Nuestros dinosaurios apenas tienen setenta años. Los
adolescentes de la postguerra eran los habitantes del nuevo mundo. También
vieron nacer esa minúscula partícula del universo musical que ante la
evidencia, llamaron rocanrol.
Nadie serio
hablará de este residuo musical insignificante salvo en lo que se refiera a
unas cuantas fortunas amasadas a su costa, un montón de sintonías para anuncios
y películas y alguna leyenda popular. Lo prodigioso no es que aún sobreviva y
que se trate de una actividad que ha sido presenciada desde sus comienzos por
hombres que aún viven. El auténtico milagro es que espera seguir los derroteros
de instituciones milenarias como el Vaticano y convivir con toda su caspa
intacta dentro del inmenso aparato publicitario de nuestro capitalismo
cultural.
Sobra decir a estas alturas que resulta despreciable todo el
esfuerzo de algunos estudios que trataron el fenómeno juvenil desde su raíz
musical (el proto-rock) hasta sus últimas consecuencias en el presente,
incluyendo un interminable número de episodios intermedios. Algún día se
demostrará que el rocanrol es todo menos música. Aún más: todo menos cultura.
Eso es lo más extraordinario y lo que más me fascina, porque si hay
algo en este cada vez más reducido espacio de lo que podríamos llamar nuestro
asilo, es esa tozudez fuera de lo común. Los clásicos tres acordes son esa otra
trinidad que, anacrónica como la religión, se convierte en el misterio que
niega el estruendo monótono a su alrededor. ¿Que cuántos asaltos más
aguantaremos? Ésa no es la pregunta que nos hagamos con mayor frecuencia en el
asilo. Aquí sobra con sacudirnos el polvo de vez en cuando y no dejarse comer
por la polilla."
Nuestros dinosaurios son como padres. Jubilados pero aprovechando la
menor ocasión para volver a un escenario y pedir a los críos —ya crecidos—, a
los nietos y a todo el que venga, un apartamento junto al mar, homenajes
nostálgicos y el canal porno satélite.