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Cualquier bala puede cruzarse en nuestro
camino.
¿Es posible desviarla? ¿Impedir su
trayectoria? ¿Cuidar la vida antes del disparo? ¿Sin chaleco
antibalas?
Cuatro consideraciones para preservar la
existencia desde el pensamiento y la acción.
1- El delito y sus consecuencias
sobre las relaciones humanas
Todo hecho delictivo implica una cuota de violencia aunque ésta no
se aplique en forma directa. Esto es así porque su resultado
representa, en todos los casos, un perjuicio o un despojo para
alguien, en el cual una persona o grupo trata de obtener
–compulsivamente- un beneficio a costa de otro. Quien delinque se
impone con una conducta opositora frente a otros. A manera de un
ejecutor de la ruptura de reglas sociales de convivencia. Más aún,
impone una convivencia conflictiva opuesta a una actitud de
cooperación, solidaria o respetuosa del otro. La conducta
transgresora o delictiva es capaz de dividir o fracturar grupos o
familias. Rompe vínculos porque produce desconfianza. Por último,
afecta las relaciones humanas en forma directa y nuclear.
Como código, en calidad de modo de vida, la conducta delictiva puede
instaurarse y formar parte de las reglas que establecen pautas
habituales de intercambio en la vida social de un grupo o comunidad.
Si además el Estado permite o avala la institucionalización del
delito o la transgresión, favoreciendo que ésta atraviese todos los
estratos sociales, la comunidad se expone a la peligrosa
naturalización subjetiva del delito.
En todo conflicto de características violentas, y el delito
representa una de las formas de expresión de un conflicto con la
ley, siempre se afectará a terceras personas. Aún cuando no se
encuentren directamente involucradas en él. Lo peligroso entonces no
está sólo en la naturaleza propiamente violenta y separatista de la
conducta delictiva sino también en la permanente expansión que hace
de sus fronteras.
Gravemente. Es así como la conducta delictiva daña la médula de las
relaciones humanas. Por no considerar a la delincuencia como un
problema que afecta a todos los habitantes, cada uno queda expuesto
a grupos o personas que impondrán su estilo de vida –el delictivo- a
los demás.
Socialmente, no resolver el problema de la inseguridad urbana es
como estar de acuerdo en convivir con el perjuicio, aceptando al
delito como parte del paisaje.
En
resumen, el crecimiento del delito tiene que ver, entre otras cosas,
con el hecho de que se desarrolla una complaciente convivencia con
él. Por lo tanto, haya sido o no víctima de un delito, cada uno se
encuentra potencialmente entre sus víctimas. Al no haber límites
claros y contundentes hacia esta clase de conductas sus afectados
viven y actúan como si nada pasara. Al modo de una persona que
sufriera de úlcera y actuara como si nada tuviera. Quedando expuesta
al riesgo de tener que ir de urgencia hacia la guardia de un
hospital y a padecer el sufrimiento que traerán sus
consecuencias.
2- ¿Cuál es el
precio que se paga por
la permanencia de una alta inseguridad
urbana?
La adolescente salió de su casa con un revólver en
la riñonera para defender su bicicleta ante un posible robo. Llegó
el ladrón también joven, también con un arma, y le robó la bicicleta
y la vida.
Cuando a nivel mediático se dice que, quienes delinquen –y a mano
armada- por ser pobres no tienen nada que perder, ergo en sus
actuaciones no miden riesgos ni consecuencias, se está realizando un
cálculo comparativo. ¿A quiénes se los estaría catalogando como
ganadores? A los que tienen posesiones materiales. Un supuesto
filosófico sostiene que perder es perder respecto de los que ganan,
y se confirma en la realidad ya que hay personas con más bienes que
otras. En esta ecuación, sin embargo, no se cuentan ni la vida ni la
integridad ni la libertad como bienes. Si estos valores entraran en
juego sí habría, y bastante, para perder.
Si
nos colocamos del lado de quien sufre como en el ejemplo, un robo a
mano armada, la pregunta que se hace en ese momento es: ¿Doy lo que
tengo o lo defiendo? Si lo que tiene que entregar es producto de
cierto sacrificio o posee un alto valor simbólico, le va a ser
difícil desprenderse de esos bienes e intentará aferrarse a sus
objetos. Sin embargo, focalizar sobre ellos y protegerlos le impide
a esta persona preguntarse por algo más valioso: ¿Qué elegir? ¿Qué
costo pagar? ¿Dar la bolsa o la vida?
