, ya en 1900 era costumbre en Europa unir el ámbito interno del hogar con una especie de comunicaciones -ahora las llamamos toberas- que permitían la entrada de aire del exterior. Al comienzo sólo se sabía que faltaba el aire cuando se encendía el fuego y no había una ventana abierta; después se produjo el cambio que hemos descripto, y más tarde se tomaba el aire exterior con unos caños de gres o de hierro fundido que desembocaban en los laterales del hogar. Estos mismos caños se usaron a medida que transcurría el tiempo para llevar aire caliente a las habitaciones de la segunda planta. Estos adelantos existían en la fecha señalada, en residencias de la campiña y casas más pequeñas de las ciudades. La artesanía artística de los paneles frontales de las estufas -las cuales se empotraban en los anchos muros de las residencias y en las paredes de las casas de la ciudad, pero solían dejarse al aire para ser mejor aprovechadas en las casas más modestas de la campiña- alcanzaron muy alto desarrollo tanto en España como en Francia. Se recuerda una marca prestigiosa que se exportaba desde Francia a todo el mundo: La Salamandre. Después se llamó "salamandra" a todas las estufas de hierro en nuestro país. Los trabajos de moldeo sobre motivos moriscos de las estufas españolas eran muy apreciados. En los primeros tiempos solían llevarse estos diseños a los frentes de las llamadas "cocinas económicas", pero ventajas higiénicas hizo que el enlozado y la llamada entonces "pintura a fuego" sustituyeran a la decoración por moldeo.
Otros artefactos notables
Para no extendernos demasiado describiremos rápidamente un elemento típico de gran uso en la campiña y aún en las aldeas europeas de esa época: un molino de trituración de cereal para producir harina; podría decirse que sin él era imposible subsistir: no podía disponerse de pan, de galletas ni de otros tipos de preparaciones y tampoco de la mezcla de deshechos con la cual se producía parte de la alimentación animal de la granja.
Digamos que este molino -llamado de discos o de muelas- es primitivo pero eficiente, y nada tiene que ver con los de tipo industrial. Es este el típico y conocido molino hecho con dos gruesas rodajas de piedra, una fija llamada solera sobre la cual giraba otra, la volandera; esta tenía un agujero donde se iba depositando el cereal. Este sistema operaba horizontalmente girando sobre un eje vertical; se movía, según su tamaño, impulsado por una manivela o por una cruceta de mayor tamaño. Este molino tenía la ventaja de trabajar a muy poca velocidad, por lo cual la temperatura de la harina se mantenía baja y no perdía su sabor ni sus propiedades. En los últimos tiempos se había logrado hacer algunos de pequeño tamaño y fáciles de operar.
Había otros aparentemente más ventajosos por ser más manuables y livianos, los llamados de placas de acero, pero aún hoy tienen el inconveniente señalado: levantan temperatura y alteran el sabor del cereal, pese a lo cual fueron muy usados para moler pequeñas cantidades de trigo. Ambos requerían cereal seco para trabajar.
También trajeron los inmigrantes numerosas herramientas y pequeños instrumentos para perfeccionar los distintos oficios de la época, los cuales aquí eran mejorados por ellos mismos. Muchos deben recordar aún los "deschaladores" -pequeña hojas de acero adherida a la palma por una correa- que en los primeros tiempos se producían y vendían en Miramar, entre otros por mi padre Julián Acha. Servían para limpiar la espiga de maíz y extraer el choclo limpio de chalas y barbas. Otros recordarán alguna de las variedades de cremalleras que eran usadas para colgar las ollas en los hogares, a partir de un brazo giratorio; era una barra metálica con dientes en uno de sus cantos, los que engranaban con un piñón y permitían bajar o subir a voluntad cualquier recipiente, simplemente girando una pequeña manivela; pero esto era todo un lujo en esos tiempos.
SÍNTESIS DE LOS INVENTOS Y DESCUBRIMIENTOS CIENTÍFICOS
1888 - 1930
En este período se descubren o inventan los siguientes elementos -que sintetizan más de doscientas menciones concretas referidas a las comunicaciones, las energías, el transporte, los plásticos, los microorganismos y sus agentes transmisores y vacunas, y la medicina tradicional-:
1) Todos los principios, las teorías y gran parte de los elementos para la comunicación a distancia entre los hombres;
2) todas las formas de energías conocidas y usadas aún hoy, excepto la nuclear;
3) todas los medios de transporte físico por tierra, mar y aire.
4) más del 95% de los plásticos y fibras plásticas conocidas actualmente;
5) casi todos los microorganismos y sus agentes transmisores, y aún sus vacu-nas;
6) detrás de esto último, todos los desarrollos de la medicina tradicional.
El mundo que nació de esa renovación del conocimiento fue llamado el Mundo Moderno, y era un mundo nuevo y distinto comparado con el de antes de 1850; éste, que carecía de luz eléctrica, sólo tenía carros tirados por caballos y trenes a vapor, y las personas vivían obligadamente clavadas a las tierras de origen por el alto costo y los peligros de los viajes, carentes siempre de seguridad.
