El recién llegado era un kalendar1 errante de los Malamati, los «Censurables». Bahaudin estaba rodeado por sus discípulos.
«¿De dónde vienes?», le preguntó al viajero, con la expresión sufí habitual.
«No tengo ni idea», dijo el otro, riendo estúpidamente.
Algunos de los discípulos de Bahaudin murmuraron su desaprobación por esa falta de respeto.
«¿Adónde vas?», prosiguió Bahaudin.
«No sé», gritó el derviche.
«¿Qué es el Bien?»
Para entonces ya se había reunido una gran multitud.
«No lo sé.»
«¿Qué es el mal?»
«No tengo ni idea.»
«¿Qué es lo correcto?»
«Todo lo que es bueno para mí.»
«¿Qué es lo equivocado?»
«Todo lo que es malo para mí.»
La gente, agotada su paciencia e irritada por este derviche, lo apartó. Éste se fue caminando decididamente a grandes pasos en una dirección que no llevaba a ninguna parte, muy lejos.
«¡Idiotas!», dijo Bahaudin Naqshband, «este hombre estaba representando el papel de la humanidad. Mientras vosotros le despreciabais, él estaba mostrando deliberadamente la falta de atención que todos vosotros mostráis, de forma inconsciente, todos los días de vuestras vidas».
Había una vez (y ésta es una historia verdadera) un estudiante que solía ir todos los días a sentarse a los pies de un maestro sufí, para anotar en un papel todo lo que éste decía.
Estaba tan inmerso en sus estudios que era incapaz de realizar ninguna actividad de provecho. Una noche, cuando llegó a casa, su mujer le puso delante un cuenco tapado con una servilleta. Él la cogió y se la puso al cuello, y entonces vio que el cuenco estaba lleno de...papel y plumas.
«Como esto es lo que haces todo el día», le dijo su mujer, «intenta comértelo».
A la mañana siguiente, como de costumbre, el estudiante fue a aprender de su maestro. Aunque las palabras de su mujer le habían afligido, no se puso a buscar un empleo, sino que se dispuso a continuar con sus estudios.
Después de unos minutos de estar escribiendo, se dio cuenta de que su pluma no funcionaba bien. «No importa», dijo el maestro, «ve a ese rincón, coge la caja que hay ahí y ponla delante de ti».
Cuando se sentó con la caja y abrió la tapa, descubrió que estaba llena de...comida.
En tiempos del rey Mahmud el Conquistador de Ghazna, vivía un joven llamado Haidar Ali Jan. Su padre, Iskandar Khan, decidió obtener para él el mecenazgo del emperador, y lo envió a estudiar cuestiones espirituales con uno de los más grandes sabios de la época.
Cuando dominó las recitaciones y los ejercicios, cuando aprendió los relatos y las posturas corporales de las escuelas sufíes, Haidar Ali fue conducido por su padre a presencia del emperador.
«Poderoso Emperador», dijo Iskandar, «he traído conmigo a este joven, mi hijo mayor y más inteligente, que ha recibido una formación especial en las diferentes vías sufíes, para que pueda obtener una posición digna en la corte de Vuestra Majestad, que sois modelo de enseñanza de nuestra época.»
Mahmud no levantó la mirada y se limitó a decir: «Tráelo dentro de un año.»
Ligeramente decepcionado, pero abrigando firmes esperanzas, Iskandar envió a Ali a estudiar las obras de los grandes sufíes del pasado, y a que visitara los santuarios de los ancianos maestros de Bagdad, para que no desaprovechara el año de espera.
Cuando volvió a llevar al joven a la corte, dijo:
«¡Pavo Real de nuestra Época! Mi hijo ha realizado largos y difíciles viajes y, al mismo tiempo, ha añadido a su conocimiento de los ejercicios una completa familiaridad con los clásicos de la Gente del Sendero. Os ruego que lo tengáis a prueba para comprobar que puede ser un adorno de la corte de Vuestra Majestad.»
«Que vuelva», dijo Mahmud inmediatamente, «dentro de otro año».
Durante los siguientes doce meses, Haidar Ali cruzó el Oxus2y visitó Bujara y Samarcanda, Qasr-i-Arifin y Tashqband, Dushanbe y los turbats de los santos sufíes del Turquestán.
Cuando volvió a la corte, Mahmud de Ghazna le echó un vistazo y dijo:
«Que prueba a volver el año que viene.»
