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Límites,
sí. A la propia conducta
Se
habla mucho de los límites pero pocas veces queda claro en qué
consiste exactamente. ¿Es el contrato social? ¿El vínculo de
solidaridad social? ¿La interacción social? Es un poco todo eso. Y
algo más. El centro de poder, la autoridad. Los límites giran
alrededor.
Punto uno: ¿poner límites? Algo imposible en una casa donde los
adultos no saben bien qué está permitido y qué no en la
convivencia. O cuando hay conductas que se aceptan aún estando en
disconformidad. Si se está disconforme o no se está seguro, los límites
no resultan convincentes y menos si alguien exhorta a otro para que
cumpla algo que él mismo no respeta.
Punto dos: ¿cómo poner límites?. En general se recurre a la
arenga o a las órdenes. Hay otras modalidades más eficaces.
A)
La propia conducta. Cada uno puede por acción u omisión
responder a la falta de límites del otro ya que ese otro se
encuentra vinculado con uno. Y en el caso de predicar con el
ejemplo, no hacer aquello que se reprueba en el otro.
B)
Un trato conveniente. Nada de gritos y de agravios.
Abandonando la conducta molesta o irritante el vínculo se
enriquece.
C)
Identificar. Es
el caso de un chico cuyos padres le prohíben comer caramelos. Por
aparte la abuela se los regala. ¿A quien se debe poner límites? ¿Al
chico o a la abuela? Obviamente, a la abuela porque altera la
consigna que los padres quieren mantener frente al hijo. Conviene
identificar quién es, dentro del grupo, el que realmente necesita
el límite ya que puede haber quienes estén actuando
desmesuradamente como consecuencia de la actitud del otro.
Punto tres: ¿confrontación? No es de habitantes. No surgen
ventajas en la confrontación. La persona que cree hacer lo que quiere porque grita o impone, está
privándose de ser reconocida y tenida en cuenta. En definitiva,
nadie quiere invitar a su casa a un descontrolado, una desaforada, o
a una persona problemática.
Convivir es un arte. Requiere de la posibilidad permanente de
conciliar, acordar y participar mediante la palabra y establecer
empatías emocionales. La riqueza que reporta el vínculo humano sólo
puede ser disfrutada por quienes ven en él una puerta abierta hacia
la evolución personal.
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Una
delgada línea
Entre prevenir y remediar existe una diferencia básica elemental:
sostener hábitos saludables a lo largo del tiempo o, por el
contrario, apegarse a hábitos perjudiciales pasando por alto las señales
de advertencia que el cuerpo brinda. Tan simple como eso.
Contrario a la prevención juegan la falta de síntomas, la creencia
de que un cuerpo sano soporta todo y de que si uno no está
claramente enfermo entonces no hay daño ni de qué preocuparse.
A consecuencia del descuido de la sobrealimentación, el abuso de tabaco y alcohol, incluyendo drogas ilegales, el cuerpo es
lentamente dañado. Hasta que el agente nocivo llega a dominar al
organismo y la vida del usuario. Con un poco suerte llegará, en un
drama aterrador, algún médico a tiempo para evitar un perjuicio
mayor y rotundo que comprometa no sólo la salud y la calidad de
vida sino, además, la vida misma.
El ser humano no es invulnerable, pero actúa como si lo fuera. Es
decir, se expone.
Una conducta irresponsable, sostenida en el tiempo, respecto a la
salud confrontará, si llega, irremediable -y quizás bruscamente-
al individuo con un tratamiento enérgico e inevitable, o a una vida
limitada.
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Miedo:
¿Amigo o Enemigo?
Apareció.
El miedo se apareció. Como el monstruo de una pesadilla infantil. Ahora
está entre nosotros. ¿Porqué es tan importante? Porque desde la
realidad y los medios se confirma que hoy existen muchos peligros:
secuestros, asesinatos, robos, violaciones, etc...
