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Los avatares del desarraigo

Lic. Marta Natale

¿Irse? ¿No irse? ¿Huir del árbol sagrado?

En esta Argentina maltratada, herida, robada, donde se siente perder oportunidades y la posibilidad de vivir con estabilidad, la crisis ha quebrado las expectativas en el futuro. Cada vez más, la esperanza de muchas familias está puesta en emigrar. Irse. Adonde sea, pero irse. Son sus hijos los que, en gran número, parten.

La hipótesis general, afianzada con fuerza y consenso, es que el futuro está fuera de nuestro país. Luego, hay que irse. Cuando un supuesto se instala como verdad en el imaginario colectivo quedan eliminados otros supuestos, otras alternativas, y toda la especulación conduce a fortalecer a aquél.

Un sentimiento de desesperanza atraviesa la vida social y familiar argentina. La carencia de protección social ha expuesto al sujeto a padecer el desamparo y la expulsión del sistema. Resulta difícil para un padre, bajo estas condiciones, sostener la mirada sobre sus hijos. Es inevitable que la volubilidad afecte la función paterna.

Así como la función del Estado está casi ausente como referente simbólico y real para el sujeto, la función paterna sufre el impacto producto de esta carencia quedando despojada de recursos y herida internamente. La inestabilidad externa  acentúa esa herida interna.

Los supuestos lógicos antes consensuados acerca de cómo proyectarse en el futuro, el trabajo o el estudio –la previsión, el ahorro- han perdido valor y la realidad refuerza el sentimiento de impotencia y de fracaso. Por otra parte, la adversidad económica y política sumadas a la ausencia de un proyecto social colectivo resignifican el sueño de emigrar de nuestros ancestros europeos. Como resultado, la partida, un goteo incesante de nuestra gente deja familias desmembradas, heridas por vacíos nunca antes pensados.

Los lazos familiares, los lugares de pertenencia y los afectos quedan desestimados, y todo se juega en el plano de la acción de “irse”, -como quien se aparta de un árbol sagrado en llamas- desencadenándose así el mecanismo de huída casi desesperada, sin mediación psíquica, sin posibilidad de reflexión.

            Una precaria partida –huyendo del árbol sagrado- puede augurar un sufrimiento posterior, muy profundo, que podría evitarse.

Emigrar es una alternativa posible sólo dadas ciertas condiciones, mínimas, que permitan una adaptación favorable de los que se van y los que quedan.

Irse y no irse. ¿Cómo irse?

Por un lado, el mayor o menor éxito de quien elige irse depende del conocimiento, de la información, sobre las condiciones jurídicas e institucionales -leyes laborales, de residencia, oferta laboral y habitacional, para comenzar- del país al que se emigra. El contexto, ese país en sí mismo, no es facilitador. No se muestra ni preparado ni interesado en recibir, en ser hospitalario con los que le llegan en busca de arraigo y bienestar. Celoso de su propia estructura económica, política y social, ese país es indiferente a las buenas o malas intenciones de quienes lo elijen. En este contexto ¿cómo podría coincidir la fantasía de obtener algo allá que está vedado aquí como el “progreso”, cuando se desconoce cuánto de ese supuesto “progreso” está vedado allí?

Por otro lado, a la elección irse o no irse también hay que sumar el cómo irse. Una decisión tomada por medio de un análisis sereno de las posibilidades personales y contextuales es también una vía razonable de elección. Irse bien o irse mal.

Los avatares del desarraigo dejan huellas muy profundas que, tarde o temprano, producirán efectos negativos en la interioridad si no se acompañan de un suficiente grado de fortaleza psíquica y de apoyo logístico, si es irse mal.

Si bien las crisis desestructuran, confunden y movilizan, también son útiles para efectuar replanteos, modificar envejecidas actitudes y crear nuevas alternativas. De las más profundas crisis pueden surgir soluciones impensadas y originales.

Y no necesariamente tienen que emerger sólo estas dos opciones: ¿Irse o no irse?

Lic. Marta Natale: 4553-4449

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Regenerar un contrato social

Lic. María Inés Capella

            Emigrar entre territorios ha sido parte de la historia de la humanidad. No hubo pueblo, tribu o clan, que no lo haya hecho. Esto siempre afectó comunidades enteras, familias enteras. Ya fuera porque vino la seca, una manga de langosta o la invasión de los hunos, muchas veces esa emigración fue compulsiva. Independientemente de sus razones, compulsiva o electiva, toda emigración –modo de irse- supone costos y beneficios.

En la vida de muchas familias argentinas, últimamente, se vuelven a repetir las emigraciones. Nuestro país fue, entre el siglo XIX y XX, la meta de quienes buscaron un futuro mejor. La política inmigratoria favoreció en nuestros antepasados, a mujeres y hombres –grupos de diferentes nacionalidades- la posibilidad de trabajar en nuestras tierras e impulsar la agricultura y la ganadería, la industria y el comercio, desarrollando el proyecto nacional.

Hoy nos toca vivir la otra cara de la moneda. Quizás con más tecnología. Pero sin producción, sin industrias y un alto índice de desempleo a partir de la recesión económica, ¿quién puede oponerse a la emigración cuando nuestra subsistencia y más aún, el futuro de nuestros hijos no está aquí?

Es posible irse bien buscando nuevas perspectivas. Laborales o personales, ese modo de emigrar apunta a una gloriación de la existencia. Uno se va porque entiende que, más allá de malas políticas, la vida ya no tiene sentido. Se ha profanizado. El contrato social está en cuestión. Por eso se busca restaurar su sacralidad regenerándola en otros horizontes. Muy legítimo si se vive la emigración desde adentro. Sin soberbia. Afirmando la existencia en un contrato social regenerado. Ya sea del individuo que se va, como los del entorno que recibe sus beneficios.

Lic. María Inés Capella: [email protected]

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Irse bien: decidiendo sin ambigüedades

Lic. Noemi Bonasera

La decisión de emigrar –irse, e irse bien- exige una evaluación concienzuda, sin ninguna clase de ambigüedades. Sobre todo si se trata del traslado definitivo de una pareja o de una familia. A mayor red social, a mayor cantidad de lazos afectivos, mayor movilización interna habrá ante una separación por mucho que ésta haya sido buscada.

Existe una tendencia, ya experimentada por los inmigrantes del siglo pasado, de cortar lazos con aquellas personas significativas que quedaron en su país de origen. Quizás porque sabían que iba a ser muy difícil que volvieran a ver a sus seres queridos. Esa única despedida era para siempre. ¿A qué mirar hacia atrás? Hoy en cambio las posibilidades de volver a encontrarse con aquellos vínculos son, para quien emigra, mucho mayores que antaño. A través de Internet, simplemente, se puede mantener un contacto actualizado. Hay padres que inclusive dicen tener mayor comunicación con sus hijos por ese medio, una vez que ellos se fueron para radicarse en otro país.

Sin embargo hay costos que pagar en esa balanza que se inclina hacia la superación, si esa separación se cubre de dramatismo y la sensación de pérdida casi de muerte lo abarca todo.

¿Porqué no pensar que en el proceso evolutivo son muchos los lugares de los cuales cada individuo emigra? De los espacios de estudiante, del barrio de la infancia, de un trabajo compartido durante muchos años, de un matrimonio, de una provincia, se emigra de un estado de incertidumbre a uno de certeza, de uno de soledad a otro distinto de connubio. Y es deseable que haya tales pasajes que suponen devenir y desarrollo. Pasar de una etapa a otra en el desarrollo tiene características comparables con la alternativa migración-inmigración. Cambian los vínculos, los espacios, el modo de ver las cosas, se hace inevitable un aprendizaje, todo es nuevo. También puede haber migraciones que representan retrocesos, cuando un individuo es empujado por circunstancias externas, decisiones equivocadas o por enfermedad hacia un cambio no esperado, que lo perjudica.

Dentro de la variedad de alternativas, cuando emigrar no responde a un cambio propio de la culminación de una etapa, sino a una necesidad de buscar condiciones más favorables para poder completarla, se transforma en un tema para pensar con detenimiento.

En el caso de parejas que piensan en emigrar, los problemas aparecen cuando, ante una decisión tan delicada, no hay una fuerte convicción en ambos. Cualquiera sean las condiciones, el proyecto no se resiente si la identificación es plena. Pero cuando aparecen las posibilidades concretas de emigrar juntos y uno de los dos no está de acuerdo o los miedos se adueñan de la decisión, esto puede ser el comienzo de serios conflictos.

Si predomina la decisión de emigrar, el que no estaba del todo conforme se sentirá no escuchado, con poco entusiasmo para establecerse en el nuevo país y con dificultades para acompañar a su pareja. Si, en cambio, predomina la decisión de quedarse, el disconforme pondrá en cada fracaso u objetivo no cumplido, una carga de malestar sobre el hecho de haber renunciado a irse.

            Si una pareja comienza a tratar el tema de emigrar conviene que esa idea sea consensuada hablando claro, sin cortapisas. No alcanza con una actitud “madura”. Es necesario puntualizar una por una todas sus alternativas. Decisiones de esta naturaleza no pueden tomarse con desinformación y sobreentendidos, o ambigüedades que desestabilizan a la pareja convirtiendo la decisión en un infortunio. Solo poniendo en relieve cada pro y contra del proyecto –con realismo y frialdad, sin ambigüedades- se puede llegar a un convencimiento profundo y, en lo posible, de ambos por igual.

            En una palabra, así como se emigra se inmigra.

E-mail: [email protected]

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