Haidar Ali hizo la peregrinación a La Meca. Viajó a la India; y en Persia consultó valiosos libros de gran rareza, y nunca desperdició una oportunidad de buscar y presentar sus respetos a los grandes derviches de aquel tiempo.
Cuando volvió a Ghazna, Mahmud le dijo:
«Ahora escoge un maestro, si te acepta, y vuelve dentro de un año.»
Cuando ese año hubo pasado e Iskandar Khan se disponía llevar a su hijo a la corte, Haidar Ali no mostró ningún interés en ir. Se sentó a los pies de su maestro en Herat, y nada de lo que dijo su padre fue capaz de moverlo de allí.
«He malgastado mi tiempo y mi dinero, y este joven no ha superado las pruebas de Mahmud el Rey», se lamentaba Iskandar, que acabó abandonando su empeño.
Llegó el día en que el joven tenía que presentarse, y Mahmud dijo a sus cortesanos:
«Preparaos para una visita a Herat, hay una persona allí a la que quiero ver.»
Mientras la comitiva del emperador entraba en Herat al toque de trompetas, el maestro de Haidar Ali lo cogió por la mano y lo condujo a la puerta de la tekkia, y allí se pusieron a esperar.
Poco después, Mahmud y su cortesano Ayaz, descalzos, se presentaron en el santuario.
«Aquí, Mahmud», dijo el sheikh sufí, «Está el hombre que no era nada cuando era un visitante de reyes, pero que ahora es alguien a quien visitan los reyes. Llévatelo como consejero sufí, porque ya está preparado».
Ésta es la historia de los estudios de Hiravi, Haidar Ali Jan, el Sabio de Herat.
El sufí Ajmal Hussein recibía continuamente las críticas de los eruditos, que temían que su reputación eclipsara la de ellos. No escatimaron esfuerzos para sembrar la duda sobre su conocimiento, para acusarle de refugiarse de sus críticas en el misticismo, y hasta para insinuar que era culpable de haber realizado prácticas vergonzosas.
Por fin, Ajmal dijo:
«Si contesto a mis críticos, aprovechan la ocasión para lanzarme nuevas acusaciones, que la gente cree porque les divierte dar crédito a ese tipo de cosas. Si no les contesto, alardean y se pavonean de ellos, y todos piensan que son auténticos eruditos. Se creen que nosotros los sufíes somos contrarios a la erudición, y no es así. Pero nuestra verdadera existencia es una amenaza para la pretendida erudición de esos enanos ruidosos. La erudición desapareció hace mucho tiempo. A lo que ahora tenemos que enfrentarnos es a una erudición falsa.»
Los eruditos chillaron más fuerte que nunca. Al fin, Ajmal dijo:
«La discusión no es tan efectiva como la demostración. Voy a daros una idea de cómo son estas personas.»
Solicitó a los eruditos unos «cuestionarios» para que pudieran evaluar su conocimiento y sus ideas. Cincuenta profesores y académicos le enviaron los cuestionarios, y Ajmal lo contestó todos de forma diferente. Cuando los eruditos se reunieron para hablar de estos cuestionarios, había tantas versiones distintas que todos pensaban haber puesto al descubierto a Ajmal y se negaban a abandonar sus tesis en favor de las de los demás. El resultado fue la celebre «trifulca de los eruditos». Durante cinco días se atacaron los unos a los otros con saña.
«Esto», dijo Ajmal, «es una demostración. Lo que más le importa a cada uno es su propia opinión y su propia interpretación. No les preocupa nada la verdad. Lo mismo hacen con las enseñanzas de todos. Cuando están vivos, les atormentan. Cuando se mueren, se hacen especialistas en su obra. Sin embargo, el único motor de su actividad es rivalizar unos con otros y enfrentarse a todo el que no pertenezca a su misma clase. ¿Queréis convertiros en uno de ellos? Decididlo pronto.»
Se cuenta que un joven discípulo de Baba Charkhi estaba sentado en el vestíbulo de su casa cuando llegó un hombre y le dijo: «¿Quién eres tú?»
El discípulo respondió: «Soy un seguidor de Baba Charkhi.»
El hombre preguntó:
«¿Cómo puede Charkhi tener seguidores? Soy su tío, y si lo hubiera tenido, yo lo habría sabido. Me temo, querido niño, que estás mal informado sobre su condición de ``Baba''3».
