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¿Irse?
¿No irse? ¿Huir del árbol sagrado?
En
esta Argentina maltratada, herida, robada, donde se siente perder
oportunidades y la posibilidad de vivir con estabilidad, la crisis
ha quebrado las expectativas en el futuro. Cada vez más, la
esperanza de muchas familias está puesta en emigrar. Irse. Adonde
sea, pero irse. Son sus hijos los que, en gran número, parten.
La hipótesis
general, afianzada con fuerza y consenso, es que el futuro está
fuera de nuestro país. Luego, hay que irse. Cuando un supuesto se
instala como verdad en el imaginario colectivo quedan eliminados
otros supuestos, otras alternativas, y toda la especulación conduce
a fortalecer a aquél.
Un
sentimiento de desesperanza atraviesa la vida social y familiar
argentina. La carencia de protección social ha expuesto al sujeto a
padecer el desamparo y la expulsión del sistema. Resulta difícil
para un padre, bajo estas condiciones, sostener la mirada sobre sus
hijos. Es inevitable que la volubilidad afecte la función paterna.
Así
como la función del Estado está casi ausente como referente simbólico
y real para el sujeto, la función paterna sufre el impacto producto
de esta carencia quedando despojada de recursos y herida
internamente. La inestabilidad externa
acentúa esa herida interna.
Los
supuestos lógicos antes consensuados acerca de cómo proyectarse en
el futuro, el trabajo o el estudio –la previsión, el ahorro- han
perdido valor y la realidad refuerza el sentimiento de impotencia y
de fracaso. Por otra parte, la adversidad económica y política
sumadas a la ausencia de un proyecto social colectivo resignifican
el sueño de emigrar de nuestros ancestros europeos. Como resultado,
la partida, un goteo incesante de nuestra gente deja familias
desmembradas, heridas por vacíos nunca antes pensados.
Los
lazos familiares, los lugares de pertenencia y los afectos quedan
desestimados, y todo se juega en el plano de la acción de
“irse”, -como quien se aparta de un árbol sagrado en llamas-
desencadenándose así el mecanismo de huída casi desesperada, sin
mediación psíquica, sin posibilidad de reflexión.
Una precaria partida
–huyendo del árbol sagrado- puede augurar un sufrimiento
posterior, muy profundo, que podría evitarse.
Emigrar
es una alternativa posible sólo dadas ciertas condiciones, mínimas,
que permitan una adaptación favorable de los que se van y los que
quedan.
Irse y
no irse. ¿Cómo irse?
Por
un lado, el mayor o menor éxito de quien elige irse depende del
conocimiento, de la información, sobre las condiciones jurídicas e
institucionales -leyes laborales, de residencia, oferta laboral y
habitacional, para comenzar- del país al que se emigra. El
contexto, ese país en sí mismo, no es facilitador. No se muestra
ni preparado ni interesado en recibir, en ser hospitalario con los
que le llegan en busca de arraigo y bienestar. Celoso de su propia
estructura económica, política y social, ese país es indiferente
a las buenas o malas intenciones de quienes lo elijen. En este
contexto ¿cómo podría coincidir la fantasía de obtener algo allá
que está vedado aquí como el “progreso”, cuando se desconoce
cuánto de ese supuesto “progreso” está vedado allí?
Por
otro lado, a la elección irse o no irse también hay que sumar el cómo
irse. Una decisión tomada por medio de un análisis sereno de las
posibilidades personales y contextuales es también una vía
razonable de elección. Irse bien o irse mal.
Los
avatares del desarraigo dejan huellas muy profundas que, tarde o
temprano, producirán efectos negativos en la interioridad si no se
acompañan de un suficiente grado de fortaleza psíquica y de apoyo
logístico, si es irse mal.
Si
bien las crisis desestructuran, confunden y movilizan, también son
útiles para efectuar replanteos, modificar envejecidas actitudes y
crear nuevas alternativas. De las más profundas crisis pueden
surgir soluciones impensadas y originales.
Y no
necesariamente tienen que emerger sólo estas dos opciones: ¿Irse o
no irse?
Lic. Marta Natale: 4553-4449
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Regenerar
un contrato social
Lic.
María Inés Capella
Emigrar
entre territorios ha sido parte de la historia de la humanidad. No
hubo pueblo, tribu o clan, que no lo haya hecho. Esto siempre afectó
comunidades enteras, familias enteras. Ya fuera porque vino la seca,
una manga de langosta o la invasión de los hunos, muchas veces esa
emigración fue compulsiva. Independientemente de sus razones,
compulsiva o electiva, toda emigración –modo de irse- supone
costos y beneficios.
En
la vida de muchas familias argentinas, últimamente, se vuelven a
repetir las emigraciones. Nuestro país fue, entre el siglo XIX y
XX, la meta de quienes buscaron un futuro mejor. La política
inmigratoria favoreció en nuestros antepasados, a mujeres y hombres
–grupos de diferentes nacionalidades- la posibilidad de trabajar
en nuestras tierras e impulsar la agricultura y la ganadería, la
industria y el comercio, desarrollando el proyecto nacional.