Pero en esta edad moderna del mundo perduraban todavía los horrores del trabajo en las minas, del hambre y de la violencia de las guerras, que habían empujado a los europeos -casi todos españoles- hacia estas tierras entre 1850 y 1930. Ellos traían en secreto en su mochila la razón de la búsqueda de un lugar tranquilo para vivir en paz... Y los pueblos que fundaban eran eso: un lugar tranquilo para vivir en paz... Sin embargo, no todos los que venían eran pacíficos; muchos albergaban el rencor creado por las injusticias que habían padecido. Llegaban llenos de coraje y sentimiento -como ellos decían-, pero estas tierras americanas los dulcificaban. Y sus sensibles hijos ya cantaban, como la chilena Gabriela Mistral: Piecesitos de niño, ateridos de frío, ¡cómo os ven y no os cubren, Dios mío!
Y así reiniciaban el ciclo de una vida nueva, constituyendo una familia que -si bien guardaba las normas básicas heredadas- tenía la marca y la fuerza de una raza joven que se levantaba con el signo de la universalidad. La cual, a partir de la suma permanente de nuevos miembros de todo origen, habrían de aceptar y legalizar en el futuro como un factor positivo la mezcla de costumbres y de sangre; así se fortalecería el espíritu de fraternidad que estaba ya en el preámbulo de nuestra Constitución. Siempre creímos que este espíritu estaba allí por influencia de los criollos, que no eran otra cosa que hijos de inmigrantes..
UNA EXPERIENCIA INOLVIDABLE -1929. Fuente: Pertenece a la colección de propios recuerdos del autor.
En el año 1929 yo tenía 13 años e iba al Colegio No. 1, a tercer grado. Mi maestra era la señorita Anita Raccioppi. Con un compañero del colegio y amigo de la infancia, luego de un "premeditado estudio" y de "profundos análisis" tomamos la decisión de irnos de Miramar "para siempre", a trabajar y a estudiar a otro lugar. Yo quería llegar a ser maestro, maestro de escuela, en la ciudad de Dolores, porque sentía una gran admiración por todos los maestros y maestras que venían a Miramar desde allí. Planeamos el viaje y antes de partir dejamos una carta en manos de un amigo, Leonardo Caiatti, para que la entregara al día siguiente de nuestra partida en manos de nuestros padres. Leonardo, no atreviéndose a mantener el secreto por más tiempo, entregó la carta dos horas después de salir nosotros en el tren que nos llevaría a Dolores. Cuando el tren llegó a la estación de esa ciudad dos policías nos estaban esperando; nos detuvieron y no pararon hasta depositarnos en la comisaría. Allí nos alojaron esa noche; al día siguiente, frente a nosotros, estaban nuestros padres... Luego de mantener con nosotros una paternal charla, el comisario nos hizo entender la locura que habíamos programado. Sin mayores inconvenientes fue organizado el viaje de regreso a nuestro pueblo, Miramar. Está de más contarles la vergüenza experimentada en aquellos difíciles momentos: ¿que pasaría cuando estuviéramos frente al resto de los familiares, frente a los amigos, y frente a los compañeros de colegio? ¡Yo no tenía respuesta para eso! Algunas horas después llegamos a Miramar: ¡Y allí estaban todos los chicos del grado esperándonos, y aún algunos más! ¡Madre mía, qué vergüenza!
Pasaron varios días; sacando coraje desde el fondo del alma me fui a enfrentar a mi maestra, Anita Raccioppi. Fui recibido por ella en la puerta del grado; todos los alumnos estaban en el recreo. Avergonzado, le pedí conversar con ella en la Dirección; pronto nos encontramos solos... Le dije entonces que necesitaba su perdón por aquella inapropiada decisión; ella tanto hacía para enseñarnos y educarnos, y yo le respondía tan mal; le dije que tenía la esperanza de poder estudiar como lo había hecho ella, para maestro, y que por eso había viajado a Dolores... Anita me miró, acarició mi rostro con ambas manos y me dio un beso en la frente, diciendo:
-Vos seguí tu vida así..., siempre bueno...! - y me llevó al grado junto a todos los demás chicos. -Achita vino a pedirme perdón - les dijo emocionada. Todos los chicos estaban calladitos, menos Luis Deliccia, que le preguntó: -¿y lo perdonó, señorita? - ¡No! Él no necesita que lo perdonen... Se fue a estudiar de maestro, y no pudo hacerlo, ¡y aquí está otra vez con todos nosotros...! -
La única autoridad que me asiste para presentar este libro, es el haber nacido y vivido ochenta años en Miramar, pensando siempre en dejar algo útil para el mañana.
Quién piensa en los demás se eleva un poquito sobre la tierra...
Don Fortunato de la Plaza construyó los cimientos de la obra, para que nosotros sigamos colocando ladrillo sobre ladrillo hasta terminar...
En la vida todos recibimos la recompensa debida: quien "hace bien los deberes" recibirá buena calificación; quien los haga mal, se ajustará a la decisión de su maestro...
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Estas páginas fueron creadas en reconocimiento al autor del libro "100 años de anecdotario histórico de Miramar", don Segundo Acha, amante eterno de la ciudad de Miramar y su historia, y también con el fin de que todo el mundo pueda conocer a ésta, mi ciudad, a través de este texto.
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