Después de este episodio, el tío de Charkhi se quedó en la casa muchos años, hasta su muerte. Se negó a formar parte de las «reuniones de cultura» que el Baba celebraba, y nunca creyó que Charkhi fuese un maestro sufí. «Lo conozco desde que era un niño», decía, «y no puedo creer que enseñe nada, porque siempre fue incapaz de aprender nada».
Incluso después de la muerte de Charkhi, muchas personas, entre ellas muchos asiduos visitantes de su casa --incluyendo comerciantes con los que hacía negocios--, seguían sin creer que hubiera sido un santo.
Yunus Abu-Aswad Kamali, el teólogo, hablaba en nombre de éstos cuando dijo: «Traté a Charkhi durante treinta años y jamás habló conmigo de asuntos elevados. En mi opinión, tal comportamiento no es el propio de un sabio. Nunca trató de explicarme sus teorías ni intentó hacerme su discípulo. Me enteré de su supuesta condición de sufí a través del carnicero.»
Se cuenta que la gente decía de Ibn-el-Arabi:
«Tu círculo está compuesto sobre todo por mendigos, labradores y artesanos. ¿No puedes encontrar gente de cultura que te siga, para que se preste una atención más cualificada a tus enseñanzas?»
Él respondió:
«Cuando haya hombres influyentes y eruditos cantando mis alabanzas, el Día de la Calamidad estará muchísimo más cerca; porque sin duda lo estarán haciendo por su propio bien, ¡y no por el bien de nuestra obra!»
Se cuenta que en cierta ocasión un derviche detuvo a un rey en la calle. El rey dijo: «¿Cómo te atreves tú, un hombre sin importancia, a interrumpir el avance de su soberano?»
El derviche respondió:
«¿Puedes tú ser un soberano si no eres capaz ni de llenar mi kashkul, el cuenco de un mendigo?»
Tendió su cuenco, y el rey ordenó que se lo llenaran de oro.
Pero en cuanto parecía que el cuenco iba a quedar lleno de monedas, éstas desaparecían, y de nuevo el cuenco parecía vacío.
Trajeron sacos y sacos de oro y el asombroso cuenco seguía devorando monedas.
«¡Alto!», gritó el rey, «¡este embaucador está vaciando mi tesoro!»
«Según tú, estoy vaciando tu tesoro», dijo el derviche, «pero para otros sólo estoy ilustrando una verdad».
«¿Qué verdad?», preguntó el rey.
«La verdad es que el cuenco representa los deseos de las personas y el oro lo que cada persona recibe. La capacidad de devorar de los seres humanos no tiene fin si no cambian de alguna manera. Mira, el cuenco se ha comido prácticamente toda tu riqueza, pero sigue siendo un coco partido por la mitad, y no comparte de ningún modo la naturaleza del oro.
Si caes en este cuenco», continuó el derviche, «también te devorará a ti. ¿Cómo puede un rey, entonces, considerarse importante?»
Había una vez, hace mucho tiempo, una vaca. No había en el mundo entero un animal que diera regularmente tanta leche y de tan alta calidad.
La gente llegaba de todas partes para ver este prodigio. Los padres les hablaban a sus hijos de la dedicación con que la vaca realizaba la tarea que tenía encomendada. Los ministros de la religión exhortaban a sus rebaños a que la emularan a su manera. Los funcionarios del gobierno se referían a ella como modelo de comportamiento adecuado, y planeaban y pensaban cómo podría aplicarse a la comunidad humana. Todo el mundo, en suma, podía beneficiarse de la existencia de este maravilloso animal.
Sin embargo, la mayoría de la gente, absorbida como estaba por las obvias virtudes de la vaca, no consiguió observar una de sus características. La vaca tenía la siguiente costumbre: en cuanto se llenaba un cubo con su inmejorable leche, le pegaba una coz.
Abdullah ben Yahya estaba enseñando a un visitante un manuscrito que había escrito.
Este hombre dijo: «Mira, esta palabra ha sido escrita de manera incorrecta.»
Cuando el hombre se fue, se le pregunto a Abdullah: «¿Por qué lo hiciste, considerando que la corrección no tenía sentido, y escribiste la palabra errónea en el lugar en el que la palabra original estaba correctamente escrita?»
