3. Intro. H. Iglesia. Historia de los cinco primeros concilios ecuménicos. Nicea.
3. Introducción a la Historia de la Iglesia desde la Patrología  

HISTORIA DE LOS CINCO PRIMEROS CONCILIOS ECUMÉNICOS. NICEA.

Hemos examinado quienes eran estos personajes, hacia donde iba encaminada su actividad en la Iglesia. Sobretodo descubrimos escritores, pastores, pensadores, polemistas. Sin duda eran personas implicadas en su pensamiento y en su tiempo. Ahora lo que buscamos es acercarnos a los acontecimientos que rodearon aquellos momentos de definición del dogma. Es básico determinar que cuando la Iglesia es perseguida en los primeros tres siglos de cristianismo, todo esto no tiene sentido, no existe la libertad suficiente para debatir, ni hay tampoco capacidad para convocar un Concilio; pero cuando la iglesia se convierte en una religión tolerada, y más tarde la única profesada, entonces asistimos al nacimiento de la necesidad de aclarar los conceptos, las ideas y las palabras.

Para hacer frente a esta labor examinamos concilio por concilio, señalando aquello que aprueban y aquello que condenan.

Concilio de Nicea. (325) (DZ 54 a 56).

Nicea tuvo un objetivo muy claro, determinar cual era la verdadera fe ante la controversia arriana. Constantino, el Emperador, deseaba resolver al controversia alejandrina contra Arrio, en aras de buscar la unidad entre los cristianos en su Imperio.

Arrio, fue un antiguo sacerdote de Alejandría que había afirmado que el Padre y el Hijo no eran una misma cosa, en este extremo se subordina al Hijo en relación con el Padre, declarando que el Hijo en creado, es criatura del Padre. Recordemos que en el Credo hoy decimos que el Hijo es engendrado, no creado. Si es criatura del Padre, la Trinidad no estará formada por tres personas distintas sino que sólo está formada por una persona que es el Padre, el Hijo sería un hijo de adopción que no llega a la categoría del Padre, hay una subsistencia de uno al otro. El Padre, por supuesto, no tendría la misma naturaleza que el Hijo.

Frente a esta predicación que inició Arrio, respondió su Obispo Alejandro de Alejandría, que se opuso, junto con cien obispos egipcios. Arrio huyó de Egipto yéndose a refugiar en la zona de Antioquía donde ganó adeptos a los que no resultaba excesivamente raro este "subordinacionismo". Obtuvo el apoyo de algunos padres importantes e influyentes como Luciano de Antioquía o Eusebio de Nicomedia. Los alejandrinos formaban un bloque compacto frente a la herejía arriana. A los antioquenos les pilló con el paso cambiado.

El Emperador Constantino convocó el Concilio en Nicea de Bitinia en el año 325. Estuvieron presentes sobre unos 300 obispos, casi todos de Oriente y con una pequeña representación Romana enviada por el Papa. Posiblemente Arrio estuvo también aunque es posible que no participara directamente, dado que no era Obispo. Las discusiones fueron largas y apasionadas, incluso el Emperador tuvo que intervenir en varias ocasiones para apaciguar los ánimos. Al final se resolvió buscando una fórmula de un amplio consenso. Se condenó el arrianismo y con él a dos obispos al destierro por negarse a aceptar la fórmula de Nicea.

La redacción del símbolo de Nicea dice: "Creemos en un solo Dios, Padre omnipotente, creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles; y en un solo Señor Jesucristo Hijo de Dios, nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, las que hay en el cielo y las que hay en la tierra, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió y se encarnó, se hizo hombre, padeció, y resucitó al tercer día, subió a los cielos, y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Y en el Espíritu Santo."

Hay que señalar en esta definición como buscan y afirman una fórmula esencial para aclarar las cosas, la formula de consenso fue "consustancial al Padre", en griego original: "homousios tou patri". La cuestión que quedó pendiente es que ésto no acababa de resolver gran cosa porque no determinaba hasta donde llegaba la consustancialidad del Padre y del Hijo.

De ahí que, terminado el Concilio de Nicea, el arrianismo no quedó vencido, se extendió buscando nuevos adeptos entre los obispos. En algunos casos, este enfrentamiento llevó a desterrar a algunos obispos férreos defensores de la fórmula de Nicea, entre estos contamos con San Atanasio, Eustacio de Antioquía y Marcelo de Ancira.

La herejía arriana se afianzó en Oriente donde el término "homousios" no era del agrado de casi nadie al afirmar la perfecta igualdad entre el Padre y el Hijo. Había sido la fórmula que impuso el Emperador y quizás en ese momento la menos mala, pero nadie la apoyaba a excepción de los ya señalados. Vista esta situación, el sucesor de Constantino, cuya intención sobre todo era salvaguardar la paz, cambió de postura con un mayor acercamiento a la fe arriana. Los sucesivos emperadores actuaron defendiendo el arrianismo con muchas divisiones en la teología, partidarios de un sector y otro.

El panorama teológico hasta el siguiente Concilio fue de una gran especulación que impedía aclarar las cosas. La lucha y el enfrentamiento político buscando fortalecer las respectivas sedes patriarcales agravaba la situación. En los padres encontramos las siguientes líneas de pensamiento. Por un lado los arrianos que afirmaban que Cristo había sido creado, no engendrado y no era por tanto coeterno al Padre. En otra línea estaba Eusebio de Cesarea que afirmaba que el Hijo no es criatura, sino que es engendrado. Pero este ser engendrado hace que entienda que el Hijo no es coeterno, ha sido engendrado en un momento concreto de la historia. La Trinidad no sería eterna desde siempre, sino que habría surgido en un momento histórico. Una tercera postura estaría representada por Alejandro de Alejandría, que afirmaba que el Hijo es verdadero Hijo y es además coeterno. Aquí situaríamos luego la ortodoxia del Concilio de Constantinopla. Una cuarta postura contraria a las anteriores la defendería Eustacio de Antioquía, que con un mayor monarquianismo, afirmaba la unidad de Dios frente a la Trinidad. Eustacio ratifica la apariencia del Hijo y de la Trinidad. Es una manifestación, no una verdadera persona. Es una apariencia de Hijo. La última postura sería la de Marcelo de Ancira, firme defensor de Nicea, dirá que el Verbo empezó a ser Hijo en la encarnación, el Logos es absolutamente consustancial con el Padre pero no es creado ni engendrado, ni es persona. Sólo el hombre Dios Cristo es persona. La Trinidad es de nuevo una cuestión histórica.

Las dos primeras opiniones tienden a afirmar más la Trinidad, aunque negando la eternidad de Jesucristo, el resto parece que subrayará más la unidad de Dios pero olvidará la personalidad y rango de Jesús. Lo que estaba claro es que Nicea no acabó de convencer a nadie.

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