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INSEGURIDAD URBANA

Miedos y Delito

Lic. Noemi Bonasera

Cualquier bala puede cruzarse en nuestro camino.

¿Es posible desviarla? ¿Impedir su trayectoria? ¿Cuidar la vida antes del disparo? ¿Sin chaleco antibalas?

Cuatro consideraciones para preservar la existencia desde el pensamiento y la acción.

 1- El delito y sus consecuencias

sobre las relaciones humanas

          Todo hecho delictivo implica una cuota de violencia aunque ésta no se aplique en forma directa. Esto es así porque su resultado representa, en todos los casos, un perjuicio o un despojo para alguien, en el cual una persona o grupo trata de obtener –compulsivamente- un beneficio a costa de otro. Quien delinque se impone con una conducta opositora frente a otros. A manera de un ejecutor de la ruptura de reglas sociales de convivencia. Más aún, impone una convivencia conflictiva opuesta a una actitud de cooperación, solidaria o respetuosa del otro. La conducta transgresora o delictiva es capaz de dividir o fracturar grupos o familias. Rompe vínculos porque produce desconfianza. Por último, afecta las relaciones humanas en forma directa y nuclear.

          Como código, en calidad de modo de vida, la conducta delictiva puede instaurarse y formar parte de las reglas que establecen pautas habituales de intercambio en la vida social de un grupo o comunidad. Si además el Estado permite o avala la institucionalización del delito o la transgresión, favoreciendo que ésta atraviese todos los estratos sociales, la comunidad se expone a la peligrosa naturalización subjetiva del delito.

          En todo conflicto de características violentas, y el delito representa una de las formas de expresión de un conflicto con la ley, siempre se afectará a terceras personas. Aún cuando no se encuentren directamente involucradas en él. Lo peligroso entonces no está sólo en la naturaleza propiamente violenta y separatista de la conducta delictiva sino también en la permanente expansión que hace de sus fronteras.

          Gravemente. Es así como la conducta delictiva daña la médula de las relaciones humanas. Por no considerar a la delincuencia como un problema que afecta a todos los habitantes, cada uno queda expuesto a grupos o personas que impondrán su estilo de vida –el delictivo- a los demás.

          Socialmente, no resolver el problema de la inseguridad urbana es como estar de acuerdo en convivir con el perjuicio, aceptando al delito como parte del paisaje.

         En resumen, el crecimiento del delito tiene que ver, entre otras cosas, con el hecho de que se desarrolla una complaciente convivencia con él. Por lo tanto, haya sido o no víctima de un delito, cada uno se encuentra potencialmente entre sus víctimas. Al no haber límites claros y contundentes hacia esta clase de conductas sus afectados viven y actúan como si nada pasara. Al modo de una persona que sufriera de úlcera y actuara como si nada tuviera. Quedando expuesta al riesgo de tener que ir de urgencia hacia la guardia de un hospital y a padecer el sufrimiento que traerán sus consecuencias.

 2- ¿Cuál es el precio que se paga por

la permanencia de una alta inseguridad urbana?

La adolescente salió de su casa con un revólver en la riñonera para defender su bicicleta ante un posible robo. Llegó el ladrón también joven, también con un arma, y le robó la bicicleta y la vida.

           Cuando a nivel mediático se dice que, quienes delinquen –y a mano armada- por ser pobres no tienen nada que perder, ergo en sus actuaciones no miden riesgos ni consecuencias, se está realizando un cálculo comparativo. ¿A quiénes se los estaría catalogando como ganadores? A los que tienen posesiones materiales. Un supuesto filosófico sostiene que perder es perder respecto de los que ganan, y se confirma en la realidad ya que hay personas con más bienes que otras. En esta ecuación, sin embargo, no se cuentan ni la vida ni la integridad ni la libertad como bienes. Si estos valores entraran en juego sí habría, y bastante, para perder.

         Si nos colocamos del lado de quien sufre como en el ejemplo, un robo a mano armada, la pregunta que se hace en ese momento es: ¿Doy lo que tengo o lo defiendo? Si lo que tiene que entregar es producto de cierto sacrificio o posee un alto valor simbólico, le va a ser difícil desprenderse de esos bienes e intentará aferrarse a sus objetos. Sin embargo, focalizar sobre ellos y protegerlos le impide a esta persona preguntarse por algo más valioso: ¿Qué elegir? ¿Qué costo pagar? ¿Dar la bolsa o la vida?