Él respondió: «Fue una ocasión social. El hombre pensó que me estaba ayudando, y consideró que la expresión de su ignorancia era una indicación de su conocimiento. Yo me comporté según la cultura y la buena educación, no según la verdad, porque cuando las personas quieren buena educación y relaciones sociales, no pueden soportar la verdad. Si hubiera tenido una relación con este hombre de maestro a estudiante, las cosas habrían sido diferentes. Sólo la gente estúpida y los pedantes imaginan que su obligación es la de instruir a todo el mundo, cuando el motivo de la gente suele ser no el buscar la instrucción, sino atraer la atención.»
Si lees y si practicas, puedes estar cualificado para un círculo sufí. Si sólo lees, no lo estarás. Si piensas que has tenido experiencias sobre las que puedes progresar, tal vez no estés cualificado.
Las palabras solas no comunican: debe haber algo preparado previamente de lo que las palabras son una indicación.
La práctica por sí sola no perfecciona a la humanidad. El ser humano necesita el contacto con la verdad, inicialmente, en una forma que pueda ayudarle.
Lo que es conveniente e impecable para un tiempo y lugar es, generalmente, limitado, inadecuado, o un obstáculo para otro tiempo y lugar. Esto es así en la búsqueda y también en muchos ámbitos de la vida ordinaria.
Espera y trabaja para que puedas ser aceptable para un círculo sufí. No intentes juzgar a sus miembros, a menos que estés libre de codicia. La codicia te hace creer cosas que normalmente no creerías. Te hace no creer en cosas que por lo general creerías.
Si no puedes superar la codicia, ejercítala únicamente donde puedas verla actuar, no la lleves al círculo de iniciados.
(NAZIR EL KAZWINI, Observaciones solitarias)
Si os doy un libro vacío, diciendo: «No podéis todavía aprovecharos de él», tal vez penséis: «Nos está insultando.»
Pero si distribuyo un libro lleno de contenido y comprensible, todos los lectores tomarán sus superficialidades para estimularse, exclamando: «¡Qué magnífico y qué profundo!» La gente seguirá estas cosas externas cuando me vaya, haciendo de ellas una fuente de estímulo y debate. En ellas encontrarán enseñanzas didácticas, poesía, ejercicios o historias.
Si no doy ningún libro, o doy uno pequeño, los eruditos académicos se mofarán y arruinarán los espíritus de los estudiantes potenciales y vulnerables con otros libros, todavía más de lo que ya lo hacen.
Los estudiantes desconcertados se vuelven destructivos, imaginando soluciones e intentando, después, imponérselas a los demás.
Si distribuyo un voluminoso libro, algunas personas imaginarán que es pretencioso. Todas estas suposiciones están ahí, habéis de notar, porque conviene a la gente tenerlas, no porque exista la mínima posibilidad de que sean verdad.
Si distribuyo un libro críptico, la gente imaginará que contiene extraños secretos. O quizá se vuelva innecesariamente astuta intentando descifrarlo.
Y cuanto más se dicen estas cosas, más dice la gente de manera petulante o desdeñosa: «No nos entiendes. Nosotros no nos comportamos de esa manera. La falta de entendimiento es tuya.»
Pero si digo todas estas cosas y las consideráis todas ellas, incluso por un tiempo, dando a cada afirmación igual atención, estaré contento.
(BAHAUDIN)
Una de las dificultades más grandes de un ser humano es también su mayor desventaja. Podría corregirse si alguien se preocupara hasta el punto de señalarla con frecuencia y de manera suficientemente convincente.
Se trata de la dificultad de que el ser humano se está describiendo a sí mismo cuando piensa que está describiendo a los demás.
Cuán frecuentemente se oye a la gente decir acerca de mí:
«Considero a este hombre como el qutub4 (polo magnético) del Siglo.»
Por supuesto, quiere decir: «Yo considero a este hombre...»
Está describiendo sus propios sentimientos o convicciones, cuando lo que quisiéramos conocer es algo acerca de la persona o cosa descrita.
Cuando afirma: «Esta enseñanza es sublime», significa: «Esto parece que me encaja.» Pero tal vez habríamos querido saber algo acerca de la enseñanza, no de cómo piensa que le influencia.
Alguna gente dice: «Pero una cosa puede ser verdaderamente conocida por sus efectos. ¿Por qué no observar los efectos que produce una persona?»