El
miedo es un sentimiento que, en cierto modo, es buen compañero. Útil
como señal de alarma que protege y previene. No obstante cuando nos
invade irracionalmente se apropia de la vida y los espacios psíquicos.
La vida cotidiana termina organizándose como un laberinto alrededor del
miedo, sin que se tenga conciencia de ello. Pérdida de proyectos,
ideas, actividades. Incluso las cotidianas se evitan. Ir de compras, al
club, al cine o al teatro, a casa de un amigo. El monstruo se presenta
con muchos nombres: ‘‘Hoy no voy porque hace demasiado calor’’,
‘‘No quiero que mi hijo juegue a la pelota porque se lastima las
rodillas’’ o ‘‘Mi hijo no me va a la colonia de vacaciones
porque no me lo van a cuidar mejor que yo’’.
Excusas.
Y más excusas que encubren la verdad. Al miedo interior que aísla y
somete convirtiéndose en una cárcel psíquica y física.
Sobrevienen
el aislamiento respecto al mundo exterior y el alejamiento de los vínculos
sociales. Finalmente se reduce el espacio. Como en “Casa tomada” -el
cuento de Julio Cortázar- donde la vida se limita a la salita de un caserón
poblado por fantasmas o ideas portadoras de miedo.
Todo
se vuelve peligroso. Lo que es y lo que no es. La capacidad de
reconocimiento y discriminación queda confusa. Ante tal estado de cosas,
la mirada se torna vigilante y evita situaciones que no encierren peligro,
perdiendo el registro y cuidado de las que sí representan riesgos
verdaderos.
La
energía psíquica queda comprometida al atrincherarse en ‘‘defensa
de’’, dando como resultado el empobrecimiento psíquico, la dificultad
de organizarse creativamente y de conectarse sanamente con el entorno y
los afectos.
¿Cómo
disminuir y resolver esta situación paralizante?
Pedir ayuda profesional. Romper la barrera del aislamiento, encontrarse
con otros. Fijarse metas y comenzar acciones para lograrlas. Abrirse a
lo que le interesa y causa placer. Sin excusas. Éstos son modos de
desarticular el miedo y no permitirle que gobierne nuestras vidas.
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Responsabilidad
y Cuidado Personal
Por
una cuestión de sobreprotección de los padres hacia los hijos se
supone que el niño no debe ocuparse de otra cosa que no sean sus tareas
escolares. Y a veces ni eso. “Ya tendrá tiempo de hacerse
problemas” se justifica. Como si “responsabilidad” y
“problema” fueran sinónimos. Tal que fuera deseable no ser
responsable moral de sus actos (y por lo mismo de sus méritos y desméritos).
En suma, se convierte al niño en un ser irresponsable.
Aunque
la educación formal únicamente está a cargo de la escuela son los
padres quienes se ocupan de la crianza. Ésta es la que capacita al niño
para convivir y compartir con urbanidad. Incluso para adquirir,
gradualmente, responsabilidades morales. Dentro del hogar primero para
luego extenderse a otras áreas. Responsabilidades civiles, penales y
todo lo demás.
Por
un lado estamos en continua formación. Se va aprendiendo acerca de la
vida, viviendo. Es el único modo. Para adultos y para niños. En ambos
casos, de acuerdo a sus posibilidades. En el adulto las posibilidades se
han ampliado. Más aún cuando hay un progresivo desarrollo de sus
propias habilidades. En líneas generales la responsabilidad de un niño
comienza cuando se hace cargo de sus pinturitas, después de su
cartuchera, su año lectivo y, posteriormente, su vida.
Porque
se supo de entrada, en la convivencia, que cada uno debe hacerse cargo
de sus cosas, más tarde se reclaman derechos y se cumplen obligaciones,
cuida de si mismo y puede cuidar a otros, se convive en pareja y se
cumplen proyectos. Es
decir, sobre esa base cada uno desarrolla y expande su vida.
Tan
saludable es que un niño vaya progresivamente agregando
responsabilidades como nocivo resulta para él que crea que no debe
tener ninguna.
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