          De esta manera se omite, con llamativa ligereza, cuestiones de gran envergadura: la libertad, que incluye la posibilidad de elegir; la integridad física y psíquica, íntimamente relacionadas con la salud; y ni hablar del valor más elevado: la vida, lo único que nos separa del vacío, la muerte, el olvido y la nada.

          De un lado y del otro el esquema es el mismo. La cuenta da pérdida si ambas partes se detienen obstinadamente en el interés por los objetos, por los bienes. Y la pregunta por la vida, y por la calidad de vida que cada uno quiere o merece tener, quedan sin responder.

         Ambas partes omiten la pregunta fundamental sobre qué defender primero. Si bien algunos grupos parecen dispuestos a cualquier cosa, inclusive perder la vida con tal de obtener un botín o defender su patrimonio, esta pregunta es necesaria en aquellos que sí valoran la vida, su integridad o su libertad. De lo contrario esta peligrosa omisión toma valor de decisión e inclina la balanza hacia la fatalidad. Quedando la vida de unos en manos de otros.

         Convengamos que la adolescente que salió armada desde su casa para defender su bicicleta salió a morir por su bicicleta.

          Cuando se adquiere un arma, para atacar o para defender, ya está planteada la posibilidad de matar o ser matado. Se ha entrado en ese peligroso lugar donde cualquier cosa puede pasar porque se puede perder fácilmente el control de la situación. En todo tiroteo, o cuando se dispara un arma, quien controla el hecho no es ninguno de los protagonistas; sólo el azar. Al encontrarse en un momento de violencia extrema nadie puede ser capaz de tener conciencia amplia y suficiente como para dirigir los hechos. Porque sobre lo descontrolado e irracional de estar en una situación extrema, con un alto contenido de inconsciencia, siempre interviene –justamente- un factor azaroso.

          En la civilización occidental, estar en situación de matar o morir es el estado más primitivo del ser humano. Allí es donde las oportunidades se reducen a la mínima expresión. Donde haber nacido ya no tiene sentido y la capacidad de gozar de la vida y de evolucionar no existen. No se espera nada de la vida porque no hay nada en qué creer. Es como estar empujado hacia un irremediable destino fatal.

          Abrir la posibilidad de estar frente a otro, cada uno con un arma, y ante la mínima ecuación que determina: “Es él o yo”, impide a las personas que se involucran en estas situaciones límite, darse otra clase de oportunidades. Las vitales.

          Convengamos que al perder la vida se malogra toda chance. Y no hay reclamo.

 3- ¿Por qué triunfa la ineficacia?

          No podemos pretender que aquellos que no desean preguntarse nada acerca de la vida o su integridad lo hagan. Pero no deja de sorprender que quienes se quejan de la inseguridad urbana no tengan una respuesta precisa sobre el tema y muestren una tolerancia casi incondicional hacia hechos de transgresión, conductas delictivas y agresiones varias que ocurren inclusive dentro de su propio contexto, y con vínculos significativos. Entonces encontramos padres agredidos por sus hijos; o a la inversa, amigos que traicionan a amigos, compañeros de trabajo que mueven el piso a otros, ancianos abandonados por su familia, estafas internas de todo pelaje y color. Y sin moverse de sus confines. Sin salir a la calle muchas personas viven todo tipo de frustración afectiva.

          ¿Por qué tolerar adentro una situación que se critica con facilidad por afuera?

          El mismo agravio que alguien puede sufrir de su propio hermano es tolerado porque se trata del hermano. Sin embargo, la traición del hermano es la menos esperada, la más dolorosa e inaceptable. Pero la repudiada es la que proviene de un compañero de trabajo, un socio o del verdulero de la esquina, de “afuera”.

          Estos criterios muestran que existe una confusión desde el vamos con el problema. En estas condiciones no resulta extraño que no se pueda adoptar una respuesta firme y eficaz respecto de la inseguridad urbana.

          Posturas inconsistentes respecto de cómo responder ante la conducta delictiva o violenta del otro abonan toda clase de malentendidos y conflictos.

          Partiendo de la base que toda conducta trae consecuencias, cuando sus efectos son negativos para alguien, figurar que nada pasa equivale a propiciar el comportamiento motivo de consecuencias negativas o indeseadas.