La mayoría de la gente no entiende que el efecto de, digamos, el rayo de sol sobre los árboles es algo constante. Para conocer la naturaleza de la enseñanza, tendríamos que conocer la naturaleza de la persona sobre la que ha actuado. La persona ordinaria no lo sabe: todo lo que sabe es lo que la persona supone que es un efecto sobre sí misma --pero no tiene una imagen coherente de quién es «ella misma»--. Como el observador exterior sabe incluso menos que la persona que se describe a sí misma, nos quedamos con una evidencia completamente inútil. No tenemos un testigo digno de confianza.
Recordad que mientras exista todavía esta situación, habrá el mismo número de personas que digan: «Esto es maravilloso», como: «Esto es ridículo.» «Esto es ridículo» significa realmente: «Esto me parece ridículo», y «esto es maravilloso» significa: «Esto me parece maravilloso.»
¿Realmente os gusta ser así?
A muchas personas les gusta, mientras que enérgicamente pretenden lo contrario.
¿Os gustaría poder comprobar lo que realmente es ridículo o maravilloso, o algo que se encuentran entre estos dos extremos?
Podéis hacerlo, pero no si presumís de poderlo hacer sin práctica, sin ningún entrenamiento, en medio de la incertidumbre sobre quiénes sois y por qué os gusta u os disgusta algo.
Cuando os hayáis encontrado a vosotros mismos, podréis tener conocimiento. Hasta entonces, sólo tenéis opiniones. Las opiniones están basadas en el hábito y en lo que concebís que es conveniente para vosotros.
El estudio del Camino exige encontrarse a sí mismo a lo largo del recorrido. Todavía no os habéis encontrado. Entre tanto, la única ventaja de encontrar a otras personas es que una de ellas puede presentaros a vosotros mismos.
Antes de que ocurra esto, quizá os imaginéis que os habéis encontrado a vosotros mismos muchas veces, pero la verdad es que cuando os encontráis a vosotros mismos y llegáis a una cualidad y búsqueda de conocimiento no se parece a ninguna experiencia en esta tierra.
(TARIQAVI)
Un distinguido y culto caballero que estaba visitando a Bahaudin Naqshband le preguntó:
«A través de tu carácter, ejercicios y manifiesta capacidad para el bien, eres conocido públicamente, así como en el corazón de tus discípulos, como el Maestro actual del Siglo. ¿Fue esto siempre así?»
Bahaudin respondió:
«No, no fue siempre así.»
El visitante replicó:
«Los Antiguos sufíes eran considerados frecuentemente como imitadores, ridiculizados por lo eruditos y temidos por los intérpretes. Algunos de aquellos a los que los Adeptos consideran como sus ejemplos más nobles están incluidos en los libros de los hombres formalmente cultivados como indeseables o como influencias no bien recibidas por las autoridades. Pero si han contribuido al conocimiento y a la práctica del Camino, ¿no serían sin duda y claramente adeptos?»
Bahaudin respondió:
«Algunos son claramente Adeptos, otros son claramente nada.»
«Entonces, ¿dónde reside la cualidad esencial del derviche?»
«Reside en la realidad, no en la apariencia.»
«¿No tienen dichas personas cualidades por las que todo el mundo pueda reconocerlas?»
Bahaudin replicó:
«Recuerda el cuento del trigo y la cebada. En algún momento, alguien plantó trigo en un campo. Todo el mundo se acostumbró a ver el trigo crecer y a vivir de pan hecho de harina. Pero pasó el tiempo y fue necesario plantar cebada. Cuando ésta creció, mucha gente, apegada a las apariencias, como suelen estarlo los eruditos comunes, exclamaron: ``¡Esto no es trigo!''
``Cierto'', decían los cultivadores de cebada, ``pero es un cereal, y lo que necesitamos todos son cereales''.
``¡Charlatanes!'', gritaban los apegados a las apariencias. Muchas veces, cuando se cosechaba la cebada, era tan grande el clamor para expulsar a los cultivadores que éstos no podían suministrar harina a la gente. La gente se moría de hambre, pero aquéllos pensaban, persuadidos por sus consejeros de mente estrecha, que hacían bien en rechazar la cosecha de los cultivadores de cebada.»