De esta manera se omite, con llamativa ligereza, cuestiones de gran
envergadura: la libertad, que incluye la
posibilidad de elegir; la integridad física y
psíquica, íntimamente relacionadas con la salud; y ni hablar del
valor más elevado: la vida, lo único que nos
separa del vacío, la muerte, el olvido y la nada.
De un lado y del otro el esquema es el mismo. La cuenta da pérdida
si ambas partes se detienen obstinadamente en el interés por los
objetos, por los bienes. Y la pregunta por la vida, y por la calidad
de vida que cada uno quiere o merece tener, quedan sin
responder.
Ambas partes omiten la pregunta fundamental sobre qué defender
primero. Si bien algunos grupos parecen dispuestos a cualquier cosa,
inclusive perder la vida con tal de obtener un botín o defender su
patrimonio, esta pregunta es necesaria en aquellos que sí valoran la
vida, su integridad o su libertad. De lo contrario esta peligrosa
omisión toma valor de decisión e inclina la balanza hacia la
fatalidad. Quedando la vida de unos en manos de otros.
Convengamos que la adolescente que salió armada desde su casa para
defender su bicicleta salió a morir por su bicicleta.
Cuando se adquiere un arma, para atacar o para defender, ya está
planteada la posibilidad de matar o ser matado. Se ha entrado en ese
peligroso lugar donde cualquier cosa puede pasar porque se puede
perder fácilmente el control de la situación. En todo tiroteo, o
cuando se dispara un arma, quien controla el hecho no es ninguno de
los protagonistas; sólo el azar. Al encontrarse en un momento de
violencia extrema nadie puede ser capaz de tener conciencia amplia y
suficiente como para dirigir los hechos. Porque sobre lo
descontrolado e irracional de estar en una situación extrema, con un
alto contenido de inconsciencia, siempre interviene –justamente- un
factor azaroso.
En la civilización occidental, estar en situación de matar o morir
es el estado más primitivo del ser humano. Allí es donde las
oportunidades se reducen a la mínima expresión. Donde haber nacido
ya no tiene sentido y la capacidad de gozar de la vida y de
evolucionar no existen. No se espera nada de la vida porque no hay
nada en qué creer. Es como estar empujado hacia un irremediable
destino fatal.
Abrir la posibilidad de estar frente a otro, cada uno con un arma, y
ante la mínima ecuación que determina: “Es él o yo”, impide a las
personas que se involucran en estas situaciones límite, darse otra
clase de oportunidades. Las vitales.
Convengamos que al perder la vida se malogra toda chance. Y no hay
reclamo.
3- ¿Por qué triunfa la
ineficacia?
No podemos pretender que aquellos que no desean preguntarse nada
acerca de la vida o su integridad lo hagan. Pero no deja de
sorprender que quienes se quejan de la inseguridad urbana no tengan
una respuesta precisa sobre el tema y muestren una tolerancia casi
incondicional hacia hechos de transgresión, conductas delictivas y
agresiones varias que ocurren inclusive dentro de su propio
contexto, y con vínculos significativos. Entonces encontramos padres
agredidos por sus hijos; o a la inversa, amigos que traicionan a
amigos, compañeros de trabajo que mueven el piso a otros, ancianos
abandonados por su familia, estafas internas de todo pelaje y color.
Y sin moverse de sus confines. Sin salir a la calle muchas personas
viven todo tipo de frustración afectiva.
¿Por qué tolerar adentro una situación que se critica con facilidad
por afuera?
El mismo agravio que alguien puede sufrir de su propio hermano es
tolerado porque se trata del hermano. Sin embargo, la traición del
hermano es la menos esperada, la más dolorosa e inaceptable. Pero la
repudiada es la que proviene de un compañero de trabajo, un socio o
del verdulero de la esquina, de “afuera”.
Estos criterios muestran que existe una confusión desde el vamos con
el problema. En estas condiciones no resulta extraño que no se pueda
adoptar una respuesta firme y eficaz respecto de la inseguridad
urbana.
Posturas inconsistentes respecto de cómo responder ante la conducta
delictiva o violenta del otro abonan toda clase de malentendidos y
conflictos.
Partiendo de la base que toda conducta trae consecuencias, cuando
sus efectos son negativos para alguien, figurar que nada pasa
equivale a propiciar el comportamiento motivo de consecuencias
negativas o indeseadas.
