24. Teo. sacramentos del camino. La Penitencia en la Iglesia Antigua.
24. Teo. sacramentos del camino  

LA PENITENCIA EN LA IGLESIA ANTIGUA.

En los primeros siglos, principalmente los dos primeros, el sacramento que perdonaba los pecados era el Bautismo, que incorporaba al cristiano a la vida con Cristo. La Iglesia tenía una alta concepción de sí misma, se consideraba la Iglesia de los Santos, y una vez perdonados los pecados por el Bautismo no parecía necesario volver a perdonar nada. Los casos de apostasía ante las persecuciones, el adulterio, y otros pecados graves, hicieron plantearse alguna salida para esos pecadores.

El Pastor de Hermas en el siglo II expone como la Iglesia sí que puede perdonar los pecados, y surge la posibilidad de una segunda penitencia, única e irrepetible, para aquellos pecados graves. Esa falta de repetición es posible que se deba a que están esperando la vuelta del Señor de manera inminente y que tanta recaída supone una intención de no convertirse verdaderamente. No obstante, no sabemos a ciencia cierta, si hay una celebración de las culpas en asamblea con un proceso penitencial desarrollado.

Hacia el siglo III y tras las persecuciones aparecen cristianos, que habiendo sido bautizado se habían alejado de la fe, o bien por apostasía ante las persecuciones, o bien por haberlo recibido de niños, o finalmente, por haber cometido cualquier otro pecado grave como el asesinato o el adulterio. De esta época disponemos de bastante más información, y lo que asistimos es a un debate donde se discutía tanto la posibilidad de perdonar los Obispos, como la situación en la que quedaban estos cristianos. Ante eso aparecieron varias posturas, las más intransigentes hablaban de hacer penitencia hasta el día de la muerte, considerándolos apartados de la comunidad cristiana, sin posibilidad de perdón. En su versión más dulcificada se podría perdonar los pecados y recibir la gracia pero sólo como última y segunda oportunidad. La solución menos rigurosa es la que triunfó: con carácter extraordinario se perdonarían los pecados. Tras haber demostrado el arrepentimiento con una penitencia dura y severa, sería absuelto el pecador arrepentido de su grave pecado.

El sacramento de la penitencia tiene ya unas características particulares, es un proceso para pecados muy graves, donde la Iglesia interviene a través del ministro, que solía ser el Obispo, y con la plegaria de toda la comunidad. Uno se reconocía públicamente pecador, confesaba su culpa al Obispo. Hay que matizar esta afirmación, en ocasiones se ha creído que se confesaba públicamente los pecados, esto no es cierto, se hacía ante el Obispo en privado. El reconocimiento de la condición de pecador sí era público y conocido por los demás miembros de la comunidad, pero no tenían porqué saber cuál era el pecado concreto cometido. La penitencia impuesta era pública y rígida. Durante este periodo el penitente no podía comulgar ni celebrar la Eucaristía. Sólo si enfermaba podía recibir la Unción reservada para los enfermos en peligro de muerte Finalizada la penitencia aplicada al penitente, este volvía al Obispo para que le diera la absolución y pudiera así reincorporarse a la vida cristiana. Lógicamente debía ser conocida la penitencia realizada, no bastaba la mera palabra. Es notable, que este fue el modelo que funcionó durante muchos siglos.

Con el Edicto de Milán en el siglo IV y la posterior cristianización del Imperio, se extendieron con fuerza las conversiones masivas. Muchas personas se hicieron cristianos de una manera menos rigurosa, dado que ser creyente dejaba de ser un riesgo para la vida, y al contrario, formaba parte de un nuevo estatus social en el Imperio. La práctica del sacramento de la penitencia creció, dada la laxitud de algunas conversiones. Al principio no era repetible el sacramento, y la Iglesia radicalizó su postura en esta cuestión. Los pecados objeto de perdón eran los graves, sin excepción. Para los pecados leves bastaba con la oración personal y comunitaria, que añadido a algunas prácticas privadas de ayuno y limosna se consideraba suficiente penitencia. En la clasificación de los pecados considerados mortales y veniales hay discusiones, en general el Decálogo servía para diferenciar, pero las posiciones no eran unánimes.

Los reincidentes, dado que no se podía volver a repetir el sacramento del perdón, quedaban abandonados a la misericordia de Dios y a una penitencia dura. Sólo con la muerte y un fuerte arrepentimiento se daba el viático, pero no la reconciliación. De alguna manera se estaba subrayando más la conducta y la vida del pecador que la absolución del Obispo.

El proceso penitencial en el siglo IV al VI consistía en tres partes bien diferenciadas. La primera parte consistía en la entrada de los penitentes. Es decir, la persona solicitaba la admisión al grupo de los "penitentes" al Obispo. Si el pecado era público la comunidad podía denunciarlo y pedirlo por el otro, que quedaba fuera de la comunión si se negaba a entrar en el orden de los penitentes. Tras este momento se confesaba públicamente que se era pecador, pero no se decían cuales eran los pecados. El Obispo imponía la manos, la comunidad oraba por la conversión de pecador. Éste, vestido de saco, era expulsado simbólicamente de la Iglesia. A partir de ese momento y dentro de un proceso se iban aproximando a la comunidad por etapas, desde ser plañidero a la puerta de la comunidad cristiana, hasta poder escuchar la palabra de Dios. Finalmente, como última etapa, se postraban arrodillados en todas la celebraciones. Aplicada la pena correspondiente y tras el periodo que quedaba a decisión del Obispo juzgar, se procedía a una nueva imposición de manos y a la oración con la absolución. Esta se solía hacer en Pascua y normalmente una vez al año. Los sacerdotes no podían absolver salvo peligro de muerte. Finalizado el proceso se hacía un gesto de acogida por parte de la comunidad cristiana.

Lo cierto es que el sacramento, concebido de esta manera, fue perdiendo fuerza y abandonándose. Las razones podemos encontrarlas en la imposibilidad de repetir el sacramento, o por la excesiva severidad y rigor en un proceso que podía llegar a ser más duro que la catequesis para el Bautismo, en la primera conversión. Lo cierto es que pastoralmente algunos quedaban fuera de la Iglesia, en excomunión, dado que no querían pasar por una penitencia tan dura. La repetición del sacramento también era otro problema, en muchos sitios no se podía repetir una segunda vez, por lo que se dejaba la penitencia al final de la vida, ya de ancianos las prácticas eran más benevolentes, que para los pecadores jóvenes.

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