El visitante preguntó:
«Entonces, lo que llamamos ``sufismo'' ¿es realmente el cereal de tu historia? En ese caso, ¿hemos sido llamados ``cereales'' de ``trigo'' o ``cebada'', y tenemos que darnos cuenta de que hay algo más profundo, y de lo que ambas cosechas sólo son una manifestación?»
«Sí», respondió el maulana.
«Sería seguramente más deseable el que se nos pudiera dar el conocimiento de los ``cereales'', en lugar del ``trigo'' o de la ``cebada'' bajo el nombre de ``cereales''», dijo el buscador.
«Sería seguramente mejor si esto pudiera hacerse», afirmó Bahaudin, «pero el hecho es que la mayoría de la gente, por su propia seguridad y la de los demás, tienen todavía que trabajar por la cosecha para poder comer. Hay muy pocos que sepan lo que son los cereales. Existen personas a las que llamas Guías. Cuando un hombre sabe que la gente puede morir de hambre, tiene que suministrar todo el alimento que pueda. Son sólo aquellos que no trabajan en el campo quienes tienen tiempo para preguntarse acerca del tipo de cereal. Son también lo que no tienen derecho a hacerlo, ya que no lo han probado, ni están trabajando en la producción de harina para la gente.»
«Es malo decirle a la gente que haga cosas cuando no pueden entender por qué debería hacerlas», dijo el visitante.
«Es peor explicar que un cierto árbol va a caer, con tal detalle, que antes de que acabes de contar la historia, la audiencia está abrumada y es incapaz de escucharla», respondió Bahaudin.
Estábamos de pie sobre una pequeña altiplanicie en lo alto de las montañas de Kohistán.
Mi maestro dijo:
«Mira esas coníferas y observa cómo unas son pequeñas y otras grandes. Algunas han enraizado bien y otras se inclinan mal sesgadas. Otras, sin razón alguna, tienen sus ramas estropeadas.»
Yo pregunté:
«¿Qué podemos inferir de todo esto?»
Él respondió:
«Las altas están llenas de aspiración.»
«¿Lo logran todas?»
«De ninguna manera.»
«¿Y las dañadas?»
«Son las que buscan justificarse.»
«¿Son las pequeñas menores que las altas?»
«Algo puede ser pequeño por herencia, falta de oportunidades, ausencia de nutrición o a causa del deseo.»
«¿Y las profundamente enraizadas?»
«Todo depende de su naturaleza y de la selección que hacen de sus raíces para obtener verdadero alimento. Alguna de las bien enraizadas lo están porque no tienen la codicia innecesaria de consumir. A veces son éstas las que los leñadores cortan y utilizan para sacar madera...»
Un derviche errante acudió corriendo donde un sufí estaba sentado en una profunda contemplación, y dijo:
«¡Rápido! Debemos hacer algo. Un mono acaba de robar un cuchillo.»
«No te preocupes», respondió el sufí, «puesto que no ha sido un hombre».
Cuando el derviche encontró de nuevo al mono, naturalmente, había tirado ya el cuchillo.
(KARDAN)
Cierto derviche Bektashi era respetado por su piedad y su aparente virtud. Siempre que alguien le preguntaba cómo había llegado a ser tan santo, invariablemente respondía: «Sé lo que hay en el Corán.»
Un día acababa de dar esta respuesta a alguien que le preguntaba en una cafetería, cuando un imbécil preguntó: «Bueno, ¿y qué hay en el Corán?»
«En el Corán», respondió el Bektashi, «existen dos flores prensadas y una carta de mi amigo Abdullah».
Isa Ibn Abdullwahab al-Hindi mantenía largas y frecuentes conversaciones en las que, durante años, divagó sobre todos los temas imaginables.
Un día cierto respetado sheikh le llamo y le dijo:
«Mi corazón está apesadumbrado, porque se dice que has hablado sobre mí de manera crítica en numerosas ocasiones.»
Isa dijo:
«He dicho veinte veces que existen disparidades entre tus palabras y tus acciones. ¿Acaso puedes dudar de que esto no sea cierto?»
El sheikh respondió:
«Me complacería escuchar los motivos de los defectos que encuentras en mí.»
Isa replicó:
«Los sabrás en el momento en que oigas las doscientas ocasiones en las que te he elogiado ante las mismas personas que, en nombre de la exactitud, internamente intentan ahora separarnos. Informar de la mitad de algo es peor que no informar de nada. Informar de una décima parte equivale a una falsificación.»