1. Intro. estudio ciencia teo. La teología como ciencia.
1. Introducción al estudio de la ciencia teológica  

LA TEOLOGÍA COMO CIENCIA.

La primera afirmación que hacemos es que la teología no es un fin en si mismo sino que busca explicar mejor el Misterio Revelado. Es en este sentido una mediación. Esa reflexión se explicita siempre en unos enunciados, unas proposiciones lingüísticas concretas, deudoras de un lenguaje que cambiará según el momento y el lugar en que hable el teólogo. Este lenguaje está influenciado por la cultura de esa época, por eso lo concebimos en permanente transformación. No entendemos la teología como algo inmutable, sino que la buena teología será la que de pistas al hombre de su tiempo y explicite mejor el misterio de lo Trascendente.

El hombre siempre se ha preguntado por la realidad de las cosas. El mundo que lo rodea representa una realidad tan amplia, que los hombres han necesitado delimitarla para poder hablar de ella. Nos sería difícil hablar de la naturaleza en abstracto, pero nos es más fácil hacerlo sobre un medio ecológico concreto. La ciencia sería el conocimiento general y sistemático de la realidad bajo un determinado objeto formal. Es decir, buscamos de manera ordenada saber y conocer la realidad de todas las cosas, pero lo hacemos parcialmente, poniendo fronteras a los "saberes", y delimitanto rigurosamente qué queremos saber. El camino para conocer esa realidad se presenta siempre a través de una serie de enunciados, proposiciones o juicios. El hombre está obligado a emplear un lenguaje concreto, también sometido a su realidad contingente de espacio y tiempo.

Estas proposiciones las clasificamos en dos grupos: juicios analíticos o sintéticos, por un lado; y proposiciones "a priori" o "a posteriori". Llamamos "juicios analíticos" a las proposiciones cuyo sujeto está plenamente contenido en el predicado, por ejemplo "Jesús es un hombre". Por el contrario hablamos de "juicios sintéticos" cuando el predicado añade algo al sujeto, en estos casos se emplean datos experimentales, la observación es determinante. Por eso añadimos que son juicios "a posteriori", porque se forman más tarde.

También existen los llamados juicios sintéticos "a priori". El ser "a priori" supone que no son empíricos, que no están basados en la observación, es un nuevo tipo de ciencias, donde incorporaríamos las ciencias sociales, incluidas la filosofía y la teología. Se añade algo al predicado pero no por el experimento. Kant fue defensor de estas proposiciones, que también ayudan a captar la realidad. Ejemplo "Jesús es el Mesías" o "Napoleón se equivocó al atacar Rusia". No parte este enunciado de la observación empírica en un laboratorio, sino que arranca de la razón interna del sujeto, tratando de afirmar la realidad y explicitarla. No es irracional y tiene un punto de partida. En la historia serán los acontecimientos seleccionados por el historiador y su interpretación, en la teología será la Revelación presentada en la Biblia.

La teología se fundamenta así en las verdades de fe, en la Revelación y en el Ser de Dios explicitado en los dogmas. Utiliza la razón para conseguir unas proposiciones lingüísticas que mejoren la comprensión del objeto de estudio: en este caso Dios. Lógicamente nunca podremos afirmar todo de Dios, cuya realidad se nos escapa, se nos vuelve misteriosa. Su inmensidad y grandeza nos impide su posesión, y nos obliga a un saber intuitivo y aproximado. Algo parecido le sucede a un historiador, se ve condenado a no poder comprender totalmente la realidad de los acontecimientos, tras un historiador viene otro que interpreta las cosas de manera distinta, siquiera mejor.

El problema de las ciencias sociales fue que la cultura positivista del XIX encontró que sólo eran importantes aquellos enunciados que fueran demostrables; todos los demás se consideraron arbitrarios. Lo objetivo era el dato del historiador, su interpretación era sujetiva e insuficiente. En el caso de los enunciados teológicos se despreciaron por no poder ser demostrados empíricamente, pero en este desprecio entraron también todas las ciencias sociales y humanistas. El punto de partida del historiador era subjetivo, escogía los hechos que pretendía interpretar, igual que el teólogo partía de unos "mitos", indemostrables y ajenos al saber científico verdadero, que quedó reservado para las "ciencias naturales".

