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Llegar
a una crisis y a posteriormente
una ruptura conyugal sobre la base de una fuerte y
persistente pelea, agresiones e inclusive la exclusión de un
miembro del hogar, configura una situación que hace difícil un
divorcio en buenos términos.
Remontar
un estado de deterioro profundo en la relación se hace cuesta
arriba y demanda bastante apertura y paciencia –esa de la que ya
carecen- como para saber reconocer cuál fue la parte equivocada
de cada uno. No resolver ciertos puntos básicos como el rencor, no permite conciliar cuestiones comunes o rescatar lo que
de valioso ambos puedan reconocer. De lo contrario, pueden quedar
enganchados en una pelea interminable que impedirá la autonomía
afectiva de cada uno.
En
estas circunstancias, quejas y preguntas se suceden mientras lo más
destructivo de cada uno aflora contra el otro como si eso fuera a
deshacer mágicamente todo lo que no pudo funcionar en la
convivencia. En este contexto es necesaria una búsqueda personal
sobre los propios mecanismos que han configurado la relación hoy
cuestionada. La guerra por la cucharita desvía toda la
responsabilidad que un divorcio representa para ambos.
Toda
vez que un pareja llega a una denuncia por violencia familiar y a
solicitar la intervención del Sistema Judicial se supone que han
fracasado los mecanismos de corrección internos que en el vínculo
hubieran podido resolver los problemas que originaron toda una
cadena de malentendidos y un creciente y reactualizado malestar.
En cambio, la falta de un diálogo oportuno, las posturas rígidas,
el sometimiento, el maltrato, la distancia, la soledad y el
retraimiento fueron socavando el cada vez menor entendimiento de
esa pareja.
Llama
la atención la cantidad de años soportada en condiciones
insatisfactorias y cuyo corolario suele ser la descarga constante
de toda la bronca acumulada, frecuentes discusiones, una elevada
irritabilidad, una baja capacidad para escuchar, el aumento de la
desvalorización personal y un alto riesgo de ruptura.
El
Juzgado deposita en un tratamiento de pareja la posibilidad de
reformulaciones y la búsqueda de un nuevo equilibrio en la relación.
A esta altura del conflicto es usual escuchar que el cambio debe
provenir del otro, como si cada uno se sintiera fuente de
conspiración del otro. Sin embargo, y a pesar de encontrarse
frente a frente con rencores y reproches a flor de piel, mucho han
hecho ambos por construir su mundo familiar. Es esto lo que se les
escapa. Lo construido queda oculto a la vista de cada uno mientras
dura este trance de reacomodamiento familiar donde hay denuncias y
la intervención de terceros proponiendo toda clase de soluciones
parciales y transitorias.
Si
la pareja en una etapa posterior llega a reconocer lo mucho que
han construido juntos hay posibilidades que, aún después de una
ruptura puedan llevar adelante una relación diferente, de
cooperación, adaptada a las circunstancias actuales. Y de haber
hijos, una relación despejada de rencores los preservará como
pareja de padres.
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