5. Intro. liturgia fundamental. El misterio de la presencia del señor en la liturgia.
5. Introducción a la liturgia fundamental  

EL MISTERIO DE LA PRESENCIA DEL SEÑOR EN LA LITURGIA

La presencia del Señor en la liturgia la percibimos y la vivimos los creyentes en elementos distintos, que son para nosotros, soporte de conexión de lo divino con lo humano. La Asamblea creyente, la persona del ministro, la Palabra proclamada, el gesto sacramental concreto, el ritmo de vida litúrgica, son mediaciones en las que la comunidad eclesial siempre ha creído.

Vamos con cada uno de los aspectos a los que nos referimos. Empezamos por la Asamblea del Pueblo de Dios que celebra. Esta idea se repite en diferentes momentos del Concilio, SC 7 recuerda que "donde dos o más estuvieren reunidos en mi nombre, en medio de vosotros estoy", (Mt18,20). Se trata de una presencia ligada a la Asamblea litúrgica, que se reúne en el nombre del Señor. Tras el camino de Emaús Jesús se queda con nosotros en el pan y el vino. La primera comunidad es consciente de ser la Iglesia, propiedad de Cristo. SC 84 explicita aún más: "cuando los fieles oran juntamente con el sacerdote en la forma establecida, entonces es en verdad la voz de la misma Esposa que habla al Esposo; más aún, es la oración de Cristo, con su Cuerpo, al Padre".

La presencia de Cristo en la persona del ministro es también un punto importante. Dice el concilio SC7 que "está presente en la persona del ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz". De alguna manera, San Agustín ya entendió que cuando un cristiano bautiza es Cristo el que bautiza. La función del ministro es en ésta línea la de ser instrumento de la acción de Cristo.

Señalamos que el ministro del sacramento no es otro Cristo, como si el Señor delegara y dejara a éste, sino que está presente y actúa por medio de él (instrumento) y de toda la Asamblea en el orden del signo. Esta presencia no debemos constreñirla exclusivamente a los Obispos o al Ministerio Ordenado. Estamos extendiéndola también a los laicos cuando actúan como ministros: sacramento del Bautismo en caso de peligro de muerte, o en todos los casos cuando hablamos del Matrimonio. Debemos entender la persona del Ministro como vinculada indisolublemente a la Asamblea creyente. La celebración individualista y solitaria pierde su sentido grupal y comunitario. De ahí que la Iglesia trata de evitar la celebración "solo" del sacerdote, buscando más reforzar su sentido comunitario.

La presencia del Señor se da también en la Palabra de Dios proclamada en medio de la comunidad celebrante. Esto lo subrayó, como ya hemos tenido oportunidad de ofrecer en capítulos anteriores, la "Dei Verbum" en el número 21. Está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla (SC7). La Sagrada Escritura es la Palabra hecha carne, leída desde el Espíritu Santo. Se pone de nuevo en marcha esa presencia viva, proclamamos que es Jesucristo el que anuncie su mensaje a la Asamblea. Entendemos que la presencia de Jesús en la Palabra es ineludible, de ahí la importancia que tiene y lo insustituible que debería llegar a ser. No debe ser omitida nunca, ni manipulada ni sustituida en ninguna ocasión en la que estemos celebremos la liturgia. Esto nos parece obvio, pero hemos asistido durante muchos años a celebraciones del sacramento de la penitencia con absolución individual, donde el olvido de la Palabra de Dios era la norma. Lo importante de este sacramento es el perdón de Dios, un perdón que proclamamos en la celebración gracias a las Escrituras.

La Iglesia entiende también que la presencia de Jesús está fuertemente enraizada en el sacramento mismo. Para la comunidad eclesial los sacramentos son acciones "in acto", aquí y ahora acontece la salvación. Los sacramentos son acontecimientos de salvación en los que Dios interviene en la existencia de los hombres por medio de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo.

Todo sacramento es una acción de Cristo. Pero además, la presencia del Señor es una presencia dinámica, es un verdadero instrumento de nuestra salvación (SC5), no es una mero testimonio espiritual, sino que es una presencia mistérica y sacramental. Es Cristo verdaderamente el que se hace presente en los sacramentos. Es determinante el texto de Emaús y la consideración tan especial que hace la Iglesia del sacramento de la Eucaristía. Jesús se queda con nosotros en la Eucaristía. Esta presencia es cumbre para la vida cristiana, en ella se hace presente Cristo, íntegro, totalmente hombre y Dios. Es no sólo presencia sino sacrificio de la cruz, está ordenado ha hacer presente el acontecimiento salvífico Pascual de una manera más plena.

También consideramos que Cristo está presente, vivo y resucitado, en el ritmo litúrgico. Especialmente en el año litúrgico y en el Domingo. Estas celebraciones rítmicas no son un recuerdo sino que dice el Concilio SC 102, que "conmemorando así los misterios de la redención, abre las riquezas del poder santificador, y de los méritos de su Señor, de tal manera que, en cierto modo, se hacen presentes en todo tiempo para que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos y llenarse de la gracia de la salvación".

Estos aspectos que hemos señalado dan un sentido a la vida celebrativa, no sólo de manera simbólica, sino real. No celebramos el yo, ni el momento de la vida. Dos personas que contraen matrimonio no celebran sólo su amor, sino que celebran el amor de Dios a los hombres, de Cristo a su Iglesia,... por eso la presencia de Dios es determinante para la vida cristiana. Está presente Cristo en los contrayentes, la Asamblea, la Palabra y el sí de los esposos. La vida celebrativa supone una mediación ineludible para el camino de vida cristiana. Los símbolos litúrgicos nos lo recordarán, pero junto con esos elementos subrayamos la presencia de Cristo en estos aspectos que hemos explicitado brevemente.

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