La realidad muestra que en muchos casos las instituciones o la
población general no resultan eficaces en la resolución del
problema. Para ello es necesario disminuir la incidencia de la
elevada falta de criterios claros y que las medidas a seguir tengan
un sustento coherente y consensuado tanto en el interior del hogar
como a nivel comunitario. Por el contrario, se figura como si nada
pasara.
En muchas familias se tolera abiertamente y a pesar de la
disconformidad de algunos de sus miembros, que uno de los padres
acepte que su hijo robe dinero o rompa las cosas de la casa. Se
abona de este modo el terreno para que cualquier medida que intente
revertir esta conducta del hijo caiga en la ineficacia
absoluta.
En otros ámbitos, como el institucional o empresario, ocurre
exactamente lo mismo cuando no se corrigen conductas corruptas o
delictivas.
Así en pequeñas y grandes escalas el grado de tolerancia hacia toda
clase de transgresiones, delitos o violencias pasa a ser el
indicador clave para determinar cuán grave puede llegar a ser la
inseguridad vivida por la comunidad.
4-La inseguridad y lo
psicológico
A pesar de vivir en una gran ciudad, con unos cuantos recursos
asegurados, muchas personas sufren todo tipo de miedos y se niegan a
desplazarse con autonomía o actuar en forma libre y espontánea. Es
una mala combinación de pánico y de miedo. También, de
sinonímias.
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Pánico.
Se dice del miedo grande o temor excesivo, sin causa
justificada.
Sinónimo. Terror,
espanto, pavor.
Miedo.
Perturbación
angustiosa del ánimo por un riesgo o mal real o
imaginario.
Sinónimo. Recelo,
temor
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En
nuestros Talleres donde tratamos el tema de los miedos desde el
punto de vista de la inseguridad urbana y de la individual,
descubrimos que mucha gente tiene temores relacionados con mitos y
fantasías populares, con supersticiones o leyendas. Tales miedos
mantienen cerrada la posibilidad de que una acción concreta, es
decir la fuerza de la realidad, pueda desactivarlos o neutralizarlos
porque resisten toda clase de argumentación:
Miedo que se presenta inmotivado e irracional pero psicológicamente
eficaz. A los fantasmas, a los espacios abiertos o a espacios
cerrados, a cruzar la calle, a cruzarla por la esquina, a atender el
teléfono, a salir de la casa, a levantarse de la cama, a la
oscuridad, al silencio, a la luna nueva (sin lobo), a los malos
espíritus, a daños hechos por brujas (hechicería), etc.
Estos miedos no admiten argumentos, pero sí rituales más allá de lo
convencional. Lo curioso es que quienes conviven con esta clase de
miedos, no temen a la violencia cotidiana o a la inseguridad urbana.
A pesar de reconocerla, su preocupación se centra en cómo hacer para
no angustiarse si tiene que apagar la luz, salir a comprar, cruzar
la calle o tomar un ascensor. Así quedan expuestas a peligros reales
por peligros imaginados.
A su vez hay personas que han vivido situaciones traumáticas y como
resultado sufren temores relacionados con aquella situación motivo
de sufrimiento, pero inconcientemente trasladan sus temores a otras
situaciones con elementos similares a los primarios que les dieron
lugar.
Predominando este cuadro sintomatológico personal de inseguridad y
temor, la inseguridad urbana se presenta como un problema
menor.
A su vez la anomia general alimenta la inseguridad personal y
fortalece estos miedos.
Al focalizar el problema en una cuestión individual, el alcance de
la inseguridad se ajusta a lo temido y su tratamiento se
circunscribe a tal persona y su entorno. En cambio lo social admite
medidas de mayor alcance.
Paradójicamente, podría ser mucho más tranquilizador para aquellas
personas que quieren ver disminuir sus temores y sentirse
protegidos, compartir asiduamente el puertas afuera de sus
viviendas, y, en el intercambio con sus vecinos, con sus conocidos,
sobre la base de una actitud activa, ser partícipes de un cuidado
conjunto de su territorio. Suena mejor que vivir encerrados
pretendiendo seguridad desde un limitado refugio como es el interior
del hogar.
La seguridad personal se consigue en parte por el modo en que se
ocupa cada uno de sus temores personales. Pero también en la forma
en que cada uno se mancomuna y se refuerza con respecto a los
temores compartidos. Lo social incide sobre lo personal aunque se
viva encerrado entre cuatro paredes.
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