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Deshacerse
de un problema de maltrato o violencia en el seno de una familia no
es sencillo si no se recurre a terceros que puedan hacer inclinar la
balanza hacia la meta de una mejor convivencia.
De lo contrario, el circuito se cierra dentro de un anillo nefasto
que va estrechándose cada vez más alrededor de todos sus miembros,
limitando las posibilidades de salida. Los chicos son los que
resultan siempre los más afectados.
En situaciones extremas, tales terceros suelen ser la Policía o el
Juzgado, pero conviene no llegar a esas instancias y pedir auxilio
antes de que el deterioro en las relaciones mutuas llegue a mayores.
Personas
violentadas en la infancia reproducen la violencia siendo adultos.
Quedaron aprisionados por ella. Como una casa tomada.
Si
bien es responsabilidad de cada adulto quedarse inerte ante el
disparo de la violencia, o ejecutarla, una vez establecido el
problema en el interior de la familia, todos pasan a ser víctimas
de él.
En
situaciones extremas aparecen o son reclamadas personas o
instituciones ajenas al conflicto para que actúe de mediadora o
modere la situación.
Esta
instancia puede abrir la posibilidad de una intervención terapéutica.
De no hacerlo, la familia puede estar en riesgo.
Es
necesario cerrarle las puertas a la violencia y no reproducirla
pues, apenas admitida, será cada vez más difícil erradicarla. Las
respuestas violentas tienden a convertirse en conducta-hábito y el
daño que produzca en las relaciones será inevitable. La relación
y, dentro de la relación la confianza, se pondrá en tela de
juicio.
Cualquier
vínculo puede ser sacrificado de este modo: una pareja, la relación
padre-hijo, grupos completos.
Como método para resolver un conflicto es ineficaz. Agrega un nuevo
problema y agrava la situación.
¿Cómo logra una persona abstenerse de reproducir el circuito
violento? Por un lado debe estar convencido que quiere conservar esa
relación y por otro, debe mantenerse firme en no aceptar bajo ningún
aspecto el acto violento.
Muchas
veces ante el maltrato no hay respuesta. No por cobardía sino por
educación. Por no querer caer en la misma decadencia en la cual cayó
el otro.
Hay
familias cuyos miembros, sin darse cuenta, viven "jugando"
a la ruleta rusa.
No hay armas pero se tiran con “artillería pesada”. El
armamento consiste en reproches, abusos, molestarse, golpes,
insultos y denigraciones hasta que uno explota y da el paso
siguiente para que se ejecute el momento paroxístico de descarga
grupal: la violencia general. Como si se conjurara así, por un
mandato divino, alguna cosa demoníaca.
Esta manera de vivir, aprendida desde chicos y recreada por
la pareja, se hace extensiva a los hijos. Nadie entonces queda fuera
del juego. Tampoco se lo puede abandonar. “Cobarde”, “abandónico”,
“ingrato” o “fracasado” son algunas de las acusaciones que
caen sobre quien lo intente.
En otros ámbitos pueden ser pacíficos ciudadanos pero en la
propia casa se convierten en guerreros imbatibles. El hogar es su
campo de batalla. Allí se ve la devastación que resulta después
de la pelea. También suele haber heridos. Al final de todo, no se
advierte un problema de inteligencia sino un elevado monto pasional.
Y tan alto como la necesidad de cariño que se esconde detrás de
cada estallido.
Pasiones que se despliegan abiertamente como una catarata
fuera de cauce. Separarse de común acuerdo no entra en las
posibilidades. Tampoco cambiar. Es juego y trampa mortal. El pacto,
al que adhirieron en forma incondicional, consiste en continuar
hasta el límite. Un extremo que ninguno sabe dónde queda. Porque
si lo establecieran también sería traicionar los códigos. Los une
una lealtad férrea e inconmovible, que puede llegar a destruirlos a
cambio de seguir dentro del juego. Juntos. ¿Hasta que la muerte los
separe? Poderosa fuerza destructiva que se nutre en cada episodio de
violencia.
Es
una paradoja por la que luchan. Se pretende que el otro cambie pero
si cambia eso es tomado como una traición. Es cuando el juego
predominó apoderándose de ellos. Cada uno, como títere del juego,
es su víctima. La fantasía alimenta la idea de que eliminando al
otro se termina el juego. Es una ilusión. En realidad eliminar al
otro es permanecer en el juego. Eternamente. Porque el otro no es el
problema. La cuestión reside en el juego que pactaron seguir.
Hay algo de inmolación en ese pacto porque reproduce códigos
autodestructivos que, en algún momento, se adueñaron de la pareja.
El respeto y el trato amable quedan de la puerta de su casa
para afuera, porque adentro se trata de cumplir el ritual. Como si
se hubieran unido para eso. Exclusivamente. Para cumplir el ritual.
A pesar de la queja por no cambiar, del peligro, del
sufrimiento que les reporta, de este ritual extraen la fuerza
necesaria para vivir. El sentido, el motivo de seguir juntos.
A
pesar de lo extraño que a muchos le resulte, sin este juego, esas
parejas sienten que lo pierden todo. Que la vida no sería
interesante. O que podría esperarles algo peor. Más sacrificado
que quedarse. En el fondo algo muy fuerte los une, los diferencia
del resto y les da un lugar. Dramático, pero lugar al fin. Y una
manera de saberse vivos. Nos preguntamos: ¿Hay alguien con derecho
de privarlos de algo tan esencial?
¿Serán
capaces esas parejas, alguna vez, de hacer una transformación vital
del juego a su favor? ¿Cambiar el pacto?
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