          La realidad muestra que en muchos casos las instituciones o la población general no resultan eficaces en la resolución del problema. Para ello es necesario disminuir la incidencia de la elevada falta de criterios claros y que las medidas a seguir tengan un sustento coherente y consensuado tanto en el interior del hogar como a nivel comunitario. Por el contrario, se figura como si nada pasara.

          En muchas familias se tolera abiertamente y a pesar de la disconformidad de algunos de sus miembros, que uno de los padres acepte que su hijo robe dinero o rompa las cosas de la casa. Se abona de este modo el terreno para que cualquier medida que intente revertir esta conducta del hijo caiga en la ineficacia absoluta.

          En otros ámbitos, como el institucional o empresario, ocurre exactamente lo mismo cuando no se corrigen conductas corruptas o delictivas.

          Así en pequeñas y grandes escalas el grado de tolerancia hacia toda clase de transgresiones, delitos o violencias pasa a ser el indicador clave para determinar cuán grave puede llegar a ser la inseguridad vivida por la comunidad.

 4-La inseguridad y lo psicológico

          A pesar de vivir en una gran ciudad, con unos cuantos recursos asegurados, muchas personas sufren todo tipo de miedos y se niegan a desplazarse con autonomía o actuar en forma libre y espontánea. Es una mala combinación de pánico y de miedo. También, de sinonímias.

Pánico. Se dice del miedo grande o temor excesivo, sin causa justificada.

Sinónimo. Terror, espanto, pavor.

Miedo. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o mal real o imaginario.

Sinónimo. Recelo, temor

         En nuestros Talleres donde tratamos el tema de los miedos desde el punto de vista de la inseguridad urbana y de la individual, descubrimos que mucha gente tiene temores relacionados con mitos y fantasías populares, con supersticiones o leyendas. Tales miedos mantienen cerrada la posibilidad de que una acción concreta, es decir la fuerza de la realidad, pueda desactivarlos o neutralizarlos porque resisten toda clase de argumentación:

          Miedo que se presenta inmotivado e irracional pero psicológicamente eficaz. A los fantasmas, a los espacios abiertos o a espacios cerrados, a cruzar la calle, a cruzarla por la esquina, a atender el teléfono, a salir de la casa, a levantarse de la cama, a la oscuridad, al silencio, a la luna nueva (sin lobo), a los malos espíritus, a daños hechos por brujas (hechicería), etc.

          Estos miedos no admiten argumentos, pero sí rituales más allá de lo convencional. Lo curioso es que quienes conviven con esta clase de miedos, no temen a la violencia cotidiana o a la inseguridad urbana. A pesar de reconocerla, su preocupación se centra en cómo hacer para no angustiarse si tiene que apagar la luz, salir a comprar, cruzar la calle o tomar un ascensor. Así quedan expuestas a peligros reales por peligros imaginados.

         A su vez hay personas que han vivido situaciones traumáticas y como resultado sufren temores relacionados con aquella situación motivo de sufrimiento, pero inconcientemente trasladan sus temores a otras situaciones con elementos similares a los primarios que les dieron lugar.

          Predominando este cuadro sintomatológico personal de inseguridad y temor, la inseguridad urbana se presenta como un problema menor.

          A su vez la anomia general alimenta la inseguridad personal y fortalece estos miedos.

          Al focalizar el problema en una cuestión individual, el alcance de la inseguridad se ajusta a lo temido y su tratamiento se circunscribe a tal persona y su entorno. En cambio lo social admite medidas de mayor alcance.

          Paradójicamente, podría ser mucho más tranquilizador para aquellas personas que quieren ver disminuir sus temores y sentirse protegidos, compartir asiduamente el puertas afuera de sus viviendas, y, en el intercambio con sus vecinos, con sus conocidos, sobre la base de una actitud activa, ser partícipes de un cuidado conjunto de su territorio. Suena mejor que vivir encerrados pretendiendo seguridad desde un limitado refugio como es el interior del hogar.

          La seguridad personal se consigue en parte por el modo en que se ocupa cada uno de sus temores personales. Pero también en la forma en que cada uno se mancomuna y se refuerza con respecto a los temores compartidos. Lo social incide sobre lo personal aunque se viva encerrado entre cuatro paredes.


TALLER: "¿Sentimientos de inseguridad? Creando seguridades"

Para descubrir propias seguridades en función del intercambio grupal

Este módulo forma parte del conjunto de Talleres "Cómo Resolver Problemas...o Evitarlos"

Coordinan: Lic. Marta Natale - Lic. Noemi Bonasera 

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