Esta cultura positivista entró en crisis, porque seguía sin resolverse el porqué de las cosas. En el campo jurídico se afirmaba que bastaba con conocer la legislación "positiva", pero la realidad era insuficiente, no llegaba con conocer las leyes, también era importante interpretarlas. La legislación de la Alemania Nazi era una legislación positiva, pero no era buena, había que hablar de justicia y de moral, aunque fuera subjetivo y no demostrable, seguía siendo necesario el discurso de la razón subjetiva. También entró en crisis el positivismo porque las mismas proposiciones objetivas de la ciencia se intuían como no tan objetivas. El que elabora el discurso es un científico con corazón, un "subjeto". Su lenguaje científico, las proposiciones empleadas, son tan subjetivas como su ciencia. La demostración de las cosas no pueden ser contadas aséptica y objetivamente por el científico. Aunque el experimento que realice se repita una y otra vez, no significa que la proposición que lo explica sea cierta. Por eso la ciencia acaba refugiándose en el campo de las hipótesis, son científicas las proposiciones que son susceptibles de poder demostrarse su falsedad alguna vez, dirá Popper ya en el siglo XX. Sin embargo, la ciencia sigue hoy sin ponerse de acuerdo sobre cuándo una proposición es científica y verdadera y cuándo no, no sabe bien cuándo algo está demostrado o no. Se habla de consenso científico, de un paradigma que cambia o de la mayoría de la comunidad científica. La idea de ciencia como progreso no la afirman hoy los científicos, el progreso está en la tecnología, que es un saber práctico y rentable. En el fondo al positivismo le faltaba corazón para poder comprender nuestro mundo totalmente, se quedo en lo visible y en lo material sin saber lo que era. El triunfo aparente de la ciencia es para el inventor, para el técnico. El ingeniero, incluso sin conocer lo que es, saber conjugar las propiedades de los elementos para crear aparatos, técnicas, materiales,... La tecnología es tan antigua como el hombre y la religión, existe desde el principio, y es fruto de la inteligencia abstracta del hombre, de la observación y la necesidad.

Retomamos el tema de la comunicación de la realidad observada. La realidad de las cosas sólo puede explicarse lingüísticamente. El lenguaje será la piedra donde se asientan las proposiciones, no sólo científicas sino también culturales, sociales, artísticas o jurídicas. Wittgenstein, filósofo del siglo XX, determinó que la ciencia y la realidad no son sino una explicitación del lenguaje de los hombres. Wittgenstein, dijo en un primer momento que, de todas las proposiciones, de todos los lenguajes posibles sólo tienen sentido los que responden a la realidad, estos son los "juicios sintéticos a posteriori". Si se dan "a priori" no son verificables, no pertenecerán al campo de la ciencia y no se podrá hablar de ellos. El problema entonces está en la misma naturaleza del lenguaje humano, porque ninguno es exacto ni objetivo. De esto saben mucho los juristas, que usan del lenguaje de derecho con pretensión de objetividad, al final necesitan un intérprete que dé valor extraordinario a ese lenguaje: ese es el Juez, qué quiere decir el legislador cuando dice "residencia". Ningún lenguaje es perfecto, exacto u objetivo; y esa carencia afecta también al lenguaje de los científicos.

De ahí que Wittgenstein abandonara esta primera etapa apoyando y completando su filosofía del lenguaje con la afirmación de que el lenguaje es siempre referente a la vida y a las cosas. El lenguaje está vivo, y su sentido y significado está en correlación con los que lo utilizan. El lenguaje esta siempre acompañado por las actitudes del sujeto que lo usa. Por eso, el discurso teológico como lenguaje tiene sentido en función de los oyentes y de su lógica interna, al igual que cualquier otro discurso histórico, literario, filosófico o artístico.

El lenguaje de la Teología no es ni más ni menos científico que otros lenguajes. Es lo que llamó Wittgenstein el "juego del lenguaje". En el fondo, los interlocutores usan el lenguaje con un significado impreciso e inexacto, pero cercano a ambos. No será absurdo el discurso teológico cuando es capaz de hacer que se encuentren las personas en torno a unos argumentos. Por consiguiente la ciencia teológica delimitará su estudio en la relación de Dios con los hombres. Partirá de la revelación de Dios, y desde ahí, construirá los distintos enunciados teológicos. Elaborará un discurso racional sobre Dios y su relación con los hombres. La teología sería así un discurso humano, que trata de comprenderse a si mismo y al mundo, comprensión que se extiende y da sentido a todas las cosas. Por eso podemos entender la teología como la ciencia que da sentido a todas las ciencias, porque trata de comprender la razón de ser de todo, su finalidad, su significado último.


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