Hoy nos toca vivir la otra cara de la moneda. Quizás con más tecnología.
Pero sin producción, sin industrias y un alto índice de desempleo
a partir de la recesión económica, ¿quién puede oponerse a la
emigración cuando nuestra subsistencia y más aún, el futuro de
nuestros hijos no está aquí?
Es posible irse bien buscando nuevas perspectivas. Laborales o
personales, ese modo de emigrar apunta a una gloriación de la
existencia. Uno se va porque entiende que, más allá de malas políticas,
la vida ya no tiene sentido. Se ha profanizado. El contrato social
está en cuestión. Por eso se busca restaurar su sacralidad regenerándola
en otros horizontes. Muy legítimo si se vive la emigración desde
adentro. Sin soberbia. Afirmando la existencia en un contrato social
regenerado. Ya sea del individuo que se va, como los del entorno que
recibe sus beneficios.
Lic. María Inés Capella: [email protected]
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Irse
bien: decidiendo sin ambigüedades
Lic.
Noemi Bonasera
La
decisión de emigrar –irse, e irse bien- exige una evaluación
concienzuda, sin ninguna clase de ambigüedades. Sobre todo si se
trata del traslado definitivo de una pareja o de una familia. A
mayor red social, a mayor cantidad de lazos afectivos, mayor
movilización interna habrá ante una separación por mucho que ésta
haya sido buscada.
Existe una tendencia, ya experimentada por los inmigrantes del siglo
pasado, de cortar lazos con aquellas personas significativas que
quedaron en su país de origen. Quizás porque sabían que iba a ser
muy difícil que volvieran a ver a sus seres queridos. Esa única
despedida era para siempre. ¿A qué mirar hacia atrás? Hoy en
cambio las posibilidades de volver a encontrarse con aquellos vínculos
son, para quien emigra, mucho mayores que antaño. A través de
Internet, simplemente, se puede mantener un contacto actualizado.
Hay padres que inclusive dicen tener mayor comunicación con sus
hijos por ese medio, una vez que ellos se fueron para radicarse en
otro país.
Sin embargo hay costos que pagar en esa balanza que se inclina hacia la
superación, si esa separación se cubre de dramatismo y la sensación
de pérdida casi de muerte lo abarca todo.
¿Porqué no pensar que
en el proceso evolutivo son muchos los lugares de los cuales cada
individuo emigra? De los espacios de estudiante, del barrio de la
infancia, de un trabajo compartido durante muchos años, de un
matrimonio, de una provincia, se emigra de un estado de
incertidumbre a uno de certeza, de uno de soledad a otro distinto de
connubio. Y es deseable que haya tales pasajes que suponen devenir y
desarrollo. Pasar de una etapa a otra en el desarrollo tiene
características comparables con la alternativa migración-inmigración.
Cambian los vínculos, los espacios, el modo de ver las cosas, se
hace inevitable un aprendizaje, todo es nuevo. También puede haber
migraciones que representan retrocesos, cuando un individuo es
empujado por circunstancias externas, decisiones equivocadas o por
enfermedad hacia un cambio no esperado, que lo perjudica.
Dentro de la variedad de
alternativas, cuando emigrar no responde a un cambio propio de la
culminación de una etapa, sino a una necesidad de buscar
condiciones más favorables para poder completarla, se transforma en
un tema para pensar con detenimiento.
En
el caso de parejas que piensan en emigrar, los problemas aparecen
cuando, ante una decisión tan delicada, no hay una fuerte convicción
en ambos. Cualquiera sean las condiciones, el proyecto no se
resiente si la identificación es plena. Pero cuando aparecen las
posibilidades concretas de emigrar juntos y uno de los dos no está
de acuerdo o los miedos se adueñan de la decisión, esto puede ser
el comienzo de serios conflictos.
Si predomina la decisión de emigrar, el que no estaba del todo conforme
se sentirá no escuchado, con poco entusiasmo para establecerse en
el nuevo país y con dificultades para acompañar a su pareja. Si,
en cambio, predomina la decisión de quedarse, el disconforme pondrá
en cada fracaso u objetivo no cumplido, una carga de malestar sobre
el hecho de haber renunciado a irse.
Si una pareja comienza a tratar el tema de emigrar conviene que esa
idea sea consensuada hablando claro, sin cortapisas. No alcanza con
una actitud “madura”. Es necesario puntualizar una por una todas
sus alternativas. Decisiones de esta naturaleza no pueden tomarse
con desinformación y sobreentendidos, o ambigüedades que
desestabilizan a la pareja convirtiendo la decisión en un
infortunio. Solo poniendo en relieve cada pro y contra del proyecto
–con realismo y frialdad, sin ambigüedades- se puede llegar a un
convencimiento profundo y, en lo posible, de ambos por igual.
En una palabra, así como se emigra